Una explicación posible a las diferencias de crecimiento de las economías si todas las demás variables quedan cæteris paribus, apunta la calidad de su fuerza de trabajo, a las cualificaciones de sus trabajadores. Esta dimensión cobra fuerza y sustentabilidad frente a una dimensión cuantitativa que se refiera simplemente a la cantidad de población, un criterio extensivo que puede explicar sólo una parte del crecimiento pero, a la par, puede constituirse en traba y esa mayoría está constituida por un sector pasivo amplio y una masa de población menor de edad, como se puede observar en algunas etapas de la transición demográfica127. Situación que se agrava más aún si
125 SBTC, Skill-Biased Technological Change, que denota la exigencia conocimientos especializados en los
trabajadores producto de los cambios tecnológicos.
126 Véase por ejemplo la infinidad de cursos que se imparten en Coursera (https://www.coursera.org/),
en Harvard (http://www.extension.harvard.edu/open-learning-initiative) o en Mooc (http:// www.mooc.com/), por ejemplo.
127 Sobre transición demográfica, revisar publicación de Population Reference Bureau,”Transitions in
[email protected] Página 136 este último segmento está sometido a una dieta alimenticia pobre y a un sistema de escolaridad precario.
Un elemento que llama a reflexión lo constituyen las externalidades que las variables mencionadas generan. En efecto, una población bien alimentada tiende a ser más saludable y por ello el riesgo de contraer enfermedades es menor, como también lo es el gasto en salud pública lo cual, incluso a nivel de unidades familiares permite derivar el uso de posibles recursos destinados a medicamentos a otros bienes. De igual forma una buena formación escolar tiende a generar una buena productividad, pues aparte de que cada trabajador comprende mejor las instrucciones, se provoca un efecto benéfico de transmisión de buenas prácticas, todo lo cual en el mediano plazo redunda en mejores rentas y, por tanto, un mejor nivel de vida.
La importancia del capital humano en estos términos conlleva vínculos con otros conceptos como el de economía del conocimiento y capital social128 −aparte de los de capital intelectual ya mencionados, los cuales en muchas ocasiones se analizan por separado (Coleman 1990; Putnam 2002, 2003; Bourdieu 1997; Sen 2007; Carnoy 2000) pero en la práctica tejen lazos comunes y es difícil explicar lo uno sin lo otro. Es así como Putnam plantea de forma sencilla la idea central que fundamenta la teoría del capital social: “las redes importan. [Sostiene que] las redes poseen valor (…) para quienes se hallan en ellas (…), producen beneficios privados o internos” (Putnam 2003: 13). De este modo para un individuo pertenecer o no a una red puede incrementar más, o menos, su capital humano debido a que contará con una dotación mayor o menor de recursos para enfrentar diversas situaciones (Putnam 2002: 20). Este acervo que se caracteriza como capital social, para James Coleman –siguiendo a Glenn Loury (1977)– lo constituye “el conjunto de recursos que son inherentes a las relaciones familiares y la organización social comunitaria y son útiles para el desarrollo social o cognitivo de un niño o un joven. Estos recursos difieren de unas personas a otras y pueden constituir una ventaja importante (…) de cara al desarrollo de su capital humano (Coleman 1990: 383).
Bajo esta óptica, se avanza en un peldaño más en la problematización del concepto, pues se puede sostener que el capital humano no es de capitalización individual, se teje en una red, aun cuando sea el individuo el que los obtenga, esto ocurre en una fuerte interacción con el medio social. En palabras de Ronald S. Burt “el capital social es el complemento contextual del capital humano. La metáfora del capital social es
128 Conforme a la literatura revisada, es posible afirmar que el primer uso conocido del término “capital
social” pertenece a Lyda Judson Hanifan, quien lo utilizó en 1916 para describir los centros comunitarios de las escuelas rurales.
[email protected] Página 137 que a quienes les va mejor, de alguna manera están mejor conectados” (Burt 2004: 245). Argumento que es sustentado por sociólogos como Nan Lin (2001), cuya principal premisa es que los sujetos invierten en relaciones sociales con la expectativa de obtener retornos y con este fin interactúan. De esta forma la red es el lugar donde ocurre el intercambio, es el mercado donde ocurren las interacciones, que son –a su vez– el medio para el mismo.
El capital social es concebido, entonces, como un activo social generado por la articulación de nexos entre actores y constituido por recursos de los que se carece y que otros poseen, a los cuales se accede porque quien los posee desea ejercer influencia; en la medida en que los recursos que constituyen ese activo están insertos en redes y sólo se capitalizan individualmente, el capital social no puede ser considerado como un bien público o colectivo. Es social porque deriva de conexiones. La redes delimitan la cantidad y distribución de recursos que pueden ser accesibles y dan un marco para la ubicación y estabilidad de los vínculos que cada sujeto tiene. En la contextualización de Lin, cuatro factores explican la razón por la cual los actores invierten en redes y esperan que esa acción reditúe (Lin 2001: 20). En primer lugar, las redes facilitan el flujo de información. Característica que compensa asimetrías de mercado. Un individuo puede aprovechar oportunidades (v.gr., saber a quién dirigirse para que lo contraten en un puesto de trabajo). En segundo lugar, los vínculos en redes sociales pueden ubicar al sujeto en posiciones valoradas con relación a actores que desempeñan un rol importante en la toma de decisiones, en diversos niveles de organización (v.gr., conocer al sujeto del estacionamiento asegura tener siempre un sitio con menor dificultad). En tercer lugar, los vínculos sociales de un sujeto pueden ser concebidos por la organización en la que éstos se dan o por sus actores como credenciales; estas credenciales expresan los recursos que se poseen a través de redes y relaciones (v.gr., en el colegio donde he puesto a mi hijo –y a mí, nos sería muy conveniente que me vieran con el senador con el que juego tenis). Y, finalmente, en cuarto lugar, las relaciones sociales refuerzan identidad y reconocimiento (es el caso del ejemplo citado en el punto anterior). Ser reconocido garantiza el suministro y mantención de ciertos recursos.
En virtud de todo ello Lin destaca que “el capital social debe ser concebido como recursos accesibles a través de lazos sociales que ocupan lugares estratégicos y/o posiciones organizativas significativas. Operacionalmente, el capital social puede ser definido como los recursos arraigados en redes sociales a los que unos actores acceden y los usan para acciones” (Lin 2001: 24). Este planteamiento confirma que la red organiza los recursos y la acción orientada a capitalizarlos, y es lo que permite
[email protected] Página 138 hablar de capital social. Serán entonces “las acciones de los actores orientadas por un objetivo, [las que podrán] estar constreñidas por las posiciones estructurales o por la localización de ellos en las redes, pero en esta concepción, ni siquiera quienes ocupan posiciones ventajosas se pueden beneficiar de esas posiciones a menos que inicien una acción para obtener los resultados deseados” (Lin 2001: 52).
El sociólogo francés Pierre Bourdieu en cambio, colocando énfasis en la distinción y el privilegio, utilizó el concepto de capital social para referirse a las ventajas y oportunidades que obtienen las personas al ser miembros de ciertas comunidades. En este marco, definió al capital social como “la suma de los recursos, reales o virtuales, acumulados en un individuo o grupo en virtud de poseer una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuo”. Sostuvo que los “poseedores de un fuerte capital escolar que han heredado un fuerte capital cultural y tienen a la vez los títulos y los cuarteles de nobleza cultural, la seguridad que de la pertenencia legítima y la naturalidad que asegura la familiaridad, se contraponen no sólo a los que se encuentran desprovistos de capital escolar y del capital cultural heredado (...), sino también, por una parte, a aquellos que, con un capital cultural heredado equivalente, han obtenido un capital escolar inferior (...), y por otra parte, a aquellos que, dotados de un capital escolar semejante, no disponían, en su origen, de un capital cultural tan importante y que mantienen con la cultura, que deben más a la escuela y menos a su familia, una relación menos familiar, más escolar" (Bourdieu 1997: 80).
La importancia de atender a las categorías que levanta Bourdieu permite enriquecer las dimensiones y relaciones existentes entre capital humano y social, y cómo los individuos se insertan en los procesos culturales, sociales y económicos, instalando el aporte de valor desde sus singulares características y su red de relaciones que opera como amplificador de atributos. Consistente con ello Robert Putnam sostiene que “el capital social refiere a (...) las redes sociales y las normas de reciprocidad y confianza asociadas a ellas” (Putnam 2002: 19). Son las características de organización social, tales como la confianza, las normas y redes, que pueden mejorar la eficiencia de la sociedad mediante la facilitación de las acciones coordinadas. Para Putnam “la confianza es un componente central del capital social”. Una sociedad caracterizada por la reciprocidad generalizada es más eficiente que otra desconfiada, por la misma razón que la eficiencia del dinero es mayor que la del trueque. “Si no tenemos que compensar cada intercambio al instante, podremos realizar muchas más cosas. La fiabilidad es lubricante de la vida social” (Putnam 2002: 18).
[email protected] Página 139 Estos vínculos, de confianza, alianzas, conocimientos y aprendizajes comunes ayudan a entender cómo es que estos recursos pueden generar y acumular conocimiento y propagar su difusión dentro de esas redes, provocando la generación de redes de mayor valor que otras y, en ellas, capital humano especializado que genera conocimiento y además desarrolla creatividad y espacios de innovación.
Como es posible de vaticinar, lo dicho requiere de un esfuerzo sistemático centrado en objetivos claros. Así ocurrió en Finlandia, un caso recurrente como ejemplo, país que hace cuatro décadas (en 1970) era una economía basada en industrias intensivas en uso de recursos forestales principalmente, siendo en la actualidad una pujante economía centrada en un desarrollo tecnológico altamente especializado. Ello no obstante la crisis económica de inicio de los noventa, que golpeó fuertemente las finanzas públicas, la balanza comercial y, por supuesto, aumentó la tasa de desempleo. Sin perjuicio de ello el sector TIC experimentó un rápido crecimiento en la década de 1990 (Sallinen 2002).
Si bien cada país tiene sus singularidades, y Finlandia las propias, en lo general es preciso destacar su experiencia en la adopción de estrategias económico–sociales basadas en el conocimiento. Esta es sin duda la base de su transformación para responder a los cambios, su flexibilidad y el rol clave de un sistema educativo capaz de responder a los desafíos impuestos. Un estudio sobre esta experiencia destaca la capacidad de haber convertido una crisis en una oportunidad (Dahlman 2006).
El caso de Finlandia es puesto de ejemplo múltiples veces pues su visión y estrategia puso en valor la perspectiva del capital humano como fuente de crecimiento, como resultado figura –desde hace varios años– como el tercer país más competitivo del mundo129, las fuerzas que impulsan este logro se pueden encontrar en el buen funcionamiento de sus instituciones públicas, la transparencia de sus procedimientos, sus resultados en innovación, un sistema de salud acorde y un sistema educativo coherente con sus objetivos.
El caso antes citado revela que la experiencia finlandesa muestra que es posible realizar cambios estructurales significativos en un tiempo relativamente corto. También muestra que las decisiones a largo plazo, la investigación y la educación son posibles, e incluso necesario, durante la crisis económica a corto plazo, ya que proporcionan directrices para el crecimiento a largo plazo y ayuda a crear una ventaja competitiva
129 WEF. The Global Competitiveness Report 2013–2014, p. 15. “The Global Competitiveness Index
2013–2014 rankings and 2012–2013 comparisons”. Véase: http://www3. weforum.org/docs/GCR2013- 14/GCR_Rankings _2013-14.pdf, revisado en diciembre de 2013
[email protected] Página 140 sostenible130. En virtud de ello, los autores arriban a la siguiente reflexión: “(…) una economía del conocimiento es un conjunto de elementos que deben estar en equilibrio. No es necesariamente la falta de infraestructura tecnológica o ingenieros cualificados que frena el crecimiento económico. Podría ser igualmente la falta de empresarios o incentivos económicos adecuados y oportunidades” (Dahlman 2006: 6). En todos estos casos es previsible que exista una dotación de capital humano capaz de enfrentar estos desafíos, donde juegan a la par los cuadros técnicos como la iniciativa empresarial, junto con la correcta gestión de incentivos. Otro caso interesante en esa dirección resulta ser la creación del Ministry of Knowledge Economy131 en la República de Sud Corea, en 2006, como resultado de la fusión de varios ministerios. Considerando que si la tierra es el recurso principal en una economía agrícola, y si los recursos naturales como el mineral de hierro, carbón e incluso la mano de obra son los principales recursos en una economía industrial. Entonces, para una economía donde prima el conocimiento, la máxima prioridad estará puesta en la creación de conocimiento. Será de este modo el ministerio surcoreano de Economía del Conocimiento (MKE, sus siglas en inglés) quien se encargará de promover las estructuras industriales correspondientes, así como el desarrollo de nuevos motores de crecimiento que estén en la vanguardia de la innovación industrial. Dando por entendido que existe prioridad en lo que es declarado recurso prioritario de esa nación.