Los diversos intentos de medición y clasificación de la participación política, evidencian de forma clara la evolución que sufrió este concepto. Así, en el trabajo de Campbell et al. ( 1954) se presenta una escala de participación política compuesta por cinco ítems que reflejan distintas situaciones ·relacionadas con las elecciones, como son el votar, el acudir a mítines, apoyar económicamente la campaña de algún partido o candidato, trabajar para algún partido y convencer a otras personas para votar por algún candidato determinado.
Stone ( 1 974) también plantea una escala para la medición del compromiso político en la que diferencia cinco niveles de participación, que abarcan desde el voto hasta el desempeño de algún cargo público, pasando por la participación indirecta, la participación en las campañas electorales y el ser candidato para un puesto político. En cada uno de esos niveles también se pueden manifestar distintos grados de compromiso y actuación.
La característica, pues, de esos estudios, y de otros como los de Campbell, Converse et al. ( 1960), Berelson et al. ( 1 954), es que centran su interés en un tipo de participación política que está íntimamente vinculada a la conducta de voto.
Pero no cabe duda de que el repertorio de actividad política de los sujetos no se limita a ese tipo de actividades convencionales. Observando el comportamiento político de la población es fácil constatar que el ciudadano recurre también a otras estrategias para tratar de incidir en las decisiones del poder político: huelgas, manifestaciones, boicots, etc. Por este motivo, los autores se han visto. en la necesidad de distinguir entre distintas formas de actividad política.
La distinción más habitual suele establecerse entre participación política con vencional y no convencional. En el trabajo de Barnes, Kaase et al. ( 1979) se alude también a esos dos tipos de participación. La mayoría de los ítems destinados a evaluar la participación política convencional están referidos, al igual que ocurría en los primeros estudios sobre este tema, a circunstancias relacionadas con el proceso electoral. En cuanto a la participación no convencional se recogen actua ciones como las siguientes: hacer peticiones, manifestaciones legales, boicots, huelgas ilegales, daño a la propiedad y violencia personal, entre otras.
Milbrath ( 1 98 1 ) también habla de participación política convencional y no convencional, y la lista de situaciones que reflejan ambos tipos de participación
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resulta muy similar a la de Barnes y Kaase, si bien es más detallada en el caso de la participación política convencional y más general en la de participación política no convencional.
Ambas formas de participación política pueden diferenciarse atendiendo al criterio de demanda o no de las mismas por parte del sistema. Así como la participación política convencional es fomentada y animada desde las instancias del
poder constituido, con lo que puede ser fácilmente controlada y canalizada, la
participación política no convencional, en ocasiones, desborda los mecanismos instituidos de participación y supone un enfrentamiento con la legalidad estable cida:
Hasta ahora nos hemos referido a los dos grandes tipos de participación identificados en la literatura: convencional y no convencional. Pero, sin duda, el lector atento habrá percibido que el listado de actividades que se encuadran dentro de esas dos categorías resulta bastante heterogéneo. Así, en la participación política convencional se señalaban desde el simple acto de votar, basta el acudir a los mítines; y en la participación política no convencional se situaban conductas tan dispares como manifestaciones legales y violencia personal, por citar sólo algunos ejemplos.
Por esa razón, es conveniente profundizar algo más en el estudio de esas dimensiones para comprobar la posible unidad que pueda existir dentro de las mismas, así como para conocer el grado de relación que pueda existir entre ellas. Respecto a la participación política convencional, Marsh y Kaase (1979) afirmaban la posibilidad de transformar su listado de actividades en una escala tipo Guttman, si bien la ordenación de algunas afirmaciones variaba en algunos países. Sin embargo, existía una excepción a esa unidimensionalidad: el voto. Este tipo de conducta política no se ajustaba a los requisitos del escalamiento de Guttman, constituyendo una actividad claramente diferenciada de las anteriores. En otros trabajos realizados sobre esta cuestión (Verba y Nie, 1974; Milbratb, 1961, 1971a; Ühlinger, 1983; y Scbmidtchen y Ühlinger, 1983) el voto vuelve a manifestarse como una actividad diferenciada del resto.
Otro dato que respalda la tesis de que el voto es una actividad política sui
generis, lo encontramos en el trabajo de Milbrath (1968). En ese estudio se puede
observar que la conducta de voto aparece asociada a afirmaciones de claro contenido patriótico tales como «amo a mi país», «aunque no esté de acuerdo
apoyo a mi país en las guerras», etc.
En cuanto a los otros tipos de actividad política convencional, en algunos estudios se presentan datos que apoyan la existencia de agrupamientos claramente diferenciados. Así, Verba y Nie (1972) señalan que la participación política no debe considerarse como un modelo unidimensional, sino como un modelo compuesto por cuatro factores: actividades en campañas políticas, actividad comunitaria y contactos con la administración, además del voto. Milbrath (1981) también sugiere, apoyándose en los resultados obtenidos tanto en el trabajo de Verba y Nie (1972) como en los de él mismo (Milbrath, 1968, 1971), que pueden detectarse distintos modos de actuación política convencional. Esos modos son los cuatro recogidos por Verba y Nie, más otro al que denomina comunicadores.
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Psicología PolíticaPor lo expuesto hasta este momento sobre esta cuestión, cabría hacer dos consideraciones. En primer lugar, hay un hecho que queda claramente demostrado, en cuanto que aparece de modo consistente a través de los diversos estudios: el voto es una conducta política claramente diferenciada del resto; en segundo lugar, ese acuerdo generalizado sobre este punto no se hace extensivo al resto de esta problemática. Así, mientras que para Verba y Nie ( 1972) y Milbrath ( 1 9 8 1 ), la participación política convencional está constituida por factores independientes, para Marsh y Kaase ( 1 979) existe unidimensionalidad en este tipo de actividad.
Sin embargo, en realidad, estas posiciones no resultan tan opuestas como en un principio podría suponerse. Existen varios elementos que conviene considerar para poder comprender en su auténtico alcance estos distintos resultados. Primero, no debe olvidarse que el momento en que se realizaron ambos estudios, y los países analizados, son diferentes. No podemos ser tan ingenuos como para creer que esos patrones conductuales tienen un carácter universal y se presentan del mismo modo en cualquier tiempo y lugar. Antes al contrario, debemos sospechar que este tipo de actividad está íntimamente vinculada a distintos momentos históricos, sociales y culturales. Por ello, si existen diferencias significativas en algunos de esos paráme tros, también debe haberlas en el tipo de actividades que se registran y en su estructuración. De hecho, y tal como se muestra en el trabajo de Marsh y Kaase, la unidimensionalidad de la escala de participación política era más débil en Estados Unidos que en los países europeos. Por ello, y teniendo en cuenta que el trabajo de Verba y Nie se limitó a esa nación americana, los resultados de ambos informes ya no resultan tan contradictorios.
Por otra parte, también debemos tener presente que el tipo de actividades recogidas en ambos estudios eran ligeramente diferentes, con todo lo que ello supone de distinto enfoque o concepción del tema. Los distintos resultados pueden poner de manifiesto, simplemente, los planteamientos teóricos previos que mantiene el investigador. Sobre esta cuestión, Marsh y Kaase (1 979) afirman que «Verba y Nie partían de un modelo multifactorial, lo que se reflejaba en la mayor amplitud de actividades que incluían en su estudio» (pág. 87).
Por tanto, el distinto ámbito de análisis y las diferentes concepciones sobre la participación son razones más que suficientes para que estos estudios lleguen a resultados distintos.
Por lo que respecta a la participación política no convencional, lo más llamativo es la heterogeneidad de actividades que se encuadran bajo ese rótulo. Buena prueba de ello es que Muller ( 1979, 1 982) clasificó a varias conductas políticas no conven cionales junto a las convencionales, dentro de la categoría de participación demo crática y legal; mientras que otras conductas también consideradas no convenciona les en la literatura eran adscritas a la categoría de participación ilegal y agresiva. Queda claro, pues, la naturaleza diferenciada de los distintos tipos de actividades no convencionales. Un grupo de ellas se mueve dentro de la legalidad, mientras que otras se enfrentan abiertamente a la misma. Si volvemos a la lista de acciones no convencionales estudiada por Barnes, Kaase et al. ( 1979), observaremos que en ella están presentes tanto conductas legales como ilegales.
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cluster análisis como estrategia metodológica para descubrir las dimensiones de la
participación política. Los resultados obtenidos muestran la existencia de dos grupos de conductas claramente diferenciadas: las legales y las ilegales. Pero quizá más importante que esto, era el hecho de que determinadas actividades no conven cionales aparecían situadas en el grupo de conductas políticas legales. En el otro agrupamiento, el ilegal, se diferenciaba claramente entre las actividades violentas y las que no lo eran.
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.2. Relación entre los d iversos modos de pa rticipación política
En el trabajo de Mílbrath ( 1 98 1 ), y especialmente en el de Barnes, Kaase et al. ( 1979) se presentan datos que apuntan a un incremento significativo de las formas no convencionales de participación política. Según Lederer ( 1986), esa situación reflejaría «la politización de las masas y la emergencia de nuevos estilos de acción política» (pág. 3 5 5). Todo ello indica que nos encontramos ante un tipo de manifestación social que no es apoyada exclusivamente por los grupos marginados del sistema. Al contrario, el elevado porcentaje de sujetos dispuestos a ejecutar ese tipo de acciones nos sugiere que estamos ante un tipo de actividad que puede ser perfectamente compatible con otros modos de actuación política.
En su estudio transcultural, Kaase y Marsh ( 1 979) estudiaron el nivel de relación existente entre la participación política convencional y el potencial de protesta. Los resultados muestran que el grado de correlación entre esos dos tipos de conducta oscilaba entre el 0,17 para la muestra estadounidense y el 0,28 para la muestra alemana. En un trabajo posterior, realizado en tres de los cinco países que formaron el primer estudio (Alemania, Holanda y Estados Unidos), Kaase ( 1983) volvió a encontrarse con un nivel de correlación entre esas dos formas de participación muy similar al reflejado en aquel primer estudio.
Esa relación positiva entre estos dos tipos de actividades políticas se ve confirmada por otros trabajos. Muller (1 977) ya había informado de la existencia de una correlación positiva entre conducta convencional y conducta agresiva. En otros estudios, Muller ( 1982) y Schmidtchen y Ühlinger ( 1983), sigue manteniéndose ese mismo tipo de relación. Todas estas investigaciones resultan, pues, consistentes a la hora de mostrarnos la existencia de un vínculo positivo entre esos dos tipos de conducta. Por ello, la protesta política no puede ser considerada como una forma de actuación política que se enfrenta abiertamente contra la esencia del sistema, sino como una estrategia a la que recurren los sujetos con el ánimo de tener una presencia en las decisiones políticas. Y esa estrategia no es incompatible con la utilización de otros procedimientos más convencionales.
Así como en esos estudios que hemos citado no se plantea ninguna duda acerca de la relación positiva que existe entre la participación política convencional y la no convencional, sin embargo, surgen dificultades a la hora de considerar esta última forma de participación como un paso más en el repertorio político de los sujetos. Barnes y Kaase concebían la participación política como un continuum en el que los sujetos iban avanzando desde las formas más convencionales a las menos
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Psicologfa Políticaortodoxas. Lo característico, según ellos, de los nuevos tiempos era que los individuos iban incluyendo las actividades menos convencionales en su repertorio general de actividad política. Este planteamiento, que se basaba tanto en la correlación positiva demostrada entre la participación política convencional y no convencional como en la presunta unidimensionalidad de las escalas por ellos empleadas, se está viendo sometido últimamente a un proceso de revisión debido a la aparición de nuevos resultados que no encajan de forma adecuada con esa tesis. Muller (1 982) se encontró que así como había un efecto directo bastante amplio de la participación agresiva sobre la democrática, r = 0,32, la incidencia era mucho menor cuando se consideraba la relación opuesta, r = 0,09. De este modo habría un porcentaje de sujetos que realizando conductas no convencionales ejecutan también actividades convencionales, y otros que se limitarían simplemente a las conductas más ortodoxas. Schmidtchen y Ühlinger ( 1983), también informan de la existencia de un solapamiento entre las diversas formas de actuación política, pero señalan que un número importante de sujetos dispuestos a realizar acciones políticas más directas no participaban en las más convencionales. Finalmente, los nuevos datos obtenidos por Kaase ( 1 983) llevan a este autor a dudar de las afirmaciones realizadas sobre esta cuestión en aquel trabajo de 1 979.
En definitiva, los estudios más recientes parecen confirmar la existencia de una relación positiva entre las llamadas formas de participación política convencional y no convencional, pero, al mismo tiempo, cuestionan que estas formas de participa ción supongan una simple extensión del repertorio de actividad política de los sujetos.