Chapter 2 Rethinking Environmental Valuation
3.4 Principles and Features
3.4.3 Representation
Federación Agrícola-Industrial
Pero no está todo dicho. Por irreprochable que la constitu- ción federal sea en su lógica y por más garantías que ofrezca en su aplicación, no se sostendrá por sí misma si no reconoce en la economía pública las causas permanentes de la disolu- ción. En otros términos, el derecho político necesita del derecho económico como contrafuerte. El edifi cio político será siempre inestable si la producción y distribución de la riqueza quedan libradas al azar y el orden federativo sólo sirve para proteger la anarquía capitalista y mercantil; no puede ser estable si por esa falsa anarquía la sociedad se divide en dos clases, ricos y pobres: unos propietarios-capitalistas-empresarios, otros proletarios asalariados. La clase obrera, que es la más numerosa y pobre, terminaría decepcionándose del federalismo; los trabajadores se coaligarán contra los burgueses, que a su vez se coaligarán con- tra los obreros; y la confederación degeneraría en democracia unitaria o en monarquía constitucional, según se imponga el pueblo o triunfe la burguesía.
Para prevenir esa eventualidad de una guerra social, como se dijo en el capítulo anterior, se constituyeron los gobiernos fuertes admirados por los publicistas que ven a las confederaciones como casuchas incapaces de sostener el poder contra la agresión de las masas, lo que quiere decir, las empresas del gobierno contra los derechos de la nación. Porque, una vez más, no hay que engañar- se: todo poder se establece, toda ciudadela se construye y todo ejército se organiza tanto contra lo de adentro como contra lo de afuera. Si la misión del Estado es hacerse amo absoluto de la sociedad y el destino del pueblo es servir de instrumento a sus em- presas, hay que reconocer que el sistema federativo no aprueba la comparación con el unitario. En aquél, ni elpoder central, por su dependencia, ni la multitud, por su división, pueden quebrar su equilibrio y atentar contra la libertad pública. Tras sus victo- rias sobre Carlos el Temerario, los suizos fueron por largo tiem- po la principal potencia militar de Europa. Pero por formar una confederación capaz de defenderse contra el extranjero, como se vio, pero inhábil para la conquista y los golpes de Estado, per- manecieron como una república pacifi ca y el más inofensivo y el menos emprendedor de los Estados. La Confederación germánica también tuvo, bajo el nombre de Imperio, sus siglos de gloria; pero como el poderío imperial carecía de fi jeza y de centro, la
Confederación fue despedazada y dislocada, y la nacionalidad comprometida. La Confederación de los Países Bajos se desva- neció a su vez por el contacto con las potencias centralizadas; y es inútil mencionar la Confederación italiana. Ciertamente: si la civilización y la economía de las sociedades debiesen guardar el viejo statu quo, más valdría para los pueblos la unidad imperial que la federación.
Pero todo anuncia que los tiempos cambiaron, y que tras la revolución de las ideas debe llegar, como su consecuencia legí- tima, la revolución de los intereses. El siglo veinte abrirá la Era de las federaciones28 o la humanidad reiniciará un purgatorio de mil años. El verdadero problema a resolver no es en realidad el problema político, es el problema económico. En pos de esta última solución, mis amigos y yo nos proponíamos en 1848 pro- seguir la obra revolucionaria de febrero. La democracia estaba en el poder; el Gobierno provisional sólo debía actuar para salir airoso; si se hacía la revolución en la esfera del trabajo y de la riqueza, ya no costaría nada operarla enseguida en el gobierno. La centralización habría sido momentáneamente una podero- sa ayuda, pero luego debería ser destruida. Por otra parte, en aquella época nadie soñaba con atacar la unidad ni reclamar la federación, excepto quizá quien escribe estas líneas, que desde 1840 se había declarado anarquista.
El prejuicio democrático decidió otra cosa. Los políticos de la vieja escuela sostuvieron, y sostienen aún hoy, que el autén- tico camino de la revolución social comienza por el gobierno, 28 He escrito en alguna parte (De la Justicia en la Revolución y en la Iglesia,
4° estudio, edición belga, nota), que el año 1814 inauguró en Europa la Era de las constituciones. La manía de contradecir hizo que esta proposi- ción fuese abucheada por gente que ignora hasta la cronología de su siglo y mezcla en sus divagaciones cotidianas, y de mal en peor, la historia, la política, los negocios y las intrigas. Pero no es eso lo que me interesa ahora. La Era de las constituciones, muy bien así llamada, tiene su análoga en la Era Actiaca, señalada por Augusto tras su victoria sobre Antonio en Actium en el año 30 antes de Jesucristo. Estas dos Eras –la Era Actiaca y la Era de las constituciones– tienen en común indicar una renovación general en política, economía política, derecho público, libertad y sociabilidad general. Ambas inauguran un período de paz y testimonian la conciencia de sus con- temporáneos respecto de la revolución general que se operaba, así como la voluntad de los jefes de las naciones de concurrir a ella. Sin embargo, la Era Actiaca, deshonrada por la orgía imperial, cayó en el olvido; fue completa- mente eclipsada por la Era Cristiana, que sirvió para marcar, de modo más grandioso, moral y popular, la misma renovación. Ocurrirá lo mismo con la Era llamada constitucional: desaparecerá a su vez ante la Era Federativa y Social, cuya idea profunda y popular debe abrogar la idea burguesa y moderantista de 1814.
y después de asegurarlo, se sigue de inmediato y a discreción con el trabajo y la propiedad. La democracia no hizo nada tras suplantar a la burguesía y expulsar al príncipe, y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Vino el Imperio a imponer silencio a esos charlatanes sin plan; la revolución económica se hizo al revés de las aspiraciones de 1848 y la libertad quedó comprometida.
No vaya a pensarse que con el pretexto de la federación voy a presentar el cuadro de la ciencia económica para mostrar en detalle todo lo que habría que hacer en este aspecto. Diré simplemente que el gobierno federativo, tras reformar el orden político, requiere como complemento necesario una serie de re- formas en el orden económico: presentaré en pocas palabras el contenido de esas reformas.
Así como desde el punto de vista político, dos o más Estados independientes pueden confederarse para garantizarse mutua- mente su integridad territorial o la protección de sus liberta- des, de igual manera, desde el punto de vista económico, cabe confederarse para la protección reciproca del comercio y de la industria –lo que se llama unión aduanera–, para la construc- ción y conservación de vías de comunicación –caminos, canales, ferrocarriles–, para la organización del crédito, de los seguros, etc. La fi nalidad de esas federaciones particulares es sustraer a los ciudadanos de los Estados contratantes de la explotación ca- pitalista y bancocrática, tanto interior como exterior; por opo- sición a la feudalidad fi nanciera hoy dominante, ellas forman en su conjunto lo que llamaré federación agrícola-industrial.
No desarrollaré este tema. El público que sigue mis trabajos desde hace quince años sabrá bien lo que quiero decir. A través de la monopolización de los servicios públicos y el privilegio de la instrucción, la feudalidad fi nanciera e industrial tiende a consagrar la parcelización del trabajo, el interés de los capitales, la desigualdad del impuesto, etc.; o sea, la declinación política de las masas y la servidumbre económica o régimen asalariado; en una palabra: la desigualdad de condición y de fortunas. Por el contrario, la federación agrícola-industrial tiende a alcanzar cada vez más igualdad, organizando todos los servicios públicos al más bajo precio y en manos distintas de las del Estado; lo hace a través de la mutualidad del crédito y de losseguros, de la perecuación29 del impuesto, de la garantía de la instrucción y del trabajo, combinando los trabajos de modo que cada traba- jador pueda pasar de simple operario a industrial y artista, y de asalariado a dueño o maestro.
Evidentemente, tal revolución no podría hacerla una monar- quía burguesa ni una democracia unitaria; es tarea de una fede- ración. No puede surgir del contrato unilateral o de benefi cencia ni de instituciones de caridad; es propia del contrato sinalagmá- tico y conmutativo30.
Considerada en sí misma, la idea de una federación industrial como complemento y sanción de la federación política recibe la confi rmación más estridente de los principios de la economía. Es la aplicación a más alta escala de los principios de mutualidad, división del trabajo y solidaridad económica que la voluntad del pueblo habrá transformado en leyes del Estado.
Que el trabajo quede libre y no lo toque el poder, más letal para el trabajo que la comunidad misma. Pero las industrias son herma- nas, desmembramientos las unas de las otras; si sufre una, sufren todas. Que se federen entonces, no para absorberse y confundirse sino para garantizarse mutuamente las condiciones de prosperidad que les son comunes y cuyo monopolio no puede arrogarse nin- guna. Al celebrar tal pacto no atentarán contra su libertad; sólo le darán más certidumbre y fuerza. Sucederá con ellas lo que en el Estado con los poderes y en el animal con sus órganos, cuya sepa- ración constituye precisamente la potencia y la armonía.
30 Un simple cálculo lo hará evidente. En un Estado libre, la instrucción media
para ambos sexos no puede ser menor a un período de diez o doce años, y comprende casi la quinta parte de la población total; en Francia eso es siete millones y medio de individuos, varones y mujeres, sobre treinta y ocho millones de habitantes. En países como América, donde los matrimonios producen más niños, esa proporción es mayor aún. Por lo tanto se trata de brindar, en justa medida y sin excelencia de elite, instrucción literaria, científi ca, moral y profesional a siete millones y medio de individuos de ambos sexos. Ahora bien, ¿cuál es en Francia el número de individuos que frecuentan las escuelas secundarias y superiores? Ciento veintisiete mil cua- trocientos setenta y cuatro, según la estadística de M. Guillard. Todos los demás –siete millones trescientos setenta mil quinientos veinticinco– están condenados a no pasar jamás de la escuela primaria. Incluso estamos lejos de que todos vayan: los comités de reclutamiento constatan cada año un nú- mero creciente de iletrados. Pregunto: ¿dónde estarían nuestros gobernantes si tuvieran que resolver ese problema de la instrucción media para siete millones trescientos setenta mil quinientos veinticinco individuos, y ya no sólo de los ciento veintisiete mil cuatrocientos setenta y cuatro que ocupan las escuelas? ¿Qué pueden acá el pacto unilateral de una monarquía bur- guesa, el contrato de benefi cencia de un Imperio paternal, las fundaciones caritativas de la Iglesia, los consejos preventivos de Malthus, las esperanzas del libre-cambio? Los mismos comités de salud pública, con todo su vigor revolucionario, fracasarían en esto. Semejante meta sólo puede atenderse a través de una combinación del aprendizaje y la escolarización que haga de cada alumno un productor: lo que supone una federación universal. No conozco hecho más aplastante que éste para la vieja política.
Así, admirablemente, la zoología, la economía política y la política se ponen de acuerdo para decirnos: la primera, que el animal más perfecto, el mejor servido por sus órganos, y conse- cuentemente, el más activo, más inteligente y mejor constituido para dominar es el que posee facultades y miembros más espe- cializados, seriados y coordinados; la segunda, que la sociedad más productiva, más rica, mejor asegurada contra la hipertro- fi a del pauperismo, es la que divide mejor el trabajo, desarrolla más la competencia, tiene el intercambio más leal, la circulación más regular, el salario más justo, la propiedad más igual y to- das las industrias mejor garantizadas recíprocamente; la tercera, por fi n, que el gobierno más libre y más moral es el que divide mejor los poderes, reparte mejor la administración, respeta más la independencia de los grupos y las autoridades provinciales, cantonales y municipales están mejor servidas por la autoridad central; en una palabra, el gobierno federativo.
El primer corolario del principio monárquico, o de autori- dad, es la asimilación o incorporación de los grupos que se van sumando; en otros términos, la centralización administrativa que también puede llamarse comunidad de la unidad política; el segundo corolario es la indivisión del poder, también llamada absolutismo; y el tercer corolario es la feudalidad territorial e in- dustrial; por su parte, el primer corolario del principio federati- vo, liberal por excelencia, es la independencia administrativa de las localidades reunidas; el segundo corolario es la separación de los poderes en cada Estado soberano; y el tercer corolario es la federación agrícola-industrial.
En una república constituida sobre tales fundamentos, puede decirse que la libertad se eleva a su tercera potencia y la autori- dad se reduce a su raíz cúbica. En efecto, la primera crece con el Estado, esto es, se multiplica con las federaciones; la segunda, subordinada de escalón en escalón, sólo se encuentra en su ple- nitud dentro de la familia, donde queda temperada por el doble amor conyugal y paterno.
Sin duda, el conocimiento de estas grandes leyes sólo podía adquirirse con una larga y dolorosa experiencia; quizá también era inevitable que nuestra especie tomara el camino de la servi- dumbre antes de llegar a la libertad. A cada edad, su idea; a cada época, sus instituciones.
Ahora los tiempos han llegado. Europa entera pide a gritos la paz y el desarme. Y las esperanzas recaen en Francia, como si la gloria de ese inmenso benefi cio nos fuera reservada; de nues- tra nación se espera la señal de la felicidad universal.
Literalmente, los príncipes y los reyes están pasados de moda: ya los hemos constitucionalizado;se acerca el día en que no se- rán más que presidentes federales. Entonces habrán terminado las aristocracias, las democracias y todas las cracias, gangrenas de las naciones, espantajos de la libertad. ¿Acaso tiene siquiera la idea de la libertad esa democracia que se cree liberal y sólo sabe lanzar anatemas al federalismo y al socialismo, como hi- cieron sus padres en el ’93…? Pero la prueba debe terminar. Y ahora estamos empezando a razonar sobre el pacto federal; el retorno de la justicia está signado por el cataclismo que arrase a la presente generación, y no creo que esto implique presumir que ésta sea demasiado estúpida.
En cuanto a mí, a quien cierta prensa quiso callar con un silencio calculado, el disimulo y la injuria, ya puedo desafi ar a mis adversarios:
Todas mis ideas económicas de hace veinte años a hoy se resumen en tres palabras: Federación agrícola-industrial;
Todas mis miras políticas se reducen a una fórmula parecida: Federación política o Descentralización.
Y como no hago de mis ideas un instrumento de partido ni de ambición personal, todas mis esperanzas sobre la actualidad y el porvenir se expresan en un tercer término, corolario de los otros dos: Federación progresiva.
Desafío a cualquiera a que haga una profesión de fe más cla- ra, de tanto alcance y a la vez tan moderada; más aún: desafío a todo amigo de la libertad y del derecho a que la rechace.
SEGUNDA PARTE
POLÍTICA UNITARIA
Capítulo I.