En el Diccionario de la Real Academia Española, el vocablo "erosión" incorpora un doble significado, en cuanto a los efectos sociales y físicos que produce: en primer lugar aparece la acepción relacionada con el efecto en la imagen social, que provoca el "desgaste de prestigio o influencia que puede sufrir una persona o una institución"; en segundo, se hace referencia al proceso físico que supone el "desgaste o destrucción producidos en la superficie de un cuerpo por la fricción continua o violenta de otro". No obstante ambas acepciones, se muestran especialmente sugerentes a la hora de referirse a la autoridad, ya sea por su condición relativa (por lo que supone su posesión, así como por el efecto que genera sobre personas e instituciones), o relacional (en el sentido en que la autoridad siempre aparece contestada, discutida, por lo que permanentemente debe de ser legitimada). La "fricción continua" entre un "cuerpo" que reclama su autoridad, y otro "cuerpo" que acepta o transige ésta, requiere de medidas lo suficientemente sustantivas como para no tener que justificarse continuamente.
El debate en torno a la transformación de la autoridad en el mundo actual, trasciende el debate académico, para penetrar en ámbitos mucho más cotidianos como las relaciones familiares, laborales, educativas o políticas. Se genera un cierto sentimiento de nostalgia moral a la hora de hablar de la autoridad, como expresión de algo que ha dejado de ser lo que era. El declive de la autoridad es un argumento manido en múltiples debates. La falta de la autoridad, se identifica como la causa de algunas de las disfunciones de nuestra sociedad.
Probablemente, la autoridad ya no es lo que era, quizás porque siempre ha estado en continua transformación. Según Myriam Revault d'Allones (2008:
15), "la autoridad tiene que ver esencialmente con el tiempo. Se ejerce en un mundo cuya estructura es temporal [...]. El tiempo es la matriz de la autoridad, como el espacio es la matriz del poder. El carácter temporal de la autoridad - más precisamente, la generatividad- hace de ella una dimensión insoslayable del lazo social: asegura la continuidad de la generaciones, la transmisión, la filiación, y a la vez rinde cuenta de las crisis, discontinuidades y rupturas que desgarran el tejido, la trama, de ese lazo social". La autoridad ha adoptado paulatinamente nuevas formas, de acuerdo con la evolución de las sociedades, sucediéndose expresiones o modelos de la misma. Hannah Arendt, en su conocido artículo sobre la autoridad (Arendt, 1996), argumenta que uno de los efectos de la modernidad tal cual fue propuesta por la Ilustración, fue rechazar cualquier tipo de autoridad: así, "todas las metáforas y modelos antiguamente aceptados de las relaciones autoritarias perdieron su carácter admisible" (p. 102). La confusión entre los conceptos de autoridad y poder (en el sentido dado por los romanos a los términos de auctoritas y potestas) han supuesto relacionar históricamente el vínculo en el ejercicio de uno y de otro. La citada Revault d'Allones sugiere que "la autoridad no es, strictu sensu, un concepto político del mismo orden o el mismo rango que el poder [...]; es un concepto
metapolítico [...]. La autoridad es el predicado de un poder al que ella confiere su legitimidad" (2008: 16 y 23).
Max Weber en su clásica formulación de las formas de legitimidad de los tipos de dominación (1964), entiende que los diferentes ejercicios de autoridad que definen una relación desigual entre "dominantes" y "dominados", deben de partir de un principio de credibilidad. Según él, todas las dominaciones "procuran despertar y fomentar la creencia de su legitimidad" (p. 170). Los tres tipos puros de autoridad/dominación (y de consiguiente legitimación) -a pesar de que Weber reconoce que no acostumbran a darse en la historia-, serían la
racional ("que descansa sobre la creencia en la legalidad de ordenaciones estatudas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad (autoridad tradicional)"), la tradicional ("que descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la autoridad (autoridad tradicional)") y la carismática ("que descansa en
la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas (autoridad carismática)") (p. 172).
Los diferentes modelos de autoridad/dominación proponen argumentos de legitimación que no necesariamente son asumidos en su totalidad, por aquellos que son conminados a aceptar tal autoridad. Weber entiende que la legitimidad "debe considerarse sólo como una probabilidad [...]. Ni con mucho ocurre que la obediencia a una dominación esté orientada primariamente (ni siquiera siempre) por la creencia en su legitimidad. La adhesión puede fingirse por individuos y grupos enteros por razones de oportunidad, practicarse efectivamente por causa de intereses materiales propios, o aceptarse como algo irremediable en virtud de debilidades individuales y de desvalimiento" (p. 171). No obstante, éste no parece ser el problema para Weber que, sin embargo, entiende que la "pretensión de legitimidad" de cada modelo de dominación, es la que la hace "válida" en si mismo, pues consolida su existencia y determina su naturaleza.
Este es el argumento por el que la propuesta de tipología de Weber, según Beetham (1991), se convierte en ineficaz para comprender el significado de la legitimidad. Al disolver la legitimidad en una "creencia" o "opinión", "deja al científico social sin capacidad para explicar porqué la gente reconoce la legimitidad de un poder en un tiempo y espacio concreto, pero no en otro" (1991: 10). Beetham entiende que el problema parte de la interpretación que se ha hecho de la obra de Weber, especialmente de las relaciones que se mantienen entre la legitimidad de los diferentes modelos de dominación y las creencias de la gente: "una determinada relación de poder no es legítima debido a que la gente crea en su legitimidad, sino debido a que ésta pueda ser
justificada en términos de sus propias creencias" (p. 11) 2. En este sentido, es preciso tener presente la manera en que las instituciones que ejercen estos
2 En clave politológica, Beetham propone comprender siempre la legitimidad en su contexto, y
no de manera absoluta, ideal o abstracta. Para ello propone tres criterios para evaluar toda expresión de legitimidad del poder: la conformidad con las reglas (validez legal), la justificación del poder en términos de creencias compartidas y la legitimación mediante la expresión del consenso (Beetham, 1991: 20).
modelos de autoridad/dominación pretenden argumentar su credibilidad. El recurso a la tradición, tal como veremos más adelante, representa una práctica muy común. La tradición acude a socorrer la autoridad que es cuestionada, ejercicio que no sólo parece ser patrimonio de las dominaciones carismática o tradicional (la "autoridad del eterno ayer", según la expresión del mismo Max Weber), sino de también otras formas de autoridad, como sería el propio Estado-Nación, que no duda en generar las recreaciones históricas necesarias para legitimarse ante su población (véase Hobsbawm-Ranger, 2002). En este contexto, es útil referirse al concepto de "estrategias de legitimación", desarrollado por Bruce Lincoln (1994), y que entiende como "acciones comunicativas" que, por un lado, se dirigen a una audiencia -implícita o explícita- que se desea persuadir, y que por otro, se componen de un sistema o estructura argumentativa en donde se justifica esa misma legitimación.
La institucionalización, como proceso de conformación de la sociedad como realidad objetiva (Berger-Luckmann, 1968), representa una vía de acceso a la legitimación. Una institución queda legitimada socialmente a partir del momento en que "una tipificación recíproca de acciones habitualizadas por tipos de actores" (p. 76), genera la "necesidad de desarrollar mecanismos específicos de controles sociales" (p. 85). Como forma de evitar el carácter histórico y contingente de una institución, "ese mismo cuerpo de conocimiento se transmite a la generación inmediata, se aprende como verdad objetiva en el curso de la socialización y de este modo se internaliza como realidad subjetiva" (p. 90). Una realidad subjetiva que conforma determinados roles sociales, que "representan el orden institucional" (p. 99).
Las instituciones sociales, pues, se convierten en mecanismos de superación del carácter contingente de la autoridad. La pertenencia a la institución otorga autoridad a quien forma de ella. Esta es la idea clave que define el vínculo que se establece entre la mezquita como institución social y los imames como figuras de autoridad religiosa. Un vínculo que, como en toda relación entre instituciones e individuos, se formula también en clave de desigualdad tal como se entiende en el concepto de roles sociales (véase también Martucelli, 2002 y Lahire, 2004). Las instituciones, cuyo principal éxito radica en proyectar su
funcionalidad como necesaria al funcionamiento de la sociedad (Douglas, 1996: 145), suelen imponerse sobre el individuo: mientras que éste pasa, la institución permanece.
Las instituciones sociales "facilitan a sus miembros un conjunto de analogías con que explorar el mundo y justificar la índole natural y razonable de las normas instituidas [...]. La institución les suministra las categorías de pensamiento, fija las condiciones del autoconocimiento y establece las identidades" (Douglas, ibid. p. 163). Este principio ordenador queda en entredicho en el caso de las mezquitas en contexto europeo. La desconexión respecto a un contexto social diferente a la sociedad de origen, supone la desaparición de "un horizonte social de sentido" (Roy, 2003: 81) que legitime la acción de instituciones como es el caso de la mezquita. De esta manera, esta institución se propone, antes que se impone respecto al colectivo musulmán. La existencia de otras instituciones de referencia para el mismo, así como el cuestionamiento de la propia legitimidad de su función institucional por parte de la sociedad europea, contribuye a fragilizar su rol de autoridad, influencia y estructuración social.