Chapter 3 Methodology and Analysis
3.1 Research Approach
Vicente Curtis reparó en que nunca antes había pensado de dónde venía el material de que estaban hechos los libros. No, ahora no estaba pensando en las ideas, en las doctrinas, en los sueños. Sabía que los libros tenían que ver con los árboles (…). [L]os libros pro- cedían de la naturaleza. Incluso no sería incorrecto decir (…) que los libros eran un injerto. (LAM, p. 53)
Rivas lleva al extremo una perspectiva que ha sido sostenida desde sus inicios por la Historia Cultural y la Sociología de los textos como la más adecuada para dar cuenta de los modos en que la lectura y la cultura escrita contribuyen a dar sentido al mundo (Chartier, 2005a, 2005b, 2006): la necesidad de considerar los libros y los materiales es- critos tanto objetos simbólicos como objetos materiales. No se puede escindir la historia y la interpretación de los textos, de la historia de los materiales escritos y sus usos, ambos puntos de vista necesarios y complementarios para su comprensión. En oposición a la idea platóni-
así representadas se erigen en modelos (o antimodelos) de prácticas, formas de socia- bilidad y relaciones con el poder.
2 En adelante, El lápiz del carpintero: ELC, Los libros arden mal: LAM, Las voces bajas: LVB, El último día de Terranova: UDT.
ca de que una obra conserva una identidad perpetuada más allá de sus encarnaciones materiales, una mirada pragmática señala que ningún texto existe fuera de las obras materiales que lo dan a leer u oír. En contra de la ilusión de recuperar textos puros, ideales, los primeros, los originales de autor, Chartier convoca a superar lo que llama pro- ceso de abstracción textual recuperando los detalles, los desvíos que hacen única cada edición, cada tirada y cada volumen. En LAM esa búsqueda está figurada en la pesquisa del juez Samos que persigue un Nuevo Testamento dedicado por Borrow “A Antonio de la Trava, el valiente de Finisterre”, edición de 1837, ejemplar único de un lote de cinco mil ejemplares impreso en Madrid que los cristianos evangéli- cos repartieron por España esquivando el fuego de la Inquisición. El libro se salva subrepticiamente de la hoguera que le habían destinado los rebeldes porque un subordinado que sospecha de su valor lo sus- trae a la requisitoria:
Qué lástima no tener una bibliotecaria a mano, alguien a quien preguntarle por el valor del libro este del Valiente de Finiste- rre. (…) Samos ha comentado que tiene mucho valor. (…) Ese libro, por el ansia de Samos, el culto, debe valer un Potosí. (LAM, p. 130)
En las novelas que analizamos, los libros son objetos materiales y aún más: son cuerpos orgánicos, parte de la naturaleza: “Distinguió un libro vivo que el fuego empezaba a lamer” (LAM, p. 89). Obje- tos centrales de la cultura escrita, cuando el fuego los devora, revelan que tienen branquias de abadejo, se agitan como liebres atrapadas y el viento esparce los pelos de su piel quemada, sus fragmentos ruedan como erizos de mar de neón, son pájaros cazados, restos de grillos, cigarras y saltamontes, huelen a carne chamuscada, son de materia vegetal, de sustancia animal, tienen huesos, son personas. El capítulo central de LAM, “Arden los libros”, pone en escena la quema de libros que perpetran los fascistas el 19 de agosto en A Coruña, el ritual de
arrojarlos al fuego después de una breve deliberación, y la minuciosa descripción del proceso de destrucción. La exposición a las llamas re- vela la verdadera sustancia de los libros, su intimidad, sus nervios, sus músculos, que quedan al descubierto cuando se muestran crudamente como cuerpos desmembrados.
Los libros habían bajado de los árboles para posarse en una tram- pa de hombres con brazos de visco. (…) [Eran] pájaros de los que sólo quedaban sus siluetas reducidas a cenizas y una brasa de picos amarillos y naranjas (LAM, p. 68)
Los libros, como reos, arrestados, contra la pared, (…) sin poder estirarse, en silencio mudo (…). Pasarán los días, los meses, los años, y los libros arrestados irán desapareciendo. (LAM, p. 63) [E]so explica por qué [las palabras] quedan sueltas entre las ceni- zas, posadas en pequeñas membranas, parecidas a las alas de los grillos, las cigarras o los saltamontes. (…) El incendio del monte en verano huele a una mezcla de vegetación y alas de grillo y ciga- rra, a canto quemado. (LAM, p. 80)
Los libros olían más que nunca, esa mezcla de orines y humo, a restos animales. Él distinguía los lomos y las puntas de piel de la encuadernación a la holandesa, la piel arrugada de la pasta valenciana. Los nervios de caballo de los bramantes. (LAM, p. 148)
En El último día de Terranova los libros, como los seres humanos y los animales, se enferman, son heridos, necesitan ser curados:
Me gustaría curar libros, dijo ella. Sé un poco. Mi padre tenía ami- gos encuadernadores que también se dedicaban a sanar libros. Pues entonces, dijo Amaro, quedas nombrada curandera y compo- nedora de libros de Terranova. Arriba, en la segunda planta, pue- des levantar la botica y un hospital de campaña. (UDT, p. 200)
A través de un camino de metáforas que va desde los árboles a los hombres, pasando por los insectos, los peces y los animales, en Los
libros arden mal, Rivas llega a identificarlos con cuerpos humanos:
“Aquel otro libro fue a caer junto al patíbulo. Lo agarra por el lomo. Un poco más arriba. Por la nuca.” (LAM, 64). Este camino metafórico alcanza su punto máximo en la escena del entierro de los libros. Los encargados de realizar la tarea, obligados, tienen conciencia de prota- gonizar un ritual funesto, ominoso, cargado de tristeza, y se muestran incrédulos y perplejos ante el crimen perpetrado:
El suelo echaba humo. (…) Y algunos de los que los habían que- mado andaban todavía por ahí, golpeando con la puntera los hue- sos de los libros. (…) No era la primera vez que había visto un muerto (...). (LAM, p. 132)
(…) para no derramar la ceniza, los lomos y las puntas de piel tos- tada, las resistencias nerviosas de los bramantes, las astillas óseas de papel contraído. Los restos de los libros. (LAM, p. 135)
Sin embargo, durante la ceremonia, hay un indicio de vida, algo sobrevive, un resto figurado en la gota de sangre de pato que deja caer el Poema “Nueva York (Oficina y denuncia)” publicado en la Revista de Occidente.
[N]inguno de nosotros recordaba haber cargado restos de libros quemados. Las herramientas tampoco (…). Había láminas de ce- niza que aún conservaban la sombra de las hojas. El fuego había trazado un cerco dejando pequeños trozos de papel intacto. (…) Mira Estremil, una gota de sangre de pato… (LAM, p. 134) Antes del episodio de la quema de libros, hay otra escena en la que convergen todos estos sentidos, la de los jóvenes en la playa, cuando Holando se duerme con el libro sobre el pecho y al levantarse su cuerpo muestra la marca del sol. Los libros dejan marcas en los cuerpos, marcas físicas, perceptibles, dejan huellas perceptibles: “La huella de un libro
en la piel. La impresión natural de un libro. El tatuaje del libro. Es el instinto de la cultura que elige la mejor madera.” (LAM, p. 39).
Las prácticas lectoras tienen un aspecto material (los objetos, los lugares, los momentos, la frecuencia, duración y ocasión de la acción, el mobiliario diseñado para la actividad de leer) y un aspecto simbóli- co, conformado por las representaciones, creencias y valoraciones que acompañan a la práctica. Ambos son inescindibles y configuran en con- junto dispositivos con los cuales las sociedades dan sentido al mundo y lo transmiten a las generaciones siguientes. Estas representaciones que despliega Rivas en sus novelas tienen mucha fuerza para nosotros, lec- tores formados en el siglo XX que experimentamos nuevos modos de acceso a la cultura escrita en el siglo XXI: concretamente la vía digital. Los que trabajamos con textos, alternamos la práctica de leer en el libro con la de leer en una pantalla. Sin duda, no es la misma experiencia. Cuando estoy fuera de casa, como en esta ocasión, no llevo conmigo los libros, en este caso, las novelas de Rivas que marqué, señalé y manipulé al elaborar esta presentación. Para no viajar sin ellos, bajé los textos en un formato digital. Menos espacio, menos peso… Cuando quiero en- contrar una cita sigo procedimientos diferentes a los que utilizo cuando tengo el libro concreto. No tengo que ahondar en esto, todos conocemos la experiencia. La búsqueda digital es más rápida y, aún así… si tengo que elegir, escojo el libro. Umberto Eco afirma que “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor” (Eco y Carrière, 2010: p. 20).