la dominación, para la apropiación.
Mientras que para Nietzsche el otro dentro del diálogo es menos o insignificante, para Sartre el otro es alguien al que hay que vencer, a quien hay que conquistar. Ésta es la finalidad que del encuentro humano plantea Sartre Se requiere de las mejores argucias y estrategias para conquistarlo y utilizarlo. Señala que el hombre no puede entrar en comunicación, que es una isla, el lenguaje de la mirada lo utiliza como un arma para convertirlo en una posesión. La conquista es el único motivo por el cual se tiene la comunicación con los demás. Señala que para llegar a ser alguien, más que querer ser algo, se requiere ejercer la libertad. A veces por comodidad o por ignorancia, e inclusive por miedo, se prefiere depender de otro ser y no se ejerce la libertad. Entonces es cuando se presenta la cosificación, es decir, el utilizar al otro para evitar hacer el esfuerzo de construir su propia esencia. Al mismo tiempo se vuelve un objeto o cosa para el otro, ya que se deja utilizar permitiendo que tome decisiones por él. En lo anterior, se muestra lo referente al proceso del encuentro humano.
En El ser y la nada, Sartre acuña dos términos el ser en sí y el ser para sí. El ser para sí se cosifica y se pierde en la nada, de ahí el término “nihilismo”, es decir, una existencia que aún no se concreta, que ni siquiera se puede decir que es pura esencia como lo señala la tradición filosófica. Sartre afirma que el ejercicio de la libertad, que va realizándose con mayor propiedad a medida que avanza la existencia en el tiempo, viene a constituirse como la esencia del individuo humano. El ser que carece de libertad, no tiene la oportunidad para llegar a constituirse como existencia; actúa de manera sórdida para obtener un fin, un ideal. Ese distintivo humano le permite elegir su propio actuar, pero si no se hace uso de esa libertad ya sea por ignorancia o por comodidad, entonces se vuelve dependiente. El no elegir, no permite el existir en uno mismo e ir construyendo la propia esencia, sino que se existe en el otro que decide por uno.
El ser en sí que propone Sartre puede ser un ideal, una meta, algo por conseguir, sin embargo, ésta no es una postura racionalista, puesto que el ser en sí se llega a conseguir a través del ejercicio de la libertad. En la obra de Sartre llamada El existencialismo es un humanismo, ésta viene a ser una defensa, una apología, de que el ser en sí promueve un proceso de convertirse en humano mediante el ejercicio de la libertad. De ahí se salva que la propuesta de Sartre no sea un formalismo sin contenido. La existencia le da realidad a la esencia del hombre, la cual se construye a través de la libertad en el contexto que le ha tocado estar y que a la vez ha elegido.
El mismo Sartre ha definido su existencialismo como la postura que lleva hasta sus últimas consecuencias un franco ateísmo como punto de partida. Los temas centrales de su pensamiento son: el hombre, la libertad, la imposibilidad de las relaciones interpersonales de donde se desprende el amoralismo y el fracaso del hombre en todos sus intentos para realizar su proyecto fundamental: llegar a ser Dios. Para Sartre el hombre, por consiguiente es una pasión inútil y el absurdo es la
tónica general de su existencia, de allí el sentimiento de la náusea que invade y caracteriza a un auténtico existencialista. “El hombre, en la terminología hegeliana aceptada por Sartre, es el ser para sí, para ser libertad absoluta, en contraposición con el mundo que es el ser en sí o absoluta determinación” (Bobbio 99)
Según Sartre, negarse a tomar conciencia de sí mismo y, en particular, de la libertad humana, es sinónimo de "mala fe". El ser humano existe como cosa (en sí), y como conciencia (para sí). Sabe de la existencia de las demás cosas que solamente son un en sí. La conciencia sitúa al hombre ante la posibilidad de elegir lo que será; ésta es la condición de la libertad humana. En su obra principal dice: “El ser humano no es solamente el ser por el cual se develan negatividades en el mundo; es también aquel que puede tomar actitudes negativas respecto de sí. (Sartre, El ser y la nada 91)
El hombre que efectivamente vive su libertad siente el pasado aplastante de su responsabilidad y eso le produce angustia. Por tal motivo la gran mayoría de la gente prefiere evadir el tipo de existencia que es libre, responsable, angustiada y se refugia de “mala fe” en valores y reglas ya hechas. De este modo actúa en función de las cosas, no por sí mismo. Ya no siente angustia, pero vive con una existencia distorsionada, como un cobarde, como un representante del “espíritu de seriedad” “La mala fe no viene de afuera a la realidad humana. Uno no padece su mala fe, no está uno infectado por ella: no es un estado; sino que la conciencia se afecta a sí misma de mala fe...” (Sartre, El ser y la nada 93)
Uno de los beneficios para el encuentro humano es la libertad absoluta que proclama Sartre completamente autónoma, cualquier motivo objetivo que aduzca en una elección, falsifica la libertad y la degrada a condición de cobarde. Ni las leyes, ni los valores hechos, ni la supuesta propia naturaleza del carácter, ni el inconsciente, se pueden constituir como guías de la libertad; ésta es autónoma o no es libertad, sino autoengaño, o sea, “mala fe y cobardía”.
Existencia y libertad son conceptos equivalentes: para el hombre existir es ser libre. Ser libre es afirmar conscientemente la libertad de elegir. El hombre nace libre y está siempre ante la responsabilidad de elegir. Sin conciencia de esta libertad el hombre se "cosifica", se convierte en cosa. Pues si huye de la responsabilidad ante su elección encogiéndose de hombros, cae en lo que Sartre llama: la “mala fe”, aceptando lo que los otros le imponen. Ocurre como si para todo hombre la humanidad tuviera los ojos fijos en lo que él hace y se rigiera por lo que él hace, por eso termina haciendo y cumpliendo lo que esperan de él. Pero la angustia existencial no es algo que conduzca a la inacción, al quietismo, a la resignación o a la consolación. "La angustia es parte de la acción", fundamento de la acción comprometida.
“La realidad humana es libre porque no es suficientemente; porque está perpetuamente arrancada a sí misma y lo que ella ha sido está separado por una nada de lo que es y ser […] El hombre es libre porque no es sí mismo, sino presencia a sí […] Así, la libertad no es un ser: es el ser del hombre, es decir, su nada de ser […]El hombre no puede ser ora libre, ora esclavo: es enteramente y siempre libre, o no lo es. (Sartre, El Ser y la nada 546)
Sartre no acepta el solipsismo que proponen ciertos autores y trata de fundamentar la convicción popular de que existe una multitud de sujetos. Todo consiste en sentirse objeto de una mirada, con ella, dice Sartre, me siento cosificado, como un instrumento o cosa; la vergüenza que experimento ante las miradas ajenas significa la reducción que estoy sufriendo hasta la calidad de objeto y si en ese momento soy objeto es porque en el otro lado de la mirada hay un sujeto; por tanto, no soy el único sujeto, hay un pluralismo de sujetos y con esto el solipsismo queda desbancado .
“Tengo vergüenza de lo que soy. La vergüenza realiza, pues, una relación íntima de mí conmigo mismo: he descubierto por la vergüenza un aspecto de mi ser […] La vergüenza, en su estructura primera, es vergüenza ante alguien […] Por cierto, mi vergüenza no es reflexiva, pues la presencia del prójimo a mi conciencia, así sea a la manera de un catalizador, es incompatible con la actitud reflexiva: en el campo de mi reflexión no puedo encontrarla jamás sino la conciencia que es mía. El prójimo es el mediador indispensable entre mí y mí mismo: tengo vergüenza de mí tal y como me aparezca al prójimo […] me aparezco como objeto […] la vergüenza es, por naturaleza, reconocimiento. Reconozco que soy como el prójimo me ve. (Sartre, El ser y la nada 291- 292)
Sartre señala que la base de las relaciones humanas es el conflicto y la lucha y de ninguna manera es posible establecer el contacto interpersonal, la comunicación de sujeto a sujeto. No hay más que dos posibilidades: o uno se sitúa en calidad de objeto y trata de vencer al otro apoderándose de su libertad de sujeto; o al revés, uno se comporta como un sujeto y trata de reducir al otro a la calidad de instrumento, cosa y objeto. “El prójimo, al contrario, se presenta en cierto sentido como la negación radical de mi experiencia, ya que es aquél para quien soy no sujeto, sino objeto”. (Sartre, El ser y la nada 300) Lo anterior, muestra los riesgos que puede tener el encuentro humano, porque al igual que el otro puede ser un objeto para uno, uno se expone a ser un objeto para el otro.
A partir de aquí surgen algunas variantes, si uno se comporta como objeto, entonces tratará de atraer y absorber la libertad del sujeto por medio del amor, el lenguaje y el masoquismo. El amor consiste en hacerse fascinante al otro, de tal forma que logre cautivar su atención y su libertad. El lenguaje trata de atraer a la libertad del otro por medio de expresiones que lleva a la captación de lo que uno quiere. El masoquismo consiste en hacerse juguete o instrumento del otro. Sin
embargo, los tres modos conducen necesariamente al fracaso pues nunca se logra la seguridad de capturar la libertad del otro.
“La aparición de la mirada ajena, se manifiesta para mí como una vivencia que por principio, me era imposible adquirir en la soledad, la de la simultaneidad. Un mundo para un solo para sí, no puede comprender simultaneidad […] La simultaneidad no pertenece pues a los existentes del mundo […] Ser visto me constituye como un ser sin defensa para una libertad que no es la mía. En este sentido podemos considerarnos como “esclavos” en tanto que nos aparecemos a otro […] Soy esclavo en la medida en que soy dependiente en mi ser en el seno de una libertad que no es la mía y que es la condición misma de mi ser […] Y este peligro no es un accidente sino la estructura permanente de mi ser- para – otro” (Sartre, El ser y la Nada 344- 345)
En el caso de que uno se comporte como sujeto, se dispone de algunos procedimientos para lograr la cosificación de los otros, tales como la indiferencia, el deseo sexual, el sadismo y el odio. La indiferencia consiste en hacer caso omiso de otro como persona y tratarlo como una función en medio de la propia vida, ni siquiera uno lo mira. El deseo sexual se propone reducir al otro a la condición de cuerpo, por lo tanto se convierte en objeto. El sadismo consiste en tratar al otro como juguete, lo cual produce placer. El odio consiste en proyectar un mundo en el que el otro no existe, y por lo tanto, culmina con el asesinato. Sin embargo, también estos cuatro procedimientos están condenados al fracaso, pues uno como sujeto no puede quedar satisfecho tratando puros objetos. Al respecto señala Bobbio:
“El acto constitutivo del “ser para otros” es la mirada: el otro es aquél que se mira. Él sería un objeto del mundo, como la piedra y la casa, si no mirara: en cuanto me mira, se revela como sujeto hacia el cual se polariza el mundo y por el cual yo mismo soy reducido a cosa, a objeto […] Son posibles dos actitudes fundamentales: o trato de actuar sobre la libertad del otro para poseerla (amor) o bien trato de recobrar mi libertad sin eliminar la del otro (indiferencia).” (Bobbio.105)
La presencia de los otros hace que adquiera, junto con la conciencia de sí mismo como ser libre, la conciencia de la amenaza que se cierne sobre su libertad. He aquí lo que es el infierno, como lo señala Sartre: “El infierno son los otros”. “… la mirada del otro, como condición necesaria de mi objetividad, es destrucción de toda objetividad para mí. (Sartre, El ser y la nada 347) Por eso para este pensador, a los otros hay que manipularlos antes de que ellos lo manipulen a uno.
Pero, por otra parte, el hombre vive en sociedad, y esto le obliga a una segunda superación: del "ser para sí" ha de pasar al "ser para otro": "yo no puedo definirme sino en relación con otro". La existencia del otro es lo que me permite definirme a mí mismo en una relación, siempre conflictiva (puesto que el "infierno son los otros") y la autenticidad y veracidad del hombre es el estar obligadamente sólo. "Soledad", "angustia", "delirición", "desesperación" y "náusea" son estados obligados y habituales de la conciencia del hombre que quiere ser "para sí", autoconsciente. El hombre es "una pasión inútil" “… no basta que yo niegue de mí al prójimo para que el prójimo exista, sino que es necesario además, que el prójimo me niegue de sí mismo en simultaneidad por mi propia negación”. (Sartre, El ser y la nada 383)
Se puede inferir en Sartre un relativismo, el hombre como la medida de la existencia; si no hay un valor absoluto, todo queda al arbitrio de la libertad humana. “Si Dios no existe, todo está permitido” Sartre opone radicalmente el hombre a las demás cosas, como se oponen sujeto y objeto. Es cierto que el hombre trasciende por su conciencia y libertad el mundo de la analogía, con ello se comprende que a pesar de todas las diferencias reales entre los entes, de todas maneras hay algo que los unifica y eso es el ser. La tesis principal de Sartre y compartida por los diversos existencialismos del siglo XX es ésta: la existencia precede a la esencia. Tal es la forma que toma en él la idea de que hay que partir de la subjetividad, del existente para de ahí tener que establecer relaciones con el mundo, el otro y la divinidad. En síntesis, las relaciones entre humanos están caracterizadas por el conflicto, se trata de vencer al otro, pero nunca se quedará satisfecho y todo se convierte en una lucha sin sentido, el infierno son los otros.
¿Qué relación guarda el pensamiento de Sartre con el de Jaspers?
El existencialismo de Sartre frente al existencialismo de Jaspers, guarda una relación analógica: tienen aspectos en común y otros que los diferencian. Ambos coinciden en que la existencia precede a la esencia; en que la libertad es un elemento distintivo de lo humano. Mientras que en Sartre el hombre es libertad inevitable y sólo la “mala fe”, es decir, el asumir valores y creencias, podría distraerla, distorsionarla o deteriorar su ejercicio pleno; en Jaspers, la libertad es una condición para entrar en relación con el otro, se constituye como un reto para no ser manipulado y caer en la dependencia para con el otro.
Otro de los aspectos en que coinciden es en que los otros están ahí, al menos para hacer una contraparte del existente. En Sartre el otro cumple solamente la
tarea de hacer patente la negación de uno: el otro es un objeto para mí y viceversa. Es una lucha de libertades, de dominación, de aniquilación. Por el contrario, en Jaspers, el otro es un espejo del ser de uno mismo; el otro es la única posibilidad de trascender, de aclarar la propia existencia, el otro es una relación dialéctica sin ventajas y una oportunidad para hacer realidad la comunicación existencial, así como una gran posibilidad de hacerse semejante a Dios.
Además de lo anterior se parecen en que hay un proyecto de vida para el hombre, aunque de diferente manera. En Sartre se convierte en una tarea inacabable e inútil por no poder lograrlo, y siempre estar a la defensiva del otro, ocupando su tiempo en dominarlo y poseerlo. En cambio para Jaspers, existe la gran posibilidad de conseguir la meta de una existencia clarificada y auténtica.
La idea de contrastar los pensamientos de Hobbes, Nietzsche y Sartre con los de Jaspers, es encontrar en qué se relacionan y cuáles son sus diferentes aportaciones al tema del diálogo. Como se ha podido ver, los dos primeros autores coinciden en que los seres humanos no requieren de la comunicación con los demás, ni siquiera por su propia naturaleza humana. Mientras que para Hobbes el hombre no es capaz de relacionarse con los demás porque se ataca mutuamente y por eso requieren de otro que les indique los acuerdos que deberán tomar; para Nietzsche, el hombre es tan autosuficiente que le degradaría el necesitar del otro. En cambio, para Sartre, los demás son únicamente para utilizarlos y así conseguir lo que se quiere.
Jaspers conviene con los tres en que en un encuentro humano pueden presentarse cualquiera de estas posibilidades que estos pensadores señalan. Para Jaspers suelen darse en un primer paso del proceso que él propone y que sería la comunicación empírica. Sin embargo, Jaspers, a diferencia de los tres, propone que a través de un proceso en el que se superen obstáculos y se propicie una comunicación en la que se comprometan mutuamente, el hombre podrá desarrollarse, relacionarse con los demás aclarando mutuamente su existencia.
Capítulo III El encuentro. La ética del diálogo en los contemporáneos a partir