El acceso de las minorías a los medios de comunicación masiva es una condición básica para su participación en la definición pública de su si- tuación. A pesar de que muchos periodistas generalmente se autodefinen como liberales, la falta de acceso a los medios de las minorías es una de las propiedades más notables de la dominación simbólica de las élites blancas (Hujanen, 1984; Mazingo, 1988; Minority Participation in the Media, 1983; Wilson y Gutiérrez, 1985). En Europa, prácticamente no hay periodistas pertenecientes a minorías y mucho menos que ocupen posiciones editoriales decisivas. Los periódicos de primer nivel apenas pueden tener uno o dos miembros de alguna minoría como muestra y fre- cuentemente son puestos free-lance o con contratos que no aseguran es- tabilidad. Hasta en Estados Unidos, el 51% de los periódicos no tiene pe- riodistas pertenecientes a minorías y los miembros de minorías que obtienen un puesto encuentran serias dificultades para ascender. La te- levisión tiene un acceso limitado sólo para algunos miembros de mino- rías, visibles (muy «moderadamente») como muestra. Lo cierto es que el personal de las salas de redacción es, casi en su totalidad, blanco, lo cual tiene, por supuesto, serios consecuencias en la producción de noticias, el estilo de escritura, el acceso a las fuentes y la perspectiva general del dis- curso de las noticias de actualidad de los diarios y los programas noti- ciosos de la televisión (Hartmann y Husband, 1974; Martindale, 1986; Smitherman-Donaldson y van Dijk, 1991).
Además, como consecuencia de su limitado poder social y económico, los grupos y organizaciones minoritarios también carecen de las formas habituales de acceso organizado a los medios, tales como las conferen- cias y los comunicados de prensa y los departamentos de relaciones pú- blicas (Fedler, 1973). En cambio, se sabe que la mayoría de los periodistas blancos prefieren consultar a fuentes institucionales (blancas) (Tuchman, 1978) y, en general, consideran que las minorías son menos creíbles, es- pecialmente cuando éstas expresan opiniones críticas sobre las élites blancas dominantes. Los problemas de comunicación y las diferencias de estilo entre los periodistas blancos y las fuentes de los grupos minorita- rios pueden limitar aún más el acceso de las minorías a los medios (Koch- man, 1981).
Es predecible que el acceso diferencial de las élites de la mayoría y de las minorías a los medios desemboque en un acceso igualmente di- ferencial a las estructuras de las informaciones de actualidad. La selec- ción de las cuestiones y los temas de las noticias y la prominencia que se les da responden, pues, al enfoque estereotipado y negativo preferido por las élites políticas, corporativas, sociales o académicas blancas y sus instituciones. Así vemos que la cuestión frecuente de la inmigración se define principalmente como una invasión y un situación esencialmente problemática y rara vez se presenta como una contribución recibida con agrado a la economía o la cultura del país. Otras cuestiones predilectas de la cobertura de noticias «étnicas» son el crimen, la violencia, las dro- gas y las anomalías culturales. En cambio, a causa del acceso limitado de las minorías a la definición de la situación, casi no se cubren o se resta importancia a las cuestiones y los temas que les tocan directamente, ta- les como la discriminación, el racismo, la brutalidad policial, la escasez de empleos, las condiciones miserables de trabajo, los fracasos educati- vos de las minorías y muchos otros, y esto sucede especialmente cuando la responsabilidad de la situación recae en las élites blancas. Por otro lado, habitualmente se da una amplia cobertura a las acciones de las éli- tes blancas definidas como «positivas» para las minorías. Como cuando se trata de cubrir las relaciones Norte-Sur, «nuestra» ayuda a «ellos» es un tema que merece un lugar prominente en las noticias. Así, la selec- ción y preponderancia de los temas que son noticia es una función di- recta del acceso, los intereses y las perspectivas diferenciales corres-
pondientes a los actores de las noticias pertenecientes a la mayoría y a las minorías.
De modo semejante, la falta de acceso a los periodistas también pre- dice que los portavoces de las minorías aparecerán menos citados que los de la mayoría blanca, como en realidad sucede (van Dijk, 1991). En las raras ocasiones en que se les cita, seguidamente pueden ocurrir dos co- sas: o bien se cita o entrevista a algún portavoz moderado que comparte las opiniones y perspectivas de la mayoría, o bien se cita o entrevista a algún personaje radical o extremista que facilita la ridiculización o el ata- que a la posición de la minoría citada en primer término (Downing, 1980). Especialmente se cita a las minorías cuando se abordan temas «li- vianos» y menos «arriesgados», tales como la religión, las artes, el folclor o la cultura en general (Hartmann y Husband, 1974; Johnson, 1987; van Dijk, 1991). Además, a diferencia de los portavoces del grupo mayori- tario, a los miembros de las minorías rara vez se les permite hablar so- los. Toda acusación que hagan contra la sociedad del país de acogida y sus élites, en caso de que se haga pública, siempre aparece acompañada de la correspondiente objeción.
Estas mismas observaciones pueden hacerse respecto a todas las pro- piedades y todos los niveles de las noticias de actualidad. El contenido del titular y su estructura sintáctica sistemáticamente «nos» favorece y «los» consideran un problema, como ocurre con el estilo léxico (por ejem- plo, «tumulto» en lugar de «disturbio»), la retórica, los descargos de res- ponsabilidad y otros jugadas semánticas estratégicas («No tenemos nada en contra de los turcos, pero...», «Somos una sociedad tolerante, pero...»), así como con otras propiedades discursivas. Con lo cual, en el conjunto, las acciones negativas de «ellos» se destacan más (por ejemplo, insistiendo en el tema durante varios días, dándole la primera plana, con grandes ti- tulares, poniendo énfasis retórico), mientas que «nuestras» acciones ne- gativas se pasan relativamente por alto apelando a las negativas, los eu- femismos, la mitigación y otras estrategias destinadas a evitar una presentación negativa de nosotros mismos (van Dijk, 1991, 1992). La falta de fuentes de información alternativas sobre las relaciones étnicas hace que los efectos de esta transmisión cotidiana de los modelos y actitudes de muchos lectores blancos sean predecibles: se disemina el prejuicio y la xenofobia. La verdad es que las minorías y sus representantes tienen
muy poco acceso al público en general, salvo cuando apelan a las pro- testas y la conducta perturbadora que precisamente será definida como una confirmación de los estereotipos y prejuicios prevalecientes.
La academia
Algo muy parecido podría decirse de las pautas de acceso al discurso edu- cacional o científico (para más detalles, véase van Dijk, 1993a). Las mi- norías, especialmente en Europa, en general tienen poco acceso a las uni- versidades y mucho menos al control activo del discurso académico, ni siquiera en la esfera de los «estudios étnicos» sobre sí mismas. En Ho- landa, por ejemplo, más del 95% de toda la investigación «étnica» está a cargo de investigadores holandeses blancos y en la supervisión se regis- tra una proporción aún más elevada. Los departamentos de estudios ét- nicos, cuando los hay, suelen estar conformados casi exclusivamente por blancos y los temas que se investigan en esos estudios «étnicos» son sor- prendentemente parecidos a los que se tratan en los medios de comuni- cación masiva: las diferencias y las anomalías culturales, el crimen o los problemas educacionales. Con la demora usual, los libros de texto del ni- vel medio reproducen típicamente los estereotipos sobre las minorías fa- vorecidos en la academia. Tampoco es una sorpresa que los medios, a su vez, presten particular atención a aquellos resultados de la investigación que se ajustan primorosamente a los estereotipos dominantes, tales como las pandillas, la droga, el crimen o los problemas de las jóvenes inmi- grantes.
A las cuestiones críticas, es decir, la discriminación y especialmente el racismo, se les presta tan poca atención en los estudios académicos como en la prensa. Además, hay una clara tendencia a soslayar, negar, margi- nar e impugnar los pocos estudios sobre esas cuestiones tachándolos de «poco científicos» o «políticamente tendenciosos» (Essed, 1987).
De todo ello resulta que los grupos étnicos y hasta sus élites eruditas virtualmente no tienen acceso a los modos en que se define la situación étnica en las ciencias sociales y mucho menos algún control sobre ellos. Ya que además gran parte de esa investigación se emplea como fuente de políticas nacionales (y para reportajes en los medios), resulta evidente que las élites blancas dominantes conspiran en conjunto para impedir el ac- ceso a la base hegemónica del poder, la del conocimiento, las creencias y
la elaboración del consenso. Ya está fuera de discusión que los progra- mas, las publicaciones académicas, las conferencias y los demás vehícu- los del discurso científico también están dominados en su mayor parte por estudiosos blancos, salvo la excepción de algunos pequeños «nichos» de periódicos «negros» que prácticamente no tienen ninguna influencia en el orden establecido académico de las ciencias sociales en su conjunto. El despliegue con bombos y platillos, sobre todo en Estados Unidos, de lo que se define como «corrección política» en la academia refleja una re- acción exagerada de las élites blancas dominantes a las variaciones cul- turales locales y a la resistencia de las minorías, antes que un cambio fun- damental del discurso académico que prevalece y las pautas de acceso a él (Aufderheide, 1992; Berman, 1992).