A. R. W. Harrison. “ Law-making at Athens at the end o f the llfth century B. C .", Journal of HeUenic Studies. LXXV (1955), pp. 26-35.
garquia. En cuanto al problem a constitucional que dominara parte tan larga del siglo v, fueron los parti darios de la democracia popular quienes triunfaron, y lo hicieron precisamente porque lucharon por ella y lucharon inucho. Fue la suya una lucha partidista, y el Viejo Oligarca expuso el diagnóstico correcto cuando atribuyó el poderío ateniense precisamente a esa ra zón. Ciertamente, su entendimiento, o acaso su inte gridad, no fue tan lejos com o para advertir el hecho de que los dirigentes democráticos eran por aquel en tonces aún varones de alta posición social, incluso de cuna aristocrática: no sólo Pericles, sino también Cleón y Cleofón, y después Trasíbulo y Anito. Estos dos últimos fueron quienes dirigieron en el 403 la facción democrática que consiguió derrocar a los Treinta Tiranos, coronando su victoria con aquella amnistía que incluso Platón alabó. La lucha parti dista, empero, no era derechamente una lucha de cla ses; su facción obtenía también el apoyo de nobles y ricos. Tam poco era una lucha sin reglas o legitimi dad. El santo y seña que los demócratas oponían a
eunomia era isonomia, y, como Vlastos ha apuntado, los
atenienses “ perseguían la meta de la igualdad política [...] no en desconfianza del imperio de la ley, sino en apoyo suyo” . Los ciudadanos pobres de Atenas, o b servó, no levantaron ni una sola vez la típica demanda revolucionaria de los helenos —la redistribución de la tierra— durante los siglos v y iv.w
39. G. Vlastos, “ Isonomia” , American Journal o j Philology, LXXIV (1953), pp. 337-366. Cf. Jones, Democracy, p. 52: "P o r lo general los demócratas tendían, al igual que Aristóteles, a considerar las leyes como un código establecido de una vez para todas por algún sabio legislador... código que, en principio inmutable, requeriría en ocasiones clarificacio nes o apéndices". El “ imperio de la ley ' es ya de por si un arduo tema.
Durante esos dos siglos, Atenas fue, de acuerdo con todo tipo de pruebas pragmáticas, el más grande, con mucho, de los Estados griegos, con un poderoso sentido de comunidad, con una dureza y una resisten cia que, incluso tomando en consideración sus am bi ciones imperiales, estaban templadas por una huma nidad y un sentido de la equidad y de la responsabili dad del todo extraordinario para su época (y para muchas otras también). Lord Acton, aunque parezca paradójico, Fue uno de los pocos historiadores que se percataron de la significación histórica de la amnistía prom ulgada en el 403. Com o él escribió: “ Los parti dos enemigos se reconciliaron y proclam aron una amnistía, la primera en la historia” .40 La primera en la
historia, a pesar de todas las conocidas debilidades, a
pesar de la psicología de masas, de los esclavos, de la ambición personal de muchos dirigentes, de la im pa ciencia de la mayoría con respecto a la oposición. Y ésta no fue la única innovación de los atenienses: la estructura y el mecanismo de la democracia eran inte-
aunque no al que dedicamos el presente articulo. Tampoco el de la valo ración de los demagogos individuales como, por ejemplo, Cleón, sobre el que puede verse d recentísimo articulo de A. C. Woodhead, “ Thucidides portrait o f Cleon", Mnemosyne, IV serie, XIII (1960), pp. 289-317; A. An drewes, ‘‘The Mytilene debate” , Phoenix, XVI (1962), pp. 64-85.
40. "T he history o f freedom in Antiquity", publicado en Essajs on
Freedom and Power, ed. C. Himinelfarb (Londres, 1956), p. 64. La paradoja
puede ampliarse aún m is: en su reseña sobre la obra de Grote, J . S. Mill escribió acerca de los años que condujeron a los golpes oligárquicos del 411 y del 404 lo que sigue: “ A la multitud ateniense, de cuya irritabilidad y susceptibilidad democráticas tanto oímos, habrá de reprochársele, antes bien, una confianza en exceso fácil y bienintencionada, cuando reflexio namos sobre el extremo de que tenían viviendo, entre ellos a los mismos hombres que. a la sombra de la primera oportunidad, estaban listos para concertar la subversión del régimen democrático...” : Dissertations and Dis
cussions, II (Londres, 1959), p. 540.
gramente su invento propio, puesto que buscaban algo para lo que no existían precedentes,y en ese es fuerzo contaban tan sólo con su propia noción de li bertad, con su solidaridad comunitaria, con su dispo sición a plantearse preguntas (o, cuando menos, a aceptar las consecuencias de su planteo) y su expe riencia política ampliamente compartida.
Gran parte del mérito de los logros atenienses es asignable a la dirección política de su Estado. A mi juicio, ese punto está fuera de discusión. Ciertamente, el ateniense medio no lo habría discutido. A pesar de todas las tensiones e incertidumbres, a pesar de todos los juicios irreflexivos y del irrazonable cambio en sus opiniones, el pueblo apoyó a Perides durante más de dos décadas, como apoyaron a un dpo muy distinto de hombre, Oeinóstenes, bajo condiciones sobrema nera diversas una centuria más tarde. Estos hombres, y otros como ellos (menos conocidos hoy) fueron ca paces de llevar a término, durante am plios períodos de tiempo, un program a político más o menos cohe rente y exitoso. Es perfectamente perverso ignorar este hecho, como lo es ignorar la estructura de aque lla vida política merced a la cual Atenas se convirtió en lo que luego sería. Y no otra cosa se hace de seguir la orientación de Platón o Aristófanes y mirar tan sólo a las personalidades de los políticos, o a los cri minales y fracasados que entre ellos hubo, o guiarse por alguna norma éüca de experiencia ideal.
Al final, Atenas perdería su libertad y su indepen dencia, dom eñada por un poder externo superior. Se hundió luchando, con un entendimiento de lo que estaba en juego superior al de muchos de sus críticos de etapas ulteriores. Su combate postrero fue dirigido por Deinóstenes, un dem agogo. No pueden hacerse
las dos cosas: por un lado ponderar y adm irar los lo gros conseguidos en dos siglos y condenar de con suno a los dem agogos que fueron los arquitectos del cuadro político y los hacedores de la política, o a la Asamblea en la que y para la que trabajaron.41
4 1. Véase el recentísimo libro de W. R. Connor, The New Poliliaiuu a j
Fißh-Cenlury Athem (Princeton, 1971); y a mi obra Detmxraty Andera and Madent (Londres, 1973), incluida en este volumen.