Este tratamiento, que corresponde a los aspectos más específicos de la intervención en la car- diopatía isquémica, abarca dos módulos: la intervención sobre el tipo A, y la intervención sobre la ira y la hostilidad. En relación con la primera, la revisión de los programas utiliza- dos con suficiente tiempo de seguimiento para garantizar sus resultados pone de manifiesto la existencia de una gran variabilidad, tanto de las técnicas utilizadas, como del tiempo dedi- cado a ellas.
En lo que se refiere a las técnicas utilizadas dentro de este tipo de intervenciones, se destacan, y son las más empleadas, las dedicadas a entrenar en un estilo de comportamien- to tipo B, junto con sesiones educativas sobre el riesgo que supone tener un patrón de con- ducta tipo A y el entrenamiento en alguna técnica de relajación. Frente a esto, la educación del riesgo coronario es el procedimiento menos utilizado y, además, el menos específico,
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puesto que incluye los riesgos que hemos denominado tradicionales y no los emocionales. Pero veamos lo que aportan cada una de ellas:
1. La “educación del riesgo coronario” es un procedimiento de tipo instruccional, en el que se educa a las personas en la relación que existe entre los comportamientos que llevan a potenciar factores de riesgo tradicionales y el desarrollo de la enfermedad coro- naria. Un meta-análisis realizado a partir de los resultados obtenidos por los estudios que han empleado este procedimiento, pone de manifiesto que es el responsable de 18% de los efectos positivos o preventivos que se obtienen con este tipo de interven- ción (Rahe, Ward y Huyes, 1979; Levenkron y cols., 1983; Friedman y cols., 1984; Gill y cols., 1985).
2. La “educación del riesgo tipo A” es un procedimiento basado en sesiones educativas en las que se informa sobre la asociación que existe entre los comportamientos típicos del patrón de conducta de ese tipo y la enfermedad coronaria. En promedio, este tipo de procedimientos es responsable de 39% de los efectos positivos que se obtienen en los programas de intervención preventivos en los que es incluido (Rae, Wad y Hayes, 1979; Roskies y cols., 1979; Langosch y cols., 1982; Levenkron y cols., 1983; Friedman y cols., 1984; Hart, 1984; Gill y cols., 1985).
La “relajación” consiste en el entrenamiento en alguna técnica de desactivación, entre las cuales las más utilizadas han sido procedimientos basados en la relajación progresi- va y en procedimientos de yoga. El porcentaje de efectos beneficiosos debidos a este tipo de técnicas es de 18 por ciento.
3. La “reestructuración cognitiva” es un procedimiento enfocado en la identificación de las cogniciones típicas del tipo A para modificarlas mediante reestructuración. Este proce- dimiento parece aportar 37% de los efectos positivos que se obtienen con este tipo de intervención.
La “confrontación imaginaria” es una técnica que se basa en imaginar situaciones de alta activación y/o de confrontación, las cuales son utilizadas para practicar habilidades específicas de afrontamiento, desarrolladas mediante la relajación o la reestructuración cognitiva. La aportación de efectos positivos de este tipo de técnicas en los programas de intervención preventiva es de 21% (Suinn y Bloom, 1978; Jenni y Wollersheim, 1979; Langosch y cols., 1982; Levenkron y cols., 1983; Hart y cols., 1984).
4. El “afrontamiento tipo B” es un entrenamiento generalmente basado en la técnica del “rol play”, que tiene como finalidad desarrollar habilidades de afrontamiento típicas del patrón de conducta de este tipo, es decir, estrategias de afrontamiento alternativas a las manifestadas por el tipo A. Los beneficios de esta clase de entrenamiento están alrededor de 15% de los aportados por los programas de intervención preventiva.
5. Por último, “el soporte emocional” hace referencia, en la mayoría de los trabajos, a una condición de control y no a una verdadera intervención sobre factores de riesgo de cualquier tipo. De tal modo, no aporta nada a los posibles beneficios de los programas de intervención.
Así pues, a partir de los datos existentes, el mejor programa de intervención preventi- va sobre el patrón de conducta tipo A estaría configurado por una fase educativa del riesgo de este tipo, una reestructuración cognitiva y una confrontación imaginaria. En lo que se refie- re al tiempo utilizado en el entrenamiento, también es muy desigual. Así, en los extremos se puede mencionar el procedimiento utilizado por Suinn y Bloom (1978), que se lleva a cabo en cinco sesiones de una hora de duración separadas por un corto periodo, mientras que en el de Friedman y cols. (1974) se realizan en treinta sesiones de una hora, repartidas a lo largo de tres años. Al parecer el hecho de que el entrenamiento sea realizado de forma masiva o distribuida no genera beneficios adicionales. Lo que sí es importante es mantener sesiones recordatorias sobre lo entrenado, durante un periodo de tres años, con una perio- dicidad anual.
En relación con la intervención preventiva sobre la ira y la hostilidad, ésta se realiza en dos fases: una primera, sólo con aquellas personas que presentan niveles extremos de hos- tilidad y una falta total de control sobre la respuesta emocional; y una segunda, en la que intervienen quienes han recibido la primera y aquellos que, a pesar de presentar aún nive- les moderados de hostilidad, deben enfrentar diversos factores de riesgo tradicionales que hacen aconsejable su reducción.
La primera fase se centra en aumentar el autocontrol, con base en el procedimiento de evaluación y la autoobservación para aumentar la conciencia de la persona sobre su compor- tamiento frente a la ira. Además, se utiliza la interferencia de las respuestas emociona- les, mediante estrategias de demora o detención del pensamiento, para lograr la interrupción temporal de la actividad que se está realizando para evitar explosiones airadas o agresivas, y permitir que se recobre el control emocional.
La segunda fase se enfoca en el entrenamiento en habilidades de afrontamiento pasi- vas, en reestructuración cognitiva, solución de problemas y la capacitación en habilidades comportamentales para manipular las provocaciones inevitables.
En resumen, la prevención de la cardiopatía incluye, necesariamente, intervención tanto sobre los factores de riesgo tradicionales como en los emocionales. Dada la especificidad de la intervención por módulos y basándose en los datos epidemiológicos, etiológicos y de efi- cacia disponibles, es necesario destacar la necesidad de un tratamiento globalizado que afec- te todos los factores de riesgo que estén actuando en cada persona para la que se desarro- lle el programa preventivo. Aunque hemos prestado un mayor espacio a los aspectos relacionados con el patrón de conducta tipo A, la ira y la hostilidad, no debe olvidarse la incidencia que tienen los restantes factores de riesgo, con vistas a la formulación de progra- mas eficaces de prevención de la cardiopatía isquémica.