La interculturalidad no se puede considerar en términos latos porque deviene con un antecedente filosófico que implica una concepción no euro céntrica, esto significa crear una filosofía o una concepción propia de esta parte del continente y específicamente de nuestro país, se plantea aportar para la elaboración de una nueva filosofía latinoamericana y andina, esto nos conlleva a deconstruir la colonialidad del poder (orden económico). Como parte del continente estamos obligados a crear una nueva filosofía a partir de lo nuestro, es decir de nuestras tradiciones y culturas cuya gran tarea es la de dialogar y vigorizar lo nuestro a través de investigaciones y epistemes que ayuden al fortalecimiento de nuestra cultura e identidad, “Como aspiración a un tipo de relación social de respeto y diálogo entre diversos para vivir en armonía, no existe como fenómeno social general ni existirá si no desmontamos y de-construimos este orden (económico, político, social, cognitivo) de desigualdad absoluta y dominación” (Betancourt, 2009: 7). La interculturalidad como tal, dice Betancourt, necesita para existir lo que (Dussel, 2000:41) y otros intelectuales están proponiendo, esto es, repensar ( deconstruir) toda la historia y la filosofía y darle no solamente el justo lugar de contribución al desarrollo del conocimiento de la humanidad, a los pueblos originarios del Nuevo Mundo, Asia y África, que fueron invadidos creándose mecanismos de absoluta desigualdad y dominación, lo que se quiere es cambiar esta situación tanto en lo económico, político, social y cognitivo.
La interculturalidad significa “entre culturas”, pero no simplemente un contacto entre culturas, sino un intercambio
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que se establece en términos equitativos, en condiciones de igualdad. Además de ser una meta por alcanzar, la interculturalidad debería ser entendida como un proceso permanente de relación, comunicación y aprendizaje entre personas, grupos, conocimientos, valores y tradiciones distintas, orientada a generar, construir y propiciar un respeto mutuo, y a un desarrollo pleno de las capacidades de los individuos, por encima de sus diferencias culturales y sociales. En sí, la interculturalidad intenta romper con la historia hegemónica de una cultura dominante y otras subordinadas y, de esa manera, reforzar las identidades tradicionalmente excluidas para construir, en la vida cotidiana, una convivencia de respeto y de legitimidad entre todos los grupos de la sociedad (UNICEF [2005]1998:4)
La interculturalidad es un proceso y actividad continua; y no solamente de sectores campesinos e indígenas. La interculturalidad tiene un papel crítico central y de proyección al futuro - no sólo en la educación, sino en todas las instituciones de la sociedad de tal manera que se ha de reconstruir, sistemáticamente desde la escuela hasta la universidad, procesos educativos, sociales, políticos y jurídicos; y de participación de los peruanos con el fin de romper la concepción euro céntrica y reforzar las identidades de los pueblos originarios y construir, una vida cotidiana, de respeto y de legitimidad entre todos los grupos de la sociedad. Como términos, la inter- multi- y pluriculturalidad muchas veces usados como sinónimos, sin embargo
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encontramos diferencias. Vamos a seguir las propuestas de la UNICEF (2005):
La multiculturalidad es un término principalmente descriptivo. Se refiere a la diversidad de culturas que existen, sea local, regional, nacional o internacional, sin que necesariamente tengan una relación entre ellas. Su uso mayor se da en el contexto de países occidentales como los Estados Unidos, donde las minorías nacionales (negros e indígenas) coexisten con
varios grupos de inmigrantes, minorías involuntarias como los
puertorriqueños y chicanos, y los blancos, todos descendientes de otros países principalmente europeos; o como en Europa donde la inmigración se ha ampliado recientemente.
Las políticas multiculturales del Banco Mundial y de otras entidades financieras, multilaterales y transnacionales, son las mismas en todos los países del llamado “tercer mundo”; son políticas que se “abren” hacia la diversidad al mismo tiempo que aseguran el control y continuo dominio del poder hegemónico nacional y los intereses del capitalismo global. Refiriéndose a este fenómeno, (Walsh [2009] 2001: 43), sostiene la nueva lógica multicultural del capitalismo multinacional. Mientras que el multiculturalismo sustenta la producción y administración de la diferencia dentro del orden nacional, volviéndola funcional a la expansión del
neoliberalismo (Walsh [2009]:43), la interculturalidad –como la entendemos
aquí, pensada desde los grupos históricamente subalternizados y no desde
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Su proyecto no es simplemente reconocer, tolerar o incorporar lo diferente dentro de la matriz y estructuras establecidas. Por
el contrario, es implosionar –desde la diferencia– las
estructuras coloniales del poder (incluyendo a aquéllas que intentan controlar el saber, el ser y las relaciones complejas en torno a la madre naturaleza), como reto, propuesta, proceso y proyecto; es re-conceptualizar y re-fundar estructuras sociales, epistémicas y de existencias, que ponen en escena y en relación equitativa lógicas, prácticas y modos culturales diversos de pensar, actuar y vivir. Por eso, la interculturalidad no es un hecho dado sino algo en permanente camino y construcción (Walsh, 2009: 44)
De hecho, la interculturalidad es inseparable de la identidad y la diferencia; inseparable de las maneras en las que nos identificamos con otras personas o nos diferenciamos de ella. El hecho de relacionarse de manera simétrica con personas, saberes, sentidos y prácticas culturales distintas requiere de un autoconocimiento de los elementos que se forman y destacan, tanto a nivel de lo propio como de lo diferente.
Eso no implica “rescatar” hábitos o costumbres “tradicionales” o
replegarse al pasado sino abrirse a los elementos presentes –
que para muchas comunidades indígenas y afro incluyen la revitalización de elementos ancestrales y nociones integradas del tiempo pasado-presente-futuro–, que contribuyen a formar seres individuales y colectivos; cuyo reconocimiento puede
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contribuir al fortalecimiento de autoestima y autenticidad, y a impulsar y no “salvar” culturas (Walsh, 2009: 46)
La función de revitalizar e impulsar las culturas ancestrales originarias contribuirían a formar seres individuales y colectivos, generando autoestima y autenticidad, ello es mucho más saludable y viable, que rescatar o salvar culturas.