6. CONCLUSIONS
6.1 Research summary and conclusions
A la hora de ilustrar la fuerza de la sanción social, existe un ejemplo que es, con mucho, mi favorito. Su atractivo radica en la combinación de varias características: constituye una muestra del infrautilizado método de la observación participativa, por el cual el científico estudia un proceso zambulléndose en el medio en el que aquél surge.
Proporciona información de interés a grupos tan variados como historiadores, psicólogos y teólogos, y lo que es más importante, muestra cómo podemos emplear la sanción social sobre nosotros mismos para asegurarnos de que lo que preferimos que sea verdad parezca serlo.
Se trata de una vieja historia que obliga a examinar antiguos datos, ya que el pasado está salpicado de movimientos religiosos milenaristas. Numerosas sectas y cultos han profetizado que, en una fecha concreta, se iniciaría un período de redención y gran felicidad para quienes creyesen en las enseñanzas del grupo.
En todos los casos se ha predicho que el comienzo del tiempo de salvación estaría marcado por acontecimientos trascendentales e irrefutables, casi siempre una serie de cataclismos que culminarían con el fin del mundo.
Naturalmente, todas estas predicciones han resultado ser falsas. Para consternación de los miembros de tales sectas, el apocalipsis nunca se ha producido cuando estaba previsto.
Sin embargo, inmediatamente después del evidente incumplimiento de la profecía, la historia registra la aparición de un enigmático modelo de comportamiento. En lugar de huir en desbandada tras la desilusión, los seguidores de dichas sectas ven fortalecidas sus convicciones.
Arriesgándose a ser ridiculizados, se lanzan a la calle a afirmar públicamente su dogma y a buscar conversiones con un fervor que se intensifica, en lugar de disminuir, con la clara refutación de una creencia central.
Así ocurrió con los montañistas del siglo u en la actual Turquía, con los anabaptistas del siglo XVI en Holanda, y con los milleritas del siglo XIX en los Estados Unidos. Y así podría ocurrir también, en opinión de tres expertos en ciencias sociales, con un culto apocalíptico surgido en el Chicago de nuestros días.
Los tres científicos —León Festinger, Henry Riecken y Stanley Schachter— que trabajaban en la universidad de Minnesota, oyeron hablar del citado grupo de Chicago y pensaron que valía la pena estudiarlo de cerca.
Su decisión de investigar uniéndose al grupo de incógnito como nuevos creyentes, y situando entre sus lilas algunos observadores remunerados, dio lugar a un interesante relato de primera mano sobre las actividades anteriores y posteriores al día en que debía producirse la catástrofe (Festinger, Riecken y Schachter, 1956).
Era una secta pequeña; nunca tuvo más de 30 adeptos. Estaba dirigida por un hombre y una mujer de mediana edad, bautizados por los investigadores en su informe como Thomas Armstrong y Marian Keech.
El doctor Armstrong, médico del departamento de salud de un centro universitario, llevaba largo tiempo interesado por el misticismo, las ciencias ocultas y los platillos volantes; dentro del grupo, se le consideraba una autoridad en estas materias.
Sin embargo, era la señora Keech el núcleo de atención y de actividad. Al comenzar el año había empezado a recibir mensajes de unos seres espirituales, a los que ella llamaba los Guardianes, procedentes de otros planetas.
Estos mensajes, que brotaban de la mano de Marian Keech por el mecanismo de la «escritura automática», constituían el grueso del sistema de creencias religiosas de la secta. Las enseñanzas de los Guardianes mostraban cierta relación con el pensamiento cristiano tradicional.
La transmisión de los mensajes de los Guardianes, tema constante de debates e interpretaciones entre los miembros del grupo, adquirió nuevo significado cuando dichos mensajes empezaron a predecir la inminencia de un gran desastre: un diluvio que se iniciaría en el hemisferio occidental y finalmente anegaría el mundo.
Aunque los miembros de la secta se sintieron, en un principio, comprensible- mente alarmados, en mensajes posteriores se les aseguró que tanto ellos como todos quienes creyesen las Lecciones enviadas a través de la señora Keech sobrevivirían.
Antes de que se produjera el desastre, llegarían unos extraterrestres que trasladarían a los fieles en platillos volantes hasta un lugar seguro, presumiblemente en otro planeta.
Se conocían muy pocos detalles del rescate; únicamente que los creyentes debían prepararse para ese momento ensayando ciertas contraseñas («Dejé mi sombrero en casa»;
« ¿Cuál es tu pregunta?»; «Soy mi propio portador») y quitando de sus ropas todas las piezas de metal, elemento cuya presencia convertiría el viaje en platillo volante en algo «extremadamente peligroso».
Mientras Festinger, Riecken y Schachter observaban los preparativos de las semanas anteriores a la fecha del diluvio, atrajeron especialmente su atención dos aspectos significativos del comportamiento de los adeptos.
En primer lugar, el grado de compromiso con el sistema de creencias de la secta era muy alto. En previsión de su marcha de la Tierra, los miembros del grupo dieron una serie de pasos irrevocables.
Muchos de ellos se habían enfrentado a la oposición de su familia y sus amigos hacia sus nuevas creencias y, sin embargo, se habían mantenido firmes en sus convicciones, aunque ello significaba a menudo perder el afecto de sus seres queridos.
Varios adeptos fueron amenazados por sus vecinos o familiares con acciones legales encaminadas a declararlos mentalmente incapacitados. La hermana del doctor Armstrong entabló un pleito para que se retirara a éste la custodia de sus dos hijos menores.
Muchos fieles dejaron su trabajo o abandonaron sus estudios para dedicar todo su tiempo al movimiento. Algunos incluso se desprendieron de sus efectos personales, pensando que en breve no les serian ya de utilidad.
Eran personas cuya certeza de estar en posesión de la verdad les permitía soportar enormes presiones sociales, económicas y legales, y cuyo compromiso con los dogmas se intensificaba al vencer cada nueva presión.
El segundo aspecto significativo de las acciones de los adeptos previas al diluvio era una curiosa forma de inactividad. Para estar tan claramente convencidos de la validez de su credo, hicieron muy poco por difundir el mensaje.
Aunque inicialmente dieron publicidad a la noticia del inminente desastre, no intentaron buscar conversos ni hicieron proselitismo activo. Estaban dispuestos a dar la señal de alarma y a aconsejar a quienes voluntariamente respondieran a ella, pero nada más.
El desinterés del grupo por reclutar adeptos se hacía evidente de varias formas, aparte de la ausencia de intentos de persuasión personal.
Se mantenía el secreto sobre muchos asuntos: se quemaron muchas copias de las Lecciones, se establecieron contraseñas y signos secretos, no se hablaba con extraños sobre el contenido de ciertas grabaciones privadas (tan secretas eran esas cintas que incluso los adeptos veteranos tenían prohibido tomar notas de ellas).
Se evitaba la publicidad. A medida que & acercaba el día del desastre, un creciente número de reporteros de prensa, radio y televisión acudía al cuartel general del grupo, instalado en el domicilio de la señora Keech.
Generalmente no se les prestaba atención o se les volvía la espalda. La respuesta habitual a sus preguntas era: «Sin comentarios».
Desalentados durante algún tiempo, los periodistas contraatacaron cuando las actividades religiosas del doctor Arnstrong provocaron su despido del departamento de salud en el que trabajaba; aun reportero especialmente insistente hubo que amenazarle con acciones legales.
Un asedio similar se produjo la víspera del diluvio, cuando un enjambre de representantes de los medios de comunicación acosó a los adeptos para obtener información. Posteriormente, los investigadores resumirían la postura del grupo antes del diluvio, con respecto a su difusión pública y al reclutamiento de nuevos fieles, en tonos respetuosos:
«.Expuestos a una tremenda explosión de publicidad, hicieron todo lo posible por evitar la fama; aunque tuvieron numerosas oportunidades de hacer proselitismo, se mantuvieron, evasivos y reservados, y se comportaron con una indiferencia casi superior.» (Festinger y cols., 1956).
Finalmente, cuando todos los reporteros y posibles conversos habían sido apartados de la casa, los adeptos iniciaron los últimos preparativos para la llegada de la nave espacial, prevista para la medianoche.
La escena que presenciaron Festinger, Riecken y Schachter tiene mucho de teatro del absurdo: un grupo de personas corrientes —amas de casa, jóvenes universitarios, un estudiante de bachillerato, un editor, un médico, un dependiente de ferretería y su madre— participando con total seriedad en una tragicomedia.
La dirección corría a cargo de dos miembros que periódicamente entraban en contacto con los Guardianes; los mensajes escritos de Marian Keech los complementaba esa noche Berta, antigua esteticista por cuya boca daba instrucciones el «Creador»- Ensayaron sus papeles con diligencia, repeliendo a coro las respuestas que debían pronunciar antes de entrar en el platillo de rescate: «Soy mi propio portador».
Discutieron seriamente sobre si el mensaje de un comunicante que se identificó a sí mismo como el capitán Vídeo —personaje de una serie de televisión de aquella época— debía interpretarse como una broma o se trataba de un comunicado cifrado de sus salvadores.
Atendiendo la advertencia de no llevar nada metálico a bordo del platillo, los adeptos habían quitado todas las piezas metálicas de su ropa: botones, remaches, cierres, cremalleras, etc.- Los cinturones habían sido sustituidos por trozos de cuerda.
Del fanatismo del grupo contra cualquier objeto metálico tuvo experiencia directa uno de los investigadores, que observó, 25 minutos antes de la medianoche, que había olvidado quitar la cremallera de sus pantalones. Como señalaron sus colegas: «Este hecho produjo una reacción casi de pánico.
Lo llevaron a toda prisa a un dormitorio, donde el doctor Armstrong, con manos temblorosas y lanzando frecuentes miradas al reloj, arrancó los dientes de la cremallera con unas tenazas.» Terminada la apresurada operación, el investigador regresó al salón ligeramente menos metálico pero, es de suponer, mucho más pálido.
A medida que se aproximaba el momento señalado para su partida, los adeptos se sumieron en un silencio expectante. Afortunadamente, los científicos allí presentes dieron detallada cuenta de los acontecimientos que tuvieron lugar en ese período, trascendental para el grupo:
Los diez últimos minutos fueron de gran tensión para el grupo. No había nada que hacer, salvo permanecer sentados y esperar, con los abrigos sobre las piernas. En medio del tenso silencio resonaban dos relojes, uno adelantado con respecto al otro.
Cuando el primero marcaba las doce y cinco, uno de los presentes lo hizo notar en voz alta. Un coro replicó que la medianoche no había llegado todavía. Bob Eastman afirmó que el reloj retrasado era el que estaba bien, él mismo lo había puesto en hora aquella tarde. Faltaban cuatro minutos para la medianoche.
Estos cuatro minutos pasaron en completo silencio, sólo interrumpido en una ocasión. Cuando el reloj (retrasado) indicaba que faltaba un minuto para la medianoche y, por tanto, para que apareciese el guía que debía conducirlos al platillo, Marian exclamó con voz forzada y muy aguda:
« ¡Y ningún plan se ha truncado!» El reloj dio las doce; las campanadas resonaron con dolorosa claridad en el expectante silencio. Los adeptos permanecieron inmóviles.
Cabía esperar alguna reacción visible. Había pasado la medianoche y no había ocurrido nada. Faltaban menos de siete horas para el cataclismo. Pero los miembros del grupo parecían no reaccionar. No hablaban. Permanecían sentados e inmóviles, con el rostro inexpresivo.
Mark Post fue el único que se movió. Se tumbó en el sofá y cerró los ojos, pero no dormía. Más tarde, cuando le hablaron, contestó con monosílabos y siguió inmóvil. Los demás no mostraban nada en sus semblantes, aunque más tarde se comprobaría que habían recibido un duro golpe.
Gradualmente, una atmósfera de dolorosa desesperación y confusión se apoderó del grupo. Se examinaron de nuevo la predicción y los mensajes que la habían acompañado.
El doctor Armstrong y la señora Keech reiteraron su fe. Los presentes reflexionaron sobre su situación y fueron descartando una explicación tras otra por encontrarlas insatisfactorias.
En determinado momento, hacia las cuatro de la madrugada, la señora Keech se hundió y lloró amargamente. Sabía —dijo entre sollozos— que había algunos que empezaban a dudar, pero el grupo debía iluminar a los más necesitados y mantenerse unido.
El resto de los adeptos también empezaban a perder la compostura. Estaban visiblemente emocionados y muchos parecían a punto de llorar. Eran casi las cuatro y media de la madrugada y seguían sin encontrar la forma de afrontar la situación. Se hablaba abiertamente de fracaso del rescate. El grupo parecía al borde de la disolución. (Festinger y cois., 1956)
En medio de la duda creciente, mientras empezaba a resquebrajarse la confianza de los fieles, los investigadores presenciaron dos incidentes extraordinarios, uno a continuación del otro.
El primer o ocurrió hacia las cinco menos cuarto de la madrugada, cuando la mano de Marian Keech empezó a «escribir automáticamente» el texto de un mensaje sagrado procedente de las alturas, cuando se leyó en voz alta, se comprobó que el comunicado era una elegante explicación de los acontecimientos de esa noche.
«El pequeño grupo, sentado en soledad toda la noche, ha esparcido tanta luz que Dios ha salvado al mundo de su destrucción.»
Aunque clara y eficaz, la explicación no resultaba totalmente satisfactoria después de oírla, uno de los adeptos se levantó, se puso el sombrero y el abrigo y se marchó para no volver nunca. Hacía falta algo más para que los creyentes recuperaran sus niveles anteriores de fe.
Fue entonces cuando un segundo incidente notable vino a cubrir esa necesidad. Una vez más, las palabras de quienes estuvieron presentes nos ofrecen una vivida descripción de los hechos:
La atmósfera del grupo cambió bruscamente y con ella el comportamiento de sus miembros. Pocos minutos después de haber leído el primer mensaje, la señora Keech recibió otro en el que se le indicaba que debía dar publicidad a la explicación.
Se fue hacia el teléfono y empezó a marcar el número del periódico. Mientras esperaba que la atendieran, alguien preguntó: «Marian, ¿es ésta la primera vez que llama usted al periódico?» Su respuesta fue inmediata: «Sí, es la primera vez que llamo.
Nunca anteriormente había tenido nada que decirles, pero ahora tengo la sensación de que es urgente.» Todo el grupo se sintió identificado con ella, pues compartía su sensación de urgencia.
Tan pronto como Marian terminó de hablar, se sucedieron las llamadas de los demás miembros a otros periódicos, agencias de noticias, emisoras de radio y revistas de ámbito nacional para difundir la explicación.
En su afán por lograr una amplia y rápida difusión del mensaje, los adeptos desvelaron ante la opinión pública asuntos que hasta entonces habían considerado completamente secretos.
Quienes pocas horas antes esquivaban a los periodistas y se sentían incómodos por la atención que despertaban en la prensa, buscaban ahora con avidez la publicidad. (Festinger y cois., 1956)
No sólo cambió la actitud tradicional del grupo hacia el secreto y la publicidad, sino también hacia los posibles conversos. En tanto que a los adeptos potenciales que habían visitado la casa anteriormente no se les había prestado atención o se les había vuelto la espalda, el día siguiente al previsto para el diluvio las cosas cambiaron.
Todos los curiosos eran admitidos, todas las preguntas merecían respuesta y se intentaba hacer proselitismo entre todos los visitantes.
La buena disposición de los miembros de la secta para admitir a nuevos seguidores quedó patente durante la visita de los nueve estudiantes de bachillerato que llegaron a la casa al día siguiente para hablar con la señora Keech.
La encontraron al teléfono, concentrada en una conversación sobre platillos volantes con alguien a quien, como se supo después, creía un extraterrestre. Deseosa de continuar hablando con su comunicante y, al mismo tiempo, de atender a sus invitados, Marian incluyó a estos últimos en la conversación y, durante más de una hora, charló alternativamente con ellos y con el «extraterrestre».
Tan interesada estaba en hacer proselitismo, que no dejaba escapar ninguna oportunidad. (Festinger y cois., 1956)
¿A qué atribuir el giro radical de los adeptos? En el plazo de unas pocas horas habían pasado de acaparar y guardar celosamente el mensaje a darle la máxima difusión.
¿Qué les había impulsado a elegir para ello un momento en apariencia tan poco apropiado? Indudablemente, el fracaso de la profecía podía inducir a los no creyentes a mofarse del grupo y de sus dogmas.
El acontecimiento crucial ocurrió durante «la noche del diluvio», cuando se vio cada vez con mayor claridad que la profecía no se cumpliría. Extrañamente, no fue su certeza anterior lo que llevó a los miembros del grupo a propagar su fe, sino la sensación de incertidumbre que los invadió.
Fue la sospecha de que si la predicción de la nave espacial y del diluvio resultaba equivocada, también podría estarlo todo el sistema de creencias en que descansaba.
A los reunidos en el salón de la señora Keech, esa creciente posibilidad debió de parecerles horrible.
Los miembros del grupo habían ido demasiado lejos, habían abandonado demasiadas cosas por sus creencias para verlas ahora destruidas; la vergüenza, el coste económico y las burlas serían demasiado difíciles de soportar.
La necesidad acuciante de los adeptos de mantenerse fieles a esas creencias impregna de patetismo sus propias palabras. Una mujer joven con un niño de tres años afirmaba:
Tengo que creer en el diluvio porque he gastado todo mi dinero; he dejado mi empleo en la escuela de informática... Tengo que creer. El doctor Armstrong manifestó a uno de los investigadores, cuatro horas después de la fallida aparición del platillo volante:
He tenido que recorrer un largo camino. He abandonado prácticamente todo. He cortado todas las amarras .He quemado todos los puentes. He vuelto la espalda al mundo. No puedo permitirme dudar. Tengo que creer. Y no hay ninguna otra verdad.
Imaginemos lo acorralados que se sentirían el doctor Armstrong y sus seguidores a medida que avanzaba la mañana. Tan fuerte era el compromiso con sus creencias que ninguna otra verdad les resultaba tolerable.
Pero ese conjunto de creencias acababa de ser sometido a un despiadado bombardeo por parte de la realidad física: no había aterrizado ningún platillo, no había llegado ningún extra-terrestre, ni se había producido el diluvio; no había ocurrido nada de lo profetizado.
Puesto que la única forma aceptable de verdad estaba completamente socavada, al grupo sólo le quedaba una salida. Tenía que establecer otro tipo de demostración para dar validez a sus creencias: la sanción social.
Así se explica la repentina transformación de unos sigilosos conspiradores en misioneros entusiastas, precisamente cuando el claro incumplimiento de sus profecías hacía mucho menos convincentes sus creencias para los extraños.
Fue necesario afrontar el riesgo del desdén y la burla de los no creyentes, porque el proselitismo era la única esperanza que les quedaba. Si difundían su mensaje, informaban a los desinformados, convencían a los escépticos y, con ello, conseguían nuevos seguidores, sus valiosas creencias, ahora amenazadas, resultarían más verdaderas.
De acuerdo con el principio de la sanción social, cuanto más alto es el número de personas que encuentran correcta una idea, mayor es la probabilidad de que la