6. CONCLUSIONS
6.3 Suggestions for future research
El interesante resultado del razonamiento de Latané y Darley es que, para la víctima de una situación de emergencia, confiar en la presencia de numerosos espectadores como garantía de su seguridad puede ser un completo error.
Podría ocurrir que alguien que necesitara ayuda en una emergencia tuviera mayor probabilidad de supervivencia con un solo espectador presente que con una multitud.
Para probar esta tesis insólita, Darley, Latané, alumnos de ambos y algunos colegas llevaron a cabo un impresionante programa de investigación sistemática que arrojó unos resultados claros (para un análisis, véase Latané y Nida, 1981).
El procedimiento básico que emplearon consistió en simular situaciones de emergencia en presencia de un solo individuo o de un grupo de personas, y registrar el número de veces que recibía ayuda la víctima en cada caso.
En el primer experimento (Darley y Latané, 1968) un estudiante universitario de Nueva York que fingía sufrir un ataque epiléptico recibió ayuda el 85 por 100 de las veces con un espectador presente y sólo el 31 por 100 con cinco espectadores.
Puesto que prácticamente lodos los espectadores, cuando estaban solos, prestaban su ayuda, resulta difícil afirmar que la nuestra sea una «sociedad fría» en la que nadie se preocupa del sufrimiento de los demás. Evidentemente era algo relacionado con la presencia de otras personas lo que reducía la ayuda a niveles vergonzosos.
En otros estudios se ha examinado la importancia de la sanción social como causa de la generalización de la «apatía» entre los espectadores de un suceso. Para ello se ha colocado dentro de un grupo de testigos presenciales de una posible situación de emergencia a unas cuantas personas con instrucciones de actuar como si no estuviera ocurriendo nada.
Así, en un experimento realizado también en Nueva York (Latané y Darley, 1968a) el 75 por 100 de los individuos aislados que vieron cómo salía humo por debajo de una puerta informaron enseguida del hecho; sin embargo, cuando el mismo fenómeno era observado por grupos de tres personas, sólo se comunicaba el escape de humo en el 38 por 100 de los casos.
Todavía fue inferior el número de testigos que comunicó el hecho cuando en esos grupos de tres personas se incluyó a dos individuos con instrucciones de no prestar atención a la presencia de humo; en esas condiciones sólo se denunció el hecho en el 10 por 100 de los casos.
En un estudio similar realizado en Toronto (A. S. Ross, 1971) los espectadores aislados facilitaron ayuda de emergencia en el 90 por 100 de los casos, mientras que dicha ayuda sólo tuvo lugar en el 16 por 100 de los casos cuando el testigo se encontraba en presencia de dos espectadores pasivos.
Después de más de una década de investigación de este tipo, los expertos en ciencias sociales se han formado una idea clara de cuándo ofrecen los espectadores su ayuda en situaciones de emergencia.
En primer lugar, y contrariamente a la opinión de que nos hemos convertido en una sociedad de individuos insensibles y despreocupados, una vez que los testigos presenciales se convencen de que existe realmente una situación de emergencia, es muy probable que presten ayuda.
En estas condiciones, el número de espectadores que intervendrán de forma directa o pedirán ayuda es muy reconfortante. Así, por ejemplo, en cuatro experimentos independientes realizados en Florida (R. D. Clark y Word, 1972,1974) se simularon accidentes que afectaban a un operario de mantenimiento.
Cuando resultaba claro que el hombre estaba herido y necesitaba asistencia, recibió ayuda el 100 por 100 de las veces en dos de los experimentos. En los otros dos experimentos, en los que para prestar ayuda al herido había que tocar unos cables potencialmente peligrosos, la víctima recibió ayuda en el 90 por 100 de los casos.
Además, estos niveles extremadamente altos de asistencia se dieron tanto cuando los testigos presenciaban el suceso individualmente, como cuando formaban parte de un grupo.
La situación es muy distinta cuando, como ocurre en muchos casos, los espectadores no saben con seguridad si el incidente que están presenciando es una emergencia. Es mucho más probable entonces que la víctima reciba ayuda de un espectador aislado que de un grupo, especialmente si los componentes del grupo no se conocen entre sí (Latané y Rodin, 1969).
Parece que el efecto de la ignorancia pluralista es más fuerte entre extraños: como nos gusta parecer elegantes y refinados, y no estamos familiarizados con las reacciones de quienes no conocemos, es improbable que manifestemos preocupación o interpretemos correctamente la expresión de este sentimiento en otros cuando nos encontramos entre extraños.
Por tanto, no consideraremos como tal una posible emergencia y la víctima sufrirá las consecuencias. Un atento examen de los resultados de las investigaciones pone de manifiesto una pauta esclarecedora.
Todas las condiciones que reducen la probabilidad de que la víctima de una situación de emergencia reciba ayuda de un espectador de la misma se dan de forma habitual y espontánea en la ciudad, a diferencia de lo que ocurre en las zonas rurales:
En las ciudades reina el ruido, la confusión y los cambios vertiginosos, y es difícil estar seguro de la naturaleza de los acontecimientos que uno presencia.
El medio urbano está densamente poblado, por lo que es muy probable que las personas no estén solas cuando se encuentran frente a una posible situación de emergencia.
Los habitantes de las ciudades conocen a un porcentaje mucho menor de conciudadanos que quienes viven en pueblos pequeños; por tanto, es más probable que se encuentren entre extraños cuando presencian una emergencia.
Estas tres características inherentes al medio urbano —su confusión, su densidad de población y su bajo nivel de relación entre conciudadanos— coinciden con los factores que, de acuerdo con las investigaciones realizadas, reducen la prestación de ayuda en situaciones de emergencia.
En consecuencia, sin necesidad de recurrir a conceptos tan siniestros como la «despersonalización urbana» o la «alienación de las megalópolis» estamos en condiciones de explicar por qué hay tantos casos de pasividad entre los espectadores de un suceso en nuestras ciudades.