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SARTRE

L

A ÉPOCA

El siglo veinte fue convulsionado y violento. El avance tecnológico, del que se esperaba la felicidad, mostró su ros- tro más oscuro. La capacidad destructiva del hombre exte- riorizó todo su horror. Los pueblos más cultos y desarrolla- dos, de los que se esperaba cordura y equilibrio, se com- portaron con la misma barbarie de los pueblos primitivos, con la única diferencia que justificaban sus actos escudándose en complejas ideologías. El hombre estaba en crisis. ¿Dónde había quedado el Superhombre de Nietzsche, la moral racional de Kant o el progreso de Comte?

En 1907 Pablo Piccaso presenta en sociedad una obra desconcertante: Las señoritas de Avignon. Es una pintura que inquieta al espectador porque rompe con los esquemas tradicionales: La figura humana aparece quebrada en suce- sivos planos y sus rasgos están emparentados con el arte primitivo y salvaje. El cuadro representa un conjunto de mu- jeres en un burdel de Barcelona. Es la primera manifesta- ción del cubismo, el estilo pictórico que caracterizará al hom- bre del siglo veinte: Un individuo quebrado que reniega de la racionalidad y se entrega a sus instintos más primitivos. Piccaso había intuido lo que se escondía detrás de la cásca- ra civilizada de su generación y lo desnuda en su obra. Sus contemporáneos no se sienten representados por el nuevo estilo y se resisten a aceptarlo: están alienados en la fiebre positivista. Siete años después, con el comienzo de la Pri-

mera Guerra Mundial, los hechos le darían la razón al pintor español.

En medio de estos conflictos surge una filosofía cuya temática es la crisis: el existencialismo.

C

ARACTERÍSTICAS

Existencialismo deriva de la palabra latina exsistere, lo que está ahí; de existentia, lo que es; de exsistit, lo que está afuera. En todos estos casos existencia es equiparable a realidad, lo que es ex —está afuera— de la cosa que es.

El existencialismo critica toda la filosofía anterior por plan- tear esencias abstractas, perder el interés por lo humano y alejarse permanentemente de la realidad viva y cotidiana.

La filosofía estaba concentrada en los universales y no tenía en cuenta la realidad ni la individualidad. Lo contingen- te y mudable no tenía interés: todo giraba en torno a lo nece- sario e inmutable. Parecía que la realidad estaba entre pa- réntesis.

Los filósofos se ocupaban de la esencia que se repite invariablemente en cada individuo y olvidaba las individualidades para atender únicamente al conjunto. Por eso el esencialismo inicial había derivado en idealismo.

Los existencialistas, por el contrario, relacionan al hom- bre con el mundo, revelándose contra la concepción del hom- bre independiente de su realidad cotidiana. Como decía Or- tega y Gasset el hombre es el hombre y sus circunstancias. El existencialismo propone una vuelta a lo concreto y singular, retornar a la experiencia viva y ver la riqueza que poseen las múltiples paradojas de la realidad. Desechan lo abstracto y universal para centrarse en los particulares tal cual son, tratando de entenderlos en su diversidad y sin in- tentar sacar de ellos universales.

A la filosofía de la esencia contraponen la de la existen- cia, palabra con la que designan al hombre concreto y singular.

Miguel de Unamuno en su obra Del sentimiento trágico de la vida lo explica así:

Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el có- mico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo ex- traño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo hu- mano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo muere—, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hom- bre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.

Porque hay otra cosa, que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda, el zw‘”/on políticovn31 de

Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Lin- neo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene ni sexo ni patria, idea, en fin. Es decir, un no hombre.

El nuestro es el otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pesamos sobre la tierra. Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos.

En las más de las historias de la filosofía que conozco se nos presenta a los sistemas como originándose los unos de los otros, y sus autores, los filósofos, apenas aparecen sino como meros pretextos. La íntima biografía de los filósofos, de los hom- bres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima biografía la que más cosas nos explica.32

32 Animal político.

33 Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida (Madrid: Editorial Planeta, 1993).

C

ORRIENTES

El existencialismo es la corriente más importante del si- glo veinte, pero los existencialistas remontan sus orígenes a Sören Kierkegaard y su concepto de la angustia. Surge con fuerza luego de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y vuelve a resurgir luego de la Segunda (1939-1945).

El existencialismo se expresa a través de dos corrientes: la religiosa y la atea. La religiosa reconoce como anteceden- te al mencionado Kierkegaard y Miguel de Unamuno (1864- 1936) pero sus principales exponentes son Karl Jasper (1883-1969) y Gabriel Marcel (1889-1974).

Las figuras más importantes de la corriente atea son Martín Heidegger (1889-1976) y Jean Paul Sartre (1905- 1980).

El pensamiento existencialista es muy heterogéneo, pero todos coinciden en el rechazo por la antigua metafísica y su búsqueda de caminos absolutamente nuevos.

S

ERY ESENCIA

El conflicto con la antigua metafísica hizo que uno de los ejes principales sobre los que gira el existencialismo sea el problema del ser. El título de algunas de sus obras lo subra- ya: El ser y la nada de Jean-Paul Sartre, Ser y tiempo y Sobre la cuestión del ser de Martín Heidegger, El misterio del ser de Gabriel Marcel. Defienden, como era de esperar, la existencia por encima de la esencia y lo sintetizan afir- mando: El ser precede a la esencia.

Por lo tanto el existencialismo se ocupa de la realidad del hombre. No se ocupa del hombre y la circunstancia en general, sino del hombre particular, de carne y hueso, y de su circunstancia particular.

Siguiendo este camino conciben al hombre como una realidad completa, pero inacabada. Tiene conciencia de su propia libertad —este será un tema muy importante para los

existencialistas—. Su destino es poder realizarse en medio de las múltiples contradicciones de sus experiencias. La exis- tencia es libertad radical donde todas las posibilidades son válidas para que cada individuo realice su propia esencia.

Esta situación engendra en el hombre incertidumbre, an- gustia existencial frente al absurdo, al fracaso, al inexplica- ble misterio de que la propia existencia desemboque fatal- mente en la muerte. No obstante los existencialistas prefie- ren la angustia existencial a cualquier alienación de una rea- lidad que finalmente se impone. No quieren eludir aquello que había descrito Blas Pascal en sus Pensamientos con tanta precisión: Por muy bella que haya venido siendo la comedia el último acto será sangriento.

M

ARTIN

H

EIDEGGER

V

IDA

Martín Heidegger (1889-1976) es la figura pionera del existencialismo. Nació en Messkirch, Alemania en 1889 y estudió en la universidad de Friburgo donde se doctoró y de la cual fue luego profesor. Ejerció también la docencia en la Universidad Marburgo.

En una etapa de su vida se adhirió al nacionalsocialismo, pero más tarde desistió, se dedicó únicamente a la ense- ñanza y llevó una vida retirada.

Tuvo una experiencia religiosa que lo hizo ingresar como novicio a la comunidad de los Jesuitas, para abandonarla unos meses mas tarde. Luego ingresó a un seminario, pero tuvo que retirarse para participar en la guerra.

Entre sus obras más conocidas se pueden mencionar Ser y tiempo, Kant y el problema de la metafísica, La esen- cia del fundamento, ¿Qué es metafísica?, La doctrina platónica de la verdad y La esencia de la verdad.

En sus escritos se ocupa principalmente del sentido del ser, su estructura, su necesidad y su permanencia.

E

L SER

Para Heidegger el ser es el hombre, porque es el único que puede pensarse a sí mismo, puede ex–sistir, salir fuera de sí mismo y pensarse. Las cosas, los entes que no tienen conciencia de sí, que no pueden interrogarse acerca de sí, son los ser-para. Realmente las cosas no son, sirven-para o son-útiles-para.

El hombre es el-ser-ahí, porque es quien se pregunta por el ser, por su existencia. Heidegger lo explica mediante tres elementos:

El ser-ahí se relaciona con el mundo de una forma espe- cial porque comprende su existencia, el ser-para no sabe que existe el mundo para él. Por lo tanto el hombre es ser- en-el-mundo, porque el hombre existe en un tiempo concre- to, un país determinado, perteneces a una clase social, tie- nen un entorno familiar particular. La manera en que el ser se realiza es la existencia.

Pero el ser-ahí no existe aislado ni independiente, sino que existe inmerso en el mundo con los demás seres. El existencialismo de Heidegger se profundiza cuando afronta el problema de la sociedad, porque el hombre es un ser so- cial, por lo tanto tiene que ser con los otros y el ser-ahí se transforma en ser-con.

Esta presencia de los otros nos hace inauténticos, por- que lo que se hace o lo que se dice prevalece sobre el yo, nos hace huir de nosotros mismos convirtiéndonos en inauténticos y nos impide ver nuestra condición y consecuen- temente imposibilita nuestra realización.

L

A MUERTE

El hombre es un ser para la muerte. Para Heidegger he- mos sido arrojados al mundo para en él morar e ir muriendo. La muerte es el único destino seguro que espera al hombre. La totalidad existencial llega a su fin con la muerte.

Esta expectativa vuelve al hombre sobre sí mismo. Es una realidad amarga e insuperable. Eso es lo que produce la angustia existencial: el enfrentamiento del hombre con la nada. Detrás de todas las cosas está la nada: el hombre también es nada y va hacia la nada.

El ser auténtico es el que acepta la radical nihilidad de la existencia, ya que es imposible su trascendencia.

J

EAN

-P

AUL

S

ARTRE

V

IDA

Jean-Paul Sartre (1905-1980) nació en París. Se con- virtió en el representante más popular del existencialismo del siglo XX. Fue profesor hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en los campos de concentración ale- manes, y al ser liberado se volvió a dedicar a la acción do- cente. En 1945 fundó la revista Tiempos Modernos, y desde entonces se dedicó a la actividad literaria.

Se destacó como novelista, dramaturgo y guionista, y como pensador estuvo permanentemente comprometido con la acción política. Dio al término existencialismo un uso ma- sivo por ser un hombre popular e influyente.

Sus principales obras teóricas son El ser y la nada, El existencialismo es un humanismo, Crítica de la razón dialé- ctica, La imaginación. Entre sus obras literarias La náusea, Las moscas, El Diablo y el buen Dios, La muerte en el alma, Los caminos de la libertad, El muro.

En 1964 se le otorgó el Premio Novel de Literatura, que rechazó en medio de un gran escándalo.

Sartre es la versión francesa de la filosofía de Heidegger. Define al existencialismo como «un intento de extraer todas las consecuencias de una posición atea coherente.» Insiste en que el existencialismo es una forma de humanismo y en todos sus escritos resalta la libertad, la capacidad de elec- ción y la responsabilidad humana, pero su enfoque está te- ñido de un oscuro pesimismo.

Debido a su militancia política intentó reconciliar el existencialismo con el análisis marxista de la sociedad y la historia.

Cuando murió sus restos fueron acompañados por un cortejo de más de cincuenta mil personas, prueba evidente de su popularidad.

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