Si bien la idea de la ciencia nos hace regresar a los tiempos griegos, la organización del trabajo científico comienza principalmente en el siglo XVII, con la aparición de las Academias, o sociedades científicas, fundadas por ricos patronos y que se desarrollaban fuera de la universidad, con el fin de impulsar los experimentos científicos. La institucionalización del trabajo científico, empero, se desarrolla únicamente con la formalización de Academias nacionales, como en Francia a finales del siglo XVIII, la absorción de la ciencia dentro de la universidad, que se inicia en Alemania en el siglo XIX, y la creación de laboratorios científicos en las universidades, que pasaron a ser centros de las comunidades científicas de todo el mundo en sus campos12.
A pesar de que muchas veces funcionaban dentro de sistemas estatales –en Alemania y Francia las universidades y Academias eran instituciones estatales y los profesores eran funcionarios civiles–, el hecho fundamental en relación con la ciencia era su autonomía como comunidad autodirigida: en las decisiones sobre qué investigación habría que emprender, en los debates acerca de qué conocimiento era válido, en el reconocimiento de las realizaciones y en las concesiones de status y estima. Esta autonomía real constituye el corazón del ethos y la organización de la ciencia.
A pesar de ello, aunque la fuerza moral de la ciencia estriba en el ethos de una comunidad autorregulada, el crecimiento de este estamento desde la Segunda Guerra Mundial, durante los años de nacimiento de la sociedad post-industrial, ha transformado a la ciencia de forma tan extraordinaria como para crear una disyunción radical entre la imagen tradicional, tanto en su ethos como en su organización, y la realidad de su estructura y papel como “Gran Ciencia”. Es esta disyunción la que hace aparecer la cuestión de si no podrá repetirse la paradoja del surgimiento del capitalismo (señalada en la nota 10 a pie de página) en el entrelazamiento de ciencia y gobierno, y de si no podrán tener el ethos y la imagen tradicionales de la ciencia una función distinta en la sociedad post-industrial.
seguramente la única fuerza que domina nuestra época: el poder de la ciencia y de la tecnología científica” (Ibíd., pp. 116-117).
Considero que, aunque la proposición inicial puede ser correcta, Mr. Heilbroner no tiene en cuenta la transformación de la propia ciencia cuando se convierte en “Gran Ciencia” y se entrelaza con el gobierno al operar con las materias sociales y políticas del día. Es esta transformación –como sostengo en la exposición que sigue– la que hace problemático el componente utópico de la sociedad post-industrial.
12 Para una breve, aunque lúcida exposición de la primera organización de la ciencia, consúltese A. R. Hall, The
Scientific Revolution, 1500-1800 (Londres, 1954), cap. 7, “The Organization of Scientifíc Inquiry”, Sobre la
institucionalización de la ciencia en los dos últimos siglos, consúltese Joseph Ben-David, The Scientist’s Role in Society (Englewood Cliffs, N.J., 1971). Como el profesor Ben-David, describe el nuevo rol de las universidades: “... los laboratorios de algunas universidades alemanas se convirtieron en los centros y en ocasiones prácticamente en las sedes de las comunidades científicas a lo largo y ancho del mundo en sus campos respectivos, comenzando alrededor de la. mitad del siglo XIX. Liebig en Giessen y Johannes Müller en Berlín fueron quizá los primeros casos de un maestro y un número considerable de estudiantes avanzados de investigación trabajando conjuntamente durante un período de tiempo en una especialidad hasta que conseguían, mediante una completa concentración de esfuerzos, una cima sobre cualquier otro en el mundo. Hacia finales del siglo, los laboratorios de algunos de los profesores se hicieron tan famosos que los más capaces estudiantes de todo el mundo asistían allí durante períodos variables de tiempo. La lista de estudiantes que trabajaron en esos lugares muchas veces incluía prácticamente a todos los científicos importantes de la próxima generación...
Estos desarrollos no planificados e inesperados fueron un paso aún más decisivo en la organización de la ciencia que la primera reforma del siglo XIX. La investigación llegó a ser una carrera regular, y en un número de campos los científicos comenzaron a desarrollarse dentro de unas redes mucho más estrechas que en ningún período anterior. Sus núcleos eran ahora los laboratorios de universidad que formaban a grandes cantidades de estudiantes avanzados, estableciéndose por lo tanto entre ellos relaciones personales, medios muy efectivos de comunicación personal, y los inicios de esfuerzos de investigación deliberadamente concentrados y coordinados en un área escogida de problemas” (Ibíd., pp. 124-25).
La comunidad de la ciencia es una institución única en la civilización humana13. No posee ninguna
ideología, en el sentido de que no cuenta con ninguna serie postulada de creencias formales, aunque sí con un ethos que implícitamente prescribe normas de conducta. No es un movimiento político al que uno se adhiere con una firma, ya que la pertenencia es por elección, aun cuando hay que comprometerse para pertenecer a ella. No es una iglesia en la que el elemento de fe se encuentra en la creencia y está arraigado en el misterio, y no obstante la fe, la pasión y el misterio están presentes, pero dirigidos hacia la búsqueda de un conocimiento certificado cuya función es comprobar y descartar antiguas creencias. Como casi todas las instituciones humanas, posee sus jerarquías y sus clasificaciones de prestigio, pero esta ordenación se basa exclusivamente en las realizaciones y la confirmación por los iguales, y no en la herencia, la edad, la fuerza bruta o la manipulación tramada. En conjunto, es un contrato social, pero en un modo nunca predicho por Hobbes o Rousseau, porque aun cuando existe una sumisión voluntaria a una comunidad y resulta una unidad moral, la soberanía no es coercitiva y se conserva la conciencia individual y la capacidad de protesta. Como imagen, viene a ser la más cercana al ideal de la polis griega, una república de hombres y mujeres libres unidos por una búsqueda común de la verdad.
La ciencia, casi como un orden religioso, define las etapas a lo largo del camino de la vida. “Uno entra en la sociedad civil por el simple nacimiento, y se convierte en ciudadano cuando llega la edad, sin más. No ocurre así en la República de la ciencia, en donde la pertenencia debe ser buscada diligentemente y se concede de modo selectivo.” Así ha descrito Bertrand de Jouvenel el principio del proceso. Se vive dentro de una gran tradición constituida por los errores y ventajas del pasado. El primer terreno de maduración es la universidad. En una institución inferior, el estudiante podrá haber aprendido la doctrina recibida, las verdades científicas, la “letra muerta” de la ciencia. Una universidad trata de que el estudiante se dé cuenta de sus incertidumbres y de su naturaleza eternamente provisional.
Ser un científico es sufrir un aprendizaje. Como en el arte, hay pocos primitivos o autodidactas; la competencia se consigue trabajando bajo la dirección de un maestro. “En las grandes escuelas, de investigación”, escribe Polanyi, “se crean las premisas más vitales del descubrimiento científico. La labor diaria de un maestro revelará éstas al estudiante inteligente, impartiéndole también algunas de las intuiciones personales del maestro por las que se guía su trabajo... Es por esto por lo que los grandes científicos siguen tan a menudo a grandes maestros en calidad de aprendices. La obra de Rutherford llevaba la clara impronta de su aprendizaje con J. J. Thompson. Y no menos de cuatro galardonados con el premio Nobel se hallan a su vez entre los discípulos personales de Rutherford...”.
Si hay aprendizaje, hay también compañerismo. No hay más que leer un libro como Physics and
Beyond de Werner Heisenberg para darse cuenta de que, en los años veinte, los físicos nucleares tuvieron
todos la excitación propia de un movimiento de vanguardia. Los jóvenes físicos se congregaban en Göttingen, Berlín, Copenhague y Cambridge para estudiar con los maestros y participar en la excitante reconstrucción del universo físico. Ellos poseían un sentido consciente de pertenecer a un orden social especial, y sus relaciones eran íntimas y personales. Uno queda sorprendido por el ambiente cooperativo, aunque competitivo, en el que los hombres que trabajaban en las fronteras de la física, como Bohr, Dirac, Schrödinger, Heisenberg, Pauli y otros, intentaban intercambiar ideas y conversar sobre física, y de que maestros como Bohr apreciaran rápidamente la calidad de los hombres más jóvenes y les invitaran a trabajar con ellos, o celebraran paseos y conversaciones con ellos, con el fin de probar y clarificar sus ideas14.
13 En este bosquejo de la imagen tradicional –y racional- de la ciencia, me he vuelto a apoyar principalmente en la obra
de Míchael Polanyi The Logic of Liberty (Londres, 1951), parte I; en “Science as a Vocation” de Max Weber, en From
Max Weber, ed. Geth y Mills (Nueva York, 1946); y en Social Theory and Social Structure de Robert K. Merton
(edición revisada, Glencoe, III., 1957), caps. 15 y 16.
Esta imagen es un tipo ideal y, como cualquier construcción de esta clase, a veces está contradicha en la práctica. Para un enfoque escéptico, consúltese Robert A, Rothman, “A Dissenting View on the Scientific Ethos”,
British Journal of Sociology, vol. XXIII, núm. 1 (marzo de 1972).
14 A este respecto, la ciencia es como muchas comunidades intelectuales o artísticos en donde pintores o escritores se
buscan unos a otros y, cuando les une un interés común, darán más fuerza al trabajo de cada uno. Se puede considerar un movimiento análogo, como el de la pintura abstracta en los años de 1950, cuando artistas como Hoffman, Pollock, De Kooning, Still y Motherwell extendieron las cualidades de la “pintura” –o sea, los efectos de la tela de la pintura como dimensión del cuadro mismo– a los límites formales del cuadro, y, en consecuencia, en un sentido, agotaron el modelo. Y, sin embargo, cuando conversaban entre sí (si bien Still era un recluso), no estaban comprometidos en una empresa cooperativa con el fin de dominar un problema o completar una fase según una tradición intelectual. Por su parte, la ciencia es la comprobación del conocimiento coordinado dentro de un modelo coherente. Aunque las explotaciones sean individuales, los resultados se ensamblan con el fin de procurar una descripción comprensiva, sino una respuesta explicatoria, de una cuestión teórica.
El corazón de la ciencia se funda en la definición de la investigación. Se trata de un esfuerzo por resolver una cuestión que no está “dada”, sino que es problemática. El comienzo de una investigación se basa en la hipótesis de que hay un modelo subyacente que agrupa conjuntamente fenómenos aparentemente diversos, y el método científico reduce los modelos a unas pocas alternativas que permiten la comprobación. Una teoría no es un algoritmo mecánico que persigue todas las permutaciones y combinaciones posibles, sino una intuición sujeta a verificación. Si un hombre no consigue esta comprobación con gran rigor, puede que haya encontrado una verdad, pero habrá fracasado según las reglas de la investigación científica.
Para que este conocimiento sea acreditado, debe saber llevar el guantelete del criticismo. Existen los “árbitros” iniciales, cuyo juicio posibilita la publicación en las revistas científicas. Están los ancianos cuyas palabras infunden respeto. En el estamento científico, como en otras instituciones, están los veteranos, agrupados muchas veces en una academia o algún otro cuerpo formal reconocido oficialmente, que son los gobernadores oficiosos de la comunidad científica. “Según su criterio (como señala Polanyi) se puede tanto retrasar como acelerar el desarrollo de una nueva línea de investigación... Con la concesión de premios y de otras distinciones, invisten a un pionero prometedor casi de la noche a la mañana con una posición de autoridad o independencia... En una década, aproximadamente, puede establecer una nueva escuela de pensamiento gracias a la selección de los candidatos apropiados para las cátedras que han quedado vacantes durante ese período. El mismo resultado puede adelantarse aún más eficazmente mediante la creación de nuevas cátedras.”
Junto a este proceso se encuentra un ethos basado en la norma de la libre investigación. Esta se acepta como una obligación no porque sea técnicamente y como procedimiento eficaz para promover el trabajo científico (que sí lo es), sino porque se juzga moralmente recta y buena. Este ethos, como lo ha codificado Robert K. Merton, tiene cuatro elementos: universalismo, comunalismo, desinterés y escepticismo organizado.
El universalismo requiere que las carreras estén abiertas para cualquier persona con talento. Rechaza las pretensiones que las hacen depender de los atributos personales o sociales del individuo, como la raza, la nacionalidad, el nacimiento o la clase. El comunalismo supone que el conocimiento es un producto social, extraído de la herencia común del pasado y entregado libremente a los herederos del futuro. En la ciencia, una aclamación epónima (como la ley de los gases de Boyle) constituye un artificio conmemorativo, no un derecho de propiedad. Uno puede patentar una invención y sacar un beneficio, pero no la teoría que ha guiado la invención15. La teoría científica es del dominio público, y en esta medida se hace necesaria la
comunicación plena y abierta para el avance del conocimiento.
El desinterés no deriva de las motivaciones individuales (los científicos son tan celosos de sus propias ambiciones a la fama como otras personas, si no más, dado que la fama es su principal recompensa), sino de los imperativos de la normativa. La virtual ausencia de fraude en los anales de la ciencia, que representa un record excepcional en comparación con otras esferas de actividad, se debe menos a las cualidades personales de los científicos que a la naturaleza de la propia investigación científica. “La demanda de desinterés (escribe Merton) tiene una base firme en el carácter público y de verificación de la ciencia, y se puede suponer que esta circunstancia ha contribuido a la integridad de los hombres de ciencia.”
El escepticismo organizado subraya su escudriñamiento desligado, su “voluntaria suspensión de creencias”, su disolución del muro entre lo sagrado y lo profano. El conocimiento científico no es una ideología (aunque pueda ser distorsionado con tales propósitos), sino una explicación pública sometida a pruebas renovadas de verificación. La física de Einstein, según los ideólogos soviéticos de la década de 1930, podía ser una construcción del idealismo burgués, pero es la ideología soviética la que se ha desmoronado, y no la física de Einstein. Si la ciencia pretende de modo absoluto la autonomía y la libertad, lo hace subrayando el carácter no partidista de sus resultados.
La ciencia es una clase especial de acuerdo social proyectado para lograr, según la expresión de John Ziman, “un consenso de opinión racional”. Esto es lo que hace, idealmente, un sistema político. No obstante, los procesos difieren. En la ciencia, “la verdad” se obtiene mediante la controversia y el criticismo, de los que se extraerá una única respuesta. En el sistema político, el consenso se obtiene mediante las negociaciones y conciertos, y las respuestas son un compromiso.
15 En este sentido, I. I. Rabi, con su trabajo sobre los rayos moleculares, y Charles Townes, con su teoría sobre la
emisión de radiaciones, realizaron el trabajo teórico que llevó directamente al principio del laser. Mientras las corporaciones industriales pueden obtener beneficios de este descubrimiento, la recompensa de Rabi y Townes es el reconocimiento en el plano académico; ambos alcanzaron el Premio Nobel.
Dado que ningún comité de extraños puede pronosticar el progreso futuro de la ciencia, a no ser que se trate de extensiones rutinarias de los paradigmas existentes, únicamente pueden estar dirigidos por los mismos hombres de la ciencia. En consecuencia, la comunidad científica está constituida por un grupo de individuos dedicados, que se reconocen entre sí, y que trabajan dentro de una comunidad autogobernada, menos responsable ante el conjunto de la sociedad que ante sus propios ideales.
El proceso y el ethos se dan por añadidura a una “vocación”. Se trata de una vocación porque, como planteó Max Weber, “la ciencia... presupone que lo que se consigue mediante el trabajo científico es importante en el sentido de que ‘tiene valor que sea conocido’, incluso aunque no pueda probarse la verdad de esa afirmación por medios científicos y haya que relacionarla, cada uno a su modo, a los valores esenciales que cada cual mantiene. Pero la dedicación a la ciencia posee una cualidad de sacrificio, y dado que éste participa de ‘lo sagrado’ puede afirmarse que el ethos de la ciencia representa una ‘comunidad carismática’”.
El término que predomina en esta exposición es el de comunidad de ciencia. Este término clarifica la disyunción sociológica distintiva que ha surgido en el último cuarto de siglo. Una comunidad, en la terminología sociológica, es una Gemeinschaft, un grupo primario vinculado por lazos internos que la regulan mediante la fuerza de la tradición y la opinión. Pero frente a la Gemeinschaft, según la conocida dicotomía sociológica, se encuentra la Gessellschaft, la sociedad extensa e impersonal de asociaciones secundarias reguladas por normas burocráticas y unidas por las sanciones de la separación. Hoy en día, la ciencia es las dos cosas, Gemeinschaft y Gessellschaft. Existe la comunidad científica, el reconocimiento por los colegas de una realización sobresaliente, que participa de la cualidad carismática de la empresa y mantiene las normas del conocimiento desinteresado. Y existe también la “sociedad ocupacional”, una empresa económica a gran escala cuyas normas se reducen a los “rendimientos útiles” para la sociedad o la empresa (no lucrativa o lucrativa), y que crece cada vez más, tendiendo a empequeñecer a la primera.
Los rasgos de la “sociedad ocupacional” son claros. En el orden interno, se encuentran los rasgos comunes de la burocratización. tamaño, diferenciación y especialización –los riesgos de lo que Hans Magnus Enzenberger ha denominado “la industrialización de la mente”. La tarea está regulada –menos en las universidades, más en los laboratorios de investigación– por una jerarquía formal y por normas impersonales. Se pierde el sentido del conjunto a la hora de asignar tareas minuciosas; se pierde el control del proceso del trabajo. Lo que se mantiene es la común prescripción de la alienación en el propio lugar de trabajo.
En el orden externo, se encuentra la dependencia del gobierno en cuanto a apoyo financiero (“sin duda”, escribe Derek Price, “la circunstancia irregular en esta época de la Gran Ciencia es el dinero”) y la solicitud de que la ciencia esté subordinada a las “necesidades nacionales”, ya se trate de investigación de armamento, promoción de la tecnología, limpieza del medio ambiente o similares. En lugar de la autodirección aparece la “política científica”, que se convierte inevitablemente en otro nombre para la “planificación” de la ciencia, una planificación que resulta inevitable con cuestiones económicas tales como el grado de apoyo a la ciencia en porcentaje del PNB, las asignaciones relativas entre los distintos campos, la determinación de prioridades en la investigación, y así sucesivamente. Una comunidad puede solicitar autonomía, pero cualquier estructura burocrática de grandes dimensiones queda sometida a la investigación pública o a los controles gubernamentales o, como cualquier empresa regulada o consolidada, trata de influenciar las decisiones políticas en su propio interés y se convierte en un demandante dentro del sistema político.
En una dimensión diferente, esta transición en la estructura social plantea una serie de cuestiones cruciales para las normas y el ethos de la ciencia. La comunidad de la ciencia ha sido uno de los casos más