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Review of existing WSDL parsers

3.2 Design

3.2.3 Review of existing WSDL parsers

Comentario introductorio

Marcelo Pakman

“ Cibernética de la cibernética' es la presentación original de von Foerster de la noción de una cibernética de segundo orden.\ Es, por así decirlo, el “ manifiesto constructivista ” , que en la década siguiente influiría tan profundamente en el campo de la terapia fa m ilia r (así como en otros campos de las ciencias sociales y las prácticas que vienen asociadas a ellas). Vemos aquí emerger los fundamentos para una teoría del observador, y es a partir de a llí que podemos entender la profunda influencia en el campo de la terapia, porque ¿qué problema podría considerarse más central para el terapeuta que el de ser al mismo tiempo un participante y un observador? Algmetrqwe intenta hacer descripciones y operar desde adentro de aíjUelio sobre lo cual quiere operar, y a lo cual quiere describir, está predispuesto a considerar una teoría que intenta dar cuenta de esta condición ineludible de la ciencias y prácticas sociales.

Von Foerster define claramente cómo tal teoría del observador debe, por necesidad, ser una teoría social y lingüísticá. Pero al decir eso no está desentendiéndose de lo biológico. Recordemos que su instrumento concep­ tual, basado en las nociones de información-organización, le permite, justamente, eludir las dicotomías entre lo físico y biológico, por una parte, y lo social, lingüístico y cultural, por la otra. A l mismo tiempo, y debido al uso mismo de esas nociones puente (información-organización), lo biológico no implica, en este caso, una versión reduccionista de lo social.

Es importante recordar lo antedicho por dos razones:

— En primer lugar, porque el terapeuta, con suma frecuencia, ha aprendido a temer la sola mención de lo biológico, a la cual identifica con una imagen estereotipada de la psiquiatría que reduce lo humano a las vicisitudes de los neurotrasmisores cerebrales. Para el cibemetista, la noción de organización se encama tanto en las interacciones químicas cerebrales como en las interacciones lingüísticas y, una vez establecida esa continui­ dad, ha tratado de caracterizar las diferencias entre unas y otras (pero sin dar por garantizada una dicotomía cartesiana originaria eníre ambas).

— En segundo lugar, ha comenzado a circular, últimamente, una distinción en el campo del constructivismo que empieza a poblar la biblio­ grafía sobre terapia fam iliar, campo tan proclive (como otros en las disci­ plinas sociales), a la generación de cismas, grupos, territorios (por razones que van de lo conceptual a lo político, en porcentajes diversos). Dicha distinción traza una frontera entre el llamado “constructivismo biológico’’ (con diversas vanantes: el constructivismo de vón Foerster, el “ traer a la mano” de Humberto Maturana, el “ constructivismo radical” de Emst von Glasersfeld), y el “constructivismo social" o “ construccionismo”. Esta dis- tincuín, si bien fecunda en algunos aspectos (ya que muestra intereses diversos en los aspectos más corporales, uduros”, “ biológicos” , en un caso; o lingüísticos, sociales, “ blandos” , en el otro), parece olvidar sin embargo, el que fu e núcleo central de la revolución cibernética: la generación de un lenguaje interdisciplinario, basado en la noción de información-organiza­ ción, que permitía trascender la distinción cartesiana y fundar una nueva, disciplina de la mente.

En todo caso, resulta interesante revisar artículos que, como el que nos ocupa, tienen carácter fundacional, sobre todo en una disciplina como la terapia fa m ilia r que ha evolucionado como un campo en el que es valorado el cambio, la novedad, a diferencia de, por ejemplo, el psicoanálisis, en cuya evolución social se ha valorizado, en cambio, la ortodoxia, la conexión con las fuentes, la coherencia con las raíces. Una indagación en estos dos estilos de desarrollo de las ideas pertenece, de hecho, al campo de la ecología de las ideas. Dicho sea de paso, un ejercicio de exploración de esos dos tipos básicos de evolución, ortodoxo y heterodoxo, resulta apasionante también en el caso de los sistemas familiares, y muchas veces encontraremos repre­ sentaciones claras de esos estilos en los mitos familiares. Consecuentemente, las crisis pueden reconstruirse en términos diferentes si lo que se desarrolla en la terapia es una narrativa en la que surge un contexto estilístico fam iliar ortodoxo (donde la crisis aparece como solución al problema de no poder mantener la viabilidad de ciertas descripciones, pautas de acción, etcétera) o heterodoxo (donde la crisis aparece como una solución a las restricciones para generar nuevas “ aventuras”, narrativas o conductuales).

Desde el comienzo von Foerster plantea que una teoría del observador puede comenzar por una meditación más tautológica que lógica. Esa meditación tautológica es, en sí misma, una metáfora de lo que será la práctica básica de una terapia de segundo orden: promover el verse a sí mismo como un modo de trascender las limitaciones del propio mirar. Esto se aplica tanto a terapeutas como a pacientes, porque es d ifícil concebir al terapeuta siendo eficaz en la operación antedicha, si no usa la interacción terapéutica para realizar esa operación sobre sí mismo, trascendiendo las

limitaciones de su propio mirar, a través de la mirada de los demás. Es en esa danza /le qutoobservaciones mediadas por los otros que pacientes, .terapeutas, supervisares, sistemas sociales jnás amplios pertinentes a la interacción eñ curso, emergen como una organización autoecológica encar­ nando ese evento social que llamamos terapia familiar.

Von Foerster provee otra ¡r.ftáfora feliz para eí campo terapéutico cuando dice que la cibernética de segundo orden viene a tratar de soluciona - el im puse que se produce en la resolución de problemas sociales y recomien­ da, como metodología, moverse desde la resolución de problemas a un cambio en el planteo o percepción de los problemas, no basado ahora en el trípode causación - deducción - objetividad. Sí mirar las limitaciones del propio mirar a través del m irar ajeno es el objetivo nuclear de una terapia de segundo orden, cuestionar la percepción de los problemas en términos de causación, deducción y objetividad, es la estrategia nuclear para■ la re a li­ zación de su objetivo.

La aplicación de la estrategia antedicha presupone el cuestionar la trampa de reducir las observaciones de nuestros pacientes a una pauta general en donde incluirlas, pauta que se transforma en causa, y de la cual la narrativa del paciente, su conducta, su vida finalmente, devienen meros ejemplos (se deducen de la pauta general); todo esto en un contexto y con un lenguaje donde se afirma a esas pautas como verdades objetivas, inde­ pendientes del terapeuta y hasta de los pacientes mismos.

Recordemos que Gregory Bateson proponía que el modo de pensar típicamente sistémico, como alternativa a la deducción o a la inducción, era la abducción. EnJtíjabducción (operación propuesta por Ch. S. Pcirce) no se va de lo general a lo particular (como,en la deducción), ni de lo particular a lo general (como en la inducción), sino que se circula dentro del mismo nivel lógico. Es decir que mis “ explicaciones ” terapéuticas no proponen a las narrativas y acciones del paciente como un caso particular de una pauta general, ni generan reglas generales a partir de ellas. Lo que hacen. es , agregar narrativas y sugerir acciones que se hallan en un mismo nivel .que las del paciente, no se atribuyen carácterfundante de ninguna naturaleza, y lo que pretenden es complejizar ese mundo de narrativas-acciones dando , lugar a la aparición de posibles nuevas alternativas de acción.

¡ Al mismo tiempo, y en consonancia con lo dicho en el párrafo anterior, al indagar las propiedades como si fueran parte del observador y no del sistema observado (otra fé rtil estrategia terapéutica), el lenguaje del tera­ peuta cambia. N o es ya el lenguaje de estilo oracular del terapeuta como lector privilegiado de lo que es oculto para el sujeto (no más oculto que lo que una observación del paciente puede ser para el terapeuta), sino el lenguaje de aquel que se define como autor de sus observaciones ('y o pienso q u e ' en lugar de “pareciera que aquí lo que pasa"). Nuestros pacientes no

/ ven su propia espalda, su,propio m ira r.. . y nosotros tampoco. Es a partir de la articulación de esa} dos cegueras parciales en la conciencia de ellas mismas, que surge un m irar más abarcatwo como emergencia del diálogo terapéutico, f

--- Sin embargo, no *A>ncluyanu* a partir JL allí que proponemos acá una simetría ingenua entre terapeuta y paciente. Hay una asimetría que tiene que ver conelhechode que uno de los protagonistas del encuentro.ter<ipéuUco tiejie-una int encíórí que no tiene elotro, y en virtud de esa intención (ayudar en la solución ele problemas en la vida social, mental, etcétera) es parte de una comunidad que genera un lenguaje y un nivel de metadücusión orientado a la generación de modos de optimizar esa ayuda, lo cual le permite ocupar una posición de responsabilidad, a ese respecto, en la relación terapéutica. Pero lo que se cuestiona aquí es que esa asimetría sea sinónimo de un privilegio para definir lo que va a ser considerado como Mrealidad ¿No será lo que llamamos “poder" el nombre de un contexto que permite que algunos de los miembros de un sistema definan qué va a ser validado como " realidad” para todos los miembros del sistema?

f fC o n la cibernética de segundo orden la terapia se vuelve en sí misma

.. ' ! una práctica epistemológica, una indagación mutua en las condiciones de i nuestro conocer el mundo, fío es concebible que dicha práctica no sea, al : mismo tiempo, un operar l í tico (donde se promueve la generación de un ' contexto en el que cada miembro del sistema puede definir sus propios ¡ propósitos, y no imponer propósitos para los demás), y estético (donde resistir ' a la sofocación de la experiencia humana trivializándoia en pautas gene­

rales, permite revalorizar sus aspectos únicos, originales).

“A propósito de epistemología” es, una vez más, un artículo cuyo desarrollo, más allá de su contenido, resulta una metáfora eficaz para una práctica terapéutica constructivista. Siguiendo la tradición de los metálogos batesonianos, von Foerster no sólo habla acerca de una epistemología constructivista, sino que estructura el artículo como un ejercicio de episte­ mología constructivista. De a llí que el trabajo resulte un ejemplo de inda­ gación de segundo orden en la cual, en vez de definir y poner límites (restando así ambigüedad al lenguaje), se crea “ un contexto semántico-Ji- losófico” en el cual lo estudiado puede ser visto en sus múltiples facetas, en sus posibles interpretaciones, en su rica ambigüedad.

Una vez más von Foerster expone la trampa de la '‘causalidad” , ahora

citando, entre otros, a Wittgenstein, que concebía a nuestra creencia en la causalidad como una “superstición” (porque o no encontramos una causa para nuestra creencia en la causalidad, en cuyo caso el pensamiento causal fracasa, o la encontramos, en cuyo caso la adherencia a esa causalidad se relativiza, porque responde a algo exterior a ella misma). ¿Cuánto arte

terapéutico consiste, justamente, en esta habilidad para metaposicionarse constantemente, y abrirse sin fin a nuevos determinantes, condicionamien­ tos, posibilidades? Es en el ejercicio de este metaposicionarse que la terapia se vuelve, como dijimos antes, una práctica epistemológica.

Von Foerster dijo cierta vez que hubiera preferido el término “ ontoge- . netismo” en lugar de “ constructivismo” , porque para todo aquel interesado en asumir una perspectiva donde se busca indagar, al decir de Quine, “ ¿qué tipo de cosas estamos implicando como existentes al creer en una teoría dada?” , resulta inevitable preguntarse ¿cómo es que emergió esa creencia? ¿y cómo esa teoría?; es decir, resulta inevitable pensar en términos de génesis, de proceso. (Ante toda definición, descripción, observación, el terapeuta de segundo orden se preguntará por el proceso que generó dicha definición, descripción, observación. Esto implica, naturalmente, asumir que hay otras alternativas posibles, al menos potencialmente. Esta indagación en términos de proceso es en sí misma una estrategia nuclear para la búsqueda de aquella metaposición que mencionamos anteriormente}

Una vulgata constructwista ha difundido que lo que se propone en una terapia de segundo orden es una especie de ingenua invención ex-nihilo de realidades, que e l terapeuta “ introduciría” en el sistema fa m ilia rJ Ü n a teoría del observador requiere, por necesidad, un ejercicio de autorreferencia. Dicho ejercicio no implica en modo alguno que las nuevas narraciones, observaciones, que emergen en la interacción terapéuticajsean viables^o que estemos aquí en un paraíso más allá de la verdad o falsedad.} Es la pertinencia del operar terapéutico en tanto capaz de, hacer ese ejercicio autorreferencial, descubriendo a nuestro mundo experiencia! como un m un­ do biológica y socialmente construido, la que hará de una terapia de segundo orden un proceso eficaz.

Pero, ¿cómo entender la pertinencia de las nuevas descripciones, narrativas, que surgen en el sistema terapéutico? Tenemos tres tipos de parámetros a considerar al evaluar la pertinencia de una construcción de la realidad:

1. Un parámetro pragmático: si entendemos el “conocer como acción

eficaz en un cierto dominio” (como lo definió Humberto Matura na), y la información como “aquella diferencia que hace una diferencia” (como la definió Gregory Bateson), toda construcción de la realidad es pertinente si abre nuevas posibilidades de acción eficaz y si genera una diferencia observable en el operar del sujeto, en el dominio que ha sido consensualmente acordado como problemático. Si el paciente " entiende” algo nuevo, eso debe generar acciones diferentes, que deben poder ser observadas en interacciones con él.

2. Unparámetro ético: la nueva construcción de la realidad debería respetar la autonomía (subjetividad en el caso de los teres humanos, y función ecológica en el caso de los orgcuiismof no humanos) de todos los miembros pertinentes del sistema. Dada la complejidad de los sistemas vivientes, esta condición nunca está del todo garantizada, ni siquiera en el caso de contar con las mejores intenciones. Una conciencia de esta lim ita- ción llevará a estar siempre atento a la búsqueda de nuevas informaciones acerca de consecuencias antiéticas (en el sentido antedicho) de nuestro operar, para ser incluidas en tanto reguladores para elfuncionarfuturo del sistema.

3. Un parámetro estético: si entendemos el sentimiento humano como

la cualidad estética prim aria de nuestra experiencia, toda construcción <

pertinente de la realidad debe incluir un movimiento del malestar hada el bienestar para los miembros del sistema en el dominio conseruuaímente acordado como problemático, o en dominios asociados que surjan como relevantes en el curso de la interacción terapéutica. Ese movimiento será, por necesidad, inestable, y nuevos malestares aparecerán impulsando a la búsqueda sin f ín de nuevas narraciones que den cuenta de nuestZQjestar en el mundo.

Es este juego complejo de una pragmática, una ética y una estética el que define los límites posibles de una terapia fa m ilia r entendida como la construcción de una autoprofecía que, justamente, sea a la vez pragmática, ética y estética. Tal terapia podría aspirar a ser la encamación, en un terreno específico, de una labor comprometida con el destino social, es decir, una labor ecológica.

4'

Cibernética de la cibernética*

Ha sido mi costumbre en conferencias previas de la Sociedad Nor­ teamericana de Cibernética, abrir mis consideraciones presentando teore­ mas que, debido a la generosidad de Stafíord Beer, han sido llamados los “ teoremas número 1 y número 2 de Heinz von Foerster” . Todo eso es ahora historia [1; 2). Sin embargo, basándose en una tradición de dos ejemplos, se podría esperar con razón, que yo abriera las consideraciones presentes nuevamentecon un teorema. Así lo haré en realidad, pero esta vez no llevará mi nombre. Este teorema puede identificarse como perteneciente a Hum­ berto Maturana [3], el neurofisiólogo chileno que hace unos años nos fascinó con su presentación sobre la “ autopoyesis”, la organización de los seres vivientes.

He aquí la proposición de Maturana, a la que ahora bautizaré “ teore­ ma número 1 de Humberto Maturana” :

'

“ Todo lo dicho es dicho por un observador"

Si bien a primera vista es posible pasar por alto la profundidad que se esconde detrás de la simplicidad de esta proposición, quisiera recordar la admonición del clérigo oriental en su presentación en esta misma conferencia. El dijo: “ Es sorprendente cuánto puede ser dicho por una tautología” . Por supuesto que lo dijo en abierto desafío a la proclama del lógi co de que una tautología no dice nada.

Yo quisiera agregar al teorema de Maturana un corolario que, con toda modestia, llamaré el “ corolario número 1 de Heinz von Foerster” :

“ Todo lo dicho es dicho a im observador”

'* Este artículo está basado en una presentación en la Universidad de Pennsylvania en 1974, durante la conferencia organizada por Ja Sociedad Norteamericana de Cibernética juntamente con tres facultades de la Universidad de Peimsyl cania. Fue luego publicado en Krippendorf, K. (conip.), Communication and Control in Socúty, Nueva York, Coidon and Breach, 1979.

Con estas dos proposiciones ae ha establecido una conexión no trivial entro, tres conceptos. Primero, el concepto de un observador caracterizado por ser capaz de hacer descripciones. Y esto'es a causa del teorema número 1, porque evidentemente lo que un observador dice es una-descripción. El segundo concepto es el del lenguaje. El teorema número 1 y <1 corolario número 1 conectan a dos observadores a través del lenguaje. Pero con esta conexión, a su vez, hemos establecido el tercer concepjo que deseo consi­ derar, a saber, el de sociedad: los dos observadores constituyen el núcleo elemental de una sociedad. Tres conceptos están entonces conectados de un modo tríádico, cada uno con los otros. Esos conceptos son: primero» los observadores; segundo, el lenguaje que usan; y tercero, la sociedad que forman al usar ese lenguaje. Esta interrelación puede ser comparada, tal vez, con aquella entre el pollo, el huevo y el gallo. No podemos decir quién fue primero, ni quién fue último. Necesitamos a los tres para tener a los tres. Podría ser ventajoso tener in mente esta relación triádica cerrada para poder apreciar lo que sigue.

No tengo duda alguna de que ustedes comparten conmigo la convic­ ción de que los problemas centrales de la actualidad son problemas sociales. A l mismo tiempo, podemos ver que el gigantesco aparato concep­ tual destinado a resolver problemas que evolucionó en nuestra cultura occidental, resulta contraproducente no sólo para resolver, sino esencial­ mente para percibir problemas sociales. Una raíz de esa, nuestra mancha ciega cognitiva, que nos inhabilita para percibir problemas sociales, es el paradigma explicativo tradicional que descansa sobre dos operaciones: una es la causación, la otra es la deducción. En este sentido es interesante observar que a algo que no puede.ser explicado — es decir, para lo cual o no podemos señalar una causa, o no tenemos una razón— no deseamos verlo. En otras palabras, algo que no puede ser explicado no puede ser visto. 'D e esto nos convence una y otra vez don Juan, un indio y aquí, mentor de

Carlos Castañeda [4; 5; 6; 7].

Resulta claro que en sus esfuerzos por enseñar, don Juan pretende rellenar con nuevas percepciones una mancha ciega cognitiva en la visión de Castañeda; él quiere hacerlo “ ver” . Esto resulta doblemente difícil porque, en primer lugar, Castañeda expulsa ciertas experiencias, conside­ rándolas “ ilusiones” , cuando no tiene explicaciones para ellas; y en segundo lugar, debido a una propiedad peculiar de la estructura lógica del fenómeno “ mancha ciega” : nosotros no percibimos nuestra mancha ciega

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