El siglo XIX alumbrará en Europa, un nuevo tipo de relaciones y asentamientos territoriales posibilitados por los cambios técnicos y de pensamiento que se producen en la época frente a los periodos anteriores. Estos procesos se verán catalizados por un hecho singular: el aumento demográfico, que supondrá un cambio cuantitativo muy importante.
El aumento demográfico, junto al progreso tecnológico que incidirá en la creación de nuevas relaciones de producción basadas en el desarrollo de la industria, generará fuertes transformaciones socioeconómicas en el viejo continente las cuales incidirán en los modelos de ocupación del territorio y consecuentemente, en su forma construida.
La actividad primaria, agroganadera, pesquera y forestal, constituye en un primer momento, el motor del desarrollo, al industrializar sus
procedimientos e incrementar la productividad. Este fenómeno tendrá su origen en el Reino Unido y los países centrales europeos, para progresivamente extenderse por el resto del continente. Al avanzar el siglo, la producción vinculada al sector primario dejará de ser el centro de la actividad económica de la población europea dando paso a una sociedad en sus nodos centrales eminentemente industrial. Las localizaciones fabriles de la época se ubican en los entornos de las aglomeraciones urbanas preexistentes por la necesidad de situar los centros de producción próximos a la fuerza de trabajo que garantiza su funcionamiento y por ser las ciudades históricamente nodos de baja inercia para el transporte y el intercambio territorial.
La conjunción de los hechos descritos, van a provocar en la Europa del novecientos y primeros años del siglo veinte, fortísimos fenómenos migratorios campo – Ciudad tanto de escala local y/o continental como global (principalmente transoceánica). Las revoluciones demográfica y económica constituirán los hechos socioeconómicos singulares del momento, provocando el cambio en la organización social y en consecuencia en la relación entre el hombre y el territorio en Europa ante la ausencia de mecanismos de control y disciplina de los fenómenos generados hasta bien entrado el siglo XIX. El problema territorial central de la época será así, la resolución del incremento de tamaño y de la densidad poblacional de las ciudades, y el vaciado de las regiones rurales periféricas.
La Ciudad del s. XIX es una “Ciudad dual” 13. Una Ciudad de contrastes que se debate entre la Ciudad ideal y la Ciudad real, entre la Ciudad construida y la Ciudad nueva, entre los mejores logros de la Arquitectura burguesa, a todas sus escalas, y los asentamientos del proletariado, entre la Ciudad planificada, de herramientas de ordenación en formación, y la Ciudad instantánea.
13 Alonso Pereira, José Ramón. “Introducción a la Historia de la Arquitectura”. Manuales Universitarios. Ed. Universidad de A Coruña. 2001. Estudios Universitarios de Arquitectura. Ed. Reverté. 2005.
El tejido urbano se verá intensamente transformado. La llegada de las infraestructuras de transporte a la Ciudad para garantizar la conectividad de la misma, en lo referente al movimiento de materias primas y productos transformados, tanto a larga distancia como dentro de su Hinterland Territorial, constituye el hecho característico de la Ciudad del XIX. La Ciudad dinámica, la Ciudad central, tendrá que adaptarse y dar cabida a los nodos terminales de las infraestructuras de transporte (las estaciones de ferrocarril y los puertos industriales convivirán dialécticamente con la Ciudad), y a los trazados de las propias redes de comunicación que garantizan la movilidad.
No obstante, el problema central de la Ciudad del XIX será la aglomeración urbana, y como consecuencia derivada, la resolución de las nuevas necesidades de vivienda. La respuesta a los problemas generados por la densidad: los problemas de higiene, los problemas de vivienda, los de los servicios urbanísticos, constituirán los temas urbanos propios de la época.
Frente a un hábitat que había alcanzado un cierto grado de equilibrio rural-urbano en las épocas precedentes y en función de los fenómenos descritos, la Ciudad del XIX, la preexistente y la de nueva creación, se densifica. Si la Ciudad medieval constituía en general un hábitat poco denso en el cual la convivencia entre lo rural y lo urbano, incluso intramuros, había alcanzado un cierto grado de equilibrio, la Ciudad del XIX se caracterizara por el intento de ocupación masivo del espacio libre por la vivienda y la industria, y la densificación de la trama parcelaria ya ocupada por el tejido residencial. Estos fenómenos
llevarán aparejados problemas de salud pública y conflictividad social que alumbrarán diferentes respuestas teóricas y/o prácticas en pos de retomar el equilibrio perdido entre Ciudad y territorio.
Como realidad paralela a los fenómenos urbanos descritos, se plantea el hecho del vaciado y el empobrecimiento del territorio rural, debido a la pérdida de población activa y a la ruptura del sistema de organización social y espacial del campo. La aplicación de técnicas de organización industrial y principios científicos a la producción agroganadera y forestal, si bien incrementará inicialmente la productividad del sector primario, generará con posterioridad un excedente de mano de obra que deberá ser reabsorbido por los aglomerados urbanos, provocando el vaciado del territorio rural y su desestructuración. Este fenómeno con diferentes velocidades temporales y espaciales, tendrá lugar en toda Europa, comenzando por los territorios más evolucionados socioeconómicamente (Reino Unido y Francia), para irse extendiendo con posterioridad por los estados que ocupan en ese momento posiciones periféricas, en un fenómeno de difusión progresiva que desde España arribará a Galicia.
El campo europeo, que había sido eje central de la organización económica del espacio en el antiguo régimen, afrontará una situación de crisis que hará inevitable el replanteamiento de su organización socioeconómica, productiva y, por tanto, territorial.
Ante el escenario descrito se plantean en la época, dos líneas de intervención sobre el territorio y la Ciudad claramente definidas e interconectadas entre sí, que responden a una dicotomía clásica en la historia de la Arquitectura, el Urbanismo y la Ordenación del Territorio, que desde Grecia y Roma, pasando por el Medievo y especialmente en el Humanismo Renacentista, han considerado Ciudad real y Ciudad ideal como hechos complementarios en permanente relación dialéctica.
Se plantean pues por un lado, aquellas propuestas basadas en planteamientos teóricos que, con una visión unitaria e ideal de un
territorio anisótropo entendido como continuo campo – Ciudad, o de la propia Ciudad (como Ciudad ideal), pretenden dar respuestas globales y utópicas14, que partiendo del reequilibrio social, persiguen la reconstrucción del equilibrio territorial rururbano, y el equilibrio urbano dentro de la propia Ciudad. Propuestas que parten de una concepción más allá de lo arquitectónico para derivar en la Arquitectura como materialización física de un entramado social y filosófico. Por otro lado una línea de actuación posibilista, que propone la intervención sobre Ciudad y territorio reales, entendiendo la actuación como el arte de lo posible.
Ambas líneas confluyen en casos concretos que en todo o en parte llegaron a su materialización en planes, proyectos y/o obras, proporcionando ejemplos en los cuales las propuestas de pensamiento teórico de transformación del territorio se confrontan con la realidad construida desvelando la divergencia o confluencia de ideación arquitectónica y forma construida, entre proyecto y obra, entre construcción intelectual y realidad formal siempre en permanente colisión creativa. Como propuestas ideales materializadas se exponen a continuación según la ya señalado, por su influencia en el objeto del presente estudio, las formuladas por los socialistas utópicos, la teoría de la colonización, las propuestas de Ciudad jardín o Ciudad lineal, y la posterior formulación americana de la Ciudad broadcare.