Desde el comienzo hasta el fin, la Escritura surge de en medio del drama en desarrollo de la redención. En ella participa ya ella contribuye. Por lo tanto, esto también tiene validez para el relato de la creación. Sus narraciones datan de la
temprana historia de Israel. En sus formas linguales, de estilo, imágenes y conceptos, refleja esa etapa en la historia de la revelación redentora.
Desde su posición en medio de la corriente principal de la historia del pacto, (es como si) el autor de Génesis echara una mirada hacia atrás a los albores del a historia cósmica, Asumiendo el rol de un testigo ocular, semejante al de un periodista que informa desde el lugar de la acción, se le permite penetrar a una especie de repetición de las poderosas obras originales de Dios. En rápida sucesión, ya grandes rasgos esboza los "signos de divinidad" (Calvino) tal como son expuestos primordialmente para "las estrellas del alba" de modo que se regocijaban "todos los hijos de Dios" (Job 38:7). Porque desde el principio este "teatro cósmico" (Calvino) testifica del "eterno poder y deidad" de su Creador (Hech. 14:15-17; Rm. 1:19-20), Basado en tradiciones orales y/o escritas el autor es transportado revelacionalmente a los albores de la historia. Pluma en mano es ubicado a presenciar una nueva exhibición de la muestra original y espectacular de las obras divinas. Nosotros podemos mirar ahora por encima de su hombro, mientras él describe estos eventos asombrosos desde la ventajosa posición de la vida mesiánicamente dirigida del antiguo pueblo de Dios. Por eso la historia del Génesis lleva en sí las marcas de la era de su autor.
Una evidencia impactan te de esto es el carácter polémico incorporado a este patrón del relato de la creación. Para percibirlo tenemos que ver a Israel viviendo en un mundo altamente politeísta. Rodeándolo por todas partes hay pueblos vecinos esclavizados a la veneración de una hueste de dioses. Enredados en supersticiones paganas "cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las. criaturas antes que al Creador" cambiando la "gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles" (Rm. 1:23,25). El poder seductor de esas prácticas idólatras cobró su precio a lo largo de toda la historia de Israel. Aparentemente no fue sino después de su regreso del cautiverio babilónico que Israel desarrolló una inmunidad espiritual ante la tentación de estas religiones falsas. Por lo tanto, agudamente consciente de estos vicios, el autor entreteje en su relato advertencias sutiles pero vigorosas contra tales apostasías. Estos elementos antitético s realmente no estaban presentes en el buen orden original de la creación. Aparecieron como corolario de la caída y al tiempo que era compuesto el Génesis, constituían auténticos peligros a la verdadera religión. Reconociendo estos peligros el autor acentúa la historia de la creación con un número de señales de alarma.
Note los siguientes acentos polémicos. Allí encontramos por primera vez el estado "desolado y vacío" del principio de la creación. Sin embargo, este no es un abismo ominoso, que amenaza con encerrar la naciente creación. Se trata más bien de la materia prima a la espera de ser moldeada en un producto terminado, no deformado, todavía informe, previo a ser moldeado. Así también las "tinieblas" no son un lado oscuro y siniestro de la creación, sino un intermedio de descanso en el desarrollo de los actos de este gran drama. Las "aguas" que estaban sobre y
debajo de la expansión no son terribles corrientes que amenazan con barrer la tierra, sino un medio ambiente en proceso de formación para "multitudes de seres vivientes." La "lumbrera mayor" no es un dios-sol, ni es la "lumbrera menor" un dios-luna, ni tampoco resplandecen las estrellas como deidades menores. Ninguna de ellas es una fuerza amenazante que se cierne sobre sus cabezas. Son todas criaturas del Señor, suspendidas por su mandato en los cielos, destinadas a iluminar la tierra. De la misma manera el escritor aclara el relato con respecto a los "grandes mónstruos marinos," "y todo ser viviente que se mueve" y "aves que vuelen." Ninguna de estas criaturas debe ser temida como una pseudo deidad que compite con el gobierno de Dios o como un poder demónico que amenaza su creación. Porque repetidamente leemos: "Y vio Dios que era bueno."
El cuadro del Génesis es claro: Dios no crea escombros. Posteriormente, en un mundo post-lapsario, que es el mundo del autor, ocurre un cambio radical. A todas las clases de criaturas fascinantes se les asigna, alternadamente, cualidades o bien divinas o bien demoníacas. El relato del Génesis ataca tales fantasías irreligiosas. El autor recuerda a sus lectores que no hay motivo para acobardarse atemorizados ante esos símbolos de supuesto poder sobrenatural, ni de aplacar el temperamento malo de estos no-dioses, ni de aferrarse a los mitos tan estimados entre los egipcios, cananeos, filisteos y otros pueblos que entraron a la vida de Israel. Pero Israel fue lento en aprender. Por lo tanto, estas advertencias puntuales reaparecen en etapas posteriores de la historia de la revelación como temas frecuentemente repetidos en los escritos de los profetas. Una y otra vez Israel es amonestado a "no temer lo que temen ellos." ¡Teme al Señor tu Dios, solamente! Después de todo, es él quien por su poderosa Palabra mantiene las aguas bajo control diciendo: "Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante" (Job 38:11). El pueblo de Dios no tiene que temer el agua con su oleaje, sino dar gloria al Señor que está sentado "sobre las muchas aguas" (Sal. 29). El hombre de Dios puede andar con paso firme porque el "[dios] sol no te fatigará de día" ni la "[diosa] luna de noche" (Sal. 121).
El autor del Génesis toma en serio estos ídolos, no porque sean rivales del gobierno de Dios, ni porque Dios se sienta intimidado por ellos (¡el que está sentado en los cielos se ríe!), sino porque Israel se aparta repetidamente a la idolatría espiritual. Por eso entrelaza la historia de la creación con estas polémicas que no importunan pero están provistas de agudos aguijones. Sin embargo, es una hermenéutica equivocada querer retrotraer la posterior condición pecaminosa de la historia del mundo al estado original de justicia. N o debemos permitir que las oscuras sombras de la iniquidad humana entenebrezcan el shalom de la buena creación de Dios. Porque en ese caso las fuerzas buenas y malas se convierten en realidades primordiales, dispuestas en tensión dialéctica dentro de las estructuras de la creación. Un método de interpretación como este oscurece completamente la historia bíblica de la buena creación, caída, ahora en proceso de ser redimida, y, algún día consumada. Con semejante método el pecado pierde radicalmente su gravedad de quebrantamiento. La gracia es desprovista de su triunfo. La creación es privada de su bondad. El mundo se torna irredimible.
En contraste, la doctrina bíblica de la creación subraya la soberana bondad de Dios y la bondad no comprometida de su creación como principio de primordial importancia. Dios hizo todas las cosas buenas, y llegado el fin, volverán a ser hechas buenas. Incluso ahora, esa bondad original es restaurada en principio, de manera que ya podemos disfrutar anticipadamente su cumplimiento escatológico. Pues como dice Pablo: "Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la Palabra de Dios y por la oración es santificada" (1ª Tim. 4:4-5).