Pocas palabras individuales han sucitado tanto debate como la pequeña palabra hebrea yom ("día") en el relato del Génesis. Esta viva disputa se extiende desde el principio de la era cristiana hasta el presente. ¿Cómo debemos entender estos siete "días"? ¿Literalmente, como los veinticuatro segmentos de una hora de duración? ¿Cómo períodos prolongados de tiempo? ¿Cómo giros literarios? ¿Cómo un marco histórico? ¿Un formato litúrgico? ¿Como una saga o mito? En el hablar cotidiano de hace milenios, como también ahora, la palabra "día" se refería claramente a un tiempo calendario. ¿Pero cómo funciona yom en la narrativa del Génesis? ¿Acaso mide simplemente la duración del tiempo? ¿Se trata meramente del tiempo reloj?
Anteriormente (1.6) sostuvimos que el tiempo creador (los "seis días") es de una dimensión cualitativamente diferente al del tiempo creado (el "séptimo día" y los días sucesivos). Existe claramente cierta continuidad entre ellos, puesto que el tiempo creador desemboca en el tiempo creado. Pero también hay una auténtica discontinuidad. Este reconocimiento, tanto de la continuidad como de la discontinuidad, sin duda contribuye al problema que es interpretar el significado de yom. Pero el reconocimiento del "séptimo día" como el punto de transición en la historia cósmica también puede aliviar este problema hermenéutico: Los instrumentos actuales para la medición del tiempo creado fracasan ante el tiempo creador. Por eso, lo que actualmente llamamos "día" no puede ser igualado simplemente con el "día" (yom) de la era de actividad creadora de Dios.
Por eso somos impulsados a seguir una ruta hermenéutica diferente en la búsqueda de un entendimiento del "tiempo día" en el relato de la creación. El autor del Génesis está familiarizado por experiencia con el ritmo semanal de seis días de trabajo y un séptimo día de descanso. Por la revelación acepta este séptuple patrón en la rutina de la vida como una ordenanza de la creación. Su prototipo está en la actividad del Creador mismo (Gén. 2:1-3), que ha de servir como paradigma para nuestro estilo de vida, según se indica claramente en el decálogo (Ex. 20:8-11). Luego el autor del Génesis toma este ciclo de seis días de trabajo (seguido por un día de descanso, que marca el comienzo del tiempo creado) y lo emplea reflexivamente como su principio ordenador al presentar secuencialmente las poderosas obras de Dios. Al proseguir la idea de revelación bíblica, la idea del yom (como "día del Señor") adquiere un significado sorpresivamente pleno, es decir, se refiere a la inminente cautividad, al regreso a
la patria, a la venida del Mesías, a la consumación de todas las cosas. Este yom no solamente tiene la connotación de una sucesión de momentos temporales en la historia (chronos), sino que también implica algunos tiempos con una momentánea carga de oportunidad que deben ser cuidadosamente captados (kairos), Es así que en el Génesis oímos el eco de grandes momentos creadores en el desarrollo ordenado de la actividad divina, como también una revelación de su significado cósmicamente formativo.
Quizá podamos representarlo de esta manera. La historia de la creación, tal como está registrada en Génesis 2 está orientada a la escena terrenal. La creación recibe sus toques finales, siendo el clímax de ellos la aparición de la humanidad, Adán y Eva. Estos son designados -y en ellos, también nosotros- como mayordomos, encargados y administradores de este abundante y visible reino de Dios, designados para servir como representantes del Creador entre sus otras criaturas. Es una narración muy terrenal. Génesis 1 introduce este mismo drama terrenal desde una perspectiva diferente. Allí somos expuestos a sus dimensiones más profundas. Es como que en esta historia de los principios, se nos lleva detrás del escenario terrenal para tener una visión de esa voluntad y de ese poder motivador perteneciente al reino celestial que hizo que todo esto ocurriese. Se nos permite escuchar las actas y procedimientos de una reunión del concilio original del trino Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen" (Gén. 1:26). Partiendo de los recintos trascendentes de la toma de decisiones divinas, oímos que la Palabra resuena una y otra vez: "¡Haya ... !" "¡Haya ... ¡" -y así fue. Al mandar de esa manera, Dios también bendice. Sus imperativos descienden como bendiciones sobre la creación. De manera que en estos dos relatos de la creación hay una diferencia de enfoque. Mientras Génesis 2 acentúa la bondad condescendiente de Dios ( "No es bueno que el hombre esté solo ... ," Gén. 2:18), Génesis 1 acentúa su soberana grandeza.
Génesis 1 no es un trozo casual de escritura. Una lectura atenta nos lleva a reconocer que tiene una estructura bien planeada y estímulo, casi rapsódico, en su modo y en su tonalidad. Hay impactantes simetrías, la repetición de énfasis centrales, un desarrollo paralelo que se despliega progresivamente, un acento puesto alternativamente en Dios hablando y en Dios actuando, y una estrecha interacción entre iniciativa divina y respuesta de las criaturas. Hay una correlación inequívoca entre lo que ocurrió en los primeros tres días y los tres días siguientes. Sin embargo, es una correlación que trasciende la mera duplicación y superposición para marcar claros avances. Día uno, -aparición de la luz- encuentra su paralelo progresivo en el día cuatro -aparición del sol, la luna y las estrellas. El día dos, cuando es puesto el firmamento, dividiendo a las aguas que estaban debajo de las que estaban sobre la expansión, encuentra su correspondiente paralelo progresivo, en el día cinco, en las bandadas de aves que surcan los cielos y la multitud de peces que se mueven en las profundidades. En el día tres aparecen la tierra seca, separada de las aguas, proveyendo un medio ambiente para la vida vegetal. Este encuentra su adecuado paralelo progresivo en el día seis, en la creación de la vida animal, y luego, a modo de clímax, en la creación de la
vida humana. Ambas formas de vida serán sustentadas por "toda planta verde" que "les será para comer."
Al repasar estas obras creadoras somos más que espectadores pasivos, recostados en nuestros asientos, asimilando simplemente los drámaticos acontecimientos que muestra este teatro cósmico. A través de nuestros primeros padres, Adán y Eva, el gran Director nos introduce en el acto como sus socios contractuales y ciudadanos de su reino terrenal. Somos un auditorio profundamente involucrado. Nuestra única respuesta apropiada es levantamos espontáneamente para brindar una ovación de pie, que dure toda la vida, traducida-en obras de obediencia. Porque lo que ocurre en las narrativas de la creación es más que la ejecución teatral. Nuestras representaciones artísticas de ello no deben oscurecer la realidad terrenal de estos acontecimientos primordiales en cuanto a su impacto sobre nuestras vidas.
Sin embargo, haciendo lugar a un poco de licencia poética, quizá podamos reconstruir la dramática historia de los principios siguiendo estas líneas:
El tema: una proclamación del mensaje global de las narrativas de la creación - "En el principio Dios creó los cielos y la tierra" (Gén. 1:1). El interludio: establecimiento de las escenas y preparación de los vestuarios - "Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Gén. 1:2).
El drama ejecutado: Las sucesivas obras de Dios cubriendo los seis días (Gén. 1:3-2:1).
El clímax: La conclusión, con su descanso, de un producto grande y terminado que luego marca un nuevo comienzo, el comienzo del tiempo creado - "Y acabó Dios en el séptimo día la obra que comenzó; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación" (Gén. 2:2-3).
Al final, el drama de la creación cumple su ciclo completo. Termina como había comenzado, realzando a Dios como su Autor, Director y principal Protagonista. En cada acto sostiene su rol de liderazgo. Luego, casi sobre el final, cuando el telón cae sobre sus obras creadoras y se levanta sobre su obra creada de providencia, Dios nos lleva al centro del escenario y nos asigna nuestros roles. Y así comienzan a desplegarse los días y semanas y años de la historia de nuestra vida.
I. 11. Antropomorfismo
Si por lo menos pudiéramos simplificar nuestra jerga teológica. Pero no, si se pierden algunos conceptos, el resultado sería un empobrecimiento sustancial. Aquí hay un caso. La idea del antropomorfismo se ha ganado un lugar establecido en el "lenguaje de Canaán." No tiene que repelernos. Al exponer sus raíces etimológicas podemos descubrir fácilmente su significado. La palabra "antropomorfismo" es la
combinación de dos términos subyacentes: anthropos, que significa "hombre," y morphe, que significa "forma." Por eso, literalmente significa "en la forma de hombre."
Por supuesto, aquí nuestro punto de referencia es la Escritura como un todo, y más específicamente las narraciones del Génesis. Desde el comienzo hasta el final la revelación bíblica es antropomorfa. La revelación que Dios hace de sí mismo es inscripta en formas humanas, en conceptos adecuados a nuestro nivel de entendimiento como criaturas. Es la Palabra de Dios en las palabras de los hombres, vestida en formas literarias terrenales, cuadros verbales e imágenes. En los documentos originales (autographa) y manuscritos tempranos fue volcada al hebreo, arameo y griego, idiomas familiares al antiguo pueblo de Dios.
En la Escritura Dios acomoda la revelación de su voluntad a nuestra condición de criaturas y pecadores. Por eso podemos hablar de una condescendencia doble: Primero Dios se detiene para encontramos en nuestro carácter de criaturas, luego en nuestro carácter de pecadores. El mensaje bíblico no está vestido de algún vocabulario divino o celestial, sino de formas de lenguaje muy humanas y terrenales. Es acomodado al contexto cultural de sus destinatarios originales es decir al estilo de vida mayormente agrario y pastoril de Israel ya la condición más cosmopolita de la temprana comunidad cristiana. Aunque de esa manera la Escritura nos llega en las palabras de hombres al mismo tiempo también nos llega pervasivamente como la Palabra de Dios. Es canónica, se autentifica a sí misma, es normativa. Como tal su mensaje es transhistórico y transcultural en su alcance. Por eso las Escrituras pueden dirigirse a la gente de todas las eras sin reducir su autoridad, tanto a nuestra sociedad tecnológica del siglo veinte, como a los ciudadanos del primer siglo del imperio romano. Ciertamente, un comienzo confesional de las Escrituras frecuentemente pone a prueba nuestras mayores habilidades hermenéuticas. Sin embargo, podemos esperar recompensas de esas diligentes labores, precisamente porque la Biblia habla antropomórficamente. En ella Dios se detiene para conquistamos. Calvino sostiene, por un lado, que debemos considerar a las Escrituras "como habiendo salido del cielo, como si allí fuesen oídas las palabras vivientes de Dios" (Instituciones, I ,7, 1). Pero al mismo tiempo expresa elocuentemente el tenor antropomórficamente condescendiente de la Escritura al decir:
¿Porque quién, aunque sea de escasa inteligencia, no puede entender esto, como lo hacen comúnmente las niñeras con los niños, así Dios "balbucea" en cierta medida cuando nos habla? Entonces, esas formas de hablar no expresan tan claramente cómo es Dios, sino que acomodan el conocimiento de él a nuestra reducida capacidad. Para hacer esto tiene que descender mucho de sus alturas. (Instituciones, 1,13,1)
Entonces hacemos bien en tratar seriamente el tono intensamente humano- histórico de la revelación bíblica; la personalidad, experiencia, entrenamiento e
idiosincrasia de sus autores, juntamente con el tiempo, lugar, y contexto de sus lectores originales. Estas características antropomorfas son claramente discernibles en el texto de Génesis, y en los ecos del mismo a lo largo de la Escritura. Por eso ellas tienen que entrar en nuestra interpretación de la doctrina bíblica de la creación.
Toda la Escritura, en su extensión completa y en todas sus partes, es antropomórfica. Pero también existen antropomorfismos muy concentrados en la revelación bíblica de las poderosas obras de Dios. Ella habla muy concretamente de los "ojos" del Señor que ven todas las cosas, sus "oídos" que están abiertos a las oraciones de su pueblo, su "boca" de la que procede su Palabra, su "brazo" que no se acorta, y su "mano" que no se debilita. Tales expresiones antropomorfas no tienen que ser leídas equivocadamente como si se aplicaran a Dios tal como se aplican a nosotros. Calvino ya disputa sobre este concepto en su crítica de los "antropomorfistas" (Instituciones, 1,13,1). Tampoco hay que entender equivocadamente estos antropomorfismos, como si fuesen meras formas del lenguaje; símbolos vacíos, palabras carentes de una referencia significativa a la verdadera manera de ser de Dios. Lo mejor es interpretarlas analógicamente. Consecuentemente, la forma de funcionar de "ojos," "oídos," "boca," "brazo" y "mano" en nuestra experiencia diaria, es análoga a su significación en la revelación divina. Cuando, por ejemplo, la Escritura nos dice repetidas veces que la "nariz" del Señor está abierta al olor fragante de los sacrificios de Israel, no debemos pensar que Dios está adornado por una nariz semejante a la nuestra, sino que es receptivo hacia estos actos expiatorios del Antiguo Testamento. Esta clase de sensibilidad hacia la idea de analogía revelacional también debería modelar nuestro entendimiento de las actividades de Dios cuando lo muestra como "diciendo," "viendo," y "reposando" en las narraciones del Génesis. Es esta sensibilidad la que colorea las discusiones presentadas en las secciones anteriores.
Betlehem acunó la expresión máxima de la revelación antropomorfa. Allí "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn. 1:14). Allí Dios se identificó completamente con nosotros. Allí el Hijo de Dios tomó "forma (morphe) de hombre (anthropos)" y lo hizo tan plena y cabalmente que llegó a ser "semejante a nosotros en todas las cosas" (Gál. 4:4; Fil. 2:7). Pero espere - nos estamos adelantando a la historia.