33 Sobre Faón véase Eliano, Varia Historia XII, 18; Servio, a d Virg. Aen., 3, 275; Ovidio,
Her., 15 y Plinio Historia Natural, 12, 20.
34 Demóstenes, contra Alcib., 27; Lisias, contra A ristocr. 169; Isócrates, 1, 12, 122; Poli bio, 2, 60, 8.
La larga experiencia que llevó a los atenienses a utilizar la precipita ción como forma de ejecución capital parece en este m omento presentar se con claridad.
La precipitación, considerada desde tiempo inmemorial como uno de los modos para alcanzar la divinidad, y en particular las divinidades cto- nias, se utiliza en un prim er momento como una forma de ordalía.
Perdido su carácter ordálico, aparece incluida en numerosas legisla ciones ciudadanas (entre las cuales figura la ateniense) como una ejecu ción sacral, reservada a quienes habían ofendido a los dioses. Y, en un ter cer m om ento - a l m enos en Atenas tras el decreto de C a n o n o s- se estableció que se utilizasen también para ejecutar las sentencias capitales por delitos políticos. Pero sobre su utilización efectiva -tras su institucio- nalizacíón- se han avanzado dudas.
En efecto, algunos consideran que en la época ciudadana los atenienses nunca habrían utilizado el barathron para precipitar a los condenados a muer te, sino que se limitarían a arrojar allí sus cadáveres tras haberlos m atado35. La hipótesis se basa en prim er lugar en un pasaje de Plutarco que, en la vida de Temístocles, habla de un templo en M elite (populoso barrio al oeste de Atenas), levantado cerca del lugar en donde “ahora los verdugos arrojan los cuerpos de los condenados a m uerte y llevan los mantos y los lazos de los ahorcados” 36.
¿Por qué tendría que indicar este texto que el barathron no servía para precipitar a los condenados sino para arrojar sus despojos? Por dos razo nes: la palabra “ahora” (en griego nyrí) indicaría una variación en el uso del precipicio; y la referencia a los vestidos de los ahorcados (que se arro jaban al precipicio junto con el lazo que había provocado su muerte) indi caría que los condenados, antes de ser arrojados al barathron, eran m uer tos por ahorcamiento.
Pero si se examinan de cerca ninguno de los dos argumentos es deter minante. En efecto, la palabra “ahora” además de indicar una variación en el modo de la ejecución podría, con la m ism a verosimilitud, indicar una variación de lugar. En otras palabras, podría querer decir que en cierto momento, por lo demás no precisado, el antiguo barathron se vio susti tuido, como lugar de ejecución, por un precipicio diferente. ¿Hay algunos elementos en favor de esta hipótesis? En un escolio a Aristófanes leemos que, en el siglo v, los atenienses rellenaron el barathron para expiar una afrenta com etida contra la M adre de los d io ses37. Y la Suda ofrece otros detalles: los atenienses, dice, habían arrojado al barathron al sacerdote de Cibeles (precisamente la M adre de los dioses), considerado culpable de
35 Sobre el problema véase E. Bemeker, D er Felssturz, cit., pág. 91 ; y G. Cerri, Legisla-
zione orale e tragedia greca, Nápoles 1979, especialmente capítulo I y posteriormente Ideo logía fu n era ria n ell'Antigone di Sofocle, en La mort, les m orts dans les sociétés anciennes,
(ed. J. P. Vemant y otros), Cambridge 1982, págs. 121-131; J. Whitehome, Punishm ent under
the D ecree o f Cannonus, cit.
36 Plutarco, Temístocles, 22. 37 Schol. a d Aristoph, Plut. 431.
haber iniciado a las mujeres en los cultos báquicos. Pero como a conse cuencia de este hecho Atenas se vio afectada por una carestía y el oráculo ordenó expiar el sacrilegio, los atenienses rellenaron el barathron levan tando encim a el Bouleterion y el M etroon3S.
Aunque no sea completamente creíble (Wilamowitz sostiene, por ejem plo, que la información sobre el M etroon es falsa)39, la noticia no es com pletamente desdeñable, al menos en la parte que, coincidiendo con lo dicho por el escolio a Aristófanes, lo confirma al tiempo que es confirmada por este último. En efecto, el barathron ya no se usó para precipitar a los con denados a muerte en el siglo v (aunque tal vez no estuviese rellenado mate rialm ente)40. Pero esto no significa necesariam ente que se abandonase la precipitación como forma de ejecución capital. Tal como ya hemos dicho puede significar, simplemente, que a partir de ese m omento se precipitó a los condenados desde otra altura.
Por lo demás, parece que el barathron fue originalmente una hendidu ra en las cercanías del Areópago. En la Electra de Eurípides leem os que “las terribles diosas (las Erinias), desesperadas por su derrota, desaparecie ron junto a la colina (del Areópago), en una hendidura del suelo que se con vertirá en la sede de un oráculo augusto reverenciado por los mortales” 41.
A unque no sea segura, la hipótesis de que la hendidura en cuestión fuese el barathron es posible42. Si se acepta, confirma que en un momen to im preciso a lo largo del siglo v se trasladó el lugar de ejecución. En efecto, según Platón el barathron se encontraba a lo largo de la carretera que llevaba al Pireo43. Los problemas levantados por el nyn de Plutarco se superan de este modo y encuentran una explicación diferente de aquella según la cual esa palabra señalaría la desaparición de la precipitación del panoram a de las penas ciudadanas. A sí llegam os a la afirm ación de Plu tarco según la cual se arrojaban al precipicio los mantos de los ahorcados y las cuerdas que habían provocado su muerte.
Considerar esta afirmación una prueba de que las condenas capitales se habían ejecutado mediante la horca requiere al m ismo tiempo un nota ble esfuerzo de im aginación y una singular indiferencia por el texto. En
3! Suidas, s.v. metragurtes.
39 Cfr. U. von Wilamowitz-Möllendorf, D ie G alliam ber des K allim akos und Catullus, en
H erm es 14, 1897, 195, η. 3. Es ciertamente fantasiosa, por lo demás, la noticia del Schol. ad Aristoph., Plut., 431, según la cual a lo largo de las paredes del barathron estarían fijados cla
vos destinados a desgarrar el cuerpo del condenado durante la caída.
® Cfr. Ross, D as Theseion, Halle 1852, pág. 54, n. 131, según el cual el antiguo ba ra
thron estaría situado cerca del Areópago y el precipicio del que habla Platón (R epública 4,
439 e) sería el nuevo, que sustituiría al anterior en el siglo v. La hipótesis se basa en algunos versos de la Electra de Eurípides (1270-1271) sobre los que volveremos en el texto. También acepta la tesis de Ross I. Barkan, Capital Punishment, cit., págs. 57 y sigs. Sobre el tema véase J. Travlos, Bildlexikon zu r Topographie des antiken A then, Tubinga 1971, pág. 121.
41 Eurípides, Electra, 1270-1272.
42 La hipótesis es de L. Ross, D as Theseion, cit., y la ha aceptado W. Judeich, Topograp
hie von A then, Múnich 1931, pág. 168 y posteriormente I. Barkan, C apital Punishm ent, cit.,
págs 57 y sigs.
efecto, Plutarco escribe que en el barathron se arrojaban los cuerpos de los condenados a muerte y (kai) los mantos y cuerdas de los ahorcados para de este modo indicar, por lo tanto, dos tipos diversos de objetos. Si los mantos y lazos fuesen aquellos con los que se había matado a los conde nados a muerte, ¿por qué Plutarco tendría que detenerse a hablar de ellos? Presumiblemente se arrojarían al precipicio junto con los cadáveres y no serían objeto de un lanzamiento separado y autónomo.
Los vestidos y las cuerdas en cuestión, evidentemente, no eran los de los condenados. Eran los que habían usado aquellos que se habían suici dado ahorcándose. Y la costumbre de arrojar al barathron los instrum en tos que habían servido para llevar a cabo este tipo de suicidio no es en absoluto sorprendente. Deriva de que el ahorcamiento era en el mundo clá sico una muerte m aldita, que no perm itía que el alm a del difunto encon trase la paz en el más allá. E ra una muerte im pura44. Adem ás en Grecia, como sabemos, estaba tradicionalm ente reservada a las mujeres, era una pena no viril por definición. Quien se había ahorcado no merecía piedad ni respeto y los objetos que habían estado en contacto con su cadáver se eliminaban de la vista y del recuerdo de los atenienses.
En definitiva, el pasaje de Plutarco no puede citarse como prueba de la desaparición de la precipitación del panorama de los suplicios capitales atenienses. En todo caso, si se tuviese que interpretar en este sentido, pode mos afirm ar que no nos concerniría, puesto que todo lo m ás, de ser así, señalaría que la precipitación ya no se aplicaba en el tiempo de Plutarco: entre los siglos i y π después de Cristo. ¿Qué sentido tendría basarse sobre un testimonio relativo a esta época para conocer las prácticas de muerte de los tiempos clásicos?
Para sostener la hipótesis de que el barathron no se utilizó nunca para m atar no queda más que un argumento.
Desde el final del siglo v el término barathron desaparece. Sólo H ero doto, Jenofonte, Aristófanes, Platón y Plutarco, que hablan de aconteci mientos anteriores al siglo iv, utilizan el término barathron. Por su parte Licurgo y Dinarco se refieren al precipicio con el término orygm a45. Este es un término genérico que puede indicar cualquier cavidad; no es un nom bre técnico que, como el de barathron, indique un lugar específico desti nado a una función institucional. ¿Pero cómo no pensar que el uso de oryg ma no era un eufemismo, al igual que el uso de pharmakon (veneno) en el lugar de koneion (cicuta), debido al deseo de evitar los recuerdos terribles
44 Dedicados más específicamente a Roma, pero no carentes de interés para comprender cómo percibían los griegos el ahorcamiento, véanse J. André, A rb o r fe lix , arbor infelix, en
H om m ages à J. Bayet, Bruselas 1964 (= Collection Latom us LX X ), págs. 35 y sigs., en par
ticular pág. 45, y J. L. V oisin, Pendus, crucifiés, oscilla dans la R om e pa ïen n e, en Latom us 3 8 ,1 9 7 9 , págs. 422 y sigs. Por lo que respecta a Grecia y a la muerte femenina véase todo lo dicho en el capítulo I.
45 Cfr. respectivamente Heródoto, 7, 133; Jenofonte, Helénicas, 1, 74; Aristófanes, Caba
lleros, 1362\N ubes, 1, 4 5 0 y Pluto, 574; Platón, G orgias, 516 e;Licurgo, contraLeocr., 121;
evocados por la palabra?46. Los sostenedores de la tesis de la desaparición del uso de matar por precipitación afirman que si la precipitación todavía estuviese en vigor los logógrafos no habrían dado prueba de semejantes actitudes para dirigirse al jurado. Como todos los logógrafos, éstos utili zaban un lenguaje fuerte, capaz de im presionar al auditorio. Si el nuevo precipicio hubiese tenido la función del viejo ciertamente no habrían per dido la ocasión de indicarlo con el término antiguo: el orygma se utiliza ría por lo tanto sólo como depósito de cadáveres47.
A este argumento (con todo nada decisivo) es fácil oponer la conside ración de que tal vez el uso del término barathron se sustituyó por oryg ma cuando se cambió el lugar en el cual tenía lugar la precipitación. Por no hablar del hecho -absolutam ente determ inante- de que los autores que hablan de orygma hablan de un modo que no permite pensar que el uso del orygma fuese distinto del reservado al barathron.
En efecto, en Dinarco leemos que, en base a un decreto propuesto por Demóstenes, dos ciudadanos, padre e hijo, fueron consignados to epi to oryg- m ati: “al hombre de la fosa”48. En Licurgo leemos acerca de un decreto que establecía que, si algunos de aquellos que durante la guerra contra Esparta se habían refugiado en Decelia retornase a Atenas, cualquier ciudadano podría presentarlo ante los Tesmotetas para que éstos lo enviasen to epi orygmati: de nuevo “al de la fosa” 49. ¿Y quién podría ser este “hombre de la fosa” si no el verdugo encargado de ejecutar la condena de muerte por precipitación? Si el orygma hubiese sido únicamente el lugar a donde se arrojaban los cadá veres el hombre de la fosa no habría sido otro que el sepulturero. ¿Por qué, entonces, en este caso Licurgo y Dinarco habrían tenido que indicar que se le entregaban a él los condenados? De un modo bastante más verosímil, por no decir seguro, habrían dicho que los condenados eran entregados a los Once (los magistrados encargados de ejecutar las sentencias capitales). .
Por últim o, ¿qué decir de las referencias al barathron contenidas en las comedias de Aristófanes? Tanto en los Caballeros, representada en el 424, como en las Asambleístas, representada en el 393, el barathron apa rece sin posibilidad de equívocos como una form a de dar m uerte. ¿Qué efecto cómico habría podido tener entre el público la referencia a una prác tica en desuso en la época?
Concluyendo. La hipótesis de que la precipitación, como forma de eje cución capital, se había abandonado hacia fines del siglo v no sólo no encuen tra confirmación en las fuentes, sino que parece ser contradicha por esas mis mas fuentes. Así como tampoco encuentra confirmación la hipótesis según la cual la precipitación, utilizada durante la época arcaica, había desapareci do para convertirse en una forma ciudadana de ejecución sólo por obra del
* Como ha observado por ejemplo H. Hager, H ow Were the Bodies o f Criminal at A thens
D isp o sed o f a fter D eath? en Journ. Class. P h il, 8 (1979) pág. 11. Sobre el punto véase E.
Berneker, D e r Felssturz, cit., pág. 88. 47 Barkan, Capital Punishm ent, cit. « Dinarco, contra. D em., 62. 45 Licurgo, contra Leocr., 121.
decreto de Canonos; m ás exactam ente cuando - e n la tercera década del siglo v - la ciudad, en una situación de emergencia, había intentado, amena zando con una muerte terrible, “dar un ejemplo” capaz de estimular el respe to a la ley50. El decreto de Canonos, en resumen, habría sido un procedimiento intimidatorio introducido de un modo completamente excepcional en el sis tema ateniense y, además, nunca se habría aplicado, como lo demostraría en particular el célebre proceso a los estrategos de las Arginusas, acusados, tras la victoria, de no haber dado sepultura a los cadáveres de los caídos.
Pero en el relato de Jenofonte -q u e recoge el p ro ceso - no es posible encontrar ningún elemento adecuado para confirmar esta tesis. Si es cier tam ente verdad que el pueblo no acoge la propuesta de aplicar el decreto de Canonos para ju zg ar a los acusados, también es cierto que la petición había sido hecha por el defensor de los estrategos, Euritólem o, con el fin de lograr que, como preveía el decreto, los acusados fuesen juzgados indi vidualmente, sobre la base del comportamiento que había tenido cada uno de ellos. Pero el pueblo rechazó la propuesta no porque era contrario a la pena de la precipitación, sino porque quería que los acusados fuesen ju z gados conjuntamente, a la luz del hecho en sí, independientemente de toda valoración de las responsabilidades individuales51.
Si, por lo tanto, el decreto de Canonos (ciertamente vigente en el año 406 a. de C., año del proceso) no se aplicó para juzgar a los estrategos, nada permite afirmar que no se aplicase en otros casos. Para terminar, una últi m a consideración. Los atenienses, se dice, se habrían mostrado contrarios a la aplicación del decreto porque considerarían la precipitación como una práctica bárbara y cruel. ¿Pero en qué era más cruel precipitar a alguien que someterlo al apotympanismos?
Para cerrar estas aproxim aciones a la historia de la precipitación no queda más que una última consideración. Para excluir que la precipitación permaneciese en vigor en plena época clásica tampoco vale sostener que, a partir del siglo v, se m ataba a los condenados por delitos políticos en la cárcel con la cicuta. En efecto, aunque la cicuta dejaba de lado las ejecu ciones públicas y aunque se reservaba a quienes con anterioridad a esa fecha habían muerto precipitados, nunca sustituyó completamente este últi mo procedimiento de ejecución. L a cicuta se introdujo sólo como alterna tiva posible - y no ob lig ato ria- a la m uerte por precipitación. La m uerte dulce, la muerte con el veneno no fue más que un privilegio concedido a unas pocas personas, en circunstancias y con los límites que veremos.
“ A sí E. Bemeker, D e r F elssturz, cit., pág. 88, en donde en la nota 4 se citan en apoyo de la fecha propuesta las famosas D irae Teiae, un decreto de Teos del año 479 a. de C. que preveía maldiciones contra quien com etiese delitos contra el Estado (SIG 2 37-38).
11 Para un atento examen del decreto de Canonos, para la razón por la que se le invoca en