9. Y para que aprendáis que esto es así y que muchos se hicieron acreedores
muchas veces al castigo, no sólo violando el juramento, sino también guardando el juramento voy a relataros algo parecido.
Herodes estaba una vez festejando su cumpleaños y celebraba el día de su nacimiento132. Como quería hacer espléndido aquel día, invitó a la hija de la reina a
que bailase para él, sin percatarse de que así deshonraba más bien aquel día. Y en efecto, cuando lo que necesitaba era dar gracias al Dios bondadoso por haberle creado de la nada, por haberle dado un alma, por haberle introducido en este augusto espectáculo de la creación, por haberle hecho espectador de esta hermosísima y maravillosa creación; cuando era necesario, digo, que honrase el día con himnos y acciones de gracias al Señor, él, sin embargo, lo honró con el deshonor.
Efectivamente, ¿hay algo más deshonroso que el baile? Y ese día bailó la hija de Herodías. ¡Escuchad, hombres y mujeres, todos cuantos con tales bailes y tales cantares honráis lo mejor de vosotros mismos! No son pequeños estos males, aunque parezcan ser indiferentes. Por eso precisamente son males grandes: porque parecen ser indiferentes y por ello tampoco se benefician de especial precaución.
Efectivamente, la enfermedad grande y que se cuida desaparece; en cambio la que parece pequeña, al ser descuidada por esto mismo, se hace grande. ¿Qué estás diciendo? ¿Alguien se atreve a meter el baile en la casa de un fiel y no teme que un rayo de lo alto caiga y todo lo abrase?
Esto lo digo también a las mujeres, para que hagan entrar en razón a sus maridos y los aparten de semejante diversión. Aquel día, la hija de la reina entró y bailó. ¡Dios bendito! ¡Hacia qué gran templanza hiño que se volviera nuestra vida! Escuchad, fieles, a qué esposo os estáis acercando: al que adornó con pudor, templanza y recato vuestra vida, muy degradada antes de esto: lo que entonces la reina no se avergonzó de hacer, ahora no querría soportarlo una simple criadita.
Bailó, pues, aquélla, y después del baile cometió otro pecado más grave: persuadió al mentecato aquel a que le prometiera con juramento darle lo que ella pidiese.
¿Estáis viendo cómo el juramento hace también mentecatos? ¡Juró él, sin más, darle justamente lo que pidiese! Pues bien, ¿qué hubiera pasado si ella hubiera pedido su cabeza? ¿Y qué, si hubiese pedido el reino entero? Solamente que él de nada de esto era consciente: el diablo se había presentado junto a él con un fuerte lazo y, en cuanto el rey acabó el juramento, puso el lazo y extendió la red por todas las partes, y entonces sugirió aquella petición que haría inevitable la presa: Dame -dice- sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista133.
¡Desvergonzada la petición! ¡Insensata y fatal la donación! ¡Culpable de ambas, el juramento! ¿Qué se debía, pues, hacer? Recordad lo que yo os decía: que somos igualmente castigados, tanto si guardamos el juramento, como si lo violamos. ¿Era necesario dar la cabeza del profeta? ¡En tal caso el castigo habría sido insoportable!. ¿No darla, entonces? ¡Sobrevendría la acusación de perjurio!.
132 Cf. Mt 14, 6-12. 133 Cf. Mt 14, 8.
¿Ves cómo el precipicio se abre a uno y otro lado? Dame -dice- aquí, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista. ¡Oh petición maldita! ¡Y sin embargo logró persuadir, y con ello creía acallar aquella sagrada lengua que, por el contrario, aún ahora sigue gritando! En efecto, cada día, pero sobre todo en cada iglesia, a través del Evangelio escucháis a Juan advertir a gritos: ¡No te es lícito tener la mujer de tu hermano!134.
Cortó la cabeza, pero no cortó la voz. Acalló la lengua, pero no acalló la reprobación.
10. Ya veis lo que hace el juramento: corta cabezas de profetas. Viste el cebo:
teme tu pérdida. Viste la red: no caigas en ella.
Sólo que, en adelante, será necesario andar con talento para evitar que el corte se haga más profundo: en adelante, será necesario detener la mano y el hierro ensangrentado, y reducir a silencio el discurso referente a las heridas del perjurio. Sí, recordad esto y nunca pecaréis: tanto si guardáis el juramento como si no lo guardáis, seréis igualmente castigados.
¿Dónde están ahora los que decían: “¿Y si juro por un justo?”. Porque, ¿cómo puede esto ser justo, si hay transgresión de la ley? ¿Cómo justo, si Dios lo prohíbe pero tú lo haces?
En adelante, empero, soportad que nosotros os vendemos las heridas, porque incluso el vendaje tiene su tanto de doloroso. Efectivamente, grave es el castigo, tanto del perjurio como del juramento guardado, ya antes de nuestra enseñanza: pero será mucho más grave después de nuestra enseñanza.
Dice, en efecto: Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado135.
También es posible decir esto refiriéndolo a vosotros: en adelante, no tendréis disculpa alguna si erráis. Lo cierto es que ahora el bautismo, aunque encuentre perjurio, juramento legal, fornicación, adulterio o cualquier otra maldad, lo limpia y lo purifica todo con el máximo rigor. ¡Ojalá en lo porvenir también vosotros conservéis esta limpieza, libres ya de toda mancha, y nosotros podamos participar de alguna confianza por vuestras oraciones! En adelante, efectivamente, os está permitido rogar también por vuestros maestros, porque, de hecho, dentro de muy poco vais a aparecer ante nosotros desde el cielo, resplandeciendo con mayor luminosidad que las mismas estrellas.
¡Ojalá, pues, todos nosotros participemos, por vuestras oraciones, de segura confianza delante del tribunal de Cristo, por el cual y con el cual se dé gloria al Padre, junto con el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! Amén.
134 Mt 14, 3-4. 135 Jn 15, 22.