A veces nos disgustamos tanto, que apenas podemos pensar con claridad. Si una crisis nos coge por sorpresa, experimentamos una gran preocupación y nuestra mente se pone a pensar a toda velocidad. Cientos de posibilidades distintas, cosas que podríamos hacer, cosas que podrían suceder, se nos presentan de repente. Es difícil reunir todas nuestras ideas e idear un plan.
En tales ocasiones, sé que para dominarme y tranquilizarme necesito relajarme y despejar mi mente, para al cabo de unos minutos poder ver la situación desde otra perspectiva. Según me voy calmando, puedo pensar con más claridad y ver las cosas de otro modo. Lo que al principio era un trauma que abrumaba mi mente se convierte en un conjunto de factores que hay que tener en cuenta para encontrar una solución. Empiezo a fijar prioridades en relación con lo que valoro y necesito. Estoy seguro de que habrás tenido alguna experiencia igual a ésta. Te habrás dado cuenta de que cuando te tranquilizas ves las cosas desde una perspectiva más adecuada y puedes pensar con más claridad.
Si te tranquilizas todavía más, ves las cosas todavía más claras. Y si consigues estar absolutamente tranquilo, cabe esperar que verás las cosas desde una perspectiva absolutamente correcta. Hay en inglés un dicho que podría traducirse de este modo:
“Cuando el cielo está despejado, siempre se ve”. Y los maestros Zen dicen: “Cuando las aguas están tranquilas, puede verse el fondo”. En el lenguaje de la nueva ciencia de la holografía, se habla de la coherencia del rayo láser, la uniformidad de los dibujos de sus ondas, que dan al láser poderes mágicos.
Al meditar, como nos calmamos y tranquilizamos nuestra mente, llegamos a ser más coherentes y podemos explotar una inteligencia más poderosa. Es como si nos eleváramos sobre el tumulto para convertirnos en aves silenciosas que flotan en lo alto del cielo. Accedemos a una percepción mucho mayor, vemos las cosas desde una perspectiva más amplia, poseemos la sabiduría que cabría esperar.
Con ayuda de un pequeño ejercicio puedo ponerte en contacto con tu canal de mayor percepción. Después, será cosa tuya el mantener dicho canal abierto.
Escoge una palabra o una imagen sencilla que te resulte cómodo tener en la mente. Cuando hayas optado por un foco, quiero que te centres en él, y sólo en él. Por ejemplo, si has elegido la palabra, “feliz”, has de pensar exclusivamente en esa palabra, una y otra vez. Si has escogido la imagen de un globo, imagínatelo simplemente, míralo fijamente, no hagas nada más que eso.
Una vez que hayas hecho eso durante unos minutos, te darás cuenta de que no es tan sencillo. Otros pensamientos e imágenes te vendrán a la mente. Tu mente se
distrae fácilmente. Bueno, sigue probando. Siempre que descubras que estás pensando en otra cosa, vuelve a centrar la atención en tu foco. Vuelve a intentarlo durante un minuto más o menos, para experimentar qué se siente al volver a centrarse en el foco elegido.
Ahora reflexiona sobre lo ocurrido. Has centrado la atención en el foco repetidas veces. De vez en cuando, has percibido otros pensamientos e imágenes. Parecían surgir de otra mente, con independencia de tus deseos de seguir centrado. Has vuelto a dirigir la atención al foco y tus pensamientos han desertado, volviendo a alejarte del mismo. Era casi como el juego de la cuerda.
Según voy describiendo este proceso, podrás darte cuenta de lo que digo. Has sido consciente de tus esfuerzos por continuar centrado, y de la persistente interferencia de ciertos pensamientos con la consiguiente frustración. Puede que también hayas percibido los comentarios surgidos en tu mente en relación con el citado proceso.
Al reflexionar sobre ello, te das cuenta de que eras consciente de todo conforme iba produciéndose. Asimismo, percibes que en algún punto, en lo más recóndito de tu mente, había un testigo. Se trataba de un testigo silencioso. Se limitaba a observar. Aunque tu incapacidad para centrarte haya podido producir en ti un sentimiento de frustración, el testigo no ha experimentado esa emoción; se ha limitado a observar todo. No ha tomado partido en la contienda, no ha realizado ningún comentario; no ha hecho más que darse cuenta de todo.
¿Te resulta en cierto modo familiar lo que has notado? ¿Acaso no ha estado esa idea siempre presente en lo más recóndito de tu mente? ¿No ha estado contigo desde que eras niño? No solemos dedicar una gran atención a su presencia en lo más recóndito de nuestra mente. Estamos muy ocupados haciendo esto, pensando en aquello... Nuestro sentido del “yo”, de quién somos, se crea a partir de nuestras experiencias de pensamiento y obra. Y, sin embargo, ése es un yo en minúscula comparado con el YO soy que está en último plano. De hecho, este testigo silencioso con frecuencia se denomina la conciencia del yo soy. Se trata del primer nivel de conciencia del yo superior. Nos abre las puertas para experimentar la verdad de la misteriosa afirmación bíblica: “Estad tranquilos y silenciosos y sabed yo soy, Dios”.
La meditación nos abre las puertas para que tengamos acceso a estos conocimientos, se trata del camino que conduce a este canal de percepción. El ejercicio que acabas de realizar es, en realidad, un proceso básico de meditación. Al realizar un ejercicio de meditación ha de haber un foco de atención, que puede ser un sonido, una palabra, una frase, una imagen, la respiración, o incluso simplemente los propios pensamientos y su discurrir. Hay que centrarse en el foco y siempre que se desvíe la
atención, volver al mismo. La intención de seguir centrado se opone suavemente a la tendencia natural de la mente a divertirse actuando espontáneamente. Estas dos fuerzas se encuentran y gradualmente se anulan mutuamente, dejando que la presencia de la conciencia del yo soy se revele al fondo. La conciencia es, de por sí, el canal de una conciencia mucho más grande.