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2.3 Surface Registration

2.3.1 Rigid Registration

«Padre santo, en unión con el Sacrificio de tu Hijo divino, acepta la ofrenda de mí mismo, como holocausto vivo, santo, agradable a ti» (Rm 12, 1).

1.— De la plegaria eucarística expresa en el canon de la Misa se deducen los dos grandes fines del Sto. Sacrificio que se identifican con los del sacerdocio eterno de Cristo: la gloria de Dios y la redención de los hombres.

Inmediatamente antes del canon se invita a los fieles de nuevo a elevar a Dios en el prefacio una solemne acción de gracias. El motivo, el medio y el objeto de esa acción de gracias es único: Cristo alabanza perfecta del Padre, Cristo mediador nuestro, Cristo objeto él mismo de nuestra alabanza: «En verdad es justo... darte gracias... a ti, Señor, Padre santo.., por Cristo nuestro Señor... Bendito el que viene en nombre del Señor» (MR.) Cristo es el centro de la Misa; es el Sacerdote que ofrece al Padre el «sacrificio de alabanza», sacrificio del que es, al, mismo tiempo sacerdote y víctima. Mientras en el Calvario Jesús ofreció solo su sacrificio, aquí lo ofrecen todos los fieles junto con él: «ellos mismos te ofrecen este sacrificio de alabanza» (Pleg. Euc. I). Se invita al pueblo no sólo a presentar al Padre la oblación de Cristo, sino a unir a ella la propia, para que, «recibida la ofrenda de la víctima espiritual», haga de ellos «una ofrenda eterna» (SC 12). En seguida de la consagración se renueva la ofrenda: «Por eso, Señor, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo..., te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo» (Pleg. Euc. I). No se trata más de la ofrenda del pan y del vino, sino del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, presente ya en el altar, memorial de la muerte del Señor por la separación de las especies, y de la resurrección por su presencia viva y vivificadora. Cristo es el don supremo que Dios ha hecho a los hombres — «tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único»— (Jn 3, 16); y en la Sta. Misa los hombres se lo presentan como acto supremo de culto, porque sólo en el Hijo se complace el Padre. «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

2. — La oblación eucarística sube a Dios como sacrificio de alabanza y baja a la tierra como don para la redención de los hombres. También este segundo aspecto se pone repetidamente en evidencia en la plegaria del canon. Antes de la consagración ora el sacerdote: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos..., líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos». Como en la cruz, también en el altar se ofrece el Sacrificio de Cristo al Padre para nuestra salvación. Más adelante, invocando sobre el pan y el vino el poder de la bendición divina que va a realizar el milagro eucarístico, dice el celebrante: «Acepta, ¡oh Padre!, esta ofrenda haciéndola espiritual, para que sea Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo». El pan y el vino se van a transformar en Cuerpo y Sangre de Cristo en favor nuestro, para nosotros; lo necesitamos como sacrificio expiatorio de nuestros pecados y como sacramento que nutre nuestra vida sobrenatural. Sin Eucaristía no podemos vivir: ella es la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana», por ella «la Iglesia vive y crece continuamente» (LG 11.26). Esta idea culmina en la consagración con las palabras del Señor: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo... Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de

los pecados». Es Cristo mismo quien declara la intención redentora de su sacrificio e invita a los fieles a participar en él con la comunión eucarística. Comunión tan íntimamente unida al sacrificio que constituye de nuestra parte su consumación. Recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor, completamos el memorial de su muerte y al mismo tiempo el de su resurrección, porque la Eucaristía nos hace partícipes de la vida gloriosa de Cristo nuestra Cabeza. Pero esta comunión admirable con el misterio pascual de Cristo no debe agotarse en la Misa, sino que ha de prolongarse espiritualmente en la vida diaria por el ofrecimiento de las tribulaciones como participación en la muerte del Señor, y con una intensa vida de gracia como participación en su resurrección.

Es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo tu Hijo amado. Por él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre fuera nuestro Salvador y Re- dentor.

Te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo. Dirige tu mirada sobre la ofrendé de tu Iglesia, y reconoce en ella la víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.

Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos... Te pedimos, Señor, que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra. (MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística II y III).

¿Qué podré yo dar al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Tomaré el cáliz de la salud.

Sí, Dios mío, quiero tomar en mis manos ese cáliz enrojecido con la sangre de mi Maestro y, dándole gracias, mezclar, llena de gozo, mi propia sangre con la sangre de la Víctima sagrada. Así mi sangre adquiere un mérito infinito y puedo tributar al Padre una grandiosa alabanza. Mi sufrimiento es, entonces, un mensaje que transmite la gloria del Eterno.

Oh Jesús, ayúdame a identificarme tan perfectamente contigo, que llegue a reproducirte continuamente a los ojos del Padre. Al entrar en el mundo, dijiste: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Esta oración debiera ser como el latido de mi corazón. Cumplir la voluntad divina debe ser también mi alimento y, al mismo tiempo, la espada de mi inmolación. Así, tranquila y alegre, marcharé en tu compañía, Maestro adorado, al encuentro de cualquier sacrificio, congra- tulándome de haber sido reconocida por el Padre, pues me crucifica juntamente con su Hijo. (Cf. ISABEL DE LA TRINIDAD, 2Retiro, 7. 14).

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