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«Señor, para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (SI 119, 105).

1.— La sagrada Liturgia culmina en el Sacrificio Eucarístico, acto supremo del culto en el que se renueva «el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada» (LG 28). Por eso la Iglesia se preocupa de rodear la Misa de oraciones, ceremonias e instrucciones que hagan la participación de los fieles verdaderamente «activa y consciente» (SC 14). La primera parte se llama Liturgia de la Palabra, y tiene por fin instruir al pueblo en las verdades de fe, en los misterios de la vida de Cristo y principalmente en el misterio pascual que el santo sacrificio va a hacer vivo y actual en medio de

los fieles. «En la celebración de la Misa... se unen inseparablemente el anuncio de la muerte y resurrección del Señor, la respuesta del pueblo que oye y la oblación misma... (de) Cristo» (PO 56). En la lectura de los trozos bíblicos y especialmente del Evangelio, insertos en la Misa, Cristo está presente por su palabra que es la luz de la vida cristiana y el alimento de la fe. La audición atenta y devota, está seguida casi inmediatamente por la recitación colectiva del Credo como respuesta y adhesión del pueblo a la palabra de Dios. En este clima de fe renovada tiene luego lugar el Misterio Eucarístico por el que Cristo mismo se hace sustancialmente presente bajo las especies de pan y vino. De este modo en la misma mesa del altar se alimentan los fieles de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. «La liturgia de la palabra y la eucarística están tan íntimamente unidas —dice el Concilio—, que constituyen un solo acto de culto» (SC 56).

La primera hace a Cristo presente en su palabra, la segunda lo hace presente en la Eucaristía. Una y otra están orientadas al culto de Dios, el cual es glorificado por la profesión de fe del pueblo y por la oblación de su Hijo divino. Terminada la Misa, la luz recibida de la palabra de Dios será la guía de la vida diaria, como la comunión con el Cuerpo de Cristo será su sostén y fuerza.

2.— Desde el comienzo de la Misa se invita a loe fieles a participar en los «sagrados misterios», y para que sean menos indignos se les exhorta a reconocer sus culpas. El sacerdote concluye: «Dios todopoderoso tenga mi- sericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna». Esta es la preparación más adecuada a la celebración eucarística que está para comenzar y al mismo tiempo es su don anticipado, «porque cada vez que celebramos este sacrificio se cumple la obra de nuestra redención» (MR EI dom. «durante el año»). En toda Misa se aplican a los fieles los frutos de la oblación de Cristo: la remisión de los pecados y el don de la vida eterna que comienza aquí con la vida de la gracia. Pero el sacrificio eucarístico es ante todo «acción de gracias», y por eso el celebrante se apresura a entonar un himno de alabanza y gratitud, que todos los fieles prosiguen: «Gloria a Dios en el cielo». Es significativo que el motivo principal de esta alabanza no son los dones admirables de que el Altísimo nos colma, sino la grandeza misma y la gloria de Dios de que la Iglesia misma se complace: «Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias., por tu inmensa gloria». La glorificación de Dios es el fin primario de la Sta. Misa y se actuará del modo más perfecto cuando, hecha la consagración, puedan los fieles ofrecer al Padre la Eucaristía: a Cristo- Víctima para su gloria.

Después de oír la palabra de Dios en las lecturas de la Misa y por la voz viva del sacerdote, sigue el ofrecimiento de los dones y la presentación de la materia del Sacrificio. Son momentos preciosos de recogimiento muy propicios para asociarse íntimamente a la acción sagrada, en la que todos los fieles están llamados a ejercer el sacerdocio santo «para ofrecer sacrificios

espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5). Se trata de acompañar la ofrenda del pan y del vino con la de la propia vida: obras, oraciones, sufrimientos, fatigas, sacrificios, propósitos, para que Cristo los una a su oblación y los ofrezca al Padre «como holocausto vivo, santo, agradable» (Rm 12, 1).

¡Oh Espíritu divino!, despoja mi alma de todo afecto terreno, límpiala de toda mancha y enciéndela en santo fervor para que sea digna de tomar parte en el adorable sacrificio que se prepara en el altar. Y para obtener esta gracia, repito con el devotísimo rey David: Crea en mí, ¡oh Dios! un corazón limpio; infunde en mis entrañas un espíritu nuevo. No me quites tu santo Espíritu.

¡Oh Señor!, derrama en mi el Espíritu Santo, para que adquiera disposiciones tan santas que merezca estar perfectamente unida a la víctima adorable que baja del cielo...

En este Sacrificio Eucarístico tú, ¡oh Jesús!, te inmolas como Cabeza nuestra e inmolas a tus fieles como miembros tuyos; yo me abandono totalmente en tus manos para tener la feliz suerte de ser contigo una misma víctima... Pero es necesario que se derrame en mí tu Espíritu de modo que el sacrificio de mí misma que quiero ofrecerte, sea acepto al eterno Padre. (B. ELENA GUERRA, El fuego que. Jesús trajo a la tierra).

¡Oh Jesús!, haz que tu sacrificio, el santo Sacrificio del altar, sea fuente y modelo del mío, porque también mi vida debe ser un sacrificio santo. Que sea sacrificio es cierto, porque la vida está toda entramada de mortificación, de separaciones, de sufrimiento... Mas para que mi sacrificio sea «santo» como el tuyo en el Calvario y en la Misa, es preciso que sea vivificado, ofrecido y consumado en el amor. Jesús, concédeme un amor grande que dé valor a mi sacrificio, que lo haga fecundo para la gloria del Padre, para el triunfo de la Iglesia y para el bien de las almas.

¡Oh Jesús!, divino sacerdote, ¿qué te ofreceré como materia de sacrificio y como víctima de amor? Te ofreceré mi corazón, mi voluntad, mi mismo amor para que sea transformado del todo en el tuyo. Pues precisamente en tu santo Sacrificio me das ejemplo de esa perfecta docilidad, uniformidad y abandono. Mira, pues, el ofrecimiento que hago yo también: un ofrecimiento general y total a toda disposición de la divina Providencia y a todo querer divino. (SOR CARMELA DEL ESPIRITO SANTO).

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