CHAPTER 5: DISCUSSION
A.4 Rolling Objects (Lab 4)
En el párrafo cuatro tenemos un signo artificial – símbolo: “[…] era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa”. El narrador hace mención del color negro del gato porque se cree en la superstición de que son brujas transformadas y esto se explica en el mismo párrafo cuando dice: “mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía
41
frecuentemente a la antigua creencia popular de que todos los gatos son brujas metamorfoseadas”. A esto se le suma el mismo nombre de Plutón que según la mitología romana es el dios del inframundo.
El color negro es un símbolo porque influye en el significado del animal, este signo es percibido e interpretado de una forma negativa y además la cualidad de Plutón para tener una inteligencia asombrosa, hace creer que esta superstición popular puede ser cierta y aunque el personaje principal no sea supersticioso con el animal, esta idea se mantiene en su subconsciente, por ello lo menciona en su relato. Este signo obtiene la inferencia: La reencarnación de un ser sobrenatural a Plutón.
En el sexto párrafo de este cuento se encuentra un signo Natural-Indicio-Síntoma: “Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos”. En este pasaje el narrador habla del cambio de personalidad que sufre por causa del alcohol. El narrador se fue volviendo más melancólico, la tristeza llenaba su vida; irritable, era muy susceptible a todo en su entorno, por lo que se irritaba con facilidad y producía en él cambios de humor; indiferente, quiere decir que al narrador ya no le despertaban emociones, no sentía afecto e interés hacia nadie. Este signo es un indicio de lo que más adelante cometerá el narrador (asesinato). Es decir, se infiere que no tendrá compasión por nadie.
Por otro lado, este signo es un síntoma porque describe los cambios principales del narrador. En pocas palabras, son síntomas de su enfermedad por el alcohol.
Este signo tiene la siguiente inferencia: El cambio de personalidad del narrador.
Del párrafo once se rescata un signo Natural-ícono: “Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un
42
gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal”.
El narrador, luego de sufrir un incendio, observa que en una pared está la huella de un gran gato. Lo describe: Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. La huella del gato que el narrador acababa de ahorcar.
Este signo es un icono pues mantiene una relación con la realidad, es decir, es una representación del gato. Su cuerpo, su contorno con una nitidez verdaderamente maravillosa, es decir, tan clara e increíble e incluso aterradora para el narrador: “Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror”.
Por lo expuesto, el signo tiene la siguiente inferencia: La representación de Plutón.
En el párrafo catorce tenemos un signo Natural-Indicio: “Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho”.
Este signo es un indicio porque muestra las características del gato muerto en un gato supuestamente diferente a Plutón. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, ese pelo blanco es sin duda la huella de la soga con el que fue ahorcado Plutón, esto se comprueba cuando dice: este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho, la huella de la soga se había extendido en todo su pecho por acción del fuego. Estas características son indicios de que Plutón no había muerto realmente, sino que solo cambió de apariencia.
43
En el párrafo veinticuatro se aprecia un signo Artificial-Símbolo: “[…] Pero, al fin, si con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas”. El emparedar a los muertos no es algo que es invento del personaje, sino que tenía conocimiento que también los mojes hacían eso en la Edad Media. Entonces observamos que esto es un símbolo de una sepultura antigua y poco convencional.
Este signo tiene la siguiente inferencia: El estilo medieval de sepultura utilizado por el personaje.
Del párrafo treinta y dos, se extrae la siguiente cita que presenta un signo Natural- Indicio: “Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación”.
Aquí el narrador se delata al golpear la pared donde estaba escondido el cuerpo de su esposa. Entonces empieza una serie de indicios sonoros que son escuchados por los policías que estaban realizando una inspección en el sótano. Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba, se refiere justo al momento en que el narrador dejó de golpear la pared y comienza a sonar extraños ruidos. Un quejido, sordo y entrecortado, se refiere un sonido que apenas se escucha y que no era continuo.
44
El narrador compara el ruido: semejante al sollozar de un niño, continúa dando a entender la suavidad de esos quejidos. Sin embargo, el ruido creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, la característica de ese sonido cambia y se hace más aterrador.
Ya no eran débiles quejidos, sino alaridos agudos, es decir, el volumen se fue incrementando. El narrador lo caracteriza como anormal, se infiere a que ya no era humano. El narrador continúa: un aullido, un clamor de lamentación, ese clamor ya es un ruido más fuerte, más ensordecedor; el tono de lamentación, como un alma en pena. El asesino compara esos extraños y fuertes ruidos como si fueran del infierno, de la agonía de los condenados. Todo ello realza lo sobrenatural y el terror que sintió el narrador-personaje en esos momentos.
Por lo explicado, el signo presenta la siguiente interpretación: Los extraños ruidos del cadáver en la pared.
Y, por último, del párrafo treinta y tres, tenemos un signo Natural-Síntoma: “El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores”.
Se presenta el cuerpo descompuesto de la mujer. Este signo es un síntoma porque describe el cadáver. Ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, al decir que estaba muy corrompido, se entiende que ya habían pasado varios días del asesinato.
45
CONCLUSIONES
Después de un acucioso estudio de los signos en los tres cuentos de Edgar Allan Poe, podemos decir con absoluta certeza que en todos está presente el signo Natural en diferentes pasajes que, de alguna manera, es esencial para lograr en el lector el sentido del horror en sus diferentes aspectos como a continuación se describe:
1. Los signos naturales presentes en La caída de la casa Usher tienen un significado de hacer imaginar al lector las características físicas y psicológicas del protagonista; así como también, de la extraña casa en la que vive.
2. Los signos artificiales presentes en La caída de la casa Usher resaltan mediante hechos pasados, el propio apellido Usher es un símbolo de una maldición, de una carga, es el símbolo de la enfermedad y la muerte.
3. En El gato negro, los signos naturales juegan el importante rol de acercarnos a los rasgos humanos deteriorados del hombre. Muestra su mente enfermiza y perturbada por un animal.
4. Es un hecho que los signos naturales en El corazón delator juegan el mismo papel que en el Gato negro, con la diferencia que estos signos son más sensitivos. La inferencia a la que se llega es que son completamente humanos y por ello, el lector se siente actor del cuento.
5. En los cuentos El gato negro y El corazón delator observamos que el asesino esconde el cadáver en la misma casa cubriéndolos con un material que está a la vista de todos. Se toma esto como una actitud desafiante, inteligente y minuciosa de los personajes principales porque al ser inspeccionadas dichas casas no dejan no una sola huella de los homicidios.
46
6. En los tres cuentos de Edgar Allan Poe encontramos se ha encontrado los signos naturales - indicios, porque los tres personajes principales tienen la misma característica de una agudeza en sus sentidos, por lo que sufren irritabilidad por todo lo que les rodea. Esto ocasiona el conflicto en cada cuento.
47
SUGERENCIAS
1. Edgar Allan Poe, al ser un autor que ya es parte del canon literario mundial, tiene diversos estudios de su estilo narrativo. Por tal motivo, no se debe tomar este trabajo de interpretación como la única forma de verlo.
2. Que los jóvenes estudiantes del nivel secundario tengan la posibilidad de leer los cuentos de Edgar Allan Poe para aumentar su riqueza intelectual e imaginativa.
3. Que en los programas curriculares de EBR se debe incluir el estudio de la Semiótica para tener una mente más juiciosa en los aspectos que rodean la vida.
4. Se debe implementar un sistema de lectura de cuentos, en el nivel secundario, más profundizado, para así tener más lectores que comprenden lo que leen.
48
BIBLIOGRAFÍA
a. Basañez, N. (2007). Análisis semiótico-comunicacional de la publicidad de
United Colors of Benetton. (Tesis de grado). Recuperado de
http://www.felsemiotica.org/site/wp-content/uploads/2014/10/Basa%C3%B1ez- Ortega-Natalie-An%C3%A1lisis-semi%C3%B3tico-comunicacional-de-la- publicidad-de-United-Colors-of-Benetton.pdf
b. Baptista, P., Fernández, C. y Hernández, R. (6ta edición). (2014). Metodología de la investigación. Interamericana Editores S.A. de C.V.: México.
c. Correa, J. (2012). Semiótica. Red Tercer Milenio: México.
d. De Saussure, F. (1945). Curso de lingüística general. Editorial Losada: Buenos Aires.
e. Edgar Allan Poe. (2012). Obras selectas. Edimat Libros: España.
f. Eco, U. (1994). Signo. Editorial Labor: Colombia.
g. Eco, U. (2000). Tratado de semiótica general. Editorial Lumen: Barcelona.
h. Everaert-Desmedt, N. (2004). La semiótica de Peirce. Universidad Saint-Louis: Bruselas.
i. Karam, T. (2012). Introducción a la semiótica. Universidad de la Ciudad de México.
j. Lojo, S. (2015). Aproximación al análisis semiótico del lenguaje cinematográfico utilizado para la representación de la violencia en el film: Las marimbas del infierno.
(Tesis de grado). Recuperado de
49
k. Niño, V. (2013). Semiótica y lingüística. ECOE Ediciones: Bogotá.
l. Pérez, D. (2016). Análisis semiótico de los memes sobre Roxana Baldetti (Tesis de grado). Recuperado de http://biblioteca.usac.edu.gt/tesis/16/16_1484.pdf
m. Santanilla, D. (2009). Análisis semiótico-visual de películas ganadoras a mejor fotografía en el festival de San Sebastian. (Tesis de grado). Recuperado de http://javeriana.edu.co/biblos/tesis/comunicacion/tesis174.pdf
50
ANEXO 01
51
La caída de la Casa Usher Son coeur est un luth suspendu;
Sitôt qu’ on le touche, il résonne. -De Béranger
Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.
En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo, acababa de recibir una carta en una región distinta del país -una carta suya-, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el
52
propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.
Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había producido, en ningún periodo, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo usaban, la familia y la mansión familiar.
He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil -el de mirar en el estanque- había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo. Sacudiendo de mi espíritu eso que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad. Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la mampostería, y parecía haber una extraña
53
incongruencia entre la perfecta adaptación de las partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque.
Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes -los relieves de los