3.3 The Cartesian Product Algorithm (CPA)
5.1.2 RubySim
4.1. La historia entre la erudición y la reflexión
La historia entre la reflexión y la erudición, marca cierta tendencia que contrapone dos términos que en realidad debieran complementarse. Este capítulo refleja el pensamiento de algunos historiadores que eligieron como tema de investigación la reflexión teórica, buscando las categorías utilizadas en la historiografía en distintas épocas y algunas con larga permanencia en el tiempo. Se indagan categorías de análisis en historiadores argentinos y brasileños, en una observación comparativa que señala parecidas preocupaciones, y en la exploración del pensamiento teórico en la historiografía brasileña, se marca especialmente la construcción de un paradigma. Por otra parte, se analizan las controversias y dilemas en las publicaciones de historiadores argentinos y brasileños en la historiografía de los años 90.
Las teorías sociales han puesto énfasis en distintas categorías fundamentales confrontadas: individuo/colectividad, acción/estructura, conflicto social/orden social, cambio/permanencia. Ellas tienen decisiva importancia para la explicación del proceso histórico. Pero ninguna orientación actual es tan importante como la que concibe a la sociedad como proceso de estructuración, como un hacerse continuo, mas que como una realidad estable. Ninguna ha definido tan claramente a la historiografía como el estudio de los estados sociales a través del tiempo y hoy se intenta explicar la naturaleza de la sociedad con unas pocas grandes categorías: la de acción humana, la de estructura, la de reproducción, la de conflicto y la de cambio.
Sin duda hay problemas epistemológicos planteados por el estudio científico del pasado. Estos problemas no son los más convocantes de la atención de los investigadores contemporáneos1, pero un motivo por el cual sería pertinente que los historiadores se interesaran en este tema, es que todos usan ciertos principios generales sobre el pasado y su estudio. Otra razón es que de tiempo en tiempo renuevan sus enfoques, métodos y resultados.
La historia plantea problemas epistemológicos y metodológicos. Los primeros se refieren al papel de los individuos y la existencia de patrones históricos y los segundos a los problemas de interpretación y explicación histórica. Es así que los historiadores tienen opinión sobre las fuerzas motrices de la historia, sobre que lugar
ocupa el acontecimiento, cuál es el papel del conocimiento del presente como guía del conocimiento del pasado, cuál es el lugar de la narrativa y de los datos, etc.
En realidad los historiadores estudian el cambio social. La historia es un proceso interminable de cambio social. Consiste en la introducción de modificaciones duraderas de importancia en uno de los subsistemas de la sociedad, lo que obliga a los demás a hacer los ajustes congruentes. Por ejemplo, los cambios de importancia en el subsistema de participación de una sociedad, da lugar a cambios congruentes en los subsistemas económico, cultural y político de esa sociedad. El cambio social se refiere a toda clase de acontecimientos y procesos (sociales) en sistemas sociales de todos los tamaños, desde la familia a la nación, como todo tipo de actividad social desde la agricultura hasta la comunicación. La historiografía estudia los cambios importantes y trascendentes de las sociedades en el tiempo y “la sucesión temporal de sus estados” a lo largo de los períodos en consideración.
Las teorías contemporáneas del cambio social son generales, filosóficas- científicas, marcos para la elaboración de teorías específicas y la búsqueda de pruebas. Siguiendo a Mario Bunge se puede decir que sin discusión adicional no prueban nada. La teoría general se enriquece con los datos específicos, pero es
indispensable para guiar la investigación histórica. Estas reflexiones resumen
consideraciones acerca de la teoría de la historia, en las que están de acuerdo investigadores, como Mario Bunge, Julio Aróstegui, Helio Jaguaribe y otros.
La epistemología y metodología de la historia asumida -aunque no necesariamente construida en su totalidad por historiadores- debiera responder a los interrogantes que se plantea la disciplina superando las construcciones por fuera de ella. Frente a la preocupación por la transformación que se produce en el panorama histórico, se hace necesario redefinir los supuestos y objetivos de la historiografía para adaptarlos al actual contexto. Una idea es elegir nuevos núcleos centrales en torno a los cuales organizar un conjunto de pensamiento histórico y que esos núcleos se conviertan en categorías para investigar el pasado, como contenidos indispensables para un conocimiento riguroso. A veces faltan claves para introducirse en los problemas que deben ser sometidos al análisis histórico.
Algunos historiadores con preocupación por los problemas surgidos a consecuencia de la crítica extrema a la racionalidad, como la atomización descontrolada de la historiografía, proponen un regreso a la historia tradicional muy signada por el empirismo. Estos intentos de regreso son respuestas ineficaces a las 97
etapas de crisis que sufre la sociedad o las disciplinas que la estudian, pero se sabe que esos regresos totales son imposibles en tanto que no existe “una historia inmóvil” y que el tiempo y el cambio son elementos constitutivos de la misma. Otra cosa es el intento dehistoriadores que comparten la preocupación pero se niegan a ese retorno y plantean la construcción de una ciencia, cuya coherencia esté basada en la relación que se da entre la actividad teórica y los objetos de conocimiento. También se revaloran aspectos considerados positivos de la historiografía tradicional.
La reorientación para encarar los problemas que plantea el conocimiento histórico, según lo están trazando algunos historiadores, pone en evidencia la necesidad de elaborar las herramientas conceptuales en el desarrollo historiográfico. Cuando en el siglo XX se perdió la fe en varios hilos conductores que se consideraron muy significativos para la explicación de la historia, fue necesario redefinir los supuestos de la historiografía, pero aquéllos hilos conductores no fueron reemplazados por otros, por el contrario, se puede decir que los productos historiográficos siguientes no tuvieron ninguno.
Los problemas teóricos de la historiografía respecto al avance de las nociones de irracionalidad y los intentos de destrucción conceptual del mundo real como existencia ajena a la propia subjetividad, está planteado por Carlos Barros:
“La incompetencia del posmodernismo más radical, para entrever las últimas consecuencias de su militancia anti-realista, explica su irreversible decadencia en el cambio de siglo. (…) ¿Será necesario advertir los horrores (…) que ha generado, genera y puede generar, la sinrazón y la irracionalidad? La humanidad no puede permitirse el lujo de hacer tabla rasa de la modernidad y la Ilustración, incluidas la luces y las sombras de su aplicación en el siglo XX. Cuando se cae en la tentación del borrón y la cuenta nueva, es imprescindible una historia que, desde una racionalidad crítica y autocrítica, analice el pasado” (…)2
Antes de introducir el pensamiento teórico de los historiadores me parece apropiada una corta reflexión sobre dos obras de pensamiento filosófico y político: una escrita por Eduardo Devés Valdés3, doctor en filosofía, y otra por Juan José Sebrelli4, reconocido ensayista que incursiona en diversas disciplinas, para conocer que categorías utilizan en sus estudios donde relacionan el desarrollo de las ideas y la historia.
Ambas se refieren a las ideas en el ámbito latinoamericano, una en un amplio panorama (temas, problemas, conceptos, paradigmas o modos de pensar, las influencias recibidas, los caracteres de cada época) y la otra acotada a la Argentina y a las ideas políticas, si bien el autor define ese concepto con una acepción amplia, de “visión del mundo válida para la sociedad en su conjunto”. Por otra parte, son publicaciones actuales, editadas en el año 2003.
Generalmente el examen de las ideas lleva al campo de la filosofía, de allí a la lingüística/semiótica y luego a la historia. Dentro del oficio del historiador las ideas producen un efecto de sentido un tanto ambiguo cada vez que se intenta asociarlas a la historia, porque desde los campos que no son específicamente históricos hay un cierto desconocimiento de las metodologías históricas y desde el campo del historiador, generalmente una indiferencia hacia este tratamiento5.
La elección de las dos obras señaladas antes (Devés y Sebrelli) tiene un interés especial en buscar la relación entre sus planteos y las cuestiones teóricas que preocupan a los historiadores. También se trata de observar si hay un desarrollo de problemáticas como el campo de lo real, la demitificación y la racionalidad. Para ambos autores la conexión entre el pasado y el presente es una relación combinada de continuidad y discontinuidad, de permanencia y cambio: los proyectos de hoy forjan las precondiciones del porvenir (Sebrelli) y los planteamientos actuales se conectan con los más antiguos, incluso ancestrales y semi- míticos, remontándose a pasados lejanos (Devés).
Mi propósito -dice Sebrelli- “es desentrañar las relaciones y conexiones intrincadas, ambiguas, mediatizadas, ondulantes de las interpretaciones de la realidad con la realidad histórica misma (con las clases sociales, grupos, generaciones, periodos históricos, individualidades) en que se han encarnado”6 y desde el principio señala un desencuentro entre las ideas políticas y la realidad.
El autor se propone una crítica de las “mitologías populistas y de las elitistas” y también una crítica a la concepción utópica de la democracia, concebida como un ideal trascendente o un fin de la historia en vez de un proceso a realizarse el día a día y con la mayor participación posible de todos.
Sebrelli declara una preocupación por lograr una reconstrucción racional y acercarse al campo de lo real. Dice que su obra pretende una reflexión racional que intente clarificar el caótico proceso de cambio. Su hilo conductor no está explicitado, pero es clara su opción por demostrar un desarrollo liberal exitoso e interrumpido en 99
la Argentina de 1930 y la nación decadente de la mano de las ideas nacionalistas (o identitarias como las define Devés). Sebrelli identifica la racionalidad en general con los procesos históricos liberales y la irracionalidad y decadencia con las etapas nacionalistas y populistas, también se observa que su obra está construida desde una visión paradigmática entre progreso y decadencia.
En Devés existe una preocupación por tener una visión global en el proceso de desarrollo de las ideas y relacionarlas con épocas históricas. También se observa su inquietud por definir un paradigma interpretativo de ese desarrollo. Para Devés en 1900 se inaugura una gran oleada identitaria que dura por lo menos 30 años, hasta la crisis 1929-30 en la cual reconoce tres períodos: uno cultural arielista, uno social indígena- afroamericanista y otro económico nacional.
En la segunda mitad del siglo entiende que hay una primacía de lo modernizador y que esa posición modernizadora es encabezada por las ciencias económico sociales, armadas de conceptos como desarrollo, industrialización, cambio social, transición y sociedad moderna entre otros. En esta etapa reconoce un breve y fulgurante énfasis identitario- no muy nítido entre 1965 y 1975- que incluso va a radicalizar lo modernizador entre los 70 y los primeros 90 con el neoliberalismo. Estas posiciones suscitan a fines del siglo XX una reacción identitaria con la reivindicación global de las culturas.
Lo modernizador se entiende como “ponerse al día” con los modelos emanados de las regiones que se consideran a la vanguardia. Abrirse a implementar lo científico-tecnológico para aumentar los niveles de eficiencia que permitan superar “la condición de atraso”. Lo identitario es el afán por vivir un ritmo autóctono y autónomo, buscando un modelo de vida en el interior de la propia cultura e historia. Busca más que abrirse, encontrarse a sí mismo y permitir el despliegue de un modo de ser.
Pueden rastrearse los temas y categorías que considera significativos de la segunda mitad del siglo XX: desarrollo, seguridad, derechos humanos, multiculturalidad, movimientos sociales. Otros grandes conceptos: modernización, identidad, revolución, democracia, integración, dependencia, nacionalismo. El autor dice que el concepto de desarrollo, es el más utilizado en el interior del pensamiento de América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, puede decirse que divide el pensamiento del siglo en dos partes. “El concepto y el tema de desarrollo - ligado al de subdesarrollo- es de tal relevancia que contribuye de manera importante a 100
otorgarle carácter al pensamiento latinoamericano y prioritariamente al económico- político. Este tema-concepto trasciende el ámbito económico hacia el pensamiento político, el ensayo y también las humanidades.”
Así como Sebrelli concibe el desarrollo histórico relacionado con las ideas, desde la concepción de progreso y decadencia, Devés interpreta el desarrollo de las ideas en el ámbito latinoamericano desde dos concepciones contrapuestas y casi cíclicas: la identitaria y la modernizadora y define los conceptos propios de estas corrientes.
Estas propuestas teóricas desde otras disciplinas pueden discutirse y contraponerse con la del historiador Ciro Flamarion Cardoso –la que se analiza especialmente más adelante- donde expone su teoría sobre la lucha entre dos paradigmas rivales. En síntesis, considera que al final del siglo XX nos encontramos con una crisis de civilización, simbolizada por la forma en que se encara la dupla cultura / civilización. Es así que el autor define su perspectiva macro teórica: presentará la disciplina histórica a partir de la oposición entre dos paradigmas polares, a los que identifica como iluminista y posmoderno.
4.2. La influencia de la Antropología en la Historia
La década del 70 y especialmente los hechos del 68 en Francia pueden ser tomados como punto de referencia para marcar el inicio de una fuerte demanda pública de historia que superó con creces los círculos académicos. Pertenece a esta época el movimiento social que pretende dar forma a un futuro utópico pensado en los términos de una liberación de las coerciones sociales y por otro lado se origina un rechazo a la sociedad contemporánea que sustenta esa red de coerciones colectivas e individuales. El optimismo de las décadas de posguerra se borra para dejar paso a la incertidumbre y el progreso no aparece como un valor seguro, que es una referencia central en los tiempos de transformación rápida. La incertidumbre provoca que surjan otra vez interrogantes sobre el sentido de la historia y de hecho nuevas corrientes historiográficas y paradigmas:
“El presente es incierto y el futuro opaco, el pasado se convierte en un valor de refugio (…) Se convierte en un lugar de exotismo, de una utopía retrospectiva (…) y se pone en contacto con la literatura etnográfica. (…) Desde entonces, en 101
algunos ámbitos, la historia que fascina es una historia inmóvil, que Le Roy Ladurie convierte en 1973, en el título de su lección inaugural en el College de France”.7
Esa historia titulada de manera provocativa, no es en realidad inmóvil, pero elige el tiempo largo, las evoluciones imperceptibles, con la convicción de que en ese nivel se ubican las realidades verdaderamente importantes.
Lo que ocurre en los años 70 es una internacionalización de los debates y los intercambios historiográficos y un crecimiento diversificado del “movimiento Annales”, (así calificado por Jacques Revel, quien considera esa expresión más adecuada que la de “escuela”) y que traduce un dinamismo excepcional en la disciplina histórica. Lo expresa el historiador cuando ejemplifica:
“ La renovación del repertorio de los objetos parece ilimitado, para el caso, basta como ejemplo paradigmático Hacer la historia de Jacques Le Goff y Pierre
Nora, publicado en 1974, donde hay una reformulación de problemáticas: religión,
ciencia, arte, política, economía, clima, fiesta, cuerpo, cocina, libro, inconsciente” pero seguidamente señala con claro discernimiento que “muy raramente (se encuentra) una reflexión epistemológica sobre el oficio de historiador” y que el conjunto es ecléctico y a veinte años de distancia su coherencia resulta a veces incierta. “Más aún, en los grandes textos, la dimensión historiográfica-o sea la dimensión reflexiva de la disciplina sobre ella misma y sus transformaciones, es secundaria, cuando no ausente la mayor parte de las veces”8. Conservan la búsqueda de una mayor eficacia científica a través de la confrontación de las disciplinas pero rechazan la construcción teórica y la epistemología prescriptiva que sustentaban el proyecto sociológico.
Un objetivo de esta nueva historiografía es la difusión a un público masivo de la amplitud y la diversidad de los intereses de los historiadores y otro, sugerir que se está ante una nueva fundación historiográfica que integra las anteriores, pero esta dispuesta a superarlas y permitir la recepción de propuestas de origen historiográfico diverso. Jacques Revel, agrega que si bien la innovación se convierte en la regla común, también se vuelve mas trivial. Es entonces que el campo bautizado como “antropología histórica” toma el relevo de la historia de las mentalidades al tiempo que concibe una nueva cadena de objetos: las estructuras familiares, las actitudes ante la vida y la muerte, la aventura del cuerpo, el campo de las representaciones colectivas, los ritos y los mitos, las formas de creencia, las prácticas económicas y políticas y culturales. La antropología se convierte en compañera privilegiada de la 102
historia, sobre todo por los instrumentos conceptuales que pone a disposición de los historiadores y porque aprovecha el cambio del llamado régimen de historicidad: “la perspectiva antropológica resulta conveniente para pensar un mundo donde al pasado se lo considera como referencia absoluta y donde la historización de lo contemporáneo se vuelve obsesiva”9.
Pero hay dos realidades sensiblemente diferentes para la historiografía: una es la necesidad de seguir investigando y multiplicando sus intereses, abierta a las sugerencias exteriores y otra, las condiciones epistemológicas de esa investigación y el status del trabajo del historiador. Si bien los historiadores han sacado provecho de la antropología, no son muchos los que han tomado los modelos antropológicos sociales en su totalidad, porque el gran inconveniente disciplinar y de difícil superación, es que los historiadores critican esos modelos porque los consideran inmóviles y por lo tanto no reconocen la evolución histórica. Por otra parte, se toma conciencia de que la confrontación con otras disciplinas ya no es percibida como una respuesta a un problema sino como un problema.
En la posguerra, había consenso sobre el predominio de las cuestiones sociales y económicas en los procesos históricos, pero ahora del interés en las relaciones de esas dimensiones, se salta al interés en lo sociocultural. En lo sucesivo con esta nueva influencia, es en el imaginario, en los sueños, en las fiestas, en la representación de lo social donde se espera explicar, comprender, hacer inteligible la realidad social. En Annales, durante los 25 años precedentes, los estudios de historia cultural, incluyendo mentalidades, consistiría, como promedio en menos del 10% del material publicado, a mediados de los 70 ese porcentaje se triplicó. Ese territorio siguió creciendo, pero de manera incontrolable. Es la evolución que terminó en el “estallido de la historia” o en la “historia en migajas”.
En la década del 90 se produce un avance indiscriminado de las influencias posmodernas en la historia, pero también el punto de inflexión que ocurre en casi todos los ámbitos disciplinarios. En la historiografía la búsqueda de lo nuevo no es primacía absoluta pero si lo es la exigencia de repensar la teoría, de repensar la historia. Es innegable que estos últimos años del siglo no son los de expansión rápida del campo historiográfico, sino más bien del retorno crítico de los