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De la afirmación del método surrealista se desprenden además otras dificultades: ¿Es verdad que hay formas de asociación superiores a las formas lógicas? ¿Por qué el pensamiento inconsciente es más real que el pensamiento consciente? Maurice Blanchot señala78 que al asumir la escritura automática como la proximi-

dad misma del pensamiento, expresión que aparentemente nos indica la facilidad del automatismo, entendido como lo textual, transcrito sin transcripciones, como trazado sin trazos, genera, por el contrario, las contradicciones siguientes: si la escritura automática es “dictado del pensamiento”, entonces lo dicho en el dicta- do automático no reproduce lo pensado, y debemos entender que: a) pensar es ya el dicho de lo que en el hombre aspira a la escritura, b) no se trata de un yo que piensa, sino del funcionamiento real de pensamiento, sin referencia a ningún po- der de dicción que no depende de la iniciativa de ningún sujeto, y c) ese sujeto negado rechaza tanto el talento como la obra maestra como obra de cultura o de lectura, pues no podemos anticipar si la escritura automática sea pura ilegibilidad. Para afrontar estas contradicciones, se hace necesario aclarar que la expresión “funcionamiento real” quizá no sea una expresión feliz, pues por una parte, está influida por el psicoanálisis, el cual otorga al inconsciente una realidad ontológica mayor que a la conciencia clara; además, el término “real” se vincula al juego

7 6 Aragon, Tratado de estilo; citado por M. Nadeau, en Historia del surrealismo, op. cit., pág. 155.

7 7 Ibíd., pág. 155.

7 8 Maurice Blanchot, en La revolución surrealista a través de André Breton, Caracas, Monte Ávila Editores

desinteresado del pensamiento79, sin preocupaciones estéticas o morales y ni si-

quiera bajo la censura o el amparo de un Yo. Ese pensamiento desinteresado es la pasión pura y salvaje ilimitada, incondicionada; pero, ¿es real? La condición de realidad del pensamiento es una tentación en la que el surrealismo, en la búsque- da de lo inmediato, puede caer.

A pesar de que Breton afirma su creencia en la infalibilidad de su pensamiento con relación a él mismo, que por definición el pensamiento es fuerte e incapaz de encontrarse en falta80, reconoce que la escritura automática, como escritura

del pensamiento, está a merced de cualquier distracción y pueden producirse fallas. “Si el silencio amenaza imperar aprovechando la menor falla –que se po- dría llamar falla de distracción–, tacha entonces sin vacilar una línea demasiado clara”81. La posibilidad de la distracción viene a raíz de que ese acomodamiento

a la receptividad supone una capacidad de abstracción muy amplia, de todas las preocupaciones, estéticas, morales, lógicas, etc., que no siempre es alcanzada. De ahí que la práctica del automatismo ya no aparezca como algo fácil, dejar que el pensamiento parlante fluya, sino un constante esfuerzo, casi ascético para prevenirse de las distracciones y las diferentes formas de censura que no cesan de aparecer82. Sin embargo, esa aparente deficiencia deviene en la fuerza y la

alerta cuando se tiende a perder el control del dictado automático, pues lo que en realidad permite el automatismo no es un “pensamiento parlante”, sino que, por el contrario, como las condiciones que exige el automatismo sólo se alcan- zan de manera intermitente, se accede no a un continuum, sino a la ruptura de las continuidades significativas y se produce un hueco en lo real, cuya manifes- tación es la producción de imágenes.

Como es mucho más sencillo satisfacer las necesidades del pensamiento mediato, o meditado, el ejercicio del automatismo exige unas pocas reflexiones más. Un dictado automático puro sólo es posible si se invalidan completamente los ele- mentos externos, todo lo que tiene que ver con las condiciones sociales que afec- tan al individuo, pero, además, exige la abstracción de los caracteres propios de la

7 9 Breton, Manifiestos del surrealismo, op. cit., pág. 51.

8 0 “A pesar de que el pensamiento por definición es fuerte e incapaz de incurrir en errores, sus debilida-

des se deben a sugestiones externas”. Ver Manifiestos del surrealismo, op. cit., pág.29.

8 1 Ibíd., pág. 46.

8 2 Es bien sabida la seriedad con que los surrealistas afrontan las experimentaciones automáticas, en cada

sesión y durante mucho tiempo, disponiendo todos los elementos para facilitar el afloramiento del dictado. Por ello, relacionamos la actividad de búsqueda del automatismo con una especie de ascetismo.

individualidad, sus hábitos mentales, afectos y capacidad perceptiva, etc. En vista de que la abstracción no es una actividad de la pura espontaneidad, reclama la asistencia consciente para –esta vez ya no desde el exterior para volver a condu- cir de nuevo al dictado en la rutina literaria– velar por la integridad del dictado y de la abstracción del escucha. Si es así, la conciencia actuará, antes que sobre el contenido del dictado, sobre las condiciones en que éste se da.

En el capítulo “Los secretos del arte mágico surrealista” del Manifiesto después de instar a hacer abstracción del talento y de las condiciones externas, Breton dice: “Escribe velozmente, sin tema previo, con tal rapidez que te impida recor- dar lo escrito o caer en la tentación de releerlo. La primera frase vendrá sola, puesto que cada segundo hay una frase, ajena a nuestro pensamiento cons- ciente, que pugna por manifestarse”83. Hasta este punto no se presentan mayo-

res problemas, pues la primera frase, efectivamente, dependiendo del grado de abstracción de la conciencia que se logre, será originada en el inconsciente. Sin embargo, “es bastante difícil pronunciarse sobre el caso de la frase siguiente”84.

¿Por qué? Sin duda, porque la primera frase ya pertenece a la conciencia, ya ha sido percibida y escrita, y, en ese proceso, condiciona la continuidad del dicta- do, de tal modo que la siguiente frase “participa a la vez de la conciencia y del inconsciente”; es decir, la primera frase lleva por lo menos un mínimo de per- cepción. De ahí en adelante, la producción automática se convierte en una constante tensión entre “el consciente y el inconsciente”, que entran en juego. Este juego demanda estrategias como la prevención de releer lo escrito, pres- cindir de la puntuación, que obstaculiza la continuidad, y la confianza en el carácter inagotable del dictado85. Además, se da la posibilidad de volver a em-

pezar después de que un silencio se introduce a consecuencia de la menor falla. Si es posible recomenzar, aunque ese comienzo ya no estaría exento de la in- fluencia de la lectura de las frases anteriores, habría que acelerar entonces la producción, esta vez “condicionando” el vocablo arbitrario con una letra cual- quiera. De todos modos, la aceleración conlleva el riesgo de traspasar el límite donde el juego deja de serlo y se convierte en alucinación y, por razones de seguridad, el dictado debe interrumpirse. En los Campos magnéticos dice Breton: “No creo exagerar si digo que ya no había nada que pudiera durar más. Unos capítulos más y (...) a estas horas ya no estaría en condiciones de inclinarme sobre este ejemplar”.

8 3 Breton, Manifiestos del surrealismo, op. cit., pág. 47.

8 4 Ibíd.

Así, se verifica que un texto automático puro es casi imposible de alcanzar, pues constantemente hay filtraciones, que lo desvían hacia el “poema”, y tienden a convertirlo en producto “publicable”, con lo que se recae de nuevo en la literatu- ra, en la medida en que los textos automáticos alternan con otros poemas. Ade- más, la exigencia de comunicación nos haría ver en los textos automáticos una amalgama inorgánica de palabras que se niega a relacionarse para formar una frase o una organización de palabras que, al no desechar la sintaxis, se relacionan de modos absurdos y provocan el desorden de su sentido habitual y devienen en imágenes. ¿Cuál de los dos sentidos define el pensamiento? Si es el primero, es posible que el total desorden dependa no de la pureza del dictado, sino del esfuer- zo por mantener a raya las censuras; si se acata la ordenación sintáctica, esta ordenación, aunque mínima, puede terminar desviando el dictado de su dirección inicial. La distancia del uso corriente de las palabras, entonces, no nos sirve para determinar la autenticidad de un dictado automático. Además, si el inconsciente no se rige por la lógica consciente, lo que nos parece incoherente, revela nuestra ignorancia y demanda el descubrimiento de su lógica, que puede ser su propia retórica y producción de sentido de un orden metafórico, aunque esté alejado del sentido cotidiano. En este caso se revalida de nuevo la importancia que el surrea- lismo otorga a la imagen metafórica, al “bello como”.

En efecto, la definición del pensamiento real sigue siendo problemática, pues, al parecer, el pensamiento no siempre se encuentra a la altura de su definición, como un pensamiento que debido a su fuerza no puede admitir fallas, fuerza que se torna en movimiento de escritura, de escritura automática. Es posible que la afir- mación de ese pensamiento que “es” o que es real sea una definición no muy adecuada para designar el pensamiento fuerte que el surrealismo defiende. Por su parte, Ferdinand Alquié dice que el surrealismo otorga una realidad supe- rior al pensamiento automático debido a que éste es pensamiento poético que revela el mundo de la surrealidad. A este mundo de la surrealidad se le concede realidad absoluta en la medida en que en él puede lograrse la síntesis dialéctica entre el mundo visible y el imaginario. Breton afirma: “Creo firmemente en la fu- sión futura de esos dos estados aparentemente contradictorios: el sueño y la rea- lidad en una especie de realidad absoluta, de surrealidad”86. Es decir, si asumimos

la poesía como ese lenguaje original manifiesto a través de la escritura automática, nos damos cuenta de que ella apunta a un telos, a una realidad superior87. Exigen-

8 6 Ibíd., pág. 29.

8 7 Por una parte, podemos hablar de diversos niveles de realidad a los cuales remite el pensamiento como

cia que surge de ese mismo lenguaje original que según el proyecto surrealista sería capaz de transformar la vida y el mundo apoyado en la esperanza que de la poesía misma empezaba a nacer y que sería un constante proceso en el surrealis- mo, donde vida y poesía están emparentadas; por ello, se rechaza toda literatura alejada de la vida, preocupada únicamente por una belleza formal, indicativa, que no transforma ni crea nada.