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En abril de 1939 los datos oficiales de la población reclusa arrojaban una cifra de 100.262 presos. Al año siguiente, pasados los primeros meses tras la victoria, los números se dispararon hasta alcanzar los 270.719, más del doble que al fin de la guerra -¡y casi 10

27 El Patronato Central de Redención de Penas y las correspondientes Juntas Locales, es decir, el edificio institucional de la redención fue creado a partir de la Orden de 7 de noviembre de 1938 (BOE de 11 de noviembre de 1938). 28 Gutmaro GÓMEZ BRAVO: La Redención de penas… pp. 100-101.

29 Pedro OLIVER OLMO: “Historia y reinvención del utilitarismo punitivo” en VV.AA: Trabajos forzados en la

dictadura franquista, Pamplona, Gobierno de Navarra. I. Jerónimo Ustáriz. Memoriaren Bideak, 2007, pp. 18-29.

30 La amnistía era considerada por las nuevas autoridades una fórmula de “estilo liberal” que “habría significado reconocer que las conductas castigadas no merecían haber sido consideradas delictivas”. RODRÍGUEZ TEJEIRO, “la Configuración…”, p. 17.

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Represión y prisión política en el nuevo estado franquista

veces más que las cifras más altas durante la República!-31. En realidad, las cifras oficiales,

a pesar de ser altísimas, se quedaban cortas. Sus datos no incluyen a los prisioneros de guerra en campos de concentración ni a aquellos que se encontraban en batallones de trabajadores al final de la guerra. El monto exacto de presos, según Gutmaro Gómez y Jorge Marco, “nunca se podrá saber, pero se acerca al millón, si no lo supera”32. Por otro

lado, las cifras de personas ejecutadas o de fallecidos en las prisiones de posguerra también son desorbitadas: cerca de 50.000 ajusticiados “legalmente” en la década de los cuarenta y al menos 5.266 muertos en las prisiones por hambre y epidemias33.

Tal volumen de represaliados “en tiempos de paz” ha llevado a muchos historiadores a caracterizar el franquismo como una de las dictaduras más atroces de todas las conocidas en la Europa occidental34; un régimen de violencia, según Julián Casanova, más cercano al

fascismo italiano y al nazismo que a las dictaduras finlandesa y griega, también surgidas tras sendas guerras civiles35. No obstante, a pesar de la importancia de acercarse a los

datos cuantitativos de la violencia franquista –cifras que, recordemos, han estado fuera del alcance de los investigadores durante décadas-, la historiografía ha pugnado por superar el mero “recuento de víctimas” y por enfocar el estudio de la represión franquista desde una amplitud metodológica que aborde también sus aspectos cualitativos. La represión de posguerra aparece, desde esta perspectiva, como un fenómeno complejo y multiforme que se hizo presente en la vida cotidiana de amplios grupos de población y que dividió a la sociedad española en dos categorías: vencedores y vencidos. Su función fue la de imponer el orden social y político “fundado” en el Nuevo Estado, a base de excluir y eliminar todo “comportamiento político desviado”, es decir, cualquier vestigio de la España liberal y democrática, y toda influencia de las organizaciones obreras. Vale más hablar, así, de una represión político-social de amplio espectro, y de sumar a la represión física directa –ejecuciones, encarcelamiento, torturas-, la represión económica en forma de confiscaciones y multas, la represión laboral a través de depuraciones intensivas, y la represión cultural basada en excluyentes políticas de memoria36.

31 Anuario Estadístico de España, 1942. En este número se contemplan los datos de años anteriores: la población carcelaria media anual del período 1930-1934 era de 9.000 personas, según las estadísticas oficiales.

32 Gutmaro GÓMEZ BRAVO y Jorge MARCO: La obra del miedo…, p. 84.

33 Las cifras de muertos en prisión, en Santos JULIÁ (coord.): Víctimas de la Guerra Civil…, p. 298. 34 Véase la obra ya citada de Paul PRESTON: El Holocausto español…

35 Julián CASANOVA: Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco, Barcelona, Crítica, 2002. 36 Sobre esta última cuestión, menos tratada respecto a la represión penal, económica o laboral, véase: Dacia VIEJO- ROSE: Reconstructing Spain. Cultural heritage and Memory after Civil War, Brighton, Sussex Academic Press, 2011.

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Una tercera reflexión ha señalado la violencia política estatal como un elemento sistemático y estructural que sirvió de apoyatura al régimen de Franco a lo largo de toda su existencia. Una noción, la de “sistema”, que hace referencia, en realidad, a dos cualidades de la represión franquista: en primer lugar, a su carácter permanente –no exento de variaciones- como elemento de control social y, en segundo plano, a su funcionamiento en forma de “agregado de resortes perfectamente coordinado desde lo doctrinal a lo policial pasando por lo judicial y por la configuración político-institucional orientada a un único fin”37.

Este conjunto de resortes (legislativo, judicial, policial, político-institucional y, añadimos, penitenciario) fue adquiriendo forma en los años de inmediata posguerra con el objetivo de perseguir y castigar no sólo a quienes se opusieron a la sublevación militar de 1936, sino también, de manera retroactiva, a aquellos que en los años previos al estallido de la guerra habían participado en organizaciones de izquierdas de forma legal y legítima, así como a las personas que se agruparon para formar clandestinamente los focos de resistencia al régimen de Franco. Abordaremos aquí dos de los principales instrumentos del terror franquista desplegados en la posguerra contra el “enemigo político”: el encarcelamiento masivo de los derrotados y las durísimas leyes y jurisdicciones represivas.

GRÁFICO 1: Población reclusa en los años cuarenta. Fuente: Anuario Estadístico de España.

37 Julio ARÓSTEGUI (coord.): Franco: la represión como sistema…, p. 53. 36.127   37.451   38.139   36.379   43.812   54.072   74.095   124.423   159.392   233.373   270.719   100.262   12.574   0   50.000   100.000   150.000   200.000   250.000   300.000   1950   1949   1948   1947   1946   1945   1944   1943   1942   1941   1940   1939   1934  

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Represión y prisión política en el nuevo estado franquista

Durante los meses inmediatos al final de la guerra civil española la pauta de internamiento de prisioneros republicanos se produjo a la inversa que en la Alemania de Hitler, según han señalado algunos autores38. Mientras los nazis, una vez lanzados a

la vertiginosa política de exterminio, trasladaron a la población interna de las prisiones a los campos de concentración, en la España franquista, por el contrario, las personas hechas prisioneras durante la contienda o en los primeros días de la victoria, fueron en un principio –y por lo general- recluidas en campos de concentración y, posteriormente, trasladadas a las cárceles. En modo alguno este hecho puede servir para relativizar las dimensiones y el impacto de la represión franquista. La transitoriedad de los campos españoles y el forzado silencio sobre su existencia a lo largo de la dictadura, facilitó durante años el desconocimiento acerca de sus proporciones y naturaleza. Sin embargo, gracias a la publicación de los relatos autobiográficos de los supervivientes y a la atención prestada por los historiadores, la comprensión del fenómeno concentracionario español se ha visto ampliado39.

Así, el sistema concentracionario de Franco, construido durante la guerra para confinar y clasificar a los prisioneros de guerra, fue aprovechado durante el verano de 1939 para internar al ejército republicano cautivo y a cientos de miles de civiles. El confinamiento temporal en espacios reutilizados (escuelas, fábricas, cuarteles) o edificios de nueva planta cumplió un doble objetivo: degradar y someter a los vencidos, y filtrar a los individuos para la depuración de responsabilidades. Campos tristemente célebres como Los Almendros y Albatera (Alicante), Castuera (Badajoz) o San Marcos (León) sirvieron entonces como sistema de articulación represiva a nivel local y regional. En ellos, hasta medio millón de personas sufrieron durante meses todo tipo de penalidades físicas y morales, provocadas instrumentalmente por los administradores del régimen. El hambre y la sed extremas, la suciedad, las vejaciones y el exterminio selectivo fueron las torturas administradas en el caso español. La mecánica franquista no fue así el exterminio científico y generalizado, sino el doblegamiento y la eliminación (física y cultural) de los vencidos, esto es, de una 38 Gutmaro GÓMEZ BRAVO y Jorge MARCO: La obra del miedo…, p. 84

39 La ya citada obra de Javier RODRIGO: Cautivos… emprende un trabajo necesario de definición, narración y reflexión sobre los campos de concentración españoles, enlazando con los debates y la ensayística europea sobre el tema, así como con la más actualizada historiografía franquista. Uno de los pioneros en la investigación de los campos de concentración había sido Joan LLARCH con Batallón de

Trabajadores. Barcelona, Editorial Vergi, 1975 y su segunda obra Campos de Concentración en la España de Franco. Barcelona, Producciones Editoriales, 1978. La investigación llevada a cabo por José Ángel

FERNÁNDEZ LÓPEZ: Historia del Campo de Concentración de Miranda de Ebro, Miranda de Ebro, 2003 y las memorias autoeditadas de Isaac Arenal Cardiel: 95 Batallón de Soldados Trabajadores, 1999, también tratan de dar a conocer la experiencia de los prisioneros republicanos en estos espacios de represión, poco conocidos hasta años recientes.

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parte de la población que había “levantado la cabeza contra la jerarquía del «orden natural» de la sociedad”40.

El intrincado dispositivo para clasificar y juzgar a los prisioneros de guerra comenzó a funcionar dentro de los mismos campos. En primer lugar, se trataba de identificar a políticos señalados, militares de graduación, cargos públicos y personas con historial revolucionario. A la postre, todos los internos pasaban por un proceso depurativo similar. Una vez localizado el encausado, las autoridades procedían a solicitar información a su localidad de residencia con el fin de organizar los expedientes acusatorios y de reunir “pruebas” para el juicio. Así, el personal del nuevo Ayuntamiento, la Guardia Civil (o Policía) y la Falange local enviaban su informe, al que con frecuencia adjuntaban testimonios de particulares. Vecinos, probadamente afectos al régimen, personal eclesiástico y, con frecuencia, porteros de inmuebles, fueron llamados a cooperar en la instrucción de los procesos a los derrotados. Por añadidura, muchos de los que integraban el bando de los “vencedores” acudían voluntariamente ante las autoridades para denunciar o aportar su testimonio Al mismo tiempo –y con escasos medios-, los familiares de los prisioneros se lanzaban a la búsqueda desesperada de un «aval» emitido por alguna persona “de reconocido prestigio” que pudiera inclinar la balanza hacia la salvación de su allegado41.

Los campos de concentración fueron desmantelándose lentamente desde el verano de 1939, mientras los prisioneros, o bien pasaban a engrosar las filas de los Batallones de Soldados Trabajadores (también conocidos como la “mili de franco”), o bien eran trasladados a las prisiones para ser juzgados42. Con suerte, algunos regresaban en “libertad

provisional” a sus localidades de origen, donde eran vigilados y sometidos por los poderes locales. Los cientos de edificios habilitados como prisiones comenzaron entonces a 40 Mirta NÚÑEZ DÍAZ-BALART: “El dolor como terapia: la médula común de los campos de concentración nazis y franquistas”, Ayer, 57 (2005), pp. 81-102.

41 Estas dos acciones, la delación y la emisión de un aval fueron, en realidad, caras contrarias de una misma moneda: la de la participación activa de miles de personas en las tareas represivas. Como veíamos al tratar la violencia durante la guerra, el golpe no fue una simple “militarada” sino que implicó la puesta en marcha de una extraordinaria movilización de masas. Esa movilización ideológica, unida a la polarización extrema y a la fractura social provocada por la guerra, hizo que muchas personas participaran forzada o espontáneamente en la “purga” social de los vencidos. El terror fue por tanto un ejercicio amparado, impulsado y dirigido por el ejército rebelde y por el nuevo Estado, pero sostenido activamente “desde abajo”. Véase Ángela CENARRO: “Matar, vigilar y delatar: la quiebra de la sociedad durante la guerra y la posguerra en España (1936-1948)”, Historia Social, 44 (2002), pp. 65-86. También Peter ANDERSON: “Singling Out Victims: Denunciation and Collusion in the Post-Civil War Francoist Repression in Spain, 1939-1945”,

European History Quarterly, 39 (2009), pp. 7-26.

42 A finales de 1939 quedaban siete campos de concentración. Los últimos se cerraron definitivamente en 1942. Véase Javier RODRIGO: Los campos de concentración franquista. Entre la historia y la memoria, Madrid, Siete Mares, 2003, p. 165.

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Represión y prisión política en el nuevo estado franquista

presidir la geografía represiva de posguerra. La población carcelaria se multiplicó de forma desorbitada y alcanzó, como veíamos al principio de este epígrafe, las cifras más altas de toda la historia penitenciaria española. Sin embargo, las abarrotadas prisiones habilitadas constituyeron algo más que “simples depósitos de hombres y mujeres destinados al paseo, la ejecución y, con posterioridad, al trabajo”43. Estos espacios habilitados que funcionaron

entre 1937 y 1945 conformaron un fenómeno penitenciario único, y sirvieron de instrumento de una violencia que privó a cientos de miles de personas (“los rojos”) de su condición de ciudadanos. Junto al transitorio universo concentracionario, las prisiones habilitadas de la España franquista fueron lo que los campos de exterminio a la Alemania nazi y los gulag a la Rusia Soviética. El volumen del exterminio no es comparable, pero todos ellos fueron instrumentos al servicio de operaciones masivas de exclusión socio- política y de redefinición de los límites del poder del Estado.

Resulta, por lo demás, revelador acercarse a la realidad de las prisiones habilitadas franquistas a través de la observación del mismo espacio penitenciario. El espacio, según apuntaba Lefebvre, no se trata de algo inerte, neutral y preexistente sino que está inmerso en las relaciones de poder y en la manera en que estas relaciones se reproducen y son representadas44. Es necesario, por tanto, que el espacio, como extensión del contexto social

en el que es producido, sea observado por los historiadores. En este sentido debemos fijarnos en el tipo de edificios habilitados y en su ubicación. La mayoría de las prisiones provisionales fueron edificios cedidos por la Iglesia o el Ejército a las autoridades penitenciarias: conventos, monasterios y cuarteles, visibles e insertos en los cascos urbanos, que parecían recordar tanto a los presos como a la población externa la connivencia entre los poderes eclesiásticos, el Ejército y el nuevo Estado. Un ejemplo llamativo es Madrid, en la que se llegó a recluir a más de 30.000 hombres y mujeres en 18 edificios habilitados45,

la mayoría de los cuales eran conventos y colegios cedidos por órdenes religiosas, como en el caso de las conocidas prisiones de Porlier y de Torrijos en el barrio de Salamanca46.

43 Domingo RODRIGUEZ TEIJEIRO, “Configuración y evolución del sistema penitenciario franquista (1936-1945)”, Hispania Nova: Revista de Historia Contemporánea, 7 (2007), p. 6.

44 Henri LEFEVBRE: La producción del espacio, Madrid, Capitán Swing, 2013.

45 Amancio TOMÉ: Pequeña historia de su vida profesional, Madrid, Artes Gráficas Cio, 1960, p. 148.

46 Otros edificios religiosos habilitados como prisiones en Madrid fueron Comendadoras, San Antón, Atocha, Cisne, Claudio Coello, Duque de Sexto, Príncipe, San Lorenzo, Santa Engracia, San Isidro y Santa Rita. A cambio de la cesión de estos inmuebles las órdenes religiosas solicitaban a las autoridades franquistas que les fueran facilitados grupos de reclusos para las obras de reparación de sus edificios. Además de estas prisiones se habilitaron viejas cárceles o edificios de diversas funcionalidades: Quiñones, la prisión Instituto-Escuela, Barco, Conde de Toreno y Yeserías. Alicia QUINTERO: “Gloomy Dungeons. Provisional Prisons in Madrid in the Aftermath of the Spanish Civil War”, en Ralf FUTSELAAR, Helen GREVERS, Christian DE VITO (eds.): Incarceration and Regime Change. European experiences in and

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La población madrileña se convirtió así en vivo testigo de las cuerdas de presos en sus traslados, de las aglomeraciones de los angustiados familiares a las puertas de las prisiones, de los trabajos forzados e, incluso, de los disparos de las ejecuciones en las tapias de los cementerios. Es fácil suponer que el clima vigilante, la condición de sospecha que pesaba sobre Madrid y la fuerte diferenciación entre vencedores y vencidos se reforzase a través de este espectáculo público del castigo.

Por otro lado, las prisiones habilitadas se convirtieron en lugares en los que se materializó no sólo la privación de la libertad (como pena o medida preventiva), sino la brutalización del castigo47. Así, el humanitarismo y el respeto a la dignidad del preso

dejaron paso a un período en el que se hizo patente el contagio de la violencia de guerra y el deseo de destrucción del enemigo llevados al ámbito penal. Como veíamos, la pena de muerte, aplicada en la posguerra a través de la jurisdicción militar, sufrió un desmesurado agigantamiento48. La propia documentación penitenciaria no oculta la extendida práctica

de los malos tratos y de la tortura, sobre todo en los primeros momentos de la detención49.

De igual modo, el uso de edificios inadecuados y la falta de espacio se convirtieron en mecanismos de violencia indirecta con fatales consecuencias entre la población reclusa. A mediados de 1939 la prisión de mujeres de Les Corts de Barcelona rebasaba las mil ochocientas reclusas, mientras las cifras de la prisión femenina de Ventas en Madrid podrían haber alcanzado los cinco millares50. Las celdas o pasillos abarrotados donde los

presos y presas dormían en el suelo, unos encima de otros, no sólo conformaron espacios incómodos y carentes de intimidad, sino que se convirtieron además en lugares insalubres donde se incubaron las sucesivas epidemias de tifus y tuberculosis que causaron una altísima mortalidad en las prisiones de posguerra51.

around the Second World War, Berghahn Books, e.p. Antonio ORTIZ MATEOS: “Lugares de la memoria.

Las cárceles de Madrid en la posguerra”, http://www.scribd.com/doc/7982680/

47 Tomamos aquí el conocido término de “brutalización” acuñado por George L. Mosse y que hace referencia al proceso de violencia creciente y de extensión de una cultura de la muerte en las sociedades europeas de entreguerras: George L MOSSE: Fallen Soldiers. Reshaping the Memories of the World Wars, Londres, Oxford U. P., 1990. 48 Pedro OLIVER OLMO: La pena de muerte en España, Madrid, Síntesis, 2008, p. 124.

49 Como ejemplo de ello, el 23 de julio de 1939 el médico de la prisión de mujeres de Ventas dio parte de lesiones en tres mujeres que habían sido cruelmente torturadas en distintas comisarías y cuarteles de la ciudad antes de ser trasladadas a la prisión. Archivo General de la Administración (AGA), Justicia 41/11945.

50 Fernando HERNÁNDEZ HOLGADO: La prisión militante. Las cárceles franquistas de mujeres de Barcelona y

Madrid (1939-1945), Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2010, p. 34.

51 El 11 de mayo de 1942 la Inspección General de Prisiones abrió un expediente a los funcionarios de la prisión habilitada de Torrijos debido al “recrudecimiento de la epidemia de tifus”, al descubrirse que al menos 22 presos estaban infectados. Los funcionarios se defendieron apelando a “las malas condiciones de la prisión y a las galerías difícilmente aislables con deficientes medios de higiene” y afirmaron que había “una galería que tenía que orinar en

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Represión y prisión política en el nuevo estado franquista

Asimismo, la escasez de alimentación en las prisiones fue un elemento constante y tuvo también efectos devastadores. En 1941 una carta anónima enviada a la Dirección General de Prisiones explicaba que en una sala de la cárcel madrileña de Yeserías había hasta doscientos presos “que no podían casi andar” y afirmaba rotundamente: “Hoy día siguen muriendo y sacando a los hospitales, atribuyéndoselo todo al tifus, y lo que hay en esa prisión es hambre, no tifus”52. Los informes oficiales -probablemente falseados- sobre

el suministro ordinario de la población reclusa describen una dieta escasa y repetitiva que consistía diariamente en 175 gramos de pan, 50 gr. de arroz, 50 gr. de almortas, 12 gr. de chorizo, 10 gr. de aceite, 2 gr. de pimentón, 30 gr. de sal, 268 gr. de naranjas, 400 gr. de verduras y 40 gr. de cebollas. La escasez de grasas y proteínas, y el consumo habitual de harina de almorta –la cual provoca, como pronto se comprobó, una grave enfermedad muscular53- generó debilidad crónica y enfermedades constantes en la población reclusa.

El régimen franquista revertió durante años la escasez y la falta de recursos del Estado