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Como hemos visto en el capítulo anterior, la Guerra Civil transformó las prácticas de castigo, los límites del delito político y los parámetros del sistema carcelario. Como consecuencia de ello, también la experiencia del encierro y la categoría de preso político se vieron profundamente alteradas. A partir del 18 de julio de 1936 los anarcosindicalistas y anarquistas, hasta entonces apresados o amenazados con la cárcel por sus luchas sindicales o sus actos de insurrección contra el Estado republicano, se convirtieron –junto a militantes o simpatizantes de otras organizaciones obreras y republicanas, profesionales e intelectuales de ideas democráticas, cuadros políticos, cargos de la administración republicana, etc.- en objetivos de la maquinaria de terror puesta en marcha por los sublevados contra el régimen republicano. Pasaron, por tanto, de acusar una represión selectiva vinculada a sus actividades y en el marco de un sistema de derecho relativamente garantizado, a sufrir una “limpieza” política que castigaba las ideas y las militancias con carácter retroactivo, en un contexto radicalmente inestable de máxima violencia y polarización.

Dos fueron los elementos que contribuyeron a redefinir la experiencia de los presos políticos en los territorios progresivamente ocupados por las tropas sublevadas a lo largo de tres años de guerra. El primero de ellos fue la ampliación de los tipos de represaliado político, con la persecución no sólo de los militantes significados, sino también de simples afiliados, simpatizantes e incluso familiares de personas más reconocidas. Sirva de ejemplo el drama relatado por Antonio Bruguera Pérez, joven secretario de

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De las parálisis de los presos de guerra a las luchas de los presos libertarios...

las Juventudes Libertarias de Jérez de los Caballeros (Badajoz), cuya madre y cuñado, que nunca se habían significado políticamente, fueron descubiertos y ejecutados en el acto por un grupo de falangistas una mañana de noviembre de 1937. La hermana, María Bruguera Pérez, fue encarcelada con un bebé de pocos meses, mientras Antonio, desesperado, decidía entregarse al poco en otro pueblo cercano, a salvo de las iras locales1.

Una vez en la cárcel de Badajoz, observando la población carcelaria, Antonio se hacía consciente de la violencia indiscriminada y clasista de la que había sido objeto: “Los que estábamos considerados como políticos representábamos el noventa por ciento. Digo los que estábamos considerados porque, en realidad, más del sesenta por ciento eran pobres campesinos analfabetos, que sabían tanto de política como de letras”2. Como vemos a

través de este caso, el resultado de aquella violencia de amplio espectro fue la constitución de lo que Ricard Vinyes ha definido como una “masa heterogénea y caótica” que saturaba campos de concentración, depósitos municipales, presidios provinciales y centrales, y que estaba compuesta por personas de convicciones políticas variadas y de intensidad muy distinta3.

Pese a la diversidad entre presos y presas, un segundo aspecto que caracterizó la experiencia de aquella muchedumbre encarcelada consistió en el común sufrimiento de unos protocolos de violencia inéditos y, aunque en grados diversos, similares para todos. Para aquellos que cayeron enseguida en las regiones donde el golpe triunfó, el umbral del encierro fue un espacio marcado por la inesperada toma del poder de las fuerzas insurgentes, el señalamiento y la acusación por parte de algunos vecinos, las detenciones apresuradas y las torturas. Por otro lado, los asesinatos y desapariciones fueron el frecuente desenlace de las detenciones de primera hora. Así, Daniel Morchón, militante de la CNT de Sos de los Caballeros (Aragón), preguntado décadas después por su experiencia durante la guerra, respondía ofreciendo el listado de los 91 “antifascistas” de su pueblo que, denunciados por algunos vecinos el 20 de julio de 1936, fueron encarcelados y posteriormente asesinados por falangistas y requetés venidos de Zaragoza4. Todos los presos en territorio sublevado,

independientemente de la adscripción ideológica, el género o las circunstancias de su detención, sufrieron los campos y cárceles como espacios de “incertidumbre” donde a las vejaciones e incursiones nocturnas de falangistas se fue superponiendo la descarada falacia 1 Entrevista a María Bruguera Pérez, Madrid, 2 de mayo de 1992. FSSB, Fonoteca del Archivo de la Memoria. 2 Autobiografía inédita de Antonio Bruguera Pérez, p. 46. IISH, Gómez Peláez Papers, 379.

3 Ricard VINYES: Irredentas. Las presas políticas y sus hijos en las cárceles franquistas, Barcelona, Temas de Hoy, 2002, pp. 20-21.

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jurídica de los juicios militares, vinculada al afán por purgar de “patologías sociales” los territorios conquistados. De hecho, la verborrea de los consejos de guerra llamaba tanto la atención a los procesados que muchos de ellos la destacan en sus testimonios. Según el citado Antonio Bruguera, el fiscal declaró en su juicio que “el procesado, quien no se sonrojaba de decir que era libertario, era hijo de padres anarquistas quienes lo habían educado inculcando en él ateas y destructoras ideas, habiendo conseguido magníficos resultados”5. Otro miembro de las Juventudes Libertarias, el aragonés Ramón Rufat Llop,

encargado de acciones en zona enemiga para los servicios de información republicanos y detenido en diciembre de 1938, recuerda que en un consejo celebrado en el propio campo de concentración de Santa Eulalia (Zaragoza) fue condenado a dos penas de muerte, “una por espionaje y otra por perversidad, circunstancia (ellos sabrán por qué) que elevaron a categoría de delito porque había pasado a su zona más de una vez”6.

Aquellas dos nuevas coordenadas, la heterogeneidad de las masas encarceladas y el padecimiento de una violencia inusitada derivada no tanto de la guerra como del golpe de Estado -pues en muchos lugares, como en Sos de los Caballeros, no hubo ni siquiera guerra-, diluyeron hasta cierto grado las formas identitarias del preso político-preso social que habían conformado la experiencia de los libertarios hasta poco antes. La figura tipo del preso anarquista de las décadas anteriores al estallido de la guerra, la de sindicalista u hombre de “acción” comprometido con las luchas sociales en la calle, que entraba y salía de la cárcel, y dentro de esta se convertía en miembro de un cgomité interno de adscripción libertaria, se fue quedando atrás. A partir del golpe de Estado y de la victoria franquista, el preso político “militante” quedó difuminado dentro de aquella “masa social heterogénea”, compuesta también por gente de diferentes filiaciones ideológicas, con menor grado de compromiso político y de diversa extracción social. De poco servían las fronteras ideológicas entre miembros de distintas organizaciones obreras o de izquierda, en un universo común de padecimiento y de miedo. Es significativa la forma, el implícito pronombre “nosotros”, con que Ramón Rufat –como muchos otros militantes- describe los comienzos de su andadura penal en el campo de concentración y la actitud de los prisioneros ante los piquetes de fusilamiento: “En los campos no nos despedíamos; no teníamos valor ni para darnos las manos o desear mejor suerte a los que se quedaban”7.

Ese “nosotros” no es otro que el de los vencidos, sin apellido político, el de prisioneros de muy diverso tipo que compartían la derrota y la parálisis por el terror. Para el cenetista 5 Autobiografía inédita de Antonio Bruguera Pérez, p. 53. IISH, Gómez Peláez Papers, 379.

6 Ramón RUFAT: En las prisiones de España, México, Ed. Cajica, 1966, p. 37.

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De las parálisis de los presos de guerra a las luchas de los presos libertarios...

gallego Juan García Durán, encarcelado en las prisiones de Lugo y Alcalá de Henares desde julio de 1937 hasta mayo de 1943 y apresado de nuevo entre 1946 y 1949, no sólo era el miedo lo que unía a los presos durante la guerra, sino también la presencia, invisible pero esperanzadora, de una España republicana que todavía resistía:

Los presos [han] mantenido siempre, hasta muy poco antes de terminar la guerra, una confianza ciega en el triunfo. Y lo más sorprendente es la magnífica unidad que se ha mantenido siempre, sin ninguna excepción. Fue tanto más de destacar cuanto que, terminada la guerra y entrados en prisión los que tan bien habían combatido, empezó la lucha en todas las prisiones. Buscar motivos y culpables sería tanto como tener que empezar a autojuzgarse, ya que absolutamente todos hemos puesto nuestro granito de arena8.

En realidad, esa proclamada “unidad” de los presos de guerra que Juan García Durán contrapone a las luchas entre presos que traerá la posguerra, es muy matizable y tuvo probablemente un mayor arraigo en las cárceles de aquellas regiones del norte con una mayor tradición de aliancismo obrero9. Pero lo que tal vez sugiere el párrafo escrito por

el libertario gallego es que, progresivamente –y sobre todo a partir del final de la guerra-, los acontecimientos que se habían ido desarrollando en territorio republicano terminaron calando entre la comunidad de los derrotados. En la República en guerra las fronteras ideológicas siguieron funcionando hasta el final de la contienda, incluso en todo aquello que tenía que ver con los presos o prisioneros de guerra. De tal modo que no existía ninguna institución que llevara el cómputo global de prisioneros en territorio enemigo, sino que eran las propias organizaciones políticas o sindicales, a través de su sección jurídica, las que llevaban el control de sus militantes cautivos. Eran también estas organizaciones y partidos las que se encargaban de elaborar largos listados de presos susceptibles de ser canjeados cuando un gran proyecto de canje de prisioneros era patrocinado por la Cruz Roja Internacional o por embajadas extranjeras10. Así, por ejemplo, en la segunda mitad

de 1938 la sección jurídico- social de la debilitada CNT fue encargada de confeccionar 8 Juan GARCÍA DURÁN: Por la libertad. Cómo se lucha en España, México, Ed. CNT, 1956, p. 66.

9 Los anarcosindicalistas asturianos, por ejemplo, defendieron en numerosas ocasiones a lo largo del primer tercio del siglo XX el pacto con la UGT, que finalmente se fraguó en la Alianza Revolucionaria en 1934. Véase Javier PANIAGUA: Anarquistas y socialistas, Madrid, Historia 16, 1999, p. 199, y Ramón ÁLVAREZ PALOMO: Eleuterio

Quintanilla (vida y obra del maestro). Contribución a la historia del sindicalismo revolucionario en Asturias, México,

Editores Mexicanos Unidos, 1973. Asimismo, el anarquista murciano Juan José Guirao hacía el siguiente comentario al recordar su llegada a la cárcel de El Dueso ya en la posguerra: “… en el norte, entre comunistas y libertarios, no había la tirantez que existía en el resto de España”, Autobiografía inédita de Juan José Guirao, cedida por Víctor Peñalver Guirao, pp. 168-169.

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largos listados con la relación de los compañeros que se hallaban prisioneros en territorio franquista con objeto de proponerlos para su canje por prisioneros del bando enemigo. Formaban parte de aquellos listados más de 600 militantes de las provincias del norte, compañeras presas en la cárcel de Zaragoza, milicianos caídos en el frente de Teruel y Levante, así como desaparecidos y presos de la organización de diversos orígenes y repartidos por todo el territorio11. Pese a que el número final de canjeados durante toda

la guerra resultó llamativamente modesto, esta cuestión no es baladí, pues para muchos presos de la CNT –sobre todo aquellos caídos en el frente Norte o en Teruel- la propia organización fue la única instancia que trató, sin éxito, de velar por ellos.

Otros aconteceres durante la guerra que hay que tomar en consideración -pues influirían indudablemente en los presos del franquismo- fueron las discordias y enfrentamientos que se multiplicaron a lo largo de la guerra en el bando republicano, y especialmente, los conflictos entre anarquistas y comunistas en torno a la jornadas de Mayo de 1937, que se saldaron con la clausura de la etapa revolucionaria de la guerra y el debilitamiento y desorientación de los libertarios. Conflictos que, en realidad, continuaron de manera periférica hasta el final de la guerra, reproduciéndose en la zona de centro y levante con el golpe antinegrinista y anticomunista del general Casado, apoyado por los anarquistas12.

En definitiva, si miramos hacia las cárceles del creciente espacio franquista nos encontramos con una enorme y heterogénea concentración de presos “republicanos”, entre los cuales no florecía una identidad colectiva fuerte más que la de la consideración de sí mismos como parte de una enorme comunidad de “vencidos”. Pero si inclinamos la mirada hacia la menguante República, vemos cómo las formas organizativas y las fronteras ideológicas se mantuvieron, azuzadas por los enfrentamientos. Ambos vectores confluyeron en el drama final de los puertos levantinos, donde miles de personas -y entre ellas numerosos anarquistas de las regiones de Centro y Levante- esperaron inútilmente la llegada de barcos de evacuación tras la caída de todos los frentes los últimos días de marzo de 1939. Según el investigador José Ignacio Álvarez Fernández, el puerto de Alicante, el Campo de los Almendros y el Campo de concentración de Albatera representan los “lugares de memoria” por antonomasia asociados al trauma de la España vencida, y para desarrollar tal argumento examina, entre otros, los testimonios de dos libertarios madrileños, el conocido periodista 11 Los listados de militantes de la CNT, prisioneros en territorio franquista para previsibles canjes a lo largo de 1938, en IISH, CNT Archives, Paquete 74C, microfilm 199. No existe noticia, sin embargo, de que el canje de los cientos de confederales propuestos por la sección jurídico-social de la CNT fuese finalmente llevado a buen fin.

12 Ángel BAHAMONDE MAGRO y Javier CERVERA GIL: Así terminó la guerra de España, Madrid, Marcial Pons, 1999, pp. 349-438.

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Eduardo de Guzmán y el dirigente de las Juventudes Libertarias, José Leiva13. Ambos

ahondan en los sentimientos de desesperanza y terror de la multitud atrapada en el puerto de Alicante, y describen los campos a los que son trasladados masivamente por las tropas vencedoras como espacios de humillación y de muerte. La captura se asocia pues a la derrota bélica, a la pérdida de la esperanza, a la incertidumbre de un futuro que se presenta borroso y oscuro. En esa multitud, y huidos de los últimos frentes, se agolpaban cientos de militantes libertarios, muchos de los cuales son recordados y nombrados por de Guzmán y por Leiva. Así, entre la llamada expedición de los 101 prisioneros de Albatera, la cárcel de Orihuela o el castillo de Santa Bárbara con destino a las comisarías y prisiones de Madrid el 15 de junio de 1939, se encontraban junto a Guzmán y Leiva otros destacados libertarios, como Manuel Amil, David Antona, Felipe Sandoval, Germán Puerta, Melchor Baztán, etc, muchos de los cuales serían torturados y posteriormente ejecutados en la capital14.

Con todo, esta noción de Albatera como espacio de muerte y derrota no significó la disolución inmediata de las formas políticas de los vencidos, tal y como demuestran testimonios menos conocidos que atestiguan la continuidad, en el campo de concentración levantino, de una resistencia carcelaria singularmente libertaria que hundía sus raíces en modos y prácticas desarrolladas en décadas anteriores. Según Sebastián Martínez del Hoyo (más conocido como Progreso Martínez), que había pertenecido a las Juventudes Libertarias de Centro y fue prisionero en Albatera:

allí, al poco tiempo de haber entrado, empezamos ya a constituir una especie de comité interno clandestino, y el que digamos llevaba la dirección de ese Comité Interno, por las facilidades que le daba su propio puesto de trabajo en Albatera, era [José] Penido, que era enfermero, que había sido jefe de División, que era asturiano, o del norte. Este era el que llevaba casi todos los contactos con los grupos internos que se habían formado, más o menos bien ahí en el interior. En fin, había una especie de estructura interna, clandestina, de la organización en el campo15.

Aquel Comité Interno de Albatera se encargaba también de los contactos con los compañeros y compañeras del exterior. Es sabido que el primer Comité Nacional 13 José Ignacio ÁLVAREZ FERNÁNDEZ: Memoria y trauma en los testimonios de la represión franquista, Barcelona, Anthropos, 2007, pp. 99-118. Los testimonios analizados: Eduardo DE GUZMÁN: La muerte de la esperanza, Madrid, El Garaje-Vosa, 2006. ÍD: El año de la victoria, Madrid, El Garaje-Vosa, 2009. ÍD: Nosotros los asesinos, Madrid, El Garaje-Vosa, 2008. José E. LEIVA: En nombre de Dios, de España y de Franco. Memorias de un condenado a muerte, Buenos Aires, Unión Socialista Libertaria, 1948.

14 Eduardo DE GUZMÁN: El año de la victoria…, pp. 374-375.

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clandestino de la CNT se gestó también en torno a los propios campos de concentración de los Almendros y Albatera, compuesto por hombres escapados de los campos y militantes “salidos de sus casas”16. Desde el exterior, este primer comité se volcó en intentar liberar a los

militantes más significados por medio de avales falsos –o falsificables- que las compañeras introducían en el campo de concentración, haciéndose pasar, en muchos casos por familiares de los presos. Según Enrique Marco Nadal, “cuando llegaban los avales, los compañeros que llevaban el servicio de Correos como destino del Campo se los pasaban al Comité Interior y este los falsificaba a nombre de aquel que interesaba poner en libertad”17. Una vez liberado

este, los militantes en el servicio de correos entregaban el documento a su destinatario legal. Gracias a dicho procedimiento un número indeterminado de cenetistas pudo escapar de Albatera, entre ellos el propio Marco Nadal, que un día de junio recibió la visita de una compañera llamada Concha que se hizo pasar por su hermana: “y en el momento de abrazarme, ante las propias narices del soldado que controlaba las comunicaciones, me deslizó entre camisa y espalda un aval falsificado y una notita con las instrucciones de lo que debía hacer para lograr la liberación”18. Progreso Martínez también logró salir en libertad de

Albatera por estos medios, tras la presentación en la Junta de Clasificación de un falso aval por un grupo de jóvenes libertarios del Puente de Vallecas de Madrid, que habían conseguido infiltrarse en una Bandera de Falange de la capital:

Cuando me lo dio Paquita me hizo sonrojar, que estaba firmado por este jefe de la 11 Bandera de Falange, el tal García de las Heras, en el que decía que él había estado en mi casa ocultado durante la guerra para que no lo mataran; en fin, que le había salvado la vida, más o menos así. No me acuerdo ya de los términos del certificado, pero era para ponerse rojo, hasta tal extremo que yo me puse de punta y dije a Paquita: bueno, […] ¡no vaya a ser que mañana no me fusilan los fascistas, pero me fusiláis vosotros! Teníamos la idea todos de que Franco no duraría, y que finalmente volveríamos a... Y Penido, fue él el que me dijo, que yo lo ignoraba, que ya había habido otros compañeros que se habían beneficiado de certificados de esa naturaleza […] y que por tanto, no