• No results found

Chapter 3 – Methodology

3.2 Sampling perceptions

En este sentido, novelas que datan desde el año 1841, en su publicación, como es el caso de María Dolores o la historia de mi casamiento, escrita por José Joaquín Ortiz (1814-1892), en la que se acoge los valores católicos y la tradición capitalina reunidos en medio de un noviazgo dispar, pero que como dice Álvaro Pineda Botero en su texto La fábula y el desastre: estudios críticos sobre la novela colombiana 1650-1931: “Aunque muchos

párrafos parecen ser un esbozo susceptible de ser mejorado, se destacan la belleza de la

metáfora, la armonía de la adjetivación y la economía del lenguaje” (pineda 99), se debe

pensar que hubo un buen inicio de la novela colombiana para este siglo.

En adelante, novelas como Yngermina o la hija del calamar con edición del año 1844, en dos volúmenes, escrita por Juan José Nieto (1804-1866), en la que se fija el espacio-tiempo en un periodo preciso de la Conquista “tratando insistentemente sobre la veracidad de los hechos” (Pineda 102), en los que retoma personajes de la historia real como Pedro de Heredia o Rodrigo de Bastidas. El oidor, romance del siglo XVI, escrito por José Antonio de Plazas (1809-1854) editada hacia el año 1845, en ella el autor narra aventuras pasionales que se tejen en la Bogotá de la primera época colonial, poco después

19 En adelante se tendrá en cuenta el texto La fábula y el desastre: estudios críticos sobre la novela

de su fundación, y convierte en un melodrama la historia de pasión que se da entre Andrés Cortés de mesa y María de Ocando.

En este mismo orden cronológico aparece la novela El mudo. Secretos de Bogotá, de Eladio Vergara y Vergara (1821-1888), en la que se retrata el ambiente hostil de los años 1827-1829, que desarrolla como trasfondo el atentado contra el libertador Simón Bolívar, en 1828. Pero llama la atención de esta novela el sentido panfletario y la caracterización política del autor, que como dice Pineda Botero:

El autor no vacila en tomar partido, en atacar a sus enemigos y defender sus posiciones ideológicas. En este sentido, más allá de los méritos o las fallas literarias, la obra se constituye en un documento de indudable interés histórico. Se trata, en realidad, de una novela panfletaria; una diatriba que ataca con palabras gruesas y, a veces, sin fundamento, las ideologías opuestas y, en especial, la institución de los jesuitas (113).

El Dr Temis (1851), de José maría Ángel Gaitán (1819-1851), igualmente hace alusión a diversos temas que para la época estaban en la hogaza de cada día: la discusión ideológica, la crisis moral y los asuntos políticos, pero con un grado desmesurado del peso que el autor le otorga a la moral. Por otro lado, en el año 1858 aparece la novela Viene por mi i carga por usted, de Raimundo Bernal Orjuela. De esta novela Pineda comenta: “la

novela tiene por objeto, al igual que otras obras de su época, denunciar el fanatismo religioso y político de algunos grupos sociales; fanatismo que; en el caso de ciertas

mujeres, se expresa mediante el chisme y la difamación” (Pineda 127). Lo anterior señala

que las novelas del siglo XIX tienen como base los diferentes temas que se traman en la sociedad de aquel siglo.

La novela Manuela, de Eugenio Díaz Castro, se concibe como una novela costumbrita y en ella el autor presenta las alteraciones y dilaciones sociales que algunas sociedades de la época vivían. Se expresa el conflicto ideológico de varias formas, en el que los partidos tradicionales –liberales y conservadores, para la época- vivían, y que daba

como resultado el descreimiento de muchas personas con relación a la política del país y sus representantes.

Este texto publicado hacia el año 1858 cuenta con la aprobación de algunos críticos y estudiosos por su contenido histórico y cultural, pero declina en la calidad de su desarrollo, aseveran igualmente. En el capítulo que corresponde a esta novela en el libro traído a colación de Pineda Botero, se puede leer con respecto a la importancia de esta obra:

“[…] En consideración a sus méritos literarios y a su carácter auténticamente nacional, Manuela, escrita en 1856, es, sin duda, la obra más acabada y de mayor importancia de estos primeros años fundadores” (Pineda 133). En consecuencia, la idea de plasmar el

acontecer de la república, desde sus hechos, llevaba a algunos escritores aponerse al día de la realidad circundante.

Manuela presenta aspectos ideológicos a la vez que hace crítica social de una forma implícita con respecto a los hechos políticos, trata de atacar el eurocentrismo y se pronuncia en debate frente a la iglesia católica. Puede decirse que esta novela es un suplemento de la historia literaria colombiana con respecto a la novela de hoy día, y ello se debe a la relación literatura-sociedad, lo cual implica una dualidad fundamental en el panorama de la novelística contemporánea. En este sentido, la novela de Eugenio Díaz ayuda a consolidar con mayor razón tal propósito como guía de consulta literaria, histórica y de valor cultural.

Del mismo autor sale a la luz en 1873 la novela El rejo de enlazar, pero ésta no tiene la misma recepción como le sucedió a Manuela, y hoy día no cuenta con los mismos criterios que sí tiene esta otra. En adelante20 hay que mencionar cuatro novelas del decimonónico que describen las tramas y perjuicios que la sociedad colombiana de aquel siglo presentaba: María (1867), de Jorge Isaacs; Olivos y aceitunos todos son uno (1868),

20 Siguiendo como referencia el texto ya mencionado, de Pineda Botero, algunas de las obras que suceden a

este orden cronológico del decimonónico, en su estudio son: Sombras i misterios de los embozados (1859), de Bernardino Torres Torrente; Sofía, romance neogranadino (1860), de Antonio B. Pineda; Dolores (1867), de Soledad Acosta de Samper; Don Álvaro (1871), de José Caicedo Rojas (1871) ; El alférez real (1886), de Eustaquio Palacios; Aura o las violetas (1889), de José María Vargas Vila; Frutos de mi tierra (1896), de Tomás Carrasquilla; De sobre mesa (escrita en 1896 y publicada en 1925), de José Asunción Silva.

de José María Vergara y Vergara; El poeta soldado (1881), de José María Samper; El moro (1897), de José Manuel Marroquín.

De María puede decirse que no es propiamente una obra costumbrista, pero contiene elementos que aluden claramente al costumbrismo: “vestidos, formas del habla, provincialismos y las maneras del trato (uso de “usted”, del “tú”, y “su merced” (Pineda

219). La naturaleza, la mujer, la esclavitud y el mestizaje como temas principales que se tejen en la obra, se presentan como características propias de lo que el mismo Pineda

Botero llama “identidad nacional” (228) y constituyen parte fundamental para acercarse a

aquello que fue, quizás, Colombia en el siglo XIX.

Olivos y aceitunos todos son uno tiene como trasfondo la lucha partidista e ideológica que la hacen ser una novela testimonial de las situaciones políticas y sociales de aquel siglo. De igual manera, El poeta soldado, de José maría Samper, al parecer alude al dilema de las armas y las letras, pero que de continuo, en su desarrollo, pareciera existir una clara pasión política y una parcialización ideológica con respecto a las vicisitudes que se gestaban en la época desde las situaciones bipartidistas.

El moro es una obra representativa de este siglo ya que es la novela, que al parecer, cierra el ciclo de la novela costumbrista, o mejor, es la última novela costumbrista escrita

en el decimonónico: “En ella aparecen el mundo, los seres, las costumbres, y no se les juzga […] ni siquiera busca un mejor trato para los animales domésticos, propone un mundo que sería más placentero si las personas actuaran, pensaran, aceptaran y amaran con

la espontaneidad y la inocencia que lo hacen los animales” ( Pineda 363).

Las anteriores novelas que hacen parte del siglo XIX como se ha comentado anteriormente, recurren a diversos argumentos en su desarrollo, manejan temas diferentes y presentan logros literarios que las novelas actuales igualmente presentan, pero frente a esto No hacen parte del orden de la novela de la violencia, pues en esta categoría incurre solo en aquellas que se escriben después del periodo de la violencia del siglo XX, como lo comenta Óscar Osorio en su texto Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana:

[No caben en esta valoración de las tendencias narrativas] novelescas cuya historia se enmarca en cronotopos diferentes al periodo de la Violencia, aunque refieran a la violencia bipartidista. Bajo esta consideración, nos parece que no hace parte de este

corpus novelas […] cuyas historias desarrollan anécdotas sobre violencias enmarcadas en otros periodos (Osorio 104).

Se debe decir, entonces, frente a lo anterior, que la novelística del siglo XIX, con su temática variada, ayuda a fundar las cimientes de lo que será la novela del siglo XX y en adelante. Esto no significa que los siguientes novelistas continúen sonsacando novelas del legado de aquel siglo, todo lo contrario, las temáticas cambian, se desarrollan con nuevas estrategias y mejores estilos: hay una disposición de responsabilidad en algunos casos y un descuido inconsciente en otros. Todo esto permite suponer que la novela en el presente es un testimonio y legado en continuum como “recurso social intelectual” que las nuevas y

futuras generaciones tienen a disposición para entender el trasegar de la historia del país desde una mirada literaria que toma distancia de los cánones políticos y las ideologías que alguna vez marcaron a escritores y lectores.

Entonces, sucede que las novelas del decimonónico tejen una variedad de temáticas y una relación variada de personajes y lugares que no se podría hablar de un tema constante como movimiento literario o tendencia única. Hablar de producciones diferentes en su desarrollo, contenido espacio-temporal, estrategias textuales o niveles de enunciación sí llevarían a suponer, por lo menos, que algunas de esas novelas permitieron la continuidad de una tradición literaria que se renueva y se recoge en el siglo XX para dar a luz nuevos tópicos y visones claras de nuevas formas de escritura en la novela.

4. Perspectivas teóricas en torno a la literatura de la violencia y la novela de la