Part III: Characterization of the interactions of laser radiation with copper alloys
7.1. Optical analyses
7.2.1. Scanning Electron Microscope (SEM)
Urano había tenido razón. Ya no existían los oráculos. El alma de Delfos había llegado por fin a las Islas de los Bienaventurados. Ya hacía mucho tiempo que había terminado la guerra. Aquellos veinte años habían sido los mejores de mi vida. Visitábamos a nuestros padres cada mes, tanto a los mortales como a los Olímpicos. Annabeth tenía que ir al Olimpo cada mes para ver que se cambiaran las decoraciones y las estructuras.
Por suerte, nunca hubo ningún parto “cráneo-cerebral.” Nuestro primer hijo llegó cuando teníamos veintitrés. El segundo y el tercero –gemelos- llegaron tres años después. Habíamos decidido llamarlos Luke –por nuestro difunto amigo-, Rachel-que había fallecido durante el ataque de Porfirión al Campamento Mestizo- y Charles –en honor a Beckendorf-. Grover había llamado a su hija Penélope –por una hermana muerta de Enebro-. Piper y Jason aparecían para los solsticios de verano e invierno y algunas ocasiones más –estos días estaban el Campamento Mestizo-. Tenían un hijo y una hija, cuyos nombres eran Frank –por un amigo de Jason que había muerto luchando contra los gigantes, antes de ir hacia Grecia- y Hazel –una amiga de Piper que había muerto bajo las mismas circunstancias-. Nico había sido convertido en un dios menor, por Zeus, después de la guerra. Vivía en el campamento, solo, en la cabaña de Hades. Thalia había dejado libre el puesto de lugarteniente de Artemisa tras elegir a Leo, y ahora ambos tenían dos hijas: Zoë – por Zoë Belladona, que había sido la jefa de las cazadoras antes que Thalia- y Bianca –por Bianca di Angelo, la difunta hermana de Nico, que había estado un corto período de tiempo con las cazadoras de Artemisa-. El dieciocho de Agosto de ese año, me levanté de mala gana, y me vestí como de costumbre. Mi collar de cuentas del campamento era ya bastante pesado. Me lo saqué y lo dejé en una mesita al lado de la cama. Fui hasta la cocina, y agarré a Annabeth por la cintura.
- ¿Todo bien?-
- Sí.-contestó, mientras revolvía el contenido de una taza con una cuchara.- Luke me está dando problemas otra vez.-
mirarme.
- Dice que le gusta Bianca Valdez. Y Rachel dice estar terriblemente
enamorada de Frank Grace.- Reí por lo bajo.
- Terriblemente enamorada, ¿eh? Si sólo lo ha visto un par de veces.-susurré.
- Eso mismo le dije.-respondió Annabeth. Dejó de revolver el café de la taza, y comenzó a preparar tostadas con mermelada.- Charly es el único que no da problemas, pero…-
- Lo perderemos ante Hazel Grace.-susurré.
Annabeth sonrió y me pegó un manotazo suave en el hombro. Recordé que le había pedido algo a Leo, y me despedí de Annabeth. Partí hacia la forja, donde estaba Valdez.
- ¡Leo!-le grité. - ¡Percy!-
Vino hasta mí y me abrazó. Él acababa de volver de unas vacaciones.
- Bianca dice que Luke la está rondando.-dijo, con una sonrisa.- Te hacen creer
que todo es tan fácil.-
Reímos un momento y luego seguimos hablando un rato sobre nuestros hijos. Finalmente, acabé por pedirle lo que había venido a buscar.
- ¿Tienes la réplica del “Égida”?-pregunté.
- Sí.-respondió él, recordando que había estado trabajando quince años en el
escudo, hasta que, finalmente, dos semanas atrás, había logrado terminarlo correctamente con todos los detalles.
Leo se agachó a un costado de la fragua y agarró el escudo. Se lo puso y el grabado de la cabeza de Medusa en el centro me hizo sentir algo de miedo. Luego, el escudo se cerró en una elegante pulsera.
- Responde cuando aprietas el puño con fuerza.-explicó
Leo se sacó la pulsera y me la tendió. Thalia entró en la forja y saludó a Leo con un beso.
- Hola, Percy.-me dijo. - Thalia.-respondí yo.
Ahora que ya no era lugarteniente de la diosa de la caza, Thalia parecía una humana normal, pero, igualmente, enfurecerla sería lo último que harías.
- ¿Es para Annabeth?-preguntó, señalando la pulsera.
- Sí.-contesté.
Poco después, me despedí de ellos y me encaminé hacia la cabaña de Jason y Piper. Llamé a la puerta y el hijo de Zeus la abrió.
- ¡Percy!-dijo.- ¿Qué te trae por aquí?-
- Necesito que Piper me ayude con un regalo.-expliqué.
Él asintió y me llevó adentro. La hija de Afrodita no tuvo ningún problema en indicarme qué ponerle a la cajita como decoración, y luego me despedí de ellos después de que Jason dijera que Frank estaba entusiasmado en alguien. Me crucé con Quirón de camino, y me recordó que tenía que ir a dar la clase de espada más tarde. Luego apareció Grover –iba masticando unas latas-. Sus cuernos eran tan grandes y curvos ahora como lo habían sido una vez los del dios Pan. Dijo algo acerca del sabor de las latas, y de que era dieciocho de Agosto y salió disparado hacia la Casa Grande. Sacudí la cabeza, tratando de no molestarme. Ni Annabeth había comentado algo al respecto de qué día era hoy. Abrí la puerta de la cabaña y fui a la cocina.
- ¡Annabeth!-grité, escondiendo el paquetito en mi bolsillo. Ella vino momentos después de la habitación de Luke.
- ¿Qué pasa?-quiso saber, parándose delante de mí.
Llevé sus manos a la altura de mi pecho y deposité el paquetito allí. Ella lo abrió con curiosidad, y enseguida se dio cuenta de qué era. Se quedó fascinada admirando el trabajo de Leo. Extendió el escudo y se quedó mirándolo con entusiasmo. Luego lo cerró y se puso la pulsera en la muñeca izquierda. Fue hasta la mesada, y abrió un cajón. Sacó un paquete pequeño de él, cuidadosamente envuelto, y me lo tendió.
- Feliz cumpleaños.-me dijo.
Me besó y dejó que viera lo que había dentro. Era un marco de madera con decoraciones de oro, pero no había nada nada más. Sólo el marco, no había foto alguna.
- Refleja lo que más te importa, en la forma en que lo piensas.-me explicó.- Yo estoy viéndote abrazando a Luke, Rachel y Charly.-me dijo.
Y yo la veía a ella haciendo lo mismo. Sólo Luke había heredado mis ojos y mi pelo negro a la vez. Rachel era rubia de ojos grises, y Charly tenía ojos grises también, pero pelo oscuro.
- Gracias.-le susurré, besándola otra vez.
Por la tarde, fuimos al prado a dar la clase de espada, pero cuando entramos, no había nadie allí. En cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, la luz me dejó ciego.
- ¡Feliz cumpleaños, Percy!-baló Grover desde un rincón. Tyson salió del otro lado gritando también.
Tras él, empezaron a aparecer más y más campistas. Incluso Clarisse y Chris estaban ahí –sí, ellos habían sobrevivido al ataque de Porfirión-, también los hermanos Stoll –que también habían sobrevivido-. Annabeth me atrapó en un beso, y fue el mejor día de mi vida.
Más tarde me di cuenta de que incluso los dioses estaban ahí -todos, incluyendo a Hestia-, y hasta el mismísimo Urano –que según averigüe después, había sido traído por orden de Zeus-.
Podía ver a mis hijos corriendo de aquí para allá jugando con los demás niños. Quirón le había dado su silla de ruedas a Charly, quien ahora estaba destrozándosela. Rachel cuchicheaba con sus amigas, y me sorprendí atrapando a Luke con Bianca Valdez en un rincón, pero me fui de ahí sin decir nada. A mí no me habría gustado que Poseidón me molestara cuando estaba con Annabeth como hacía Grover. Nico había venido también y discutía sobre algo con Hades, pero se acercó a felicitarme en cuanto me vio pasar. Me senté al lado de Annabeth y
Poseidón se nos acercó. Él ya me había felicitado, había sido uno de los primeros en hacerlo esa tarde.
- ¿Todo bien?-preguntó, sentándose en frente nuestro.
Annabeth y yo asentimos con la cabeza.
- Antes, cuando no estaban, le presté a Luke mi tridente.-dijo, sonriendo.- Si miran a su derecha, podrán ver la catástrofe natural que causó.-dijo, como si fuera un guía que estaba dando un relato turístico.
Miramos a donde nos dijo, y vimos que el árbol de Hiperión había perdido algunas ramas, y las cabañas que formaban la omega griega habían perdido todas sus ventanas y puertas. Nos reímos un rato de los campistas, que se gritaban unos a otros sin entender qué había sucedido realmente.
- Te dejo con Poseidón un momento, ¿sí?-
Annabeth asintió. Miré a mi padre un momento y me dirigí a mi bisabuelo. Por el camino tropecé con Zeus y Hades –que curiosamente, me saludaron como si nunca me hubieran odiado, y me estrecharon la mano casi con cariño, me atrevería a decir-. Urano volteó la cabeza al escuchar que me senté frente a él. Me miró sonriente.
- ¿Recordamos algo importante?-me aventuré a preguntar.
Urano asintió.
- Veinte años de la gigantomaquia.-dijo, recordando.
¿Cómo había podido olvidarlo?
- Es normal olvidar las cosas.-dijo enseguida mi bisabuelo.- No te molestes
por ello. En mí, es una costumbre.-
- Pero tú escuchas muchas cosas.-le dije.- Todo lo que ocurre en el mundo.-
- Sí, pero antes, mi memoria era mejor.-se quedó pensando en algo.- Hubo un detalle sobre Delfos que no te conté.-dijo.- Tuve el temor de cargarte de orgullo, pero ese no es tu problema. Es el de tu mujer.- yo asentí. El orgullo era el defecto fatídico de Annabeth, no el mío. A mí me manejaba la lealtad
personal. Urano se inclinó sobre la mesa.- Delfos, en realidad, nunca se equivocaría. Cuando aún vivía, dijo que una vez, llegaría un héroe que lograría revertir una de sus profecías. Una de las importantes. Y aquí estás tú. Hace veinte años, contra todo pronóstico, deshiciste una profecía. Nunca pensé que pasaría tanto tiempo. Creo que es la demostración fehaciente de que Delfos es infalible, y, a la vez, de que no lo es.-
- Entonces, ¿soy el fin de los héroes?-pregunté, indeciso.
Mi bisabuelo, que estaba acomodándose las solapas del traje, se sobresaltó y se volvió hacia mí.
- ¡¿El fin de los héroes?!-exclamó Urano, esbozando una sonrisa, abriendo los ojos y alzando las cejas.- Oh, muchacho, ¡cuánto sentido del humor! ¡No!- dijo, entre risas.- ¡No eres ni de lejos el fin de los héroes!-rió un poco más. Arrugué el entrecejo, preguntándome qué había querido decir.- Me atrevo a decir que nunca volveremos al Caos.-
Eché mi cabeza un poco hacia atrás. El Caos era el estado primigenio del cosmos infinito.
- ¿Cómo?-pregunté.- Pero sí volveremos al Caos alguna vez, ¿no? Es inevitable. Es una de las profecías de Delfos.-
La expresión de Urano se endureció. Obviamente, la idea no le gustaba.
- Hablando en serio, -dijo- volver al Caos sería lo peor que podría pasar. Pero bueno, supongo que para los dioses, sólo significaría mucho trabajo que hacer. Y tengo que admitir que para mí también.-
Los dioses y los titanes se caracterizaban por ser fríos, pero veinte años atrás, Atenea había llorado la muerte de Annabeth.
- Pero Atenea lloró cuando Annabeth murió.-le eché una mirada nerviosa,
temiendo que de pronto desapareciera, pero estaba hablando con su madre y Poseidón.
- Sí.-reconoció Urano.- Atenea y Poseidón son los casos particulares del tema.-
De pronto, recordé una pregunta que siempre había ardido en mi interior. Estaba por hacérsela, cuando él contestó.
- Sí.-me dijo. Aún no me acostumbraba a que los dioses primordiales siempre
sabían todo sobre todo, por muy reciente que fuera.- El héroe de la profecía de hace veintidós años, eras tú, Perseo.-lo miré atontado.
- Pero si Luke no hubiera…-
- Es cierto.-estuvo de acuerdo Urano.- Luke ayudó. Pero el héroe fuiste tú. La
profecía decía que un hijo de alguno de los Tres Grandes llegaría a los dieciséis, contra todo pronóstico, y ahí estabas tú, saliendo vivo de todos los líos en los que me te metías. Por otro lado, estaba Luke, pero él no era hijo de Zeus, Hades o Poseidón, así que descuéntalo. Además, fíjate en el hecho de que en el momento en que le diste a Luke el cuchillo de Annabeth, fue el momento en que cumpliste los dieciséis. Curiosamente, el momento exacto..-miré a mi hijo Luke, que estaba haciéndose el idiota con Bianca Valdez. Rachel iba detrás de Frank Grace, y Charly estaba sentado con Annabeth mirando a sus abuelos Olímpicos con curiosidad. Miré a Urano otra vez.
- Sí, pero…-
- No hay más peros, Percy.-me dijo.- El héroe eras tú, como lo fuiste hace
veinte años. Un humano diría erróneamente que lo que pasó, se dio gracias al hijo de Zeus, pero yo me niego a decir eso. Si tú no lo hubieras instado a rezarme, Gea habría acabado con todo a su paso. El héroe eres tú, pero no por haber detenido a Cronos, eso sí lo hizo Luke. Tú tomaste la decisión de darle el arma, de volver a confiar en él aunque significara tu muerte y la de todos sus seres queridos. Eso es ser un héroe, Percy. Los héroes se valen de los pequeños detalles, no mucho de los grandes.-afirmó Urano.- Pero, bueno, Percy, querido, son aguas pasadas. Disfruta de tu vida. Ahora, ¿dónde está la comida? ¡Tengo hambre!-
Volví a la mesa con Annabeth, y me senté a su lado. Poseidón me miró, como si tuviera que decirme algo importantísimo, y luego miró a Atenea.
- Percy,-empezó.- hay algo que debes saber.-
- Es algo personal.-
Me relajé. Entonces, no era nada muy importante. Lo era, claro, él era mi padre, pero el mundo no dependía de ello. Annabeth me codeó disimuladamente cuando Poseidón se giró para mirar a Atenea.
- Están en pareja.-me susurró ella.
- ¿Qué?-pregunté, atontado.- Se han odiado durante milenios, ¿ahora están
juntos?- Ella asintió.
- Lo deduje hace una media hora, cuando los vi entrar.-me explicó.
- Bueno, um…-mi padre se dio la vuelta y me encaró.- Atenea y yo estamos
saliendo.-
De acuerdo, Annabeth era infalible, tanto como Delfos había sido. Aunque ella ya me había contado su suposición, no pude evitar una auténtica sonrisa. Mi madre entró por la puerta, acompañada de Paul. Quirón me había dicho que los dejaría entrar al Campamento Mestizo para las fechas especiales si yo estaba ahí. También el padre de Annabeth venía para su cumpleaños y ocasiones como navidad o año nuevo. Esta vez había venido también, acompañando a mi mamá y a Paul. Vinieron hasta la mesa y ella me dio un gran abrazo. Paul y el señor Chase hicieron lo mismo, y los tres se sentaron en nuestra mesa. Poseidón echó una mirada a mi madre, y luego se dedicó a cuchichear con Paul sobre los resultados del partido de fútbol americano del día anterior. Mi madre me aporreaba con cosas sobre Charly y Luke, mientras el doctor Chase picaba a Annabeth con algo sobre Rachel. La madrastra de Annabeth no había podido venir hoy, pero en ocasiones también venía. Atenea hablaba con Grover sobre algo –no pude oír qué-. De todas formas, no parecía nada importante. Finalmente, pude entablar una conversación con Annabeth. Le conté mi conversación con Urano detalladamente, y ella no pudo hacer nada más que sonreír.
- Creo que si me lo hubiera dicho a mí…-
- Lo que, curiosamente, vengo a hacer.-dijo una voz a mis espaldas. Los
cuchicheos en nuestra mesa se silenciaron. Paul y el doctor Chase miraron a Urano y se quedaron boquiabiertos.
- ¿U-U-Usted e-e-es U-U-Urano?-preguntó mi padrastro, que lo había
reconocido en seguida como el padre de Cronos. El doctor Chase dejó escapar un susurro ininteligible, y palideció.
- Sí.-dijo él sin darse importancia. Chasqueó los dedos e hizo aparecer tres
sillas. Zeus y Hades ocuparon las otras dos.
- Venimos a decirte que…-empezó uno de mis tíos, pero Urano los calló.
- Digan la verdad. Acabo de obligarlos.-
Bueno, eso me bajó un poco las ganas de hablarles, pero Annabeth me apretó el brazo y, de mala gana, me quedé escuchando.
- A decirte, Perseus Jackson, que…-parecía que a Zeus se le amontonaban las
palabras en la boca, que no quería decirlas. Hades le hizo el favor.
- A reconocer que aquella vez necesitamos tu ayuda.-
Me quedé pasmado. Los Olímpicos habían cambiado mucho en los últimos veintisiete años. Hoy día, sólo las cabañas de Hera, Hestia y Artemisa estaban vacías. Cuando venían las cazadoras –lo que ahora habían con frecuencia-, había dos cabinas vacías –Hera y Hestia-. Los dioses habían cumplido su promesa todo este tiempo. Eso me hizo sentir mejor. No se podía ser abierto con los dioses, pero supuse que no pasaría nada por una vez.
- Son mi familia.-dije.- No podía simplemente dejarlos ahí.-
Urano asintió comprensivamente con la cabeza. Zeus y Hades se miraron atónitos.
- Algo me intriga, muchacho.-dijo el rey de los dioses.-
- Y a mí.-reconoció el dueño del Inframundo.
Annabeth le echó una mirada nerviosa a Hades. Aún tenía malos recuerdos de su estancia en el Inframundo –me refiero a cualquiera de ellas, salvo la última-.
- Eres un arquetipo de persona.-Urano miró de mí a Zeus, y de éste a Hades, como si esperara que ellos dijeran eso.
- Distinto.-terció Zeus. Su voz sonaba presionada, como si estuviera haciendo
un esfuerzo por hablar.
- Oh, vamos.-se quejó mi bisabuelo.- Antes de crear tanto suspenso, mejor abrácenlo.-
Pero los dioses no se movieron. Eran demasiado fríos para hacer eso. O al menos, eso creí hasta que Hades se levantó y me rodeó con los brazos lentamente, retrocediendo un par de veces al principio. Su túnica negra con caras que iban y venían de aquí para allá, ya no existía. Sin embargo, poco había cambiado. Esta era negra con estrellas pequeñas en alguna que otra parte. Finalmente, y con algo de obligación, Zeus lo imitó. Todos los presentes se quedaron atontados, pero tan pronto como el rey de los dioses me soltó –para lo cual no pasó mucho tiempo-, todos volvieron a lo que estaban haciendo. Minutos más tarde, los dos se fueron. Pasé la tarde riendo con Urano y Poseidón, hasta que finalmente, más o menos a las ocho de la tarde, se fueron todos. Mi madre y Paul se despidieron y Argos –el tipo de seguridad-, los acompañó. El doctor Chase tuvo unas palabras con Annabeth acerca de Rachel y luego se fue también. Ella vino hasta mi lado, y le pasé el brazo por los hombros.
- ¿Qué te dijo?-
- Me dio consejos para cuidar a Rachel. Como si él supiera más que yo.-se
quedó pensando un momento.
- Orgullosa.-le susurré.
Ella se rió y me pegó en el hombro.
- Lealtoso.-
- ¿Qué es lealtoso?-pregunté. En verdad, la palabra no existía.
- Es mejor que decir: “hombre que necesita terriblemente mantener la lealtad personal”, ¿no?-
Ahora fue mi turno de reírme. Luke lanzaba chorros enormes de agua por los aires con el tridente de Poseidón y mandaba una lechuza volando por todo el campamento. Los campistas corrían despavoridos ante la visión del animal asesino,