Una de las ideas centrales de Bosch en su libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro, es que a partir de la guerra hispanoamericana de 1898, Estados Unidos reactualiza las dinámicas imperiales decimonónicas en el Caribe. Sin embargo, es claro que en los años sesenta, estas dinámicas habían sufrido variaciones. Para Bosch la intervención del 16 era diferente de la del 65. Aunque los métodos habían sido similares, arguyó que la finalidad era distinta. Bosch concluyó que la nueva política imperial desplegada en la República Dominicana y en Vietnam era la pentagonista. Ésta se diferenciaba radicalmente de la primera ya que no buscaba la inversión de capital en esos territorios, sino la activación de la economía interna estadounidense a través de la puesta en marcha de una economía de guerra orquestada desde el Pentágono, núcleo que concentraba todo el poder militar norteamericano50:
Las fuerzas militares de un país pentangonista no se envían a conquistar territorios coloniales. La guerra tiene otro fin; la guerra se hace para conquistar posiciones de poder en el país pentagonista, no en un territorio lejano. Lo que se busca no es un lugar donde invertir capitales sobrantes con ventajas; lo que se busca es tener acceso a los cuantiosos recursos económicos que se
50 En El nuevo imperialismo, David Harvey propone una interpretación similar para diferenciar el imperialismo estadounidense de regímenes imperiales decimonónicos como el inglés o el francés. Exceptuando el caso de Irak, Harvey afirma que Estados Unidos pocas veces precisa de una ocupación colonial directa. Su poder sería ejercido tanto a través de redes de poder económico como a través de insituciones internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Por su parte, en Imperio, Negri y Hardt ven en el pase del imperialismo a Imperio una hegemonía en la cual ya no se precisa de fronteras territoriales fijas (12).
movilizan para la producción industrial de guerra; lo que se busca son beneficios donde se fabrican las armas, no donde se emplean, y esos beneficios se obtienen en la metrópoli pentagonista, no en el país atacado por él (Pentagonismo 22).
El pase del imperialismo al pentagonismo implicó un cambio sustantivo en la visión sobre Estados Unidos. A continuación desglosamos las principales diferencias de esta nueva categoría teórica-política con respecto a la del imperialismo:
Figura 1. Pentagonismo
Imperialismo Pentagonismo Colonización exterior Colonización interna
Metrópolis Metropocolonia, impentagonal
Recursos externos Recursos internos
Ganancias a mediano y largo plazo Ganancias a corto plazo
Poder civil Poder militar
Destino Manifiesto Guerra defensiva, Doctrina Johnson
La primera premisa desde la que parte Bosch es la de que el pentagonismo es el producto del capitalismo ‘sobredesarrollado’ que se produjo a raíz de la extraordinaria expansión industrial tras la segunda guerra mundial51. La dinámica de esta nueva economía conllevó a que los principios individualistas de la sociedad
liberal fueran suplantados por lo que él denomina una “sociedad de masas”. Sin definirla claramente, afirma que esta sociedad consiste en la “actuación masiva dirigida por una voluntad externa a la conciencia del pueblo norteamericano” (Pentagonismo 34). Esta voluntad externa desplazó paulatinamente al poder civil constituyendo poderes hegemónicos ajenos a las figuras institucionales tradicionales52. Uno era el poder militar y el otro el de la CIA (Pentagonismo 34). El centro de operaciones del primero lo estableció el Pentágono, como centro de mando de todas las fuerzas armadas (Pentagonismo 34). Ya, para la década de los sesentas, el Pentágono había producido un quiebre definitivo en la tradición liberal estadounidense, relegando el poder civil a la esfera doméstica y dejando la política internacional en manos de los militares. Dicha política consistía en el sostenimiento de la guerra permanente en el exterior a fin de movilizar la economía interna creando poderes vinculados a la industria armamentista. De esta manera, el pentagonismo consolidó su poder al interior de Estados Unidos creando una vasta red expansiva:
El pentagonismo es un núcleo de poder que tiene por espina dorsal la organización militar, pero que no es exclusivamente eso. En el pentagonismo figuran financieros, industriales, comerciantes, escritores, periodistas, agentes de propaganda, políticos y religiosos; el pentagonismo es una suma de grupos privilegiados, la crema y nata de los Estados Unidos (Pentagonismo 38).
Apoyándose en cifras macroeconómicas, Bosch argumenta que esta red de poder se volvió más real y poderosa que el gobierno federal, es decir, que el gobierno civil (Pentagonismo 38). Su radio de ingerencia operaba pues, al interior
52 En este poder que “supera” los límites institucionales estadounidense es posible releer hoy la semilla de un capitalismo trasnacional que finalmente trasciende para Negri y Hardt, los límites del Estado Nación. Si Bosch habla de una colonización interna ―la metropocolonia―, Negri y Hardt refieren una lucha intestina, donde el Imperio ya no tiene un “afuera” (64)
de Estados Unidos y no en los territorios conquistados como lo hacía el imperialismo. Si la periferia simplemente pasó a ser el “depósito final de los bienes producidos y cobrados en la metrópoli” (Pentagonismo 28), ‘la crema y nata estadounidense’ ejercía una explotación real en el escenario mismo de la metrópolis:
El pueblo pentagonista es explotado como colonia puesto que es él quien paga a través de los impuestos los aviones de bombardeo que enriquecen a sus fabricantes; de donde resulta que la metrópoli pentagonista convierte a su propio pueblo en su mejor colonia; es a la vez metrópoli y colonia, en una simbiosis imprevista que requiere un nuevo vocablo para ser definida (…) No hay ya una metrópoli que explota y una colonia explotada; hay otra cosa; hay el ‘impentagonal’ o la ‘metropocolonia’” (Pentagonismo 22-23).
La metropocolonia no sólo proveía recursos económicos a través de la recaudación de los impuestos, sino que también suministraba los ciudadanos que debían conformar los ejércitos en territorios extranjeros. Para Bosch, el pentagonismo convertía a sus ciudadanos en meras víctimas de un poder hegemónico que operaba al interior del espacio nacional. Las ventajas que ofrecía esta nueva forma de colonización interna eran dos: La capitalización generada por la economía de guerra permanente era mayor y mucho más rápida que la inversión de capitales en los territorios coloniales periféricos y, la segunda ventaja, estribaba en la superioridad moral de su doctrina, ya que el argumento para intervenir en otros países era el de la guerra defensiva y la “defensa de la democracia”, evadiendo así cualquier motivación imperialista en sus ataques militares53.
53 En cierta sintonía, Negri y Hardt exploran “el renovado interés en el concepto de bellum justum, o “guerra justa” como parte integral de uno de los dos brazos que sostendrían actualmente el derecho imperial
La articulación de este discurso de guerra defensiva se encontraba en la doctrina Johnson, en la cual la lucha contra el comunismo sustituía los imperativos del Destino Manifiesto. La revolución cubana había ofrecido pues, la excusa perfecta para los ataques pentagonistas cuyas máximas expresiones habían sido las invasiones militares en Vietnam y en la República Dominicana.
Ahora bien, ¿qué hizo posible el surgimiento de la metropocolonia, la pentagonización del propio pueblo norteamericano? A pesar de que Bosch se define a sí mismo como marxista, echa mano de varios argumentos ajenos a las contradicciones sociales y la lucha de clases para configurar su teoría política. Para el dominicano, el fenómeno de la hegemonía del poder militar en Estados Unidos se debía a varias razones. La primera tenía que ver con el grado de inmadurez intelectual del pueblo norteamericano: “El pentagonismo fue un hijo no esperado que nació de la economía de guerra en una sociedad sorprendentemente desarrollada en el campo económico y sin embargo, sorprendentemente subdesarrollada en el terreno de las ciencias políticas” (Pentagonismo 54). Siguiendo la caracterización utilitarista que Rodó atribuyera a Estados Unidos, Bosch esgrime el desequilibrio de una nación extraordinariamente pragmática pero pobre en términos intelectuales y espirituales. La debilidad del poder civil se debía a la incapacidad política de sus dirigentes que sólo perseguían fines utilitarios. Según Bosch, en el campo de la política, “para un norteamericano, un idealista es un estúpido, puesto que arriesga la posición, que es lo que realmente tiene valor, a
una necesidad de la “ciudad mundial” para garantizar su propia supervivencia. Se ha vuelto, en verdad, una actividad que se justifica por sí misma. En este concepto de guerra justa se combinan dos elementos distintos: primero, la legitimación del aparato militar, en tanto está éticamente basado, y, segundo, la efectividad de la acción militar para alcanzar la paz y el orden deseados” (26)
cambio de defender su ideal, que es algo que no tiene rendimiento palpable” (Pentagonismo 85). De un modo determinista llega a afirmar que: "Los Estados Unidos son políticamente un país de burócratas y funcionarios, no de líderes” (Pentagonismo 79). Al hacer esta valoración negativa, Bosch implícitamente recupera por oposición, la figura iluminada del intelectual letrado latinoamericano: “A la hora de hacerse dueños y señores del campo político internacional del país, los pentagonistas no encontraron estadistas de talla ni políticos de categoría que se le opusieran, a la hora de colonizar a su pueblo pudieron hacerlo prácticamente sin oposición” (Pentagonismo 80). En el fondo, lo que Bosch hace es establecer una paridad diferencial con el otro estadounidense, teniendo muy en cuenta el referente histórico dominicano en el que la población civil había salido a las calles en el año 65 a combatir activamente las fuerzas pentagonistas, bajo la conducción de dirigentes militares e intelectuales de la talla del mismo Bosch. Para apoyar esta paridad diferencial, él contrarresta la palabra inglesa ‘politician’ con su equivalente en castellano ‘político’ asegurando que la primera estaría ceñida a una semántica meramente utilitaria. Para Bosch, el ´politician´ es aquel que ejerce un cargo público y está determinado por éste, no por sus condiciones personales o políticas: “la palabra ‘politician’ se aplica a aquel que en la actividad pública persigue un cargo y sus ventajas, en vez de dedicarse a defender principios” (Pentagonismo 85). Esta sería “la causa de que los norteamericanos tengan ‘politicians’ en vez de políticos” (Pentagonismo 85), y explicaría además, el hecho de que: “En sus orígenes cuando todavía había en Estados Unidos gentes con ideales políticos, no meramente con
modo a los políticos” (Pentagonismo 83). Mediante la escritura misma de este texto teórico, Bosch se legitima frente al burócrata norteamericano que ejerce la actividad política; se inscribe como el líder, el estadista letrado ausente en la sociedad pentagonizada estadounidense.
La segunda causa del desarrollo del pentagonismo se sitúa ya no en la caracterización utilitaria de la práctica política norteamericana, sino en un esencialismo identitario. Para Bosch, Estados Unidos es en esencia “una nación de guerreros” (Pentagonismo 42). Prueba de ello habrían sido la cantidad de guerras sostenidas por ese país a lo largo de su historia contra ingleses, españoles, mexicanos, alemanes, chinos, japoneses, italianos y contra su propia población indígena (Pentagonismo 42). El ejemplo más contundente para tal afirmación lo constituye la guerra de secesión en la que “los Estados Unidos [fue] el único gran estado industrial que tuvo una guerra formal dentro de sus límites nacionales” (Pentagonismo 42). El carácter guerrerista estadounidense nuevamente afirma la construcción de una alteridad caracterizada por un voluntarismo práctico; en este caso, el uso de la fuerza en oposición al ejercicio de la inteligencia. El predominio del ejercicio bélico en oposición al ejercicio político que Bosch defiende, reduce la esfera cívica a la práctica burocrática y militar. De acuerdo a Bosch, la admiración por los jefes militares del pueblo estadounidense es tal, que una cantidad significativa de funcionarios políticos tenían un pasado bélico victorioso: la mayoría de “los gobernantes del país que organizaron la guerra para conquistar otros países, eran civiles” (Pentagonismo 43) y pone de ejemplos a figuras como George Washington Andrew Jackson, Ulises S. Grant, Theodore Rooselvelt y Ike Eisenhower
(Pentagonismo 43). Bosch concluye que “bajo la apariencia de país dedicado a actividades pacíficas, los Estados Unidos venían criando en su seno un pueblo inclinado a la guerra, admirador de los jefes militares victoriosos, con estadistas civiles que usaban el poder militar para conquistar territorios ajenos” (Pentagonismo 43). El pentagonismo pues, encontró en el carácter bélico estadounidense el terreno propicio para su entronización.
Sin embargo, el voluntarismo militar, delatado en la pobreza espiritual e intelectual del pueblo norteamericano, no se debía a su esencia anglosajona como lo había estipulado Rodó a principios de siglo. En 1967 los referentes históricos de Bosch son un poco diferentes del uruguayo. En su historiografía, el escritor dominicano tiene en cuenta la segunda guerra mundial y el escenario de la guerra fría como determinantes del surgimiento del pentagonismo. Para él, el “carácter nacional norteamericano” estuvo determinado por unas “raíces biológicas e históricas” que confluyeron con el “concepto misional creado por la propaganda anticomunista” (Pentagonismo 40). Sin desarrollar mayormente la idea del concepto misional —que deja implícita en la lucha liberadora contra el comunismo de la doctrina Johnson—, Bosch establece que dichas raíces son en realidad, germánicas y no anglosajonas. La dinámica de la guerra fría habría posibilitado el predominio de esas raíces por sobre otras existentes en el carácter nacional norteamericano. Repitiendo el gesto de los intelectuales liberales decimonónicos y de principios de siglo, Bosch determina una esencia nacional a través de la composición biológica de su sociedad. Según él, la gran cantidad de inmigrantes europeos que se estableció
en Estados Unidos entre fines del siglo XVII y mediados del XIX estuvo compuesta de alemanes (Pentagonismo 41):
En Norteamérica hay regiones enteras que fueron pobladas por alemanes, y llegó a haber alemanes de nacimiento en todas las ramas del gobierno federal y de los Estados Unidos. Los hábitos de pensar y de sentir típicos del germano debieron ser predominantes en la época de la elaboración de eso que podríamos llamar los fundamentos del carácter nacional norteamericano (Pentagonismo 41).
La inmigración germana habría propagado en Estados Unidos, su ‘natural’ inclinación bélica: “la más distintiva de las inclinaciones germánicas fue la propensión a confiar a las armas, no a la acción política, la solución de sus conflictos con otros pueblos” (Pentagonismo 41). El desplazamiento de una identidad anglosajona a una germánica para constituir el sujeto estadounidense respondió muy seguramente a un sentimiento antigermánico dejado tras la derrota de Alemania en la segunda guerra mundial. Esta valoración negativa le permite a Bosch, ahora desde su nueva posición de izquierda, una no muy sutil conexión del fascismo con la nación estadounidense. Las raíces germánicas del pueblo norteamericano no sólo se traducen en el uso frecuente de las armas para dirimir sus conflictos sino también en sus odios raciales. Así como “durante siglos los germanos tuvieron una inclinación evidente hacia los odios raciales” (Pentagonismo 41) así también, “el pueblo norteamericano es racista, odia al negro, odia al indio y al hispanoamericano, y si no desarrolló odio al judío se debe a su peculiar educación religiosa, y siendo los judíos el pueblo del Libro Sagrado, no debía ser perseguido” (Pentagonismo 41).
Bosch se suma a la corriente intelectual de Martí y del dominicano García Godoy para colocar el problema del racismo en Estados Unidos, obviando por completo el exterminio en 1937 de haitianos en la zona fronteriza de su país. Bosch sugiere, como Américo Lugo, una visión de Estados Unidos no unificado, ya que estaría profundamente escindida al interior. Esta escisión no sólo se refiere a la segregación racial, sino también como ya vimos, a una segregación económica y social impuesta por ‘la crema y nata’ de ese país al resto de sus ciudadanos. En cuanto a las esfera económica Bosch llega a afirmar que,
en realidad los Estados Unidos no son un país, dicho en términos de poder; son varios países con varios poderes, todos, o casi todos, en lucha unos con otros. La General Motors es por sí sola un poder económico y social, que influye en la vida política del país mediante agentes de presión que actúan en Washington; pero la Ford Motors Company es otro poder, no tan grande como la General Motors, pero poder al fin, y en competencia con ella, y con sus grupos de presión establecidos también en Washington (….) y por esta vía sigue una cadena interminable de poderes lanzados a un combate feroz (Pentagonismo 84)
La rapacidad de estos poderes satélites pentagonistas amenaza la cohesión del país, como si el capitalismo de por sí fuera antitético de lo nacional. Esta cohesión también se ve debilitada por estos poderes que suprimen el ejercicio político de sus ciudadanos. El pueblo pentagonizado se encuentra con que: “hay autoridades con poderes excepcionales que no son elegidas por él” (Pentagonismo 36) ya que ni siquiera tienen una base jurídica-institucional definida. La conclusión final de Bosch es que el Pentágono se cierne como un poder paraestatal que terminará finalmente por engullir al gobierno civil. La visión del pueblo norteamericano es la de un sujeto sin agencia sobre su propio devenir histórico. La
Bosch, no es la de una sociedad que obedece a las dinámicas de las masas, sino que por el contrario, obedece a una voluntad externa a ellas y ejerce su poder sobre ellas de manera unilateral. El estadounidense es así, un sujeto pentagonizado54.
Sin embargo, Bosch encuentra una única excepción. Como consecuencia de la agudización de las escisiones internas provocadas por este poder hegemónico surge una rebelión, la de los movimientos negros. En particular aquellos que se expresan de manera violenta ante el sistema pentagonista. Enmarcado en el contexto de las luchas de liberación nacional de los años sesenta, Bosch ve la “manifestación violenta y masiva de la rebelión negra” (Pentagonismo 128) como la única alternativa viable y concreta de resistencia dentro de Estados Unidos. Esta afirmación es doblemente reveladora. Primero, porque al desechar la opción institucional, repite la dinámica pentagonista que critica. Segundo, porque a pesar de su nueva adhesión al marxismo, Bosch superpone el factor racial por sobre el social como determinante histórico. Esta combinación racial/clasial fue propia de algunos activistas negros norteamericanos como Harold Cruse, quien en 1962 aseguraba que el pueblo negro estadounidense vivía bajo el colonialismo doméstico y de allí que sus luchas debiesen ser entendidas como parte de los movimientos mundiales de descolonización (Helley 12). Alineado con este discurso, Bosch percibe que el “Black Power no es una mera rebelión social” (Pentagonismo 129), sino que se trata de un “movimiento político provocado, en lo que se refiere a su organización y militancia, por la política internacional de Estados Unidos, lo que
54 Para Bosch ,“el pueblo de los Estados Unidos es pentagonista o está pentagonizado, cree en el poder de las armas y confía en él para dirimir los problemas internacionales, y por lo tanto no oye a los que predican lo opuesto”(Pentagonismo 72).
equivale a decir por las actividades del pentagonismo” (Pentagonismo 130). A pesar de que Bosch reconoce que todos los sectores sociales subalternos norteamericanos son las principales víctimas del pentagonismo, en términos políticos sólo los