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nacionalismos.

Las fuerzas de la oposición.

En los noventa, la oposición al régimen estaba formada por distintas opciones políticas: carlistas, socialistas, asociaciones obreras, republicanos o anarquistas, aunque ninguna de ellas tenía la suficiente fuerza y raigambre como para desestabilizar al régimen.

Los republicanos de los años noventa estaban divididos en varias facciones: los progresistas de Ruiz Zorrilla, partidarios del golpe militar y acciones de fuerza; los federales de Pi y Margall, que defendían la organización federal de España, los centralistas de Nicolás Salmerón, donde había intelectuales ligados a la Institución Libre de Enseñanza, y los posibilistas de Emilio Castelar, que se autodisolvieron al incorporarse a los liberales más adelante. Todas eran formaciones interclasistas, pero estaban compuestas por distintas elites. Era muy importante para su desarrollo la existencia de tertulias, ateneos y cooperativas. Y utilizaban con notable éxito la plataforma de lanzamiento que representaba la prensa. Periódicos como El Globo, El País, La Publicidad o El Nuevo Régimen, fueron un vehículo fundamental para expandir sus ideas. Para proponer los graves problemas sociales y económicos, proponían mayor intervención del estado en los asuntos laborales, creación de cooperativas de explotación, reparto de tierras o concesión de créditos baratos. Los republicanos tuvieron mayor predicamento en la ciudad que en el campo, aunque también se extendieron por

núcleos rurales de Cataluña y Andalucía. Fueron siempre un punto de referencia para las organizaciones obreras.

Los líderes aparecían como defensores de la integridad moral en la vida y en la política, y sus discursos estaban repletos de una gran carga moralizante, aunque también hubo abusos, errores y corruptelas entre estos mismos líderes republicanos.

El triunfo de los republicanos en las elecciones de 1893, a las que se presentan unidos y consiguen 43 diputados, representa la aceptación como una opción política más. Para conseguir buenos resultados electorales tuvieron que recurrir a los mismos mecanismos que los otros partidos y sobre todo dejar al margen la violencia.

Los carlistas.

A partir de 1888 los carlistas trataron de incorporarse a la sociedad y acogiéndose a una reciente Ley de Asociaciones, tanto don Carlos como el marqués de Cerralbo, llevaron el partido hacia una vida social activa. Trataron de integrarse en la vida política a través de una importante labor de propaganda, tanto oral como escrita. Defendían la monarquía tradicional y el catolicismo integrista, que se circunscribía, sobre todo, a Navarra y las provincias vascas, aunque el nacionalismo vasco pronto les restó partidarios. Poco a poco la ideología carlista fue perdiendo su razón de ser y cuando muere el pretendiente, Carlos VII, en 1909, y diez años más tarde el partido se escinde, nunca volverán a la gloria de antaño.

Organizaciones obreras.

A fin de siglo el movimiento obrero no sólo se desarrolló en el seno de los partidos políticos, sino que también creció a través de asociaciones que defendían los derechos de los trabajadores y trataban de mejorar sus condiciones de vida. Pero en el fondo, detrás de la mayoría de estas asociaciones latían las ideas de diversos partidos políticos, bien fuesen anarquistas, socialistas o republicanas, e incluso católicas. Los anarquistas españoles defendían posturas pacifistas y buscaban una sociedad en la que primase la armonía natural, la igualdad y la solidaridad, además del rechazo a las normas, que consideraban restrictivas y coercitivas. Pero algunos militantes, a veces de manera totalmente individual, llevaron a cabo actos terroristas y por eso todos los anarquistas en general tuvieron que sufrir una brutal represión, porque se identificaba anarquismo con terrorismo y violencia. Pero no solo eran violentos los anarquistas, porque en 1892 una masa de campesinos trata de hacerse con el control de Jerez de la Frontera para liberar a varios compañeros que estaban en la cárcel. Hubo tres muertos en el asalto, cuatro penas de muerte y 16 cadenas perpetúas. En 1891 varios anarquistas colocaron una bomba en los locales de Fomento del Trabajo, y el capitán general de Cataluña, Martínez Campos, sale ileso de un atentado. Ese mismo año estalla una bomba en el Liceo de Barcelona, con 22 muertos, y en la procesión del Corpus, también en Barcelona, estalla una bomba, y mata a 45 personas. En 1894, como resultado de esta ola de atentados, se aprueba la primera ley antiterrorista, que condenaba los atentados y asociaciones que amparaban esos delitos. La policía emprende una dura campaña represiva.

Movimiento socialista.

En los noventa el partido socialista continua expandiéndose, pero lentamente. Se trata más bien de un período de maduración

ideológica y de consolidación en la organización y hasta que Pablo Iglesias no llegó al Parlamento en 1910, no se inicia su verdadera proyección en política. El socialismo está en auge sobre todo en los sectores industriales, mineros y siderúrgicos, y en el campesinado de manera bastante escasa, así como entre la mayoría de intelectuales. Hasta 1910 nunca consiguieron más de 30.000 votos, por lo cual no conseguían diputados, así que a falta de presencia parlamentaria, su vida política y manera de darse a conocer se producía en la calle, a través de la prensa, de los círculos obreros y de la labor sindical, a través de huelgas y manifestaciones. El semanario El socialista era su principal órgano de propaganda y durante varios años fue su único órgano estable. Poco a poco van haciendo congresos en la mayoría de las ciudades más importantes de España y es en las elecciones municipales de fin de siglo cuando tienen más éxito y cuando se empieza a poder plasmar su proyecto político.

Los nacionalismos.

En la última década del siglo hay una transformación en las regiones periféricas, en donde se empiezan a defender particularidades de cada zona y se pone en cuestión la unidad de un estado centralista. También hay que decir que esta explosión coincide con un esplendor de movimientos culturales de significación regional. Y también es muy importante el desfase existente entre la evolución de las elites dirigentes en el País Vasco y Cataluña con el resto del país. Todo ello hace que se afirmen los nacionalismos y que se formulen propuestas diferentes para la articulación del estado.

Desde los años setenta comienzan a proliferar en Cataluña publicaciones regionalistas donde se afirma la idea de una nacionalidad catalana, y ahí caben los artículos de Juan Mañe i Flaquer, director de Diario de Barcelona, o los del obispo de Vic, José Torras y Bages, cuyas ideas tienen mucho

predicamento en el mundo rural. El primer periódico en catalán es Diari Catalá, que data de 1877. El primer congreso catalanista se celebra en 1880, y dos años más tarde se crea el Centre Catalá. En 1886 aparece el libro Lo Catalanisme, de Valentín Almirall, quien desde posiciones federalistas evoluciona hasta un catalanismo conservador. En 1885 le presentan al rey un documento promovido por una coalición de instituciones catalanas, el Memorial de Greuges, donde se defienden intereses morales, políticos, legales y económicos privativos de Cataluña; y que respondía al sentimiento de que el código civil y los tratados comerciales, especialmente los firmados con Gran Bretaña, perjudicaban los intereses catalanes, y por eso reclamaban la concesión de unos derechos especiales para Cataluña. A partir de ese momento el nacionalismo catalán se va afirmando cada vez más. En 1887 se funda la Lliga de Catalunya, de raíces católicas y conservadoras, con hombres tan significados como Montaner o Prat de la Riba. Poco a poco se van organizando una serie de mítines en donde se defiende la idea de un derecho civil catalán, se reivindica la nación catalana y se reclama que Cataluña vuela a tener cortes generales independientes. Este discurso va subiendo de tono de manera progresiva y en 1890 Prat de la Riba defiende la existencia de una patria catalana, en razón de una lengua, una historia y un derecho propios. La fusión del Centre Escolar y la Lliga de Catalunya da lugar a la Unió Catalanista, en cuya primera asamblea se aprueban las Bases para la Constitución Regional Catalana, donde se defiende la restauración de las antiguas instituciones del principado y se reclama el traspaso de competencias políticas, económicas, jurídicas y militares a Cataluña. Pero nunca se llega a cuestionar la integración del estado catalán en el seno del estado español. Para conseguir sus objetivos, desde los años noventa los catalanistas aumentan su presencia en las principales instituciones regionales hasta llegar a controlarlas. En 1901 se crea el primer partido catalanista, la Lliga Regionalista de Catalunya, liderada en un primer momento por Prat de la Riba, y donde luego destacaría Francisco Cambó. A partir de la pérdida de las colonias y el aumento del descontento social, surge un nacionalismo más radical. Desde el

mundo de la cultura también se promueve la afirmación del nacionalismo, mediante movimientos como la Renaixença o el noucentisme. Instituciones como el Ateneo de Barcelona o la Academia de Jurisprudencia, revindicaron la existencia de una cultura propia.

En el País Vasco el movimiento nacionalista es distinto, aunque coincida en el tiempo con el catalán. La ley de 21 de julio de 1876 había derogado los fueros vascos y en su lugar se aprobaron conciertos económicos en 1878, que permitían al País Vasco mantener un sistema privativo de autonomía fiscal, por la cual las propias diputaciones provinciales eran quienes recaudaban los impuestos y luego pagaban el cupo señalado al estado. Pero estas medidas no parecían ser suficientes. La supresión de los fueros conllevó un descontento que acabó en la afirmación de una lengua vasca y la s particularidades regionales. En los noventa Sabino Arana hace de los fueros el símbolo de la soberanía vasca, y afirma que los vascos, por su lengua, su cultura y sus costumbres, son una nación particular, independiente del resto de España. Publica en esta época su obra Vizcaya por su independencia, funda el periódico Bizkaitara y crea el Partido Nacionalista Vasco. Se empieza a hablar de Euskadi como la patria de los vascos, se reivindica el uso del euskera y se promulga la necesidad de la euskaldunización de la sociedad. Se idealiza el mundo rural y las costumbres de los antepasados justo en un momento en que la zona empieza a modernizarse a marchas forzadas. Por eso el movimiento vasco tiene más éxito en el campo y gana calado social ante la moderación del discurso separatista y la colaboración con grupos de la derecha católica. Arana es elegido diputado provincial por Bilbao y se incorpora al partido el

grupo liderado por el naviero Ramón de la Sota. En 1902 Arana declara que el objetivo debe ser luchar desde la legalidad por una autonomía lo más amplia posible dentro del estado español. Por tanto, al nacionalismo vasco se le abren dos caminos: uno posibilista y autonomista, y otro antiespañolista e independentista. Los nacionalistas vascos consideran a España dentro de una vertebración centralista que rechazan, y reclamaban la autonomía y la autogestión como primeros pasos de unos objetivos que iban más allá. Pero este nacionalismo no supo ganarse a la oligarquía vasca, plenamente identificada con la Restauración.

En Galicia desde fines de los ochenta aparecen publicaciones donde se afirman sus características especiales como pueblo, destacando El regionalismo, de Alfredo Brañas, o los escritos de don Manuel Murguía, que le convirtieron en una especie de patriarca del nacionalismo gallego. Desde una inspiración algo más liberal escribe Aureliano Pereira, de carácter federalista, que logra el apoyo de la burguesía y de algunos núcleos campesinos. El clima de estas obras se plasma en movimientos como la reunión de la Asamblea Federal de la Región gallega, celebrada en Lugo en 1887, en la cual se aprueba el Proyecto para la Constitución del Estado Galaico. Murguía preside la Asociación Regionalista Gallega, de la cual luego se escinde la Liga Gallega de La Coruña, de inspiración liberal, y la de Santiago, más conservadora. En la segunda década del siglo XX surge una formación política gallega que ya es claramente nacionalista; As Irmandades da Fala.

El nacionalismo valenciano tiene un despertar más tardío, aunque ya a final de siglo comienza un discurso de afirmación nacionalista a través de los escritos de Faustino Barberá, De regionalisme y Valentinicultura, o las obras de

Blasco Ibáñez. Se hablaba de las condiciones específicas de los valencianos, de las antiguas costumbres y de una lengua forjada entre las presiones del catalán y del castellano. Pero todavía este incipiente nacionalismo se debate entre la integración en los “países catalanes” o la afirmación de Valencia como nación diferenciada y autónoma.

Tema 10. La pérdida de las colonias. La crisis