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LITERATURE REVIEW AND FRAMEWORK

2.3. Knowledge Chain Model

2.3.2. Secondary Activities of Knowledge Chain

ACOMPAÑAR Y ESCUCHAR LOS SILENCIOS

No es fácil acompañar en el dolor, el enfado, la apatía y presen- tir la derrota pese al intento. Aceptar acompañar a una familia duran- te su proceso de elaboración del duelo implica ya de entrada establecer un vínculo consistente con ella, y hacerlo crea un com- promiso que ata. Antoine de St. Exupéry7 en su obra El principito,

pone en boca de uno de sus personajes, el zorro, cuando llega el momento de despedirse de su nuevo amigo, que debe seguir su camino, estas palabras: “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se puede ver con el corazón”.

Previamente cuando no se conocían, el niño quería un amigo para jugar porque se sentía triste. El zorro le explicaba pacientemen- te que ellos dosno podían ser amigos porque entre ambosno existía

vínculo que los uniera. Además estaban losprejuicios del zorro hacia toda la especie humana que le impedían estrecharlo. El niño dice: “Pero cuando me vaya tú te quedarás triste…”, el zorro responde: “pero no importa porque aquello que me recuerde a ti tendrá un nuevo color para mí… El trigo no me gusta y por eso destrozo los tri- gales pero como tu pelo es del color del trigo, cada vez que mire los trigales pensaré en ti y no estaré triste…” Por eso habrá merecido la pena, porque el mundo ya no volverá a ser el mismo…”.

Nada vuelve a ser igual que antes después del fallecimiento de un ser querido: el dolor poco a poco se transforma en aceptación y la familia continúa su camino en un mundo en el que la persona fallecida ya no estará, pero en este otras personas, otros lugares, otras situaciones le recordarán siempre a su ser querido. Haber tenido ese lazo les ha enriquecido, les hace ver otras cosas y les sentir senti- mientos que de otra forma no lo hubieran experimentado.

Para llevar a cabo el recorrido por las tinieblas de la incertidum- bre y del dolor, es importante sentir una mano amiga, alguien que camina al lado y que comprende lo que ocurre, que lo acepta sin dudar y se mantiene ahí hasta el final del proceso de transformación. La presencia humana en estos momentos contribuye a reforzar la creencia de que aunque la apariencia del mundo es de egoísmo y desapego, la realidad es que siempre hay quien recoge el guante y acompaña en el sufrimiento. No obstante, y volvemos al comienzo de estas reflexiones,, acompañar significa:

• Aceptar la expresión emocional del otro en toda su intensidad, ya sea en forma airada o en sus silencios más profundos y tene- brosos.

• Comprender lo que está sufriendo sin juzgar ni la intensidad ni la calidad del sufrimiento.

• Compartir su dolor porque nos hace conectar con nuestros propios duelos.

• Servir de apoyo sin esperar de ello un tributo. Más tarde el doliente seguirá su camino sin mí.

• Mostrar confianza en la capacidad de superación que tiene cada uno de los familiares.

Marielo Espina Eizaguirre

• Mantener la serenidad ante las transformaciones que los miem- bros de la familia han de sufrir para poder acomodarse a un mundo sin la persona fallecida.

• Manifestar corduracuando todo parece haber enloquecido y el dolor se hace insoportable.

• Respetar las creencias de la familia, sus mitos y valores desde el convencimiento profundo de que les son propios aunque no lleguemos a compartirlos.

• Mostrar compasiónque no es otra cosa más que soportar una parte de la carga sabiendo que el mayor fardo lo llevan ellos. Martínez Gorriarán8explica que acompañar desinteresadamente

a la persona a la que se compadece, que muchas veces dista bastan- te de ser una compañía placentera y no va a poder correspondernos, es un ejercicio práctico de compasión y, añade que ésta se entiende en términos de “compañía, calor humano, afecto práctico y perso- nalizado”. Continúa diciendo que las personas concebimos el vivir como una larga conversación ininterrumpida con nosotros mismos y con los otros y en ese diálogo establecemos unos lazos que signifi- can: “Tú me importas, eres alguien para mí y yo te aprecio y te res- peto”, de este modo nos amamos y nos respetamos, porque somos capaces de hacerlo con los otros y de ponernos en su lugar aún cuando podríamos no hacerlo y evitar así exponernos al sufrimiento ajeno. Sin embargo lo que hago de bueno al otro me enseña a amar- me más a mí mismo y es un bien para todos.

Desde la infancia el niño recrea en sus juegos las escenas que vive para poder comprenderlas y hacerlas suyas. Explica por medio de sus personajes cuanto le ocurre y percibe y dialoga en una narra- tiva inconclusa cómo funciona el mundo para poder comprenderlo y hacerlo suyo

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. A lo largo de la vida, la narración es una forma de explicarnos el mundo pero hay tanto que es inexplicable… La fini- tud, las grandes cuestiones trascendentales del ser humano, cuando son puestas en palabras y éstas se transforman en diálogo nos per- miten comprender lo que de común tenemos con los demás y refuer- za nuestra percepción de seres únicos y diferentes, libres en el dar lo que es nuestro sabiendo que de nosotros se va a disponer en otros niveles ya inalcanzables que se sitúan en la eternidad.

Contar cosas propicia que los otros lo hagan también. Hablando de la familia, J. Marías incide en el valor de la narrativa, el contar cosas los padres a los hijos como un vehículo para crear vínculos con el pasado, adquirir consistencia interna y poder proyectarse hacia el futuro. Todo ello crea un ”Espesor histórico” que puede neu- tralizar lo que define como aterrador actualismo, es decir que los jóvenes viven el presente y si nadie se ha tomado el tiempo de char- lar, de contar sus cosas, de narrar la historia de los hechos familiares, el joven sólo conoce lo que ahora puede escuchar, que no es lo suyo. Su pertenencia a un grupo humano sin vínculos históricos le hace único pero solo, y sin mostrarle cómo acompañar.

Acompañar a la persona que va a morir, tomar parte activa en los cuidados, favorece no solo al doliente sino a cuantos le atienden ya que les ayuda a poder sobrellevar después la pena por la pérdida por la íntima satisfacción de haberle ayudado en sus necesidades hasta el final. Todo ello facilita la posterior elaboración del duelo que va a precisar tiempo y dedicación. Hay ocasiones, sin embargo, en las que es más difícil este proceso de duelo como cuando la persona fallecida es un niño, o la muerte ha sido repentina, o la causa el sui- cidio…o un atentado terrorista, pero también las dificultades se pue- den deber a no haber podido despedirse de la persona de una forma deseada o no haber resuelto antiguas rencillas que los alejaron, sin quitar importancia a la carencia de experiencias anteriores que sir- van de referente al dolor percibido ahora. Estas dificultades propician duelos complicados porque la familia en lugar de ir procesando la pérdida para adaptarse a un mundo sin la persona fallecida, designa a uno de sus miembros para sustituirle y darse tiempo antes de empe- zar a resolver o evitar afrontarlo. Es el caso que relatamos.

Rosa acudió a nuestra consulta porque se sentía desbordada y a su juicio no tenía motivos para ello. Su trabajo le complacía y aun- que vivía en otra ciudad, veía a menudo a su madre, viuda desde hacía dos años. El padre falleció solo en casa de muerte repentina cuando acababa de jubilarse y truncó las expectativas de una etapa dulce tras muchos años de ausencias prolongadas debido a su profe- sión de transportista. Tras su fallecimiento la madre de Rosa no pade- ció, aparentemente, ninguna de las manifestaciones que había observado en otras personas cuando muere alguien cercano. Rosa,

Marielo Espina Eizaguirre

como ya dijimos vivía en otra ciudad y se encontró con que la vení- an a buscar su madre y otros familiares porque “había ocurrido una tragedia y a lo mejor ella, Rosa, no podía soportarlo”. La llevaron a casa en una ambulancia “porque podía presentar síntomas de ansie- dad” y hasta pidieron y le hicieron una revisión a fondo, por si pre- sentaba una cardiopatía no diagnosticada anteriormente (el padre murió de un infarto).

Rosa que no tenía ninguna enfermedad, permitió que cuidaran de ella y pasó incluso una especie de convalecencia. La madre pudo cuidar al marido a través de las atenciones que dispensó a la hija. En este caso la familia no procesó un duelo; por el contrario, todos negaron la muerte del padre y sólo fue al cabo de los años cuando aquello empezó a dar señales inequívocas de no estar resuelto cuan- do Rosa empezó a notar “cosas extrañas”, que se interferían con su vida diaria.

La relación con la madre se había vuelto más dependiente, la madre cuidaba de ella “para que no enfermara” y Rosa lo consentía permitiendo así a su madre realizarse y dar un sentido a su vida que, de otro modo habría quedado vacía tras la muerte del esposo.

Poco a poco fuimos trabajando con Rosa para explicarle cómo algo natural como la muerte había sido difícil de afrontar en su fami- lia, que todos lo habían rechazado y la muerte del padre les estaba a todos marcando e impidiendo rehacer sus vidas. Al mejorar Rosa y darse cuenta de su proceso de elaboración del duelo, ayudó a toda la familia a reiniciar lo que había sido bloqueado, aplazado y pen- saban todos, superado: el proceso natural tras una muerte, el duelo por la persona fallecida que empezó por aceptar que el padre-espo- so había muerto. Ya nunca volverían a verle; él velaría por todos allá donde estuviese y les daba permiso para volver a vivir. Le perdona- ron haberse marchado así, de repente, sin darles tiempo a preparar- se (una larga enfermedad hubiera bastado) para ello. Le despidieron y todos fueron reconduciendo sus vidas y dando un nuevo sentido a las mismas ya que en esa nueva vida no estaría el padre con ellos y deberían aprender a ver el hueco que había dejado; a sentirlo y a soportarlo y aceptar así que nunca volvería. Lloraron, se entristecie- ron. Se reacomodaron. Al final del proceso, escribieron una carta de

adiós al padre y esposo en la que le agradecieron haberle tenido con ellos y que aceptaban su marcha, en la confianza de volver a encon- trarse todos de nuevo al cabo de la vida y de la muerte. La familia que nació después ya no era la misma, estaba fortalecida porque había superado el trauma de perder a un ser querido y se adaptaba a vivir en un mundo en el que el fallecido ya no estaría presente.

Si la resolución de los asuntos pendientes y las deudas saldadas arrojan un balance positivo, la vida habrá merecido la pena vivirse y la despedida será dulce. Tener constancia de ello facilitará enorme- mente la posterior elaboración del duelo. Por eso, siempre que sea posible por la misma enfermedad, es tan necesario acercarse a los familiares desde la comprensión de su sufrimiento aunque éste se exprese con ira, evitando los juicios a sus conductas y respetando profundamente su malestar porque es más fácil alejarse ofendido porque no escuchan nuestros consejo, que aceptar que somos más útiles acompañando y compartiendo el dolor ajeno.

Este es quizás el momento de recogerse y humildemente aceptar que todos hemos de morir, que la vida va a continuar y que los que se quedan un rato más en este mundo van a saber rehacerse y apren- der a relativizar las cosas y disfrutar de una existencia más placente- ra sin esperar más de lo que se puede recibir.

BIBLIOGRAFÍA

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Marielo Espina Eizaguirre

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