3.5 APPLICATION OF CURRENT LEGISLATION
3.5.2 General legislation
3.5.2.5 Section 31 of the Income Tax Act
Me llamó Francisca para pedirme hora. No era para ella, decía, sino para su hijo. Quería venir con su marido para hablar sobre el hijo de ambos, PAS de diecisiete años. Cuando le sugerí que quizá sería una buena idea que también hablara con el hijo, Víctor, me dijo que, claro, que el «niño» vendría con ellos. La notaba nerviosa e insegura e intuía que ella también podía ser altamente sensible.
Francisca y Juan llegaron sin Víctor. «No le apetecía», dijo Francisca, «como ya ha visto a tantos terapeutas, prefería quedarse en casa». Mis antenas se pusieron en posición de alarma. ¿Cuál era el problema?
Francisca y Juan trabajan en el mundo de la salud; ambos son médicos y sus horas libres son pocas. Francisca, sintiéndose culpable por no disponer de más tiempo para pasarlo con el pequeño Víctor, se había visto «obligada» a consentirle todo. Siendo PAS, el niño se quejaba mucho, lo cual hacía crecer la culpabilidad de Francisca. Víctor tenía problemas en el colegio, donde, por su comportamiento de «niño mimado», sufría bullying. Tremendo para un niño altamente sensible. Francisca y Juan le buscaron otro colegio. «La falta de tiempo por nuestro trabajo hacía que esto, el cambio escolar, fuera más rápido y efectivo que buscar soluciones estructurales», comentó Juan.
La historia se repitió tres veces. O sea, Víctor tuvo que cambiar tres veces de colegio y después, y, por los mismos motivos, dos veces de instituto. ¿Y en casa? Pues en casa estaba todo el día sentado en el sofá mirando la tele o en su cuarto con los videojuegos. La comida normal no le gustaba, lo único que comía eran galletas de determinada marca. No comía otra cosa, se negaba rotundamente. Una dieta de galletas y de coca-cola. A veces dormía con su madre, a veces en su propia cama. Y ahora, y este era el verdadero motivo de la visita, ya no quería ir a clase. Se negaba. Juan le había hablado severamente, diciéndole que quien no va a clase tiene que trabajar. Víctor había levantado los hombros, en un mensaje que era claro: trabajar no le gusta. Su padre lo tranquilizó y dijo que no se preocupara, que él le buscaría un trabajo que le iba a gustar. Todo para que el «niño» no se alterase. Y así lo hizo el padre: le buscó un trabajo de administrativo en la gestoría de un amigo. Víctor, sin embargo, se negó a dejar el sofá. Víctor era un «niño» PAS que se había convertido en un nini.
«No lo comprendo», dice Francisca, «siempre le hemos dado todo, nunca le ha faltado de nada, hemos respetado su sensibilidad, pero ahora no sabemos qué hacer con él. Hemos venido a verte para que nos des un consejo».
Quien me conoce sabe que no suelo dar consejos. No funcionan porque serían mi solución y no la solución de la persona que busca una salida. No creo en varitas mágicas, ni en píldoras maravillosas ni en botones off-on. Lo mío es escuchar y preguntar. Francisca no tardó mucho en darse cuenta de que el problema de Víctor no era tanto «el niño» como ella y la manera en que siempre le había consentido todo. Siendo PAS (no se había dado cuenta) siempre se había sentido una mala madre en muchos sentidos. Y sí, le costaba muchísimo decir no (de hecho, ni en el trabajo lo hacía y se cargaba con muchos turnos extra de colegas), en parte por no quedar mal, en parte por tranquilizar su propia conciencia, pero también porque estaba agotada. Ella, y Juan también, necesitaba paz y calma en casa, y en este sentido les iba bien que Víctor no tuviera otro interés que la tele y su portátil.
Ambos vivían tan enfocados a su trabajo que no veían lo que mientras tanto le estaba pasando a Víctor. «Pero ¿por qué estos cambios de cole?», les pregunté yo. Bueno, eso era porque no eran buenos colegios, contestaron; los profesores no sabían manejar el bullying. Me costó un poco, pero unos minutos más tarde reconocieron que los conflictos les ponen enfermos porque no saben gestionarlos; ni Francisca ni Juan son capaces de defenderse; les costaba horrores tener que hablar con el colegio para buscar soluciones. De hecho, les costaba tanto que resultó mucho más fácil sacar al «niño» del cole y buscar otro.
¿Por qué cuento todo esto? Es un caso extremo, lo sé. Y me impactó mucho. Me hizo ver el gran peligro que puede existir cuando ambos padres son PAS y si, encima, el niño también lo es. Si los padres son altamente sensibles puede pasar que ambos huyan de cualquier forma de discusión para evitar conflictos. También puede pasar que tanto la madre como el padre no tengan idea de sus propias necesidades, de sus límites, de cómo marcarlos y guardarlos. Si este es el caso, es más que probable que tampoco tengan las herramientas para marcar los límites a sus hijos. Decir «no» es un problema, y prohibir algo a los niños, «castigarles» de una manera correcta, mantener
acuerdos y tratos posiblemente llegue a ser un problema, que encima acabe creando una fuerte e insoportable culpabilidad. Ser consecuente en la educación requiere la capacidad de decir no y de saber manejar los límites propios y ajenos.
Evidentemente esto no significa que en casos similares siempre tenga que haber problemas de este tipo. Hay grados en el nivel de la sensibilidad de las PAS y para nada es seguro que ambos esposos presenten el mismo tipo de comportamiento que hemos visto en el caso de los padres de Víctor. Pero lo que sí quiero decir es que, cuando ambos cónyuges son PAS, conviene estar muy atentos a la necesidad de poner límites claros y mantenerlos, y a la gestión de conflictos tanto en el seno de la propia familia como de cara al exterior, como los que pueden surgir en relación con el colegio de los niños. Si ambos padres son PAS, casi diría que es muy importante ser conscientes de la dinámica de la alta sensibilidad y de sus trampas. Claro que es difícil entrar en acción y tener conversaciones espinosas, y más todavía si sufres de altos niveles de cansancio y de estrés; aplazar la solución o pretender que no has visto algo que no te gusta es tentador, pero, como comprenderás, no suele ser lo más indicado.