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En la guerra se matan generalmente los hombres hechos. Se hacen pocos prisioneros, a menos que se trate de personajes de grandes familias, de los que se espera conseguir un magní­ fico rescate. Licaón, hijo de Príamo, fue vendido en cien bue­

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yes por Aquiles; su comprador hizo un magnífico negocio, pues Licaón fue nuevamente comprado por tres Veces más. Sin duda se pensará qué los prisioneros de guerra han de ser malos es­ clavos; acostumbrados a llevar armas pueden ser peligrosos. En cambio, cuando se toma una ciudad, se contemplan las mujeres y los niños. Constituyen un magnífico botín fácil de negociar, pues ya se han establecido verdaderos mercados. Quío se espe­ cializó muy pronto en el tráfico del vino y de los esclavos.

Aún más que la guerra, la piratería alimenta el mercado. Los marinos fenicios tienen sobre el particular una reputación sóli­

damente asentada. Eumeo refiere a Ulises cómo unos merca­ deres de Fenicia, desembarcados en Siros, se apoderaron de él, muy niño, con la complicidad de una sidonia que era esclava en casa de su padre. En el norte del Egeo, la gente de Lemos piratea regularmente por las costas de Tracia. En el oeste, los principales traficantes de esclavos son los tafios y los teleboyos. Por lo demás, ningún hombre de corazón retrocede jamás ante una operación fructuosa de pillaje, cuando la ocasión se pre­ senta. Ulises refiere sin avergonzarse a Alcínoo cómo, empu­ jado por los vientos a la costa Tracia, a Ismaro, hizo buena provisión de mujeres, luego de saquear la ciudad y de matar a los guerreros, cuando un contraataque le obligó a volver al mar.

La violencia es la fuente de la esclavitud. Pero cuando el cautivo ha entrado en una casa, su condición no es demasiado mala. El esclavo forma parte de la familia. Ha entrado en ella por una suerte de adopción inferior, que hace de él un socio tanto como un subordinado. Los jóvenes esclavos que han crecido en la casa son bien tratados. Eumeo, que ha sido criado en la familia de Laertes, llama a Ulises su “hermano venerado”. Quedó en el solar hasta los veinte años, tras lo cual lo mandaron al campo, vestido de nuevo, con túnica, manto y sandalias. Alaba a Ulises la bondad de Anticlea:

"Los servidores han gran menester

De ver a la señora, hablarle, consultarla en todo, Comer y beber un trago; luego se llevan

A los campos regalos de ésos que siempre son la alegría de los [servidores.” Melanto, hija de Dolio, nacida en el solar, fue mimada y coi-

mada de regalos por Penélope. No le guardó agradecimiento alguno.

La fidelidad y el afecto, sin embargo, son a menudo la recom­ pensa de ese buen trato. Cuando Ulises se da a conocer a Eumeo y al boyero Filecio, éstos lo abrazan, le besan la frente y los hombros. Las sirvientas fieles hacen lo mismo, y luego, en casa de Laertes, el anciano Dolio y sus seis hijos.

La desobediencia y la infidelidad pueden, es cierto, ser repri­ midas sin piedad. Pues el señor tiene derecho de vida y muerte sobre el esclavo. Ulises manda mutilar salvajemente al cabrero Melánteo, y colgar, inmediatamente después de su victoria, a las doce sirvientas que se burlaron de la autoridad de Penélope y de la intendenta y fornicaron con los pretendientes.

No obstante, para semejantes rigores, se necesitan circuns­ tancias muy excepcionales y, además, ser tan rico como Ulises. U n servidor representa, en efecto, un valor bastante bueno. El precio medio de un esclavo es de cuatro bueyes.

Los TRABAJOS DEL CAMPO

Tratemos ahora de seguir en el campo el trabajo de la gente de casa, señor y servidores.

El año agrícola comienza sesenta días después del solsticio de invierno, hacia fines de nuestro mes de febrero, cuando Arturo, la estrella más brillante del Boyero, se levanta hacia medianoche, "en la cima de la noche”, dice Hesíodo muy precisamente.

Es el momento de podar las vides, antes de que suba la savia. Sólo que para inaugurar ese trabajo, tanto como todos los demás, conviene elegir bien su día en el mes. El quinto es particular­ mente nefasto, el octavo y el noveno son especialmente favo­ rables. Podadas las viñas, las cavarán. Luego, a principios de la primavera, en cuanto lo permita el estado del suelo, se dará la primera reja en las tierras que permanecieron en barbecho desde la última cosecha, desde hacía diez meses. Esa primera labor está destinada a "romper” la tierra, como todavía dicen nuestros campesinos del mediodía, y a impedir que seque y se endurezca con los grandes calores del próximo verano.

La segunda mitad de la primavera, cuando las Pléyades salen y se ponen aproximadamente con el sol, es la estación de los

henos y de la siega. Se cortan, con la guadaña. También se corta la cebada y el trigo con la hoz en las tierras accidentadas y algo difíciles. Pero en los grandes campos de llanura también se cortan con guadaña, como se desprende de la descripción de Homero en el escudo de Aquiles; los segadores dejan las gavi­ llas en el surco; los niños las recogen a brazadas y las llevan a los agavilladores, que las atan en haces. Luego con éstos, como con el heno, se hacen parvas para que acaben de secar.

Terminada la siega del heno y del trigo, ,se toman algún tiempo de descanso. Es la llegada de los primeros grandes calo­ res, durante los cuales "los hombres no sirven para nada”. Des­ cansan a la sombra, comiendo algunas viandas y bebiendo lo más fresco que se puede.

Esta pausa es corta. La aparición de Sirio en el crepúsculo matutino, alrededor de un mes después del solsticio de verano, advierte que el grano está bien seco y que ha llegado el mo­ mento de trillarlo. Transportan los haces a la era bien redonda de tierra apisonada y muy plana, preparada cerca de la casa, en un lugar expuesto a los vientos. Los extienden; los servidores los apalean, los pisotean, les dan vueltas para vaciar las espigas. Tras lo cual, en cuanto se levanta lina brisa, ahechan el pro­ ducto de la trilla levantándolo tan,; alto como sea posible en grandes palas de madera y dejándolo caer progresivamente; el viento arrastra la corteza y las briznas de paja; el grano, más pesado, cae al suelo.

No hay más que encerrarlo en los depósitos, donde se echa en grandes tinajas, los pithoi, casi tan altas como, un hombre y que están enterradas en el suelo. Una vez llenas, se tapan cuidadosamente con planchas de piedra o de madera. Al mismo tiempo llevan a los graneros la paja y el heno que han acabado de secar en parvas y que no fermentarán durante el invierno.

Ha llegado el final del verano, la uva está madura, los racimos son pesados. Se procede a la vendimia. Es una verdadera fiesta. Muchachas y muchachos llenan de racimos los canastos que los portadores llevan a la casa bajando por el sendero que conduce a la viña. En medio de los vendimiadores, un niño canta acom­ pañándose con la cítara. Otros niños lo acompañan cantando, gritando y saltando.9 Supervivencia de antiguos ritos mágicos destinados a favorecer el éxito de las cosechas.

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Sarcófago de Hagia Tríada. Otra escena de sacrificio cruento cerca de una tumba.

Ulises y sus compañeros hunden el único ojo de Polifemo con una vara de olivo.

Sarcófago de Hagia Tríada. Aparición de la muerte. El carro de la izquierda arrastrado por grifos y el de ,1a derecha por caballos.

Sarcófago de Hagia Tríada. Escena de sacrificio incruento cerca de una tumba.

La vendimia se hace tarde, para un país tan cálido como Grecia; cuando Orion y Sirio salen en medio de la noche, y Arturo por la mañana, precisa Hesíodo, es decir, hacia la pri­ mera mitad de nuestro mes de octubre. Es menester, en efecto, que la uva esté completamente madura y hasta algo pasada para fabricar el vino espeso que sólo se beberá muy aguado.

Hesíodo 10 describe con precisión los procedimientos de fabri­ cación de ese vino. Empiezan exponiendo durante seis días y

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Cosecha de aceitunas.

seis noches la uva cosechada en un lugar asoleado, para que pierda una parte del agua. Luego la pisan y la dejan fermentar cinco días solamente en un recipiente a la sombra. Se trasiega el líquido licoroso aún cargado de azúcar y muy fuerte en alcohol, a pesar de la brevedad de la fermentación. Por último, ese vino, como el grano, se guarda en grandes tinajas enterradas y bien tapadas que rio se abrirán hasta fines del invierno.

Mientras tanto, en seguida después de las primeras lluvias de otoño, han hecho los cortes de leña y han procedido a una se-

gunda labor en las tierras de labrantío, para mullir el suelo y enterrar las malas hierbas. Es la estación de la siembra, el último de los grandes trabajos del año.

En el momento de empezarla, el labrador coge la mancera del arado, toca el lomo de los bueyes y dirige una plegaria a Zeus Infernal y a Deméter para pedirles que hagan pesado el trigo que cosechará. Entonces echa la semilla y la entierra con una tercera reja. Detrás de cada labrador camina un pequeño esclavo que, con una azadilla, rompe los terrones y acaba de enterrar el grano, donde el arado no lo ha enterrado completa­ mente, pues las labores no son muy profundas. Así la semilla quedará mejor defendida del pillaje de los pájaros.

Llega el invierno con sus días malos. El año agrícola ha terminado.

E l p u e b l o d e pesc a d o r es

Nuestro cuadro del pueblo que vive lejos de los palacios y de la ciudad no estaría completo si no intentáramos evocar la existencia de una categoría de trabajadores de la que, en verdad, ni la poesía de Homero, ni la de Hesíodo hacen mucho caso.

Se trata de los pescadores. Conviene sin duda alguna colo­ carlos en la misma clase que los tetes, pero, propietarios de sus instrumentos de trabajo, de su barca, de sus redes, de sus sedales, de sus arpones, gozan probablemente de más independencia eco­ nómica y social que sus congéneres trabajadores de la tierra, sin que por eso conozcan mayor prosperidad.

Para Homero, el pescado es una comida detestable. Hesíodo ni siquiera habla de él. Nunca se come pescado en las comidas homéricas. Los mismos marineros, que también se reclutan en la clase de guerreros y que, hasta cuando se dedican al comercio, son todos algo piratas, lo desdeñan y desprecian. Es un ali­ mento de miseria.

Cuando la tripulación del barco de Ulises queda parada todo un mes por los vientos contrarios en la isla del Sol, y que no se atreve a tocar al rebaño de las temerás del dios, comienza por agotar todas las provisiones del barco, constituidas esen­ cialmente por reservas de harina. Sólo cuando el hambre tor­ tura los vientres se resigna a pescar con anzuelo peces y pájaros

de mar.11 Así hacen también, llevados igualmente por la misma necesidad, las tripulaciones de Menelao, bloqueadas por la calma en la isla de Faros.12

Sin embargo, a lo largo de las costas griegas vive una pobla-

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Pescador arrojando el anzuelo a los peces.

ción de pescadores, y Homero hasta nos habla, de cuando en cuando, por accidente, de la industria de éstos.

Sabemos, pues, que pescan con red que sin duda arrastran dos barcas acopladas. También se pesca con sedales provistos de anzuelos* como hacen los compañeros de Ulises y de Menelao. Por último, para las piezas grandes, los atunes principalmente, utilizan el arpón. Encontramos una evocación indirecta de esa última pesca en el episodio de los lestrigones, en el canto X

11 Esta precisión no extrañará a ninguno de los que han visto, durante la guerra, en los acantonamientos de retaguardia, "pescar” con anzuelo gansos, patos y hasta aves menos acuáticas.

de la Odisea, cuando la flota de Ulises, refugiada en una pro­ funda bahía, es asaltada por los lestrigones que arponan a los marineros caídos al agua "como pescados”. Esta caza se prac­ tica todavía en las orillas del Mediterráneo: se empujan: los bancos de atunes en una ensenada profunda donde los arpo­ nean con toda comodidad.

El arpón homérico está bastante exactamente descrito en una comparación del último canto de la Iliúda.ls El astil está metido en la extremidad de un cuerno de buey, que está lleno de plomo. Así lastrado, el aparato se hunde fácilmente en el agua y pene­ tra profundamente en las carnes de la presa.

Si conocemos bastante bien las herramientas de los pesca­ dores, ignoramos, en cambio, casi todo lo que se refiere a su modo de existencia. Sólo adivinamos que es gente cuya con­ dición, siempre modesta, no se levantará progresivamente sino más tarde, con el adelanto de la democracia y la organización de mercados urbanos que generalizarán el consumo del pescado.

148 VIDA COTIDIANA EN TIEMPOS DE HOMERO

Motivo decorativo de un vaso chipriota.

CAPÍTULO VU