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1)- Influencias psicológicas activas durante la Revolución Francesa

Tanto la génesis de la Revolución Francesa como su duración estuvieron condicionadas por elementos de naturaleza racional, afectiva, mística y colectiva, con cada una de estas categorías gobernada por una lógica diferente. Como ya he señalado, tantos historiadores interpretaron este período en forma tan dispar porque no fueron capaces de disociar las influencias respectivas de estos factores.

El elemento racional, usualmente invocado como explicación, ejerció en realidad una influencia muy débil. Preparó el camino para la Revolución, pero la sostuvo tan sólo al principio mientras todavía era exclusiva de la clase media. Su acción se manifestó a través de varias medidas de la época tales como la reforma tributaria, la supresión de los privilegios de una nobleza inútil, etc.

Ni bien la Revolución llegó al pueblo, la influencia de los elementos racionales se desvaneció aceleradamente ante los elementos

afectivos y colectivos. En cuanto a los elementos místicos – cimiento de la fe revolucionaria – fueron éstos los que fanatizaron al ejército y propagaron el nuevo credo a través del mundo.

Veremos a estos distintos elementos aparecer en los hechos y en la psicología de los individuos. Quizás el más importante de todos fue

el elemento místico. La Revolución no puede ser claramente

comprendida – no nos cansaremos de reiterarlo – a menos que sea considerada como la formación de una nueva fe. Lo que he dicho en otra parte de todos los credos se aplica igualmente a la Revolución. Haciendo referencia, por ejemplo, al capítulo de la Reforma, el lector verá que presenta más de una analogía con la Revolución.

Habiendo perdido tanto tiempo en demostrar el escaso valor racional de los credos, los filósofos actuales están empezando a comprender mejor la función de los mismos. Han sido forzados a admitir que los credos son los únicos factores que poseen suficiente influencia para transformar todos los elementos de una civilización. Se imponen a las personas más allá de la razón y tienen el poder de polarizar en un solo sentido los pensamientos y los sentimientos del hombre. La razón pura jamás ha tenido ese poder desde el momento en que los seres humanos jamás se han apasionado por la razón. La forma religiosa rápidamente adoptada por la Revolución explica su poder de expansión y el prestigio que tuvo y ha retenido.

Pocos historiadores comprendieron que este gran monumento ha de ser considerado como el fundamento de una nueva religión. La penetrante mente de Tocqueville creo que fue la primera en percibirlo:

“La Revolución Francesa” – escribió – “fue una revolución política que operó a la manera de, y asumió algo del aspecto de, una revolución religiosa. Véanse por cuales caracteres regulares y característicos finalmente se pareció a la última: no sólo se

expandió a lo largo y a lo ancho como una revolución religiosa sino, como ésta, se expandió por medio de la prédica y de la propaganda. Una revolución política que inspira a prosélitos, que es predicada apasionadamente a extranjeros del mismo modo en que es llevada a cabo internamente: considérese cuan nuevo fue este espectáculo.” Aceptando el aspecto religioso de la Revolución se explican con facilidad la furia y las devastaciones que la acompañaron. La Historia nos muestra que éstas siempre acompañan el nacimiento de las

religiones. La Revolución, por lo tanto, tuvo que provocar la

violencia y la intolerancia que las deidades triunfantes demandan de sus adeptos. Agitó a toda Europa durante veinte años, arruinó a Francia, causó la muerte de millones de personas y le costó al país varias invasiones. Pero, por regla general, es sólo a costa de tales catástrofes que los pueblos pueden cambiar de fe.

Si bien el elemento místico constituye siempre la base de los credos, ciertos elementos afectivos y racionales se le agregan rápidamente. Una fe, por lo tanto, sirve para agrupar sentimientos, pasiones e intereses que pertenecen a un dominio afectivo. La razón, después, envuelve esa totalidad buscando justificar acontecimientos en los que, sin embargo, no desempeñó papel alguno.

Al momento de la Revolución, cada cual, de acuerdo con sus aspiraciones, vistió a la nueva fe con una diferente vestimenta racional. Los pueblos sólo vieron en ella la supresión de los

despotismos y las jerarquías religiosas y políticas bajo las cuales con tanta frecuencia habían sufrido. Escritores como Goethe y

pensadores como Kant imaginaron ver en ella el triunfo de la razón. Extranjeros como Humboldt fueron a Francia a “respirar el aire de libertad y a asistir a las exequias del despotismo”.

Estas ilusiones intelectuales no duraron mucho. La evolución del drama pronto reveló la verdadera base del sueño.

2)- Disolución del Antiguo Régimen. La Asamblea de los Estados Generales.

Antes de ser realizadas en acciones, las revoluciones se diseñan en los pensamientos de las personas. Preparada por las causas ya estudiadas, la Revolución Francesa comenzó, en realidad, con el reinado de Luis XVI. Día a día cada vez más descontentas y censuradoras, las clases medias sumaron reclamo sobre reclamo. Todo el mundo clamaba por una reforma.

Luis XVI entendió perfectamente la utilidad de una reforma, pero era demasiado débil para imponerla al clero y a la nobleza. Ni

siquiera pudo retener a sus ministros reformadores, Malesherbes y Turgot. Con la pobreza de todas las clases aumentando con las hambrunas y una mayor presión tributaria; las generosas pensiones cobradas por la Corte formaron un contraste escandaloso frente a la miseria general.

Los notables convocados para intentar remediar la situación

financiera rechazaron un sistema tributario equitativo y concedieron reformas tan sólo insignificantes que el Parlamento ni siquiera consintió en registrar. Tuvo que ser disuelto. Los parlamentos provinciales hicieron causa común con el de París y fueron disueltos también. Pero dirigían a la opinión pública y todas las partes de Francia demandaron que se reunieran los Estados Generales que no habían sido convocados por casi doscientos años.

Se tomó la decisión: 5.000.000 de franceses, de los cuales 100.000 eran eclesiásticos y 150.000 nobles, enviaron a sus representantes. Fueron 1.200 diputados en general, de los cuales 578 pertenecían al Tercer Estado siendo principalmente magistrados, abogados y médicos. De los 300 diputados del clero, 200 de origen plebeyo se plegaron al Tercer Estado en contra de la nobleza y el alto clero. Desde las primeras sesiones se desató un conflicto psicológico entre los diputados de las diferentes condiciones sociales y (por lo tanto) de diferentes mentalidades. Las fastuosa vestimenta de los diputados privilegiados contrastó de una manera humillante con el aspecto sombrío de los del Tercer Estado.

En la primera sesión, de acuerdo a las prerrogativas de su clase, los miembros de la nobleza mantuvieron sus cabezas cubiertas ante el rey. Los del Tercer Estado quisieron imitarlos pero los miembros privilegiados protestaron. Al siguiente día se escucharon más protestas de vanidad herida. Los diputados del Tercer Estado invitaron a los de la nobleza y el clero, que sesionaban en salas separadas, a unirse a ellos para la verificación de sus mandatos. Los nobles se rehusaron. Las negociaciones duraron más de un mes. Finalmente, los diputados del Tercer Estado, a una proposición del abate Sieyes y considerando que representaban el 95 por ciento de la

nación, se declararon constituidos en Asamblea Nacional. Desde ese momento en adelante, la Revolución siguió su curso.

3)- La Asamblea Constituyente.

El poder de una asamblea política reside, por sobre todo, en la debilidad de sus adversarios. Asombrada por la escasa resistencia que encontró y entusiasmada por la influencia de un puñado de oradores, la Asamblea Constituyente, desde sus primeras sesiones, habló y actuó como un cuerpo soberano. En especial, se arrogó el derecho de decretar impuestos lo que implicó una seria violación de las prerrogativas del poder monárquico.

La resistencia de Luis XVI fue bastante débil. Simplemente se limitó a clausurar la sala dispuesta para la reunión de los Estados. Frente a ello, los diputados se reunieron en una sala disponible cerca de unas canchas de juego de pelota y juraron no disolverse hasta que la Constitución del reino no fuese un hecho establecido.

La mayoría de los diputados del clero fueron con ellos. El rey revocó la decisión de la Asamblea y le ordenó a los diputados que se

retiraran. Después que el Marqués de Dreux-Breze en su calidad de Gran Maestro de Ceremonias los invitara a obedecer la orden del soberano, el Presidente de la Asamblea declaró: “que la nación reunida en asamblea no puede recibir órdenes” y Mirabeau le contestó al enviado del soberano diciendo que, estando la Asamblea reunida por la voluntad del pueblo, sólo se retiraría a punta de bayoneta. De nuevo el rey cedió.

El 9 de Junio la asamblea de diputados se puso el título de Asamblea Constituyente. Por primera vez en siglos, el rey se vio forzado a reconocer la existencia de un nuevo poder anteriormente ignorado: el del pueblo representado por sus diputados electos. La monarquía absoluta había dejado de existir.

Sintiéndose cada vez más seriamente amenazado, Luis XVI convocó a Versailles una cantidad de regimientos compuestos por

mercenarios extranjeros. La Asamblea demandó el retiro de las tropas.

El rey se negó y despidió a Necker reemplazándolo por el Mariscal de Broglie que tenía la reputación de ser una persona extremadamente autoritaria.

Pero la Asamblea tenía partidarios hábiles. Camille Desmoulins y otros arengaron a la muchedumbre en todas partes convocándola a la defensa de su libertad. Hicieron sonar las campanas de alarma, organizaron una milicia de 12.000 hombres, tomaron mosquetes y cañones de los Invalides y el 14 de Julio las bandas armadas

marcharon hacia la Bastilla. La fortaleza, apenas defendida, capituló en pocas horas. Se encontraron en su interior siete prisioneros, uno de los cuales era un idiota y cuatro se hallaban acusados de estafa. La Bastilla, la prisión de muchas víctimas del poder arbitrario, simbolizaba el poder monárquico para muchas mentes; pero el pueblo que la demolió no había sufrido en ella. Sus prisioneros habían sido casi exclusivamente nobles.

La influencia ejercida por la toma de este fuerte ha continuado hasta nuestros días. Historiadores serios como Rambaud nos aseguran que “la toma de la Bastilla es un hecho culminante de la Historia, no sólo de Francia sino de toda Europa, e inaugura una nueva época en la Historia del mundo.”

Esta credulidad es algo excesiva. La importancia del acontecimiento residió simplemente en el hecho psicológico de que, por primera vez, el pueblo percibió una prueba obvia de la debilidad de una autoridad que hasta ese momento había parecido formidable.

El principio de autoridad se disuelve muy rápidamente cuando queda herido en la mente pública. ¿Qué no puede uno demandar de un rey que no ha podido defender su fuerte principal contra los ataques populares? La autoridad, considerada todopoderosa, había cesado de serlo.

La toma de la Bastilla fue el comienzo de uno de esos fenómenos de contagio mental que abundan en la Historia de la Revolución. Las

tropas mercenarias extranjeras, si bien no podían tener más que un escaso interés en el movimiento, empezaron a dar muestras de amotinamiento. Luis XVI quedó reducido a aceptar su disolución. Volvió a llamar a Necker, fue al Hotel de Ville, sancionó con su presencia los hechos consumados y aceptó de La Fayette, el

comandante de la Guardia Nacional, la nueva escarapela roja, blanca y azul que establecía la alianza de los colores de París con los del rey. Si bien la revuelta que terminó en la toma de la Bastilla de ningún modo puede ser considerada “un hecho culminante de la Historia”, aún así marca el momento preciso del comienzo del gobierno

popular. A partir de allí, el pueblo armado intervino diariamente en las deliberaciones de las asambleas revolucionarias e influenció seriamente su conducta.

Esta intervención del pueblo en conformidad con el dogma de su soberanía ha provocado la respetuosa admiración de muchos historiadores de la Revolución. Hasta un estudio superficial de la psicología de las masas les habría revelado rápidamente que esa entidad mística a la que llaman “el pueblo” estaba meramente traduciendo la voluntad de sus líderes. No es correcto decir que el pueblo tomó la Bastilla, atacó las Tullerías, invadió la Convención, etc. Ciertos líderes – generalmente por medio de los clubes –

formaron bandas armadas entre el populacho y las dirigieron contra la Bastilla, las Tullerías, etc. Durante la Revolución, las mismas muchedumbres atacaron o defendieron a los partidos más

contrarios, de acuerdo a los líderes que casualmente las encabezaron. Una masa nunca tiene más opinión que la de sus líderes.

Como ejemplo de lo que constituye una de las más potentes formas de sugestión, la toma de la Bastilla fue inevitablemente seguida por la destrucción de otros fuertes. Muchos chateaux fueron

considerados como otras tantas Bastillas y, a fin de imitar a los parisinos que habían destruido la suya, los campesinos comenzaron a incendiarlas. Lo hicieron con una furia aún mayor porque las

residencias señoriales contenían los títulos de sus impuestos feudales. Fue una especie de jacquerie. 13

La Asamblea Constituyente, tan orgullosa y altanera frente al rey, fue – como todas las Asambleas que la siguieron – extremadamente pusilánime ante el pueblo.

Esperando poner fin a los desórdenes de la noche del 4 de Agosto, a propuesta de un miembro de la nobleza – el Conde de Noailles – votó la abolición de los derechos señoriales. Si bien esta medida suprimía de un plumazo los privilegios de los nobles, fue votada en medio de lágrimas y de abrazos. Estas erupciones de entusiasmo sentimental se explican con facilidad si recordamos lo contagiosas que son las emociones en una muchedumbre; sobre todo en una asamblea apremiada por el miedo.

Si los nobles hubieran renunciado a sus derechos tan sólo algunos años antes la Revolución podría haberse evitado; pero ahora ya era demasiado tarde. El ceder cuando uno está obligado a hacerlo, meramente aumenta las demandas de aquellos ante quienes uno cede. En política siempre hay que mirar hacia delante y ceder el paso mucho antes de que uno se vea obligado a hacerlo.

Luis XVI titubeó durante dos meses si debía, o no, ratificar las decisiones votadas por la Asamblea en la noche del 4 de Agosto. Se había retirado a Versailles. Los dirigentes enviaron hacia allí una banda de 7.000 a 8.000 hombres y mujeres, asegurándoles que la residencia real contenía grandes cantidades de pan. Se forzaron las rejas del palacio, algunos guardias fueron muertos y el rey y su familia fueron conducidos de regreso a París en medio de una muchedumbre vociferante, en la que muchos de sus miembros

Se llamó jacquerie a una revuelta campesina que estalló en Francia en 1358. Su nombre lo toma de "Jacques Bonhomme" (Jaime Buenhombre), apelativo genérico con el que se designaba por aquella época a los rústicos en Francia. El motivo esgrimido por la revuelta fue la estructura social del mundo feudal, con su conocida dicotomía de señores y campesinos. Pero los azotes que habían padecido los franceses en los años anteriores, desde la peste negra y las malas cosechas, hasta la negativa evolución de la situación militar en la confrontación con los ingleses,

contribuyeron sin duda a agravar el panorama. (N. del T.)

llevaban en la punta de sus picas la cabeza de los soldados que habían masacrado. La tenebrosa marcha duró seis horas. Estos acontecimientos constituyen lo que se conoce como “los días” de Octubre.

El poder popular aumentó y en realidad el rey, así como toda la Asamblea, quedó a partir de allí en manos del pueblo – esto es: a merced de los clubes y sus líderes. Este poder popular habría de prevalecer por cerca de diez años y la Revolución habría de ser casi completamente su obra.

Habiendo proclamado que el pueblo constituía el único soberano, la Asamblea se sintió tremendamente embarazada por las revueltas que iban mucho más allá de las expectativas teóricas. La Asamblea había supuesto que se restauraría el orden mientras ella fabricaba una Constitución destinada a garantizarle a la humanidad una felicidad eterna.

Sabemos que durante todo en transcurso de la Revolución una de las principales tareas de las asambleas fue la de hacer, deshacer y

rehacer Constituciones. Los teóricos les atribuían – de la misma manera en que siguen atribuyéndoles en la actualidad – el poder de transformar a la sociedad. Por lo tanto, la Asamblea no podía

descuidar su trabajo. En el ínterin, publicó una solemne Declaración de los Derechos del Hombre que resume sus principios.

La Constitución, las proclamas, las declaraciones y los discursos no tuvieron el menor efecto sobre los movimientos populares, ni

tampoco sobre los disidentes cuyo número aumentaba día a día en el seno de la Asamblea. Estos últimos quedaron más y más bajo el ascendiente del partido progresista que se encontraba apoyado por los clubes. Danton, Camille Desmoulins y más tarde Marat y Herbert excitaron violentamente al populacho mediante sus arengas y sus periódicos. La Asamblea se deslizaba rápidamente por el tobogán que conduce a los extremismos.

Durante todos estos desórdenes, las finanzas del país no mejoraron. Convencida finalmente de que los discursos filantrópicos no

amenazaba, la Asamblea decretó el 2 de Noviembre de 1789 la

confiscación de los bienes de la Iglesia. Los ingresos percibidos de los creyentes ascendían a unos 8.000.000 de libras y el valor de los bienes fue estimado en cerca de 120.000.000 de libras. Estaban distribuidos entre algunos cientos de prelados, abates de la corte, etc. que poseían en propiedad un cuarto de toda Francia. Estos bienes, llamados de allí en más “dominios nacionales” constituyeron la garantía de los assignats, cuya primera emisión fue por

400.000.000 francos (16.000.000 de libras esterlinas). El público los aceptó al principio, pero se multiplicaron tanto bajo el Directorio y la Convención – la cual de esta forma emitió 45.000.000.000 de francos (800.000.000 libras esterlinas) – que finalmente un assignat de 100 libras sólo terminó valiendo unos pocos centavos.

Estimulado por sus consejeros, el débil Luis intentó en vano luchar contra los decretos de la Asamblea negándose a sancionarlos. Bajo la sugestión cotidiana de los líderes y el poder del contagio mental, el movimiento revolucionario se estaba extendiendo por todas partes, independientemente de la Asamblea y con frecuencia incluso contra ella.

En los pueblos y villorrios se instituyeron municipalidades

revolucionarias, protegidas por Guardias Nacionales locales. Los de pueblos vecinos comenzaron a hacer arreglos mutuos para

defenderse si se daba la ocasión. De esta forma se formaron federaciones que pronto fueron agrupadas en una sola. La misma envió 14.000 Guardias Nacionales a París que se reunieron en el Champ-de-Mars el 14 de Julio de 1790. Allí, el rey juró mantener la Constitución decretada por la Asamblea Nacional.

A pesar de este juramento vano se hizo cada día más evidente que no resultaba posible establecer ningún acuerdo entre los principios hereditarios de la monarquía y los proclamados por la Asamblea. Sintiéndose completamente impotente, el rey sólo pensó en la fuga. Arrestado en Varennes y traído de regreso a París, fue encerrado de las Tullerías. La Asamblea, a pesar de ser marcadamente

monárquica, le suspendió los poderes y decidió hacerse cargo exclusivamente del gobierno.

Nunca un soberano se encontró en una situación tan difícil como Luis en el momento de su huida. Quizás ni siquiera el genio de un