7 Security Requirements
7.1 TOE Security Functional Requirements
7.1.5 Security management (FMT)
1)- Los acontecimientos políticos durante la vida de la Asamblea Legislativa.
Antes de examinar las características mentales de la Asamblea Legislativa resumamos brevemente los importantes acontecimientos políticos que marcaron su corto año de vida. Naturalmente, estos acontecimientos influyeron de manera importante sobre sus manifestaciones psicológicas.
En extremo monárquica, la Asamblea Legislativa no tenía más intenciones que su antecesora de destruir a la monarquía. El rey le parecía un tanto sospechoso pero aún así esperaba ser capaz de mantenerlo sobre el trono.
Por desgracia para él, Luis constantemente estaba solicitando una intervención extranjera. Encerrado en las Tullerías, defendido
solamente por sus Guardias Suizos, el tímido soberano oscilaba entre influencias contrarias. Subsidió periódicos destinados a modificar a la opinión pública, pero los oscuros “un-centavo-por-línea” que los editaban no sabían nada de actuar sobre la mente de la masa. Sus únicos medios de persuasión consistían en amenazar con la horca a todos los partisanos de la Revolución y en predecir la invasión de Francia por un ejército que rescataría al rey.
La realeza ya no contaba con nada excepto con las cortes extranjeras. Los nobles estaban emigrando. Prusia, Austria y Rusia amenazaban a Francia con una guerra de invasión. La corte favorecía su liderazgo. A la coalición de los tres reyes contra Francia, el Club Jacobino propuso oponer la liga de los pueblos. Los girondinos estaban entonces, junto a los jacobinos, a la cabeza del movimiento
revolucionario. Incitaron las masas a armarse y 600.000 voluntarios fueron equipados. La corte aceptó a un ministro girondino.
Dominado por él, Luis XVI fue obligado a proponerle a la Asamblea la guerra contra Austria. Fue acordada inmediatamente.
El rey no era sincero al declarar la guerra. La reina reveló a los austríacos los planes franceses de campaña y las deliberaciones secretas del Consejo.
Los comienzos de la lucha fueron desastrosos. Varias columnas de tropas, presas de pánico, se desbandaron. Estimulada por los clubes y persuadida – con justa razón en este caso – de que el rey se hallaba conspirando con los enemigos de Francia, la población de los
arrabales se sublevó. Sus líderes, los jacobinos y sobre todo Danton, enviaron una petición a las Tullerías amenazando al rey con la revocación. Luego de ello, invadieron las Tullerías lanzando invectivas contra el soberano.
La fatalidad impulsó a Luis hacia su trágico destino, Mientras las amenazas de los jacobinos contra la realeza habían despertado la indignación de muchos de los departamentos, se supo que un ejército prusiano había llegado a las fronteras de Lorraine.
La esperanza del rey y la reina respecto de la ayuda que podía ser obtenida en el extranjero era altamente quimérica. María Antonieta padecía de una ilusión absoluta en cuanto a la psicología del pueblo austríaco y del francés. Viendo a Francia aterrorizada por unos pocos energúmenos, suponía que sería igualmente fácil aterrorizar a los parisinos y volverlos a poner bajo la autoridad del rey mediante amenazas. Inspirado por ella, Fersen se encargó de publicar el manifiesto del duque de Brunswick que amenazaba a París con “una destrucción total si la familia real fuese molestada”.
El efecto producido fue diametralmente opuesto al pretendido. El manifiesto generó la indignación contra el monarca, que era visto como un cómplice, y aumentó su impopularidad. Desde ese día quedó marcado para el patíbulo.
Impulsados por Danton, los delegados de las secciones se instalaron en el Hotel de Ville formando una Comuna insurrecta que arrestó al comandante de la Guardia Nacional leal al rey, hizo sonar las
campanas de alarma, equipó a la Guardia Nacional y, el 10 de Agosto, la lanzó conjuntamente con el populacho, contra las Tullerías. Los regimientos convocados por Luis se desbandaron. Pronto no quedó nadie para defenderlo excepto sus suizos y unos pocos caballeros. Las masas demandaron su abdicación. La Asamblea Legislativa decretó su suspensión y dejó para una
asamblea futura, la Convención, la tarea de decidir el destino del rey.
2)- Las características mentales de la Asamblea Legislativa.
La Asamblea Legislativa, formada por hombres nuevos, presenta un interés bastante especial desde el punto de vista psicológico. Pocas asambleas han mostrado hasta tal grado las características de una colectividad política.
Comprendía a setecientos cincuenta diputados, divididos entre monárquicos puros, monárquicos constitucionales, republicanos, girondinos y montagnards. Abogados y hombres de letras
constituían la mayoría. También tuvo, pero en cantidades menores, oficiales superiores, sacerdotes y algunos pocos científicos.
Las concepciones filosóficas de los miembros de esta Asamblea parecen bastante rudimentarias. Muchos se hallaban imbuidos de la idea de Rousseau en cuanto a un retorno a un estado de naturaleza. Pero todos, al igual que sus antecesores, se hallaban dominados más especialmente por recopilaciones de la antigüedad griega y latina. Catón, Bruto, Graco, Plutarco, Marco Aurelio y Platón,
continuamente evocados, brindaban las imágenes a sus discursos. Cuando un orador deseaba insultar a Luis XVI lo llamaba Calígula. En su deseo de destruir la tradición fueron revolucionarios; pero al pretender regresar a un remoto pasado demostraron ser
extremadamente reaccionarios.
En cuanto al resto, todas estas teorías tuvieron muy poca influencia sobre su conducta. La razón figuraba constantemente en sus
discursos pero nunca en sus acciones. Éstas se hallaban dominadas por aquellos elementos afectivos y místicos que tantas veces hemos mencionado ya.
Las características psicológicas de la Asamblea Legislativa fueron las mismas de la Asamblea Constituyente pero mucho más acentuadas. Pueden ser resumidas en cuatro palabras: impresionabilidad, inestabilidad, timidez y debilidad.
La inestabilidad y la impresionabilidad se revelan en las constantes oscilaciones de su conducta. Un día intercambian ruidosas invectivas y golpes. Al día siguiente los vemos “arrojándose los unos en los brazos de los otros entre torrentes de lágrimas”. Aplauden
estruendosamente una alocución demandando el castigo de quienes han peticionado el destronamiento del rey y el mismo día le
conceden los honores de la sesión a la delegación que ha venido a demandar su caída.
La pusilanimidad y debilidad de la Asamblea frente a las amenazas fue extrema. Aunque monárquica, votó la suspensión del rey y, ante la demanda de la Comuna, lo entregó junto a su familia para que fuese enviado a prisión.
En virtud de su debilidad, fue tan incapaz como la Asamblea
Constituyente de ejercer poder alguno y permitió ser dominada por la Comuna y por los clubes dirigidos por líderes tan influyentes como Herbert, Tallien, Rossignol, Marat, Robespierre, etc.
Hasta el Termidor de 1794 la comuna insurgente constituyó el principal poder dentro del Estado y se comportó precisamente como si hubiera estado a cargo del gobierno de París.
Fue la Comuna la que exigió la prisión para Luis XVI en la torre del Temple cuando la Asamblea deseaba mantenerlo prisionero en el palacio de Luxembourg. Fue otra vez la Comuna la que llenó las prisiones de sospechosos y después ordenó matarlos.
Sabemos con qué refinada crueldad un puñado de 150 facinerosos, pagados a razón de 24 libras por día y dirigidos por unos pocos miembros de la Comuna, exterminaron a unas 1.200 personas en cuatro días. Este crimen fue conocido como la masacre de
Septiembre. El alcalde de París, Petion, recibió a la banda de asesinos con respeto y les dio de beber. Unos pocos girondinos protestaron un poco, pero los jacobinos guardaron silencio.
La aterrorizada Asamblea al principio pretendió ignorar las masacres – las que eran alentadas por varios de sus diputados más influyentes, principalmente Couthon y Billaud-Varenne. Cuando por fin se
decidió a condenarlas fue sin hacer nada para evitar que continuaran.
Consciente de su impotencia, la Asamblea Legislativa se disolvió catorce días más tarde a fin de cederle el paso a la Convención. Su obra fue obviamente desastrosa, no en intenciones pero sí de hecho. Siendo monárquica, abandonó a la monarquía; siendo humanitaria, permitió las masacres de Septiembre; siendo pacífica,
empujó a Francia a una guerra formidable, mostrándonos así que un gobierno débil siempre termina por llevar su país a la ruina.
La historia de las dos Asambleas revolucionarias prueba una vez más hasta qué punto los acontecimientos llevan en su seno consecuencias inevitables. Constituyen una cadena de necesidades de la cual a veces podemos elegir el primer eslabón pero que luego evolucionan sin consultarnos. Somos libres de tomar una decisión, pero impotentes de evitar sus consecuencias.
Las primeras medidas de la Asamblea Constituyente fueron
racionales y voluntarias, pero los resultados que siguieron estuvieron más allá de toda voluntad, razón o previsión.
¿Cuál de los hombres de 1789 se hubiera aventurado a desear o predecir la muerte de Luis XVI, las guerras de La Vendee, el Terror, la guillotina permanente y la anarquía final, o el siguiente regreso a la tradición y al órden bajo la guía con mano férrea de un soldado? En el desarrollo de los acontecimientos que tuvieron lugar a partir de las primeras acciones de las Asambleas revolucionarias, quizás la más notoria fue la aparición y desarrollo del gobierno de la masa – la ley de la plebe.
Detrás de los hechos que hemos venido considerando – la toma de la Bastilla, la invasión de Versailles, las masacres de Septiembre, el ataque a las Tullerías, el asesinato de los Guardias Suizos y la caída y prisión del rey – podemos percibir claramente las leyes que afectan a la psicología de las masas y sus líderes.
Veremos ahora que el poder de la multitud se incrementará progresivamente hasta superar a todos los demás poderes para, finalmente, reemplazarlos.