El cambio en la escuela lo vamos a analizar en diferentes niveles, pero sobre todo ahora centrados en la figura del profesor. Hasta ahora la escuela era el centro
exclusivo del saber: los profesores son productores del saber, pero sobre todo
decididores (Lyotard, 1987). Los alumnos son consumidores, receptores de ese saber, que de algún modo es compartido o, más bien, apoyado por las familias. El saber escolar es el único relato legítimo: es un relato en cuanto hay un emisor y un receptor y, al mismo tiempo, es un metarrelato pues reflexiona sobre su propia capacidad de contar. Un libro de texto, unas indicaciones, un currículo cerrado, “unos mínimos”. Predomina el pensamiento abstracto o conceptual y predomina el uso de la palabra, la estela de Gutenberg sigue dejando su rastro. Se trata habitualmente de un modelo puramente informativo: de transmisión de información según el modelo clásico de descodificación, fruto de la teoría de la comunicación. Se trata de representar lo conocido, de dar forma según los estereotipos dominantes. El conocimiento –y su gestión- se haya lógicamente en manos del profesor, que es el maestro de identidad en cuanto ayuda al alumno a encontrarse con su propia humanidad, a encontrarse con el otro en la convivencia diaria.
Capítulo 1. Las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) en la sociedad del conocimiento: consecuencias en la educación
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La escuela sigue siendo uno de los motores del conocimiento, no en cuanto productor, decididor o poseedor, sino como impulsor del pensamiento. Aparece la figura de las familias educadoras, como célula original de ese desarrollo racional. El currículo debería ser abierto, en el sentido de una apertura hacia la invención como descubrimiento. Se incluyen nuevas inteligencias (múltiples) y tipos de pensamiento (a modo de ejemplo el modelo CAIT, etc.) Se incorporan y refuerzan los demás sentidos corporales vista, oído y tacto. Se incorporan el uso de las pantallas táctiles, además de la estimulación de los sentidos internos como la imaginación y la fantasía.
Así pues, nos encontramos con una escuela con modelos de tipo cognoscitivo: no busca causas últimas o fórmulas universales sino cadenas de relaciones interdisciplinares. El conocimiento no será gestionado por los profesores, sino concebido por todos. Esta complejidad de la gestión supone un cambio en los equipos directivos; fomentar centros educativos inteligentes, donde se piense. Los centros serían comunidades de investigación y conocimiento, donde se pueda “crear, acceder, utilizar y compartir información y conocimiento”, así como fomentar la autonomía crítica en colaboración con el pensamiento compartido. Tanto el alumno como el profesor deben poder tomar decisiones y explorar nuevas rutas en la investigación. El profesor guía para que el alumno no desfigure su identidad, por ejemplo, en las redes sociales… donde lo más real es él mismo.
El profesor como explorador, según lo define McLuhan: “jamás sabe en qué
momento va a hacer un descubrimiento extraordinario”. Eso supone una dirección por misiones, no por tareas u objetivos, si es que es posible aplicar una óptica empresarial al mundo educativo. Un equipo donde los talentos individuales estén al servicio de la comunidad educativa, que generará más compromiso con la tarea y motivación e incluso ilusión profesional entre los docentes y sus alumnos. Hacer ver los objetivos como medios para el aprendizaje: “No quiero notas, sino aprender”. Así pues, los profesionales de la enseñanza se podrían convertir en “aprendices y conocedores” de la nueva sociedad: necesitan formación no para mejorar únicamente sus capacidades tecnológicas. Son los actores del “encantamiento compartido”, frente al desencantamiento de la autonomía a secas. Los profesores podrán dar no más cantidad de conocimientos, sino sentido a estos.
Los profesores necesitan formación para ser grandes entrenadores personales, una autonomía acompañada, no dirigida, sino más bien guiada. Los profesores
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deberían ser investigadores, pues el conocimiento nunca es cerrado. De esto habla Bauman al referirse al boom de las asesorías, que sería un aspecto del nuevo profesor-asesor.
Si además esta enseñanza se inspira en el principio básico de libertad, hará posible que los alumnos conviertan al profesor en verdadero receptor y alumno, con lo que el modelo es constantemente enriquecido.
En La educación en peligro (2000) vemos recogido el planteamiento erróneo de unos “decididores” IBM (denominados en la obra como directores IBM) que invierten todo su presupuesto en materiales tecnológicos, sin dar cabida a la reeducación de esos profesores, con lo que se produce el desastre educativo. Los profesores no están preparados para manejar las nuevas tecnologías, pero sobre todo, quedan excluidos de la nueva autonomía, pues su papel no está lo suficientemente bien definido. En esta misma línea, Siegel (2008) plantea un reto en el paso de la información al conocimiento en relación con la autonomía educativa, señalando que el deseo de autoconocimiento es connatural al ser humano como garante de independencia, frente a la mera información que uniformiza e iguala en cuanto al pensamiento que procedería de la misma fuente.
La escuela como motor de inteligencia consiste en considerar el centro educativo con un capital social fundamental: personas, es decir, conocimiento. No en cuanto grandes bases de datos estereotipadas e incluso predeterminadas, sino como potencial de conocimiento en desarrollo. Características de esta nueva escuela son pues algunas de las ya enunciadas: abierta, dinámica, flexible, dialogante, que escucha, digital, promotora de investigación, innovación, universalidad y, desde luego, inteligente.
Los profesores no sólo han de aprender a usar las nuevas tecnologías para recoger en una webquest o proyectar en una presentación multimedia los conocimientos, donde seguirían siendo emisores exclusivamente, sino generar ese conocimiento desde las nuevas tecnologías. Realmente el “educomunicador” es el perfil que más se acerca al futuro profesor creativo, verdadero generador de conocimiento desde las nuevas tecnologías. Por ejemplo, el desarrollo de las páginas web verticales, que rompen con la avalancha de datos de los metabuscadores, son instrumentos de especialización, pero también de decisión. Por un lado permiten una
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búsqueda más asequible, por otro lado reducen la diversidad y quizá la libertad del rastreo al hacer una selección. Es cierto que la educación 2.0 mejora la visibilidad, pero el horizonte de creatividad, queda reducido. No sólo encontrar o buscar, sino - insistimos una vez más-, “generar”.
Estos profesores han de ser capaces de generar capacidad crítica, reflexiva, lejos de la representabilidad predeterminada del mundo, de lo que hay que conocer, de lo que incluso es científico o no, etc. Aquí entraría lo que Lyotard (1979) denomina
en el capítulo 12 de su obra La condición postmoderna, la “nueva función” del
profesor. No se trata ya de buscar datos, sino conectar las relaciones entre los saberes. En la sociedad del conocimiento es vital considerar la educación como una labor interdisciplinar. Así, el profesor no es ya el profesor solamente, sino una gran red social que educa. La sociedad del conocimiento cuenta decididamente con el profesor, en cuanto ha cambiado el concepto. Hacia 1970 se hablaba de “información” como sinónimo de conocimiento, presuponiendo un enfrentamiento entre las superpotentes memorias informáticas y la memoria del profesor. Hoy día, la sociedad del conocimiento supera esta concepción simplista, puesto que es evidente que un ejercicio escolar no es mejor por mediar en él el uso del ordenador, en cuanto no se trata de una actividad creática, sino más bien mecánica. Volviendo al razonamiento anterior es desde la producción, no la mediación en nuevas tecnologías, como se generara pensamiento, ideas nuevas, desarrollo del conocimiento. En este sentido son muy interesantes las ideas esbozadas por Lyotard. La utilización de las máquinas afecta al saber, como demuestran los cambios industriales. Más aún, ese nuevo saber dejaría de ser mera información en cuanto acumulación de poder para convertirse en conocimiento en cuanto invención, descubrimiento, creación de nuevos conceptos ¿los utilizadores son los productores?
Prensky (2011) inaugura el concepto de la pedagogía de la coasociación – patnering- como un equilibrio entre profesores y alumnos, donde ambas partes deben contribuir para la mejora del aprendizaje en una suerte de relación compartida: el profesor aporta las cuestiones, el rigor, la calidad y los objetivos y el alumno contribuye con innovación tecnológica.
La función del educador no ha cambiado. Sí la sociedad en y desde la que debe educar. Una sociedad global, multicultural, donde prima la autonomía digital, salvando lo que de común tienen los alumnos, que es aprender y provocar o descubrir
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conocimiento, al igual que el profesor. Las nuevas fronteras son y serán Internet y el ciberespacio y el nuevo lema es ser digitales. La suma entre el homo sapiens y el homo videns será el individuo protagonista de la acción educativa (Sartori: 53). El uso, en sentido muy amplio, de las nuevas tecnologías como instrumento de conocimiento afecta no sólo, evidentemente, a la modificación de las metodologías, sino a los hallazgos conceptuales y relacionales que puede desarrollar.
Este nuevo profesor es también experto y líder en desarrollo de conocimiento, es prescindible (circunstancial), gestiona procesos, descubre talentos y ayuda a pensar. Puede ser temporal en cuanto es constantemente alumno del equipo, de la comunidad educativa, de cualquier nueva red de conocimiento en al que esté inserto.
La tecnología puede ser neutral en educación, no es un fin. La incorporación de la escuela a la sociedad del conocimiento se medirá en virtud de los valores y las ayudas que favorezcan el verdadero aprendizaje, el horizonte lector, la inquietud cultural y científica, la revalorización del perfil profesional educador.
Cabero (2007: 16) reúne las nuevas funciones del profesor que requerirá, junto con los alumnos, de una necesaria alfabetización infomediática para lograr desarrollarse como:
• consultor de información
• facilitador de información
• diseñador de medios, materiales y recursos.
• moderador y tutor virtual, evaluador continuo, asesor y orientador.
• diseñador de situaciones de aprendizaje.
Todo ello dentro de la dimensión educativa, que incluye tantas otras: instrumental; semiológica/estética, curricular, pragmática, psicológica, productora/diseñadora, seleccionadora/evaluadora, crítica, organizativa, actitudinal, e investigadora (Cabero y otros, 1998).
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