ART 2-A Variant (Gallant)
6.3 Selection of
La profundidad de la ética religiosa de Jesús nos conduce a buscar en ella el reflejo de nuestra propia conciencia ética moderna. Cuando consideramos la verdad eterna e íntima que contiene, descubrimos que no está ligada a ningún condicionamiento histó- rico, puesto que ya contiene los pensamientos éticos más elevados de todos los tiempos. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el pensamiento de Je- sús y el nuestro. La ética moderna es "incondicio- nal" en el sentido de que engendra por sí misma el nuevo estado moral, del cual se presume que se irá desarrollando hasta la perfección final. La ética es aquí un fin en sí misma, en tanto que la perfección moral de la humanidad responde a la perfección del Reino de Dios. Ése es el pensamiento de Kant. Esa autonomía de la ética teñida de cierta resignación, sin embargo, en cuanto al cumplimiento final de la perfección muestra que la ética cristiana moderna está impregnada de ideas racionalistas helénicas, y que ha sufrido la influencia de un desarrollo de dos milenios de historia.
La ética de Jesús, en cambio, es "condicional", es decir, se halla indisolublemente ligada a la espera de un estado de perfección superior a la naturaleza. Esa característica revela su origen judío y su relación directa con la ética profética, en la cual el compor- tamiento moral del pueblo era condicionado por sus esperanzas futuras. Si se nos permite buscar un pa- ralelo para esclarecer la ética de Jesús, sólo puede ser en el sentido de la ética de los Profetas, pero de ningún modo en el de la ética moderna. Porque, desde que uno se interna en el segundo camino, deja el terreno histórico, puesto que se autonomiza la ética de Jesús, cuando en realidad se orienta por completo hacia el perfeccionamiento sobrenatural que se espera.
¡Así se ha creado ese problema insoluble: una personalidad, hondamente moderna por su ética, que pronuncia, incidentalmente, palabras escatoló- gicas! Pero, desde que se ha reconocido el carácter condicional de la ética de Jesús y se toma en serio su relación con la ética de los Profetas, se vuelve re- pentinamente claro que todas las representaciones de un Reino en evolución, todas las nociones de una ética del Reino de Dios, o del desarrollo de éste, han sido agregadas al pensamiento de Jesús por nuestra
conciencia moderna, porque no podemos aceptar sin más la idea de la condicionalidad de su ética.
Le adjudicamos una concepción del Reino de Dios, en virtud de la cual la forma perfecta y apro- piada es la consecuencia de una evolución difícil, que pasa como a través de un camino dolorosa- mente estrecho. Esta es una concepción moderna. Para Jesús y los Profetas era irrealizable. En la in- mediatez de su concepción ética no existe una mo- ral o un desarrollo del Reino de Dios, pues se sitúa más allá de las normas éticas del bien y del mal; se establecerá a continuación de una catástrofe cósmi- ca, por medio de la cual el mal será totalmente ven- cido. Así serán abolidas todas las normas morales. El Reino de Dios es cierta grandeza supramoral.
La conciencia moderna no logra elevarse hacia las alturas de un idealismo supraético. ¡La historia nos ha envejecido mucho! Pero, para la compren- sión histórica de la ética de Jesús, es indispensable esa condición preliminar.
Se agrega a eso que, cuando pensamos en el Reino de Dios, nuestros pensamientos se dirigen hacia el porvenir, hacia las generaciones futuras, llamadas a realizarlo siempre mejor. ¡La mirada de Jesús se vuelve hacia el pasado! El Reino, para él, se
compone de las generaciones que reposan ya en la tumba, llamadas a despertar en vista de un estado de perfección. ¿Cómo podía existir para él una ética de las relaciones entre los sexos en el Reino de Dios, si él mismo explica a los saduceos que en el Reino de Dios, después de la gran Resurrección, ya no habrá relaciones de esa clase, sino que serán "como los ángeles que están en los cielos"? (Mateo, XII, 25).
Cada norma ética de Jesús, por perfecta que sea, sólo conduce a las fronteras del Reino de Dios, y desde que se las traspone desaparece toda huella de sendero. A partir de ese momento ya no hace falta ningún sendero.
Alimentamos un prejuicio contra esa ética con- dicional. Si se teme que el valor de la ética de Jesús se encuentre disminuido, ese temor no es fundado. Sucede precisamente lo contrario: ese carácter con- dicional procede de un idealismo ético absoluto que, en vista del estado de perfección esperado, postula condiciones de existencia que son éticas en sí mis- mas. En nuestra ética autonomizada consideramos que el conflicto entre el bien y el mal durará siem- pre, implicado en la naturaleza misma de la ética. La ética y la teología ya no tienen entonces, desde nuestro punto de vista, la relación viva que tienen
para Jesús. La historia ha empañado los vivos colo- res del idealismo ético absoluto. La autonomía in- condicional a la cual ha sido rebajada la ética de Jesús no sólo no es histórica, sino que implica un debilitamiento de su idealismo ético.
El prejuicio de nuestro sometimiento ético, sin embargo, es legítimo en un punto. Si la ética sólo concierne a la espera del perfeccionamiento sobre- natural, su valor intrínseco se encuentra reducido, porque se convierte en una ética individual, que se limita a encarar la relación personal de cada uno con el Reino de Dios. De todos modos, el pensamiento de que la comunidad moral, nacida de la predicación de Jesús, debe ser de alguna manera, como tal, el primer escalón efectivo en la realización del Reino de Dios, no sólo se halla implicado en nuestro sen- tido de la ética, sino que anima también la predica- ción de Jesús, pues ilumina de modo sorprendente el carácter social de su ética. Precisamente por eso no se admite que la idea escatológica del Reino de Dios puede haber sido, desde un comienzo, la base de la predicción de Jesús. No es posible explicarse cómo concibe la nueva comunidad moral, creada en torno de él, orgánicamente ligada con el Reino por venir.
Sin quererlo, aquí nos internamos en un camino moderno. La idea de evolución nos permite conce- bir la comunidad moral como etapa inicial de un estado futuro, hacia el cual se encamina, ganando en extensión y en profundidad. La visión del círculo que se ensancha poca a poco representa una manera moderna de encarar la historia, totalmente extraña a Jesús. Pero, aunque él no, haya podido anticipar nuestra explicación, el hecho de que esa nueva co- munidad estuviese en relación orgánica con la reali- zación final era tan cierto para él como para nosotros. Pero, puesto que él esperaba que esa rea- lización tuviera un carácter supranatural, el lazo es- capaba al entendimiento humano: por lo tanto, era un misterio divino del cual sólo hablaba por analo- gía con los fenómenos de la naturaleza.
CAPÍTULO IV
EL MISTERIO DEL REINO DE DIOS