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Chapter 2 Overarching methodology

2.3.2 Self-build perceptions study

Estas explicaciones de Suárez no fueron entendidas en Europa. Tras la batalla de Rocroi, España perdió su ejército, y con él un siglo de hegemonía militar. Ante la imposibilidad de seguir luchando contra los Reformados, la Paz de Westfalia (1648) impuso —muy precariamente, de hecho— la tolerancia mutua. Los tiempos no estaban para matizaciones, y al cesar las guerras militares comenzaron las guerras académicas: las batallas se trasladaron desde el campo a las imprentas y a las aulas. Suárez se adelantó mucho a su tiempo, y quedó en la Edad Moderna una mentalidad colectiva que entendía falsamente que él propuso un orden metafísico inmutable desde el que se derivaban los derechos y deberes para las personas.

Fue lógica esta deriva errónea del pensamiento colectivo. Felipe II prohibió a

los estudiantes españoles que estudiaran fuera de España, por miedo al contagio con las teorías protestantes. La Universidad española, privada del contacto con el resto del pensamiento y, sobre todo, al margen de las confrontaciones, acabó cerrándose en un escolasticismo decadente y amanerado y, como indicaba Gibbon (1776), los españoles acabaron siendo los más ignorantes porque no

tenían quienes les contradijeran. De hecho la Universidad española permaneció impermeable a las consecuencias filosóficas de los cambios científicos del siglo

XVII: aquellos universitarios no supieron reaccionar frente a las extrapolaciones

de las explicaciones de Galileo, Descartes o Newton. No entendieron a la ciencia moderna y se instaló un fuerte complejo de inferioridad frente a lo que venía desde fuera.

Entre los conservadores, el siglo XVII fue el comienzo del gran triunfo de una

metafísica esencialista y rígida. Durante la Edad Moderna se produjo en Europa una escisión extremadamente fuerte entre los creyentes (fueran protestantes o católicos) y los ateos, y los conservadores tomaron a Suárez como el máximo referente de la metafísica en la que había de creer un cristiano. Por estos hechos, desde el siglo XVII a hoy, muchos han entendido que la doctrina de la ley natural

ha de estar fundamentada necesariamente en una metafísica que ofrezca instituciones tan inmutables como eternas.

Por lo demás, tanto Molina como Suárez siguieron la teoría de la pura natura humana, y mantuvieron que el hombre tiene dos fines últimos, uno natural y otro sobrenatural, y que la Iglesia se ocupa de lo sobrenatural y el poder político de los temas naturales. Les movía la necesidad de separar el ámbito político y espiritual para evitar las guerras religiosas.

Entre Molina y Suárez crearon la espina dorsal del pensamiento liberal. Las obras de Grocio o Pufendorf supusieron más bien retrocesos. Ésta es una faceta poco conocida, aún hoy, de las obras de estos autores.

3. El siglo

XVII

Entramos en la Edad del Barroco, que comenzó siendo una edad sin esperanza, también en el terreno universitario. Un libro muy vendido en este momento fue el de Sánchez, Quod nihil scitur, «No sabemos nada». Pero Galileo y Descartes comenzaron la revolución científica espoleados por la crisis de la ciencia tradicional. El cambio era necesario porque el hombre de este momento veía hundirse el mundo cultural y simbólico en el que la humanidad había vivido hasta entonces. La Tierra había pasado de ser el centro del mundo, en el que Cristo realizó la Redención, para ser vista como un planeta más entre otros;

Copérnico había supuesto ex hipothesi que las estrellas estaban quietas y que nuestro planeta se movía, y sus resultados eran demasiado convincentes para marginarlos; Galileo sólo expresó públicamente lo que casi todos pensaban. El hombre anterior a este momento buscaba la verdad dentro de sí mismo, pero Galileo estaba mostrando que la observación controlada abría perspectivas que rompían el modelo de ciencia en vigor hasta entonces. La ciencia existente, escolástica, estaba agotada30.

Paralelamente a las teorías científicas de Galileo, Descartes y Newton, el saber en auge fue lo que imprecisamente podemos llamar la ciencia del derecho natural, que ya vimos que había comenzado con Vázquez de Menchaca y que Francisco Suárez había llevado hasta un grado de madurez alto. Javier Hervada explica que:

«Característica de la concepción moderna del derecho natural fue la ruptura —en línea similar a lo que ocurrió en otros campos de la cultura— de esa visión de la sociedad, y la consiguiente sustitución de la teología por el derecho natural como ciencia de los principios supremos de la convivencia social. En definitiva, el derecho natural, de ser una de las leyes de la convivencia humana, pasó a ser la ley básica de esa convivencia. Y como consecuencia lógica, la ciencia del derecho natural se transformó en el sustitutivo de la teología moral como ciencia suprema de la vida del hombre en sociedad. Naturalmente, esto implicaba la aparición de la disciplina del derecho natural como ciencia específica».

Los reformadores habían desmembrado a Europa, recalcando las diferencias nacionales. Ya no estaba claro el vigor del derecho común, porque no provenía desde la autoridad del gobernante nacional. La Libertas Christiana que proclamó Lutero, unida a la mentalidad creada en las universidades por la figura de la Omnium una libertas romanista, habían socavado bastantes bases del modelo político y social conocido hasta entonces. La sociedad estamental, en la que los ciudadanos eran desiguales en derechos y deberes, comenzó a tambalearse. Las obras de Fernando Vázquez de Menchaca, Luis de Molina o Francisco Suárez fueron reeditadas, en numerosas ediciones, en el siglo XVII, en toda Europa. Pero,

¿cómo hacer viables las propuestas contenidas en ellas? La Revolución de 1789 mostró cómo era posible hacer esto, pero en el 1600 nadie pensaba en revoluciones.