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4.2.3 Semantic Web Enabled Software Engineering

ESPARTA RETOMA LA OFENSIVA

Mientras los atenienses asumían los acontecimientos de Sicilia, Esparta se preparaba para poner fin a la precariedad creada por una paz artificial. Un par de cambios importantes del statu quo los convencieron para reanudar la guerra con una invasión del Ática y la construcción de una fortificación permanente en territorio ateniense. El primero de estos cambios fue la inversión del equilibrio estratégico en Sicilia, donde en aquellos momentos parecía que los atenienses encajarían una derrota frente a los de Siracusa. En vez de liberar a la gran armada de cumplir con su misión dentro de sus fronteras, los atenienses se habían concentrado en la campaña siciliana, lo que sin duda consumiría en tierra extraña las fuerzas del ejército de Atenas. El segundo acontecimiento crucial fue la decisión ateniense de lanzar incursiones sobre el territorio espartano como represalia. Atenas había venido perpetrando acciones en el Peloponeso durante algún tiempo, aunque siempre había evitado atacar la misma Laconia. Aun así, los espartanos decidieron no considerar tales ataques como un incumplimiento de los términos de la paz; sin embargo, los atenienses atacaron las costas de Laconia en el verano del año 414, lo que alteró la situación radicalmente. Sus incursiones «violaban el tratado con los espartanos del modo más flagrante» (VI, 105, 1), y liberaban a los espartanos del sentimiento de culpabilidad que les había perseguido desde los inicios de la contienda. Los de Esparta sabían bien que la lucha había comenzado cuando los aliados tebanos incumplieron la tregua con su ataque a Platea, que se habían equivocado al rehusar someterse al arbitraje en el 432-431, y que habían hecho pedazos sus juramentos e invalidado el Tratado de los Treinta Años. «Por todo esto, mantenían la creencia de haberse merecido sus fracasos, y se explicaban así el desastre de Pilos y todos los demás contratiempos sufridos» (VII, 18, 2).

Ahora, sin embargo, era Atenas la que había roto el Tratado e incumplido sus promesas de manera deshonrosa. Durante los años anteriores, cuando los atenienses luchaban en el Peloponeso junto con sus aliados, habían sido los espartanos los que habían pedido solucionar sus diferencias por medio del arbitraje; en aquel momento, fueron los atenienses los que se negaron repetidamente a aceptarlo, escarmentados por las continuas transgresiones del Tratado por parte de Esparta. «Esta vez los espartanos llegaron a la conclusión de que se habían cambiado las tornas, y que los ate-nienses cometían ahora las mismas violaciones del tratado que habían perpetrado ellos antes. Así pues, se mostraron decididos a entrar en guerra» (VII, 18, 3).

LA FORTIFICACIÓN DE DECELIA

A principios del mes de marzo del 413, el rey Agis decidió saquear el Ática, e inició la fortificación de un campamento en la colina que domina la llanura de la población de Decelia, a unos 18 kilómetros en dirección nornordeste de Atenas y a la misma distancia de Beocia. Con ello se logró ejercer una presión sin precedentes sobre los atenienses, ya que mientras las anteriores incursiones sólo habían durado de dos a cinco semanas al año, en lo sucesivo no podrían acceder a sus casas y campos. «Atenas, en vez de una ciudad, parecía una fortaleza» (VII, 28, 1). Reclutas de todas las edades hacían turnos noche y día para dar aviso de un posible ataque espartano, situación que continuaría tanto en invierno como en verano durante el resto de la contienda. La caballería hacía

escaramuzas cada día para mantener a raya a los espartanos, con lo que cansaba a sus hombres y dejaba lisiados a muchos caballos. Con la urgencia de defender su propia ciudad, no podían batallar en Sicilia, donde se les echaba de mucho menos.

En múltiples y destacables sentidos, la ocupación de Decelia era comparable a la actuación ateniense en Pilos. Durante el primer año, por ejemplo, desertaron unos veinte mil esclavos, muchos de los cuales habían huido de las minas de plata de Laurio, cuyos beneficios pronto dejarían de disfrutar los atenienses. El ganado y los animales de carga también formaban parte del saqueo pelo-ponesio. Los tebanos, que se habían unido a los espartanos en el saqueo del Ática, fueron los aliados más oportunistas y diligentes a la hora de apropiarse de los bienes atenienses. Un historiador del siglo IV relata que «se hicieron con los prisioneros y con el botín de guerra a bajo precio y, como vivían en territorio vecino, se llevaron a sus hogares todos los materiales de construcción del Ática, empezando por las maderas y los azulejos de las casas» (Hellenica Oxyrhynchia, XII, 3).

En Decelia, los espartanos también habían bloqueado el paso terrestre a Eubea por Oropo. Desde el comienzo de la guerra, la mayor parte de la cabaña ateniense se había alimentado en los pastos de Eubea, desde donde recibía suministros esenciales y que era además punto de partida importante de algunas de sus exportaciones. La ocupación de Decelia les obligaba a enviar y recibir cualquier cosa a través de una larga travesía marítima alrededor del cabo Sunio, una alternativa mucho más costosa. Todo lo anterior contribuyó a poner a Atenas bajo una presión extraordinaria.

La atrocidad más horrible que trajo la guerra fue la escasez latente de fondos. Conforme reunían refuerzos destinados a Sicilia, los atenienses trajeron un cuerpo de infantería ligera de Tracia; pero los mil trescientos mercenarios, muy diestros con las dagas, llegaron tarde a Atenas para tomar parte en la campaña. Para ahorrarse el dinero, se les envió de vuelta bajo la dirección del comandante ateniense Diítrefes, al que se le dio orden de utilizarlos en su regreso para infligir todo el daño que pudieran. Una mañana, al amanecer, atacaron la pequeña población beocia de Micaleso, cuyos habitantes se hallaban indefensos. «Los tracios cayeron sobre Micaleso, saquearon hogares y templos, y asesinaron a sus habitantes sin distinción de edad. Mataban a todo aquel que se encontraban, incluso mujeres y niños, y animales también. Todo lo que veían con vida» (VII, 29, 4). También asaltaron una escuela, y «a los niños, que acababan de entrar, los pasaron a todos a cuchillo» (VII, 29, 5).

REFUERZOS PARA AMBOS EJÉRCITOS

Mientras los atenienses se preparaban para fortalecer su posición en Sicilia, el triunfo de Gilipo acabó convenciendo a los peloponesios para que enviasen refuerzos adicionales a la isla. Planeaban expedir tres contingentes: uno, compuesto por seiscientos ilotas y neodamodes al mando del general espartiata Écrito; un segundo, con trescientos beocios con sus propios mandos, partiría del sur del cabo Tenaro y pondría rumbo a mar abierto. La tercera fuerza, compuesta por setecientos mercenarios hoplitas de Corinto, Sición y Arcadia, navegaría hacia el oeste escoltada por un convoy de veinticinco trirremes corintios a través del golfo de Corinto, pasando por la base ateniense de Naupacto.

Entretanto, Eurimedonte siguió adelante con la recogida de fondos y con la creación de una pequeña fuerza en Atenas, mientras Demóstenes equipaba la principal armada de refuerzo. Con él y con Caricles al mando, zarparon dos flotas del Pireo a principios de la primavera del 413; no se dirigieron directamente a Sicilia, sino a atacar Laconia con la ayuda de los argivos. Su objetivo fundamental era un cabo frente a la isla de Citera, fondear allí y fortificar su istmo. La intención era convertirla en lo que Pilos era en el oeste (un enclave al que los ilotas pudieran huir y desde donde pudieran asaltar Laconia), pero la nueva base resultó estar demasiado lejos de Mesenia como para alentar las deserciones. Los atenienses jamás llegaron a lanzar un ataque desde este enclave, y al año siguiente lo abandonaron.

Caricles volvió a Atenas, pero Demóstenes condujo su flota por la línea costera rumbo a Sicilia con la idea de causar problemas a los corintios y reclutar aliados por el camino. En Acarnania, se

entrevistó con Eurimedonte, que había vuelto para informarle de los reveses atenienses y de la necesidad de acelerar los refuerzos. Sin embargo, antes de que pudieran zarpar, Conón, el almirante ateniense de Naupacto, llegó con la queja de que sólo tenía dieciocho trirremes, por lo que no podía abordar un convoy corintio de veinticinco. Con el tiempo, Conón llegó a ser considerado como uno de los mejores almirantes griegos; así pues, sus dudas sugieren que las naves de Naupacto estaban tripuladas por marineros y timoneles deficientes, porque los mejores ya se encontraban en Sicilia o de camino a ella. Para reforzar su flota, Demóstenes y Eurimedonte le enviaron sus mejores embarcaciones, antes de poner rumbo rápidamente a Sicilia.

LA CAPTURA DE PLEMIRIO

Aunque Gilipo había conseguido una serie de victorias relevantes, la perspectiva de la nueva llegada de las tropas atenienses a Sicilia amenazaba con empañar todos sus triunfos previos. A los siracusanos, que estaban costeando los servicios de más de setecientos soldados extranjeros, se les acababa el dinero; el bloqueo ateniense, aunque imperfecto, había logrado reducir los ingresos de sus ciudadanos y paralizar el comercio, cuyos aranceles decrecientes estaban destinados al tesoro público. A esto había que sumar el coste de la construcción, equipamiento y tripulación de los barcos de guerra, factores que se convirtieron en una carga enorme para Siracusa, que carecía de un imperio que le proporcionase los fondos necesarios con que pagar una flota, y a quien sus aliados no le ofrecían dinero. La llegada de refuerzos frescos de Atenas, pues, bien podía conducir a los de Siracusa a reconsiderar la rendición.

Así pues, Gilipo se desplazó rápidamente contra Plemirio, el punto más vulnerable de los atenienses, con la intención de planear un ataque naval como señuelo para disfrazar el verdadero ataque a la base enemiga por tierra. Para convencer a los siracusanos de que llevaran a cabo un asalto naval, aun como distracción, contra los temibles atenienses, contó con la ayuda de Hermócrates, que seguía siendo una figura poderosa incluso sin estar en activo. La elocuencia de Hermócrates persuadió a los siracusianos, que se embarcaron con gran entusiasmo. Gilipo, protegido por la oscuridad de la noche, condujo su ejército hasta Plemirio, mientras que ochenta trirremes siracusanos hacían lo propio desde diferentes puntos de la costa.

La armada ateniense reaccionó con celeridad: sesenta embarcaciones se hicieron a la mar, las cuales combatieron al enemigo hasta un punto muerto a pesar de ser superadas en número. Sin embargo, la situación del ejército ateniense en tierra firme era muy diferente: la infantería, que ignoraba el avance enemigo, contemplaba desde las orillas la batalla marítima. Al romper las primeras luces, Gilipo lanzó un ataque sobre los fortines, mal defendidos, y se hizo con los tres, aunque muchos atenienses lograron ponerse a salvo. Entretanto, la superioridad naval de los atenienses se hacía valer por sí misma y los navíos siracusanos caían uno tras otro, lo que «proclamaba el triunfo de los atenienses» (VII, 23, 3). Los atenienses hundieron once naves y sólo perdieron tres: la supremacía en el mar había sido recobrada. Sin embargo, habían sufrido muchas bajas, a las que había que sumar la confiscación de los víveres de los fortines y los suministros navieros (el velamen y los aparejos de unos cuarenta trirremes, así como tres embarcaciones al completo, varadas en la orilla). El coste estratégico de la toma de Plemirio fue aún mayor. Los atenienses no podían seguir llevándose allí sus suministros y «su pérdida traería consigo el desconcierto y la desmoralización del ejército» (VII, 24, 3).

Como Estado amigo, los siracusanos dieron noticia de su victoria a Esparta y solicitaron que siguiera perseverando en su guerra contra Atenas incluso con mayor vigor; a su vez, enviaron una flota a Italia para cortar los suministros que venían de Atenas. También se hizo correr la voz de la caída de Plemirio por toda Sicilia gracias a los embajadores de Corinto, Esparta y Ambracia, los cuales dotaban de credibilidad las afirmaciones. El esfuerzo se vio coronado con éxito, porque «casi toda Sicilia..., incluso los que antes se habían mantenido al margen como meros espectadores, se les unían ahora y venían a socorrer a los siracusanos en contra de los atenienses» (VII, 33, 1-2).

LA BATALLA DEL PUERTO GRANDE

Los siracusanos reclutaron un contingente de griegos sicilianos para marchar contra Atenas en Siracusa. Pero Nicias se las arregló para tenderles una emboscada antes de que llegaran muy lejos, lo que frustró las esperanzas siracusanas de atacar a los atenienses por tierra antes de la llegada de los refuerzos. Así pues, Siracusa necesitaba una victoria marítima, y las noticias que llegaban del golfo de Corinto aumentaron sus ansias de triunfo. Dífilo, el nuevo comandante ateniense de Naupacto, tenía en su poder treinta y tres embarcaciones; Poliantes, el mando corintio, treinta. Para reducir la gran ventaja de la experiencia y la pericia habituales en los atenienses, Poliantes llevó a cabo una pequeña pero importante alteración del diseño de sus trirremes para poder ejecutar una táctica novedosa. En la proa de cada navío colocó una epotis, una plancha que sobresalía por cada costado desde la que poder arrojar el ancla como en la zapata de los navíos actuales. La epotis iba montada en el extremo del balancín, que estaba unido a la borda en cada lateral de la embarcación y sobre la que se fijaban los ganchos para las palas de los remeros superiores.

Los trirremes evitaban chocar de frente durante el curso normal de las batallas porque esa acción podía dañar a ambos navíos, de manera que no siempre traía ventajas para uno solo de los dos bandos. Poliantes, sin embargo, reforzó mucho la epotis para poder chocar contra los barcos atenienses y destrozarlos por medio de los ganchos laterales de los remos, cuando éstos, más frágiles, vinieran frontalmente. La maniobra de Poliantes causó el hundimiento de tres embarcaciones corintias pero dejó a siete navíos atenienses fuera de combate. El resultado no fue concluyente, ya que ambos bandos ofrecieron igualmente trofeos a la victoria; no obstante, el triunfo estratégico fue a parar a manos de los peloponesios. Los atenienses no habían conseguido destruir las fuerzas enemigas: su capacidad para proteger los envíos de tropas y mercancías había llegado a su fin. Por primera vez, una flota peloponesia había combatido contra la armada ateniense, numéricamente superior, y la lucha había quedado en tablas. En mar abierto, un enemigo preparado podría superar esta nueva táctica, pero en aguas restringidas podía seguir siendo útil si pillaban desprevenido al enemigo.

La victoria del golfo de Corinto alentó a los siracusanos a desafiar de nuevo a la flota ateniense como parte de la planificación de un complicado ataque por mar y tierra. Los barcos de Siracusa utilizaron entonces zapatas más gruesas, sujetas por barras fijas dentro y fuera del casco. En el angosto espacio del puerto de Siracusa, a los atenienses no les sería fácil romper la línea defensiva siciliana (diekplous) ni rodearla (periplous), así que la táctica de hacer chocar las barras atravesadas contra los ligeros trirremes atenienses prometía aportar nuevos triunfos. Los siracusanos, al controlar el terreno de los alrededores del Puerto Grande (a excepción de una pequeña línea costera entre los muros atenienses y Ortigia y Plemirio), dominaban sus accesos (véase mapa 22); por lo tanto, una derrota ateniense podría tornarse en un gran desastre, ya que los barcos que huyeran de allí no podrían escapar ni por mar ni por tierra. Aunque los atenienses ya habían conocido en el golfo de Corinto la eficacia de los ataques frontales peloponesios, la confianza en su propia superioridad y el desdén frente a la poca capacidad de sus enemigos eran tales que pensaron que no se trataba de una táctica planificada, sino más bien de movimientos involuntarios causados por la ineficacia peloponesia con el timón.

En su contrapartida terrestre, el plan de Gilipo consistía en marchar con un ejército sobre la fortificación ateniense que encaraba la ciudad, mientras las tropas siracusanas del destacamento del Olimpeio, los hoplitas, la caballería y los contingentes de infantería ligera atacaban el lado opuesto. Esto hizo que los atenienses centraran su atención en la defensa de los muros, lo que les haría quedar sin protección para enfrentarse a la flota de Siracusa, que no tardaría en caer sobre ellos. Algunos corrieron hasta una de las fortificaciones, los demás hacia la otra, y los menos se apresuraron a armar la flota. Aun así, todavía pudieron botar setenta y cinco barcos contra los ochenta del enemigo. La primera jornada de la batalla no llegó a favorecer a ningún bando. Al día siguiente no hubo combate, y Nicias aprovechó la calma para preparar el próximo enfrentamiento. Los atenienses habían construido una empalizada en la arena bajo el agua, a cierta distancia de la

orilla, para proteger los navíos varados. Con la idea de facilitar la defensa de los barcos al salir de la batalla, Nicias emplazó una embarcación de carga delante de cada entrada de la empalizada, separadas éstas por unos setenta metros. Cada barco llevaba una estructura armada con plomos pesados con la forma de un delfín.

La grúa podía dejar caer los «delfines» sobre los barcos enemigos perseguidores y hundirlos o dejarlos inservibles.

Al tercer día, los siracusanos se lanzaron de nuevo al ataque. La batalla se convirtió en una larga escaramuza, que se prolongó hasta que se retiraron a comer y descansar en la playa, donde los mercaderes habían montado tenderetes para abastecer a los guerreros hambrientos. Por su parte, los atenienses se dirigieron a la orilla con la convicción de que había concluido la lucha por ese día; sin embargo, mientras sus soldados se reponían, los siracusanos atacaron por sorpresa y los atenienses, estupefactos, apenas pudieron hacerse al mar con sus naves. Los comandantes se dieron cuenta de que, debido a que estaban siempre embarcados, sus soldados se agotarían pronto y estarían en desventaja frente a los siracusanos, más descansados. Pero la huida en aguas cerradas frente a un enemigo alineado no era tarea fácil ni segura; de todas maneras, jamás se había oído la mera idea de que los almirantes atenienses optasen por rehuir la batalla con un enemigo igualado en número; así pues, se dio orden de atacar de inmediato.

Los siracusanos se enfrentaban a los atenienses cargando proa contra proa y con algunos trucos nuevos: llenaron las cubiertas con lanzadores de jabalina y a otros muchos los embarcaron en pequeños botes, que colocaron bajo los remos de los trirremes áticos lo que dejó fuera de combate a muchos remeros. Sus tácticas heterodoxas, junto con la condición física dispar de ambos bandos, dieron la victoria a los siracusanos; los atenienses sólo pudieron escapar al desastre poniéndose a salvo tras la empalizada y los mercaderes. Incansables, dos de las embarcaciones de Siracusa que se lanzaron en su persecución quedaron destruidas por sus «delfines». Se hundieron siete navíos atenienses y muchos quedaron en un estado lamentable; un gran número de marineros de Atenas encontró la muerte durante el enfrentamiento o cayó prisionero. Los siracusanos tomaron el control del Puerto Grande y erigieron un trofeo a la victoria. Ahora estaban convencidos de superar a los atenienses en el mar, pronto los derrotarían también en tierra; así que se dedicaron a ultimar los preparativos de un nuevo ataque en ambos frentes.

LA SEGUNDO FLOTA ATENIENSE: EL PLAN DE DEMÓSTENES

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