6 Quantitative Results
6.2 Sensitivity Analysis
sólo hablábamos de mejorar nuestros cultivos para no tener que migrar a trabajar a la costa. Por eso y de esta manera, nuestra historia se basa en una razón, y la razón es que, entonces vivíamos, en extrema pobreza.
Y yo quiero decirles que, desafortunadamente, lo que siempre pasa es que cuando sopla el viento, los pobres son los que más sufren; cuando tiembla la tierra, los pobres son los que más sufren; si hay violencia, los pobres son los que más sufren. Es así como siempre pasa. Este programa comenzó para elevar la conciencia. Apenas habíamos empezado a levantar la conciencia y empezábamos con los primeros cultivos, es cuando vino el terremoto y destruyó el 86 por ciento de nuestras casas, eso fue en 1976… Tristemente, los pobres fueron los más dañados. Pero, fue gracias al terremoto que empezaron a darnos alguna ayuda y que la gente se motivó para organizarse y construir su casa. El terremoto nos dejó organización. Las agencias que llegaron para ayudarnos encontraron un terreno fértil porque nosotros vivíamos en extrema pobreza. Teníamos una gran necesidad. Casi el 90 por ciento de nosotros tenía al menos un pequeño terreno. El terremoto nos dejó organización y nos dio un espacio para organizarnos. Pero, después, en 1979 y 1980, cuando estas organizaciones encon- traron el terreno fértil debido a la explotación, las organizaciones guerrilleras también encontraron el terreno fértil para la guerrilla. Por eso fue que de las 169 comunidades de San Martín, unas 100 se organizaron con la guerrilla.
Esto significó que el mando del ejército clasificará la zona como zona guerrillera, y confundieron a quienes tenían ideas revolucionarias con quienes pertenecían a la guerrilla. Había muchas personas que estaban organizadas, pero ellas no eran parte de la guerrilla. Los miembros de la guerrilla eran los que pertenecían a un frente armado. Sin embargo, como la gente estaba organizada, el comando del ejército dijo que era una zona peligrosa para el Estado de Guatemala y desarrolló una política de tierra arrasada… Ese fue el comienzo de otras penas. En San Martín, hubo 3,879 víctimas. A San Martín, le costó su orga- nización… destruyó también nuestro sentimiento, nuestra unidad. Todo esto fue destruido por la violencia. Destruyeron nuestras casas y nuestra capacidad de hablar y de decir: “somos compañeros, luchemos juntos”.
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Fue así cómo, dominados desde entonces por el miedo, todos estamos ahora dormidos. Ustedes saben que todavía tenemos miedo. Si yo voy a una comunidad y pregunto a las personas si ellas estuvieron organizadas en la guerrilla, todas me van a decir que no, y yo lo respeto… Nuestro miedo es más grande que nosotros mismos. Nuestra situación espiritual está mal. Para estar bien, tenemos que estar bien económica y espiritualmente. Si le pregunto: ¿cómo está? usted me va a decir: “bien”… pero no, porque usted no está bien espiritualmente, como tampoco está bien económicamente. ¡No estamos bien! Nosotros tenemos que apoyar nuestra organización para que vuelva a crecer. ¿Por qué? Porque ellos nos dicen que la electricidad es el desarrollo, que el agua potable es el desarrollo, que las carreteras son el desarrollo. Eso está bien… pero, necesitamos una base económica. La electricidad no me sirve si no la puedo pagar. La carretera no me es útil si no tengo dinero para el pasaje del bus. ¡Tenemos que estar organizados! Tenemos electricidad, tenemos agua, tenemos teléfonos. Entonces ¿qué debemos fortalecer? La agricultura. Ahora hablan de la industria pero ¿por qué hablar de la industria? Nosotros no somos industriales. Nosotros tenemos que hablar de la agricultura para poder avanzar.” “En 1996. fue cuando se firmaron los Acuerdos de Paz y también fue cuando se formaron las organizaciones que tenemos ahora. Hay varias ONG trabajando nuevamente en San Martín, pero ha sido muy duro para nosotros volver a empezar a trabajar. San Martín es de nuevo un terreno fértil para hacer lo que necesitamos hacer, pero depende de cada uno de nosotros que divulgue las ideas en su comu- nidad. Yo les quiero contar sobre todo lo que hemos experimentado y todo lo que aún tiene que pasarnos. Agradezco a Dios cada día por estar vivo y me preparo para mañana. Cuando amanece cada mañana, podemos dar gracias a Dios que estamos vivos y vivir ese día. Nuestro punto de partida tiene que ser nuestro trabajo, porque es el trabajo lo que nos permite tener nuestra comida, nuestra ropa, nos permite tener lo que necesitamos.
Hoy tenemos la oportunidad de estar al frente de organizaciones que buscan la armonía y que tienen esperanza en nuestro pueblo, nuestro pueblo que ha sufrido tanto y que tiene una gran necesidad de ayuda. No somos pobres porque somos indígenas; no, somos pobres porque nunca hemos tenido la oportunidad de desarrollarnos. Tenemos que darnos la mano, pero démonos la mano entre nosotros mismos, porque sólo así lograremos nosotros estar mejor. También quiero decirles que estamos en una etapa mayor en cuanto a nuestra cosmovisión maya. Estamos en una era de reflexión. Después de la reflexión, veremos que podemos desarrollarnos, que podemos vivir mejor, porque nos enten- deremos unos a otros. El Popol Vuh (la Biblia del pueblo maya)… nos enseña que todo tiene su momento, que todo tiene su espacio y que todo tiene su razón de ser. En cada cosa hay que buscar su razón. Y la razón aquí y ahora es que hay muchas organizaciones que buscan la justicia. Y cuando encontremos la justicia, entonces reinará la paz. Viviremos en paz y la situación económica entonces cambiará.”
Celso, San Martín Jilotepeque, Chimaltenango
La conservación del suelo y el Kuchubal: Las semillas de la innovación y la solidaridad
“De 1970 hasta 1980, había un gran movimiento campesino a través de los grupos de catequistas. Entonces, andaba un gringo por aquí, un gringo llamado Roland Bunch, él nos hablaba sobre la conservación del suelo y los abonos orgánicos y hablaba de muchas otras cosas. Pero nosotros los campesinos no llegábamos a entenderle. Nosotros nos preguntábamos ¿qué es la conservación del suelo? ¿Qué serán los abonos orgánicos y los abonos verdes? Entonces, sólo sabíamos de los abonos químicos. No entendíamos los números de los abonos, sólo los conocíamos por las marcas. El trabajo empezó en los años setenta y ochenta. Entonces, hubo un gran movimiento. De 1972 a 1974, hubo capacitación, se reunía a campesinos de diferentes comunidades… También, teníamos promotores de grupo que nos llevaban a Tecpán, donde Don Sonorio Salazar, quien tenía una finca excelente. También, fuimos donde Anastasio Muy, quien tenía un terreno en Patzicía. Entonces, nada sabíamos del abono verde, del frijol choreque (frijol terciopelo), ni como plantarlo. Lo importante fue que lo que vimos, lo empezamos a practicar nosotros mismos. Así VOCES DE LATINOAMÉRICA MOVIMIENTO CAMPESINO A CAMPESINO PARA LA AGRICULTURA SUSTENTABLE
empezamos a visitar a otros campesinos. Entonces, fue así como Campesino a Campesino empezó aquí en San Martín. Las experiencias de los campesinos en Chatalju se fueron a Las Lomas, las experiencias de Las Lomas se fueron a Xetu, se fueron a Xitaflor… entonces, el Movimiento empezó a trabajar con curvas a nivel, con muros de contención, con barreras vivas. Había un gran hombre con nosotros, él se llamaba Marcos Orozco. Él era un hombre con cincuenta y cinco años de experiencia trabajando en el Ministerio de Agricultura. Él nos enseñó todo lo que él sabía. Nosotros lo aprendimos y lo pusimos en práctica.
En 1976, el terremoto nos golpeó muy fuerte. Por un tiempo, aban- donamos la agricultura y empezamos a construir casas, porque todas nuestras casas se habían caído, estaban destruidas. Había promotores de construcción, había un programa para albañiles y otro para carpinteros. El grupo de promotores agrícolas trabajaba en esto. También, había un grupo de mujeres que aprendían sobre salud, higiene y nutrición. Había un gran movimiento de constructores y trabajadores de la salud en los años 70 y 80… Así resolvimos estos “problemas menores” después del terremoto y regresamos a trabajar en la agricultura.
En 1979, empezó la ola de violencia. Empezaron a matar a nuestros líderes, uno por aquí y otro por allá. En los ochenta, se puso todavía peor. Pero, nosotros tuvimos la buena experiencia de Campesino a Campesino, porque era un Movimiento que no vino de ninguna parte, sino que fue creado aquí en San Martín, a través del kuchubal. El terremoto nos recordó la importancia de trabajar en kuchubal, porque uno solo no podía levantar las vigas, ni poner las láminas del techo… necesitaba la ayuda de otros. Nosotros no teníamos dinero para pagar a quien nos ayudara, así que teníamos que ayudarnos unos a otros. Nos teníamos que organizar. Nos juntábamos y entre seis vecinos, amigos o familiares, nosotros construíamos una casa y luego, otra. Ese fue el trabajo del kuchubal. El kuchubal nos enseñó muchas cosas… cómo organizarnos y cómo trabajar juntos.
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Pues, así es la historia de Campesino a Campesino. Aprendimos mucho unos de otros. Es cierto, había técnicos. Los técnicos saben muchas cosas, pero ellos fracasan cuando toca hacer las cosas en el campo. Por eso, si nos dicen “vayan y trabajen técnicamente”, nosotros no podemos. Sabemos usar el azadón, sabemos usar el machete, pero no sabemos usar las cosas técnicas. Pues entonces, las técnicas se fueron filtrando poco a poco y ganamos experiencia. Es verdad que entonces no sabíamos las cosas como las que sabe un agrónomo. Nosotros sólo éramos campesinos, trabajábamos la tierra, usábamos el azadón, usábamos el machete, usábamos la tierra y usábamos todo como podíamos. Pero, nosotros no sabíamos sobre contenido, no sabíamos sobre proceso, como tampoco sobre desarrollo. Gracias a Dios, unos catequistas estaban en el convento escuchando el evangelio cuando llegó el gringo (Roland Bunch) quien trabajaba con Vecinos Mundiales. Y fueron los de Vecinos Mundiales que empezaron primero a enseñarnos. Pero, nosotros al principio no sabíamos qué hacer. Empezamos a aprender lo que saben los agrónomos. Aprendíamos y aprendíamos. Después, empezamos a trabajar. Entonces, alguien decidió ir a visitar a otro para ver cómo estaba su trabajo en el campo, para ver qué problemas tenía, qué le estaba funcionando bien. Uno se equivoca mucho trabajando en el campo. Muchos de los que reci- bimos la capacitación practicábamos en el campo lo que habíamos aprendido. Y así decidimos ir a ver el trabajo de otros para ver cómo lo hacían y si aprendíamos. Con esta idea, nos llevaron a Patzicía, San José Churucuy, Tecpán… Estábamos recibiendo clases, pero mire allí nos apareció un problema: no lo podíamos hacer solos. Entonces, fue así como apareció la idea de Campesino a Campesino, porque estos agricultores no eran agrónomos, sino que eran campesinos. Entonces empezamos a creer en nuestra experiencia. Muchos de nosotros empezamos a trabajar. Algunos todavía están allí trabajando, otros ya se fueron con Dios. Ellos nos dejaron mucho trabajo y eso es lo que hacemos hasta hoy. Con esta experiencia empezamos a ir a otros países. Recuerdo que muchos promotores vienen desde entonces de este comienzo: José Cupertino, Ángel Mario Moreno, Don Timoteo Turiz. Ellos fueron a México a dar cursos. Pero, fue muy triste, cuando la violencia llegó, cuando llegó la represión todos tuvimos que huir. Yo también tuve que huir.”
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El terremoto y la violencia
En Guatemala, el terremoto de 1976 destruyó cientos de pueblos en el área montañosa, la mayoría era casas de gente indígena. Más de 25,000 personas murieron, la mayoría campesinos pobres, además varias decenas de miles se quedaron sin casa. Para aliviar las secuelas, las agencias de ayuda internacional brindaron materiales, víveres y ayuda para la organización y la reconstrucción en el campo. Esta ayuda, frecuentemente, estuvo condicionada por la afinidad religiosa o política. Los sobrevivientes del terremoto se encontraron negociando en un terreno infestado de alianzas políticas, siendo las más peligrosas las maniobras de la élite rural que, ayudada por el ejército, vió en el terremoto la oportunidad para aprovecharse aún más de la tierra y del trabajo de los campesinos. Varias organizaciones revolucionarias guatemaltecas se hicieron visibles en distintas regiones del país; sus filas siempre estaban llenas, con la participación de la población pobre, en su mayoría campesinos indígenas. Para afrontar la crisis, las comunidades indígenas profundizaron su identidad cultural, reviviendo sus tradiciones de confianza en sí mismos, de ayuda mutua y de solidaridad. Paradójicamente, las mismas cualidades que les permitieron reconstruir sus vidas después del terre- moto, los llevaban a ser catalogados como “subversivos” y a ser un objetivo de la guerra contra-insurgente en la campaña de “tierra arrasada” que ejecutó el ejército de Guatemala. Desde que, en 1954, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos respaldó un golpe de estado militar, Guatemala ha sido gobernada por una sucesión de presidentes dictatoriales despia- dados que, con la fuerza del ejército, defienden el poder político y económico de la élite de terratenientes y los intereses del poder industrial. El campesinado sufrío el servicio militar obligatorio, las masacres, las desapariciones y la ocupación militar a lo largo de las décadas de los 80 y 90. Los campesinos se refieren a este período únicamente como: “la violencia”.
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María: desafiando la tristezaLos sobrevivientes del Movimiento Campesino a Campesino de San Martín Jilotepeque contaron sus historias. Al principio, hablaban con temor, con mucho cuidado, tímidos, evitando abordar las décadas de violencia que destruyeron sus vidas. María, una joven madre viuda Kaqchikel, escuchaba callada mientras los otros narraban la terrible historia de esa región, haciendo reverencia y refiriéndose con respeto a todos los muertos, asesinados.
Después del testimonio de Celso sobre “el terreno fértil y la pobreza extrema”, María levantó su mano. Caminó al frente del salón y tomó la grabadora de mi mano. Con su hijo sobre su cadera, ella empezó a contar su historia. Ella contó el día cuando llegaron los soldados a su casa, ella llevaba su desayuno a su papá quien estaba trabajando en el campo. Ella vio y fue corriendo a su casa para advertir a su familia. Su mamá le ordenó esconderse entre los matorrales. Asustada, ella rehusó hacerlo, pero su mamá puso a su pequeño hermano entre sus brazos y la empujó fuera de la casa. Ella se escondió entre los matorrales y vio cómo el ejército de Guatemala arrastró a su papá hasta el frente de su casa y lo golpeó hasta matarlo, luego disparó contra su abuelo. María lloró sin reservas mientras hablaba de los años de terror, de hambre y de tristeza, que siguieron. Ella contó que había encontrado alegría y esperanza con su esposo, pero eso duró poco porque él murió en un accidente de carro. Ella terminó pidiendo a todos que fueran sinceros al hablar y que se unieran, a pesar de la pena insoportable que llevan dentro. La pena que los mantiene congelados en su miedo. Hubo un silencio muy incómodo. Luego, se levantaron las manos. Todos querían contar sus propias historias. María me entregó la grabadora, que accidentalmente había estado apagada todo el tiempo que ella habló. La encendí y se la pasé al siguiente orador. Me maravillé de cómo la gente, con una historia tan trágica de represión, pudo juntarse nuevamente a pesar de la permanente amenaza de violencia. En sus corazones, se rebelan contra la violencia y contra su terrible soledad. Permitiéndose hablar, ellos sobrepasan el miedo y se unen desafiando su tristeza. Para los Kaqchikeles, vencer su pena es un acto de resistencia. ■
CAPÍTULO II:HISTORIAS DE CAMPESINO A CAMPESINO
73 Debido a que el desarrollo agrícola sustentable centrado en la gente, promovido por Vecinos Mundiales, se vio como una alternativa de resistencia armada en los años 1970; en los años 1980, los promotores y las personas que participaban en ella fueron catalogadas como sub- versivas, simpatizantes de la guerrilla o guerrilleros. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados, torturados o desterrados. Fue el inicio de una larga, oscura y dolorosa noche.
El Movimiento Campesino a Campesino, que empezaba a gestarse, fue “desaparecido”. Los familiares de las víctimas, los sobrevivientes, se convirtieron en refugiados en su propia tierra. Se cuenta la historia que algunos campesinos destruyeron su trabajo para conservar el suelo, que rellenaron las zanjas a nivel con caña de maíz y luego lo cubrieron con tierra. Esto lo hicieron para no ser directamente identificados con el Movimiento. Los trabajos de conservación del suelo y del agua tuvieron que permanecer escondidos durante casi dos décadas. “Todos nosotros sufrimos durante el conflicto armado. Lo peor para nosotros fue de 1980 a 1984. Lo que aprendimos, en los años setenta, sigue siendo bueno. Como mujer, yo aprendí con mi compañero. Yo lo veía a él trabajar en el grupo y participar en el kuchubal. No vamos a echarle la culpa al terremoto de lo que pasó. Dios lo mandó y Él sabe por qué. Yo aprendí mucho sobre agricultura, sobre las terrazas, la conservación del suelo y del agua, todo esto aprendí con mi compa- ñero. Pero, cuando empezó la violencia, ya no pudimos trabajar… ya no podíamos reunirnos en grupos, porque si lo hacíamos nos acusaban de ser guerrilleros. Tuvimos que dejar nuestro trabajo, tuvimos que dejar de aprender, todo se quedó atrás, abandonado. La violencia vino. Con la violencia, fuimos abandonados y despreciados… perdimos mucha gente. Yo perdí a mi compañero. Yo me quedé sola con tres hijos. ¿Qué hice entonces? Yo trabajé. Yo, con mis hijos, sufríamos y trabajé para ganar la comida de cada día. Tenía que trabajar, porque si no lo hacía, no tenía para darles de comer a mis hijos. No sólo perdimos nuestras propias historias, sino que se hizo otra historia, la del ejército, la del conflicto armado. La guerra nos dejó miserables, sin comida, sin ropa, sin familia, sin tierra para trabajar. Todo esto es dolor para nosotros… todos los que tenemos víctimas. Los jóvenes de ahora no se acuerdan, porque ellos eran muy pequeños cuando toda la desgracia pasó. Todo lo que el conflicto armado nos dejó es la tristeza. Para mí,
tristeza es quedarse sin papá, sin mamá sin hermanos y sin hijos. Esa es tristeza. Además de eso, perdimos también todo el trabajo que habíamos hecho en nuestros campos.”
Mariana Cadena Casqui de Xatalun, San José “Lo primero que yo hago es agradecer a las familias que nos ayudaron para que no nos muriéramos de hambre. Agradezco a todos los com- pañeros por lo mucho que nos han ayudado, por todo lo que han compartido con nosotros. Yo soy una viuda desde 1985 y yo perte- nezco a un grupo de mujeres viudas de guerra. Yo agradezco mucho esto porque yo estoy sola con Dios para que me ayude y estas familias que me ayudan. Gracias por el camino que me han brindado. Yo