Hay otra serie de eventos, también aparentemente baladíes, pero que más allá del
mero valor anecdótico que hoy revisten, se hace necesario esclarecer por lo
determinantes que han venido a ser en el destino de la Constitución. Me refiero a todo
lo concerniente al proceso de debate y discusión de los textos, etapa que sufrió
grandes traumatismos en razón de lo que podríamos denominar una variada gama de
infortunadas circunstancias.
En primer lugar, era evidente la falta de preparación de muchos de los constituyentes
en los temas básicos que hacen parte del contenido de una Constitución. Y si bien se
puede afirmar que el ejercicio del poder constituyente es el umbral entre el derecho y
la política, tampoco es menos cierto que el desempeño en esta clase de menesteres
requiere unos mínimos niveles de cualificación. Por eso, no obstante que en el seno de
la Asamblea había una amplia representación de abogados que alcanzaba al 54% del
total de los integrantes,
126eran muy escasos los constitucionalistas, y prácticamente
126
40 Abogados: Diego Uribe Vargas, Jesús Pérez González, Julio Simón Salgado, Misael Pastrana, Guillermo Guerrero, Helena Herrán, Hernando Londoño Jiménez, Arturo Mejía Borda, Jaime Ortiz Hurtado, Juan B. Fernández, Álvaro Gómez Hurtado, Álvaro Echeverri Uruburu, Cornelio Reyes, Alfredo Vásquez Carrizosa, Carlos Holmes Trujillo, Jaime Benítez Tobón, Carlos Lleras de la Fuente, Juan Carlos Esguerra, Augusto Ramírez Ocampo, Carlos Lemos Simonds, Álvaro Leyva Durán, Francisco Rojas Birry, Fernando Carrillo Flórez, Raimundo Emiliani, Jaime Castro, Hernando Yepes Arcila, Armando Holgín, Jaime Arias López, Guillermo Plazas Alcid, Rodrigo Lloreda Caicedo, Horacio Serpa Uribe, Gustavo Zafra, Hernando Herrera Vergara, Luis Guillermo Nieto, María Teresa Garcés, Carlos Daniel Abello Roca, Oscar Hoyos Naranjo, Fernando Giraldo Ángel, Alfonso Palacio Rudas, José María Velasco Guerrero. 8 Ingenieros: Juan Gómez Martínez, Álvaro Federico Cala, Guillermo Perry, Carlos Rodado, Antonio Galán Sarmiento, Antonio Navarro Wolff, Mariano Ospina Hernández, Rafael Ignacio Molina. 4 Economistas: Jaime Fajardo Landaeta, Carlos Ossa Escobar, Iván Marulanda Gómez, Miguel Santamaría Dávila. 3 Educadores: Aida Abella Esquivel, Abel Rodríguez Céspedes, Germán Toro Zuluaga. 3 Médicos: Antonio Yepes Parra, Eduardo Espinosa Faciolince, Augusto Ramírez Cardona. 2 Arquitectos: Héctor Pineda Salazar, Otty Patiño.1 Tecnólogo: Angelino Garzón. 1 Odontólogo: Francisco Maturana. 1 Sociólogo: Orlando Fals Borda. 1 Filósofa: María Mercedes Carranza. 1 Administrador de Empresa: Eduardo Verano de la Rosa. 10 No disponible: Lorenzo Muelas, Tulio Cuevas, Fabio Villa, Alberto Zalamea, Rosemberg
inexistentes los formados en ciencia política. Por otra parte, la sobreabundancia de
propuestas e iniciativas de todo orden hizo muy difícil que hubiese armonía y concierto
a lo largo de los debates. Además, como ya se resaltó, era notoria la escasez de tiempo,
pues cinco meses eran a todas luces insuficientes para acometer con éxito una labor de
esa envergadura. Así mismo, la inexistencia de un reglamento previo impidió que se
llevara a cabo un más ordenado desarrollo de los debates. Pero hubo, además, otros
elementos como la carencia de un sistema de funcionamiento por bancadas, que, entre
otros, formaron parte de esa constelación de circunstancias que iban a conspirar contra
el buen desarrollo de la Constituyente. Así pues, si bien es dable aceptar las virtudes del
carácter ampliamente participativo del proceso, eso no nos puede hacer perder de
vista que los problemas de funcionamiento interno de la Asamblea sí derivaron en unos
acontecimientos que llegaron a comprometer gravemente las posibilidades de la
Constitución, y que de alguna manera todavía hoy siguen proyectando sombras que
distorsionan una pacífica y más ajustada vigencia del texto normativo.
Con la agudeza que lo caracteriza, el ex delegatario Hernando Yepes Arcila nos ofrece
su versión sobre la manera como incidieron algunas de estas circunstancias:
En el carácter ampliamente pluralista de la Asamblea está su mérito. Lo que diferencia a este proceso constituyente de todos los demás que se han dado en Colombia y lo que lo hace ejemplar frente a muchos en la historia del derecho comparado, es la heterogeneidad de la Asamblea, que permitió identificar y darles expresión política a componentes de la comunidad nacional que hasta entonces eran invisibles. Me refiero particularmente a los indígenas, pero también a las expresiones religiosas minoritarias que irrumpieron como portadores de una conciencia política y que fueron puestos allí en controversia y en relación dinámica con las demás fuerzas del país. La consecuencia de esto es que la Asamblea no fue homogénea cultural ni técnicamente en el proceso de construcción de la Constitución, y esa es una flaqueza que sin duda alguna se refleja en los textos, incluso en la incongruencia de algunos textos entre sí, pero por otro lado, aumenta el nivel de espontaneidad y de representatividad. Además, no se olvide, la sociedad colombiana no es una sociedad de filósofos del derecho, ni de constitucionalistas. Los constitucionalistas siguen siendo raras aves en nuestro medio. La verdad es que esa, dijéramos así, ignorancia del derecho constitucional, entendida en el ámbito de las teorizaciones y las especulaciones jurídicas, contribuyó a que la Constitución tuviera también cierta frescura, mucho parecido con la realidad nacional. Hay normas que a mí personalmente me escandalizaron, me producían una profunda repugnancia porque las miraba desde el ángulo de profesor universitario. Había en este sentido un contraste muy violento entre la maravilla del lenguaje y la precisión de conceptos de la Constitución de 1886, al fin y al cabo redactada por el más alto exponente de nuestra república de gramáticos. Esas frases lapidarias, esas frases broncíneas de esa Constitución uno las ve desaparecer bajo la expresión torpe, en algunos casos, de un sentimiento jurídico primario. Y eso, por un lado hace visibles las mayores dificultades hermenéuticas de un texto redactado así, que no tiene el rigor suficiente, pero también tiene un mayor valor como expresión auténtica y directa de una comunidad.
Pabón, José Matías Ortiz Sarmiento, Marco Antonio Chalita, Darío Mejía Agudelo, Alfonso Peña Chepe, Germán Rojas Niño.
Como es natural en todo cuerpo colegiado que tiene como labor aprobar normas, la
Asamblea Constituyente también fue sometida a presiones externas. Así lo hace saber
Carlos Lleras de la Fuente, quien afirma que:
En ocasiones nos veíamos constreñidos a evadir el lobby muy fuerte que había en el vestíbulo del Centro de Convenciones por parte de los empleados de las licoreras, las loterías, los notarios, los de Inravisión y los gobernadores, una cosa verdaderamente espantosa. Uno pensaba tres veces si iba o no al baño, porque era necesario salir al vestíbulo, donde había 200 lobistas tratando de que no se aprobara una cosa o la otra. Era realmente muy desesperante.
Sobre este mismo fenómeno, una visión similar, pero más positiva, es la de la ex
constituyente María Teresa Garcés Lloreda, quien sostiene que:
Me pareció que hubo mucha presión, pero la que sentí me pareció totalmente legítima. Por ejemplo, UNICEF hacía llegar todo tipo de cartas con datos sobre la niñez, la Conferencia Episcopal enviaba comunicados contra el aborto, las universidades también. Por eso es que el lobby no es dañino de por sí, porque un congreso o una asamblea deben ser los receptores de las inquietudes de todos.
Pero sí hay un dato que resulta cuando menos inquietante, y es el derivado de la
evidencia de que existieron presiones de otro tipo sobre la Asamblea, según se
desprende del testimonio de Armando Novoa, que se desempeñó como asesor de ese
cuerpo y quien sostiene que:
Había unas fuerzas manifiestas en la Constituyente, pero también había unos poderes ocultos o intangibles, por ejemplo, el del narcotráfico, la embajada de Estados Unidos y la guerrilla. Pero los que decidieron intervenir sobre ese proceso de alguna u otra manera, el narcotráfico y la Embajada de Estados Unidos, hicieron un acuerdo tácito, no se sentaron en una mesa, pero hubo un acuerdo tácito y fue el siguiente: adopten ustedes el modelo de justicia de Estados Unidos y nosotros permitimos que no haya extradición. Por eso se incorporó la Fiscalía, hubo un acompañamiento norteamericano sobre esa figura en el proceso postconstituyente, y se suprimió la extradición.
Finalmente, el ex constituyente Fabio Villa Rodríguez, apelando al principio de realidad
política, presenta una versión muy sugestiva sobre las presiones que se ejercieron a lo
largo del proceso:
¿Qué es la Constituyente? Un escenario de concertación enorme, no completo pero enorme, donde muchos sectores del país, legales e ilegales, se sienten representados, tienen la posibilidad de expresarse. Porque no estigmatizo la presencia del narcotráfico, no estigmatizo la presencia de las autodefensas, creo que la presencia no legal, no jurídica, no legítima –pero presencia al fin y al cabo– les daba la oportunidad de estar de alguna manera dentro del gran acuerdo. Claro, intervienen como intervienen siempre los ilegales, de manera ilegal, de manera indebida. Lo ideal es que lo hicieran de manera pública, a través de proceso electoral abierto. Pero no lo hicieron
y sí tuvieron que ver en grandes decisiones. Los narcos con la extradición, las autodefensas en decisiones sobre temas agrícolas, etc.
En el proceso de redacción hubo otras dificultades que se presentaron en las
postrimerías de la Constituyente, demasiado significativas y que tuvieron origen, en
gran medida, en la Comisión de Codificación, en el seno de la cual, según testimonio del
ex constituyente Carlos Lleras de la Fuente:
Hubo dos razones de desorden grande. La primera fue que la comisión redactora fue nombrada por la Plenaria en mayo y a pesar de que empezamos a reunirnos todos los días, no logramos que nos dieran personal administrativo suficiente. Yo quería que quedaran filmadas las reuniones de esta Comisión, pero mandaron un equipo de filmación con un pésimo sonido. Yo tengo un montón de casetes de filmaciones incomprensibles, no se oye nada. En segundo término, cuando la primera plenaria terminó sus labores, conseguí que me prestaran la finca de Yerbabuena, para llevar la Comisión Redactora para allá y evitar las intromisiones, y que cualquier constituyente se metiera a opinar cuando no era de la Comisión.
Pues bien, en la hacienda Yerbabuena, la sede del prestigioso Instituto Caro y Cuervo,
un reconocido centro de estudios lingüísticos y filológicos, iba a ocurrir uno de los
episodios más confusos y determinantes de todo el proceso constituyente. Como se
acaba de decir, a ese sitio, con aparente lógica, se trasladó la Comisión Codificadora
con la finalidad de compilar, depurar, articular y sistematizar los textos que hasta ese
momento habían sido aprobados en primer debate por la Plenaria y debían ser
sometidos a un segundo debate en esa misma instancia. Ahora bien, Carlos Lleras de la
Fuente dio la orden expresa de que bajo ninguna circunstancia, el texto que iba
resultando de los trabajos de esa Comisión podía circular más allá del seno de la misma.
Con la finalidad de cumplir cabalmente con esa instrucción, la persona encargada de ir
sistematizando toda la información en los equipos de cómputo decidió encriptarla,
para darle así mayor seguridad. Pero tan cautelosa decisión condujo a que en un
momento cualquiera, el texto de lo que se había revisado y articulado, desapareciera
de forma absoluta e irrecuperable. Misteriosamente, todo el trabajo se esfumó del disco
duro del computador y así, y de manera irremediable, se perdió en el ciberespacio el
proyecto de Constitución a escasos días de su solemne proclamación, tal como lo deja
testimoniado Lleras de la Fuente:
No hubo manera, tocó volver a arrancar del día uno de la creación en adelante. Por lo tanto todas las horas, cientos de horas que gastamos en la Comisión de Codificación antes de irnos para Yerbabuena se perdieron, hubo que volver a arrancar de cero, a redactar de cero.
Ese episodio, entre dramático y grotesco, que obligó a la Asamblea Constituyente a
iniciar un arduo trabajo de reconstrucción del articulado que se había aprobado en los
cuatro meses anteriores, quedó así consignado por el ex constituyente Zalamea Costa:
“Junio 26.- ¡Pintoresco gran final! Una computadora inteligente se engulle 192 artículos de
la Constitución”.
127Pero no sólo se perdieron los trabajos y acuerdos alcanzados por la
plenaria de la Asamblea en primer debate y por la propia Comisión Codificadora, sino
que se evaporó un valioso aporte académico del Instituto Caro y Cuervo, que había
creado una comisión de eruditos que realizó la revisión de estilo de cada uno de los
artículos que quedaba aprobado por la Comisión Codificadora, y antes de que fueran
llevados al archivo digital. Incluso, por causa de esta improvisación, se perdió la que
hubiera sido una oportunidad, cuando menos singular, en la medida que:
[...] cuando la Constituyente había comenzado sus deliberaciones, se propuso insistentemente, con el beneplácito y el auspicio del gobierno, que García Márquez tomase a su cargo la revisión final del texto aprobado. Es también lastimoso que las marchas forzadas que se hicieron necesarias al final del período de deliberaciones, para evitar vicios que destruyeran la Constitución, dado el plazo perentorio e inamovible, hubiesen privado al país de esta ayuda.128
Las incidencias de este momento, que llegó a ser realmente desesperado, quedan bien
recogidas en el testimonio del ex constituyente Augusto Ramírez Ocampo, que fue
miembro de la Comisión Codificadora, y según el cual:
Nos opusimos ardorosamente a una de las fórmulas que iba tomando más cuerpo, y que era la de alargar el período de la Asamblea. Considerábamos que la inestabilidad política del país era muy grande, porque nadie sabía cómo iba a quedar la Constitución, y porque para ese trabajo, el Decreto de convocatoria nos había dado ciento cincuenta días de plazo que había que cumplir. Entonces, ofrecí presentar esa tarde un proyecto, porque nuestros colegas de la Asamblea estaban muy preocupados acogiendo unos rumores de que en Yerbabuena estábamos haciendo una nueva Constitución por nuestra cuenta. Así pues, esa misma tarde, después de un almuerzo en el Hotel Tequendama, me comprometí a presentar ponencia para debate del Preámbulo, Título I y Título II con base en los apuntes que había tomado durante la reunión y así se hizo. Mientras tanto, Hernando Yepes estaba reconstruyendo los Títulos III y IV (derechos y garantías), siguió con Nación y Territorio y creo que comenzó con estructura del Estado. Por su parte, nuestros seis compañeros de Comisión reconstruían el resto de la Constitución. Así empezó a fluir la información para el segundo debate. Esa es la razón eficiente de que la Constitución hubiese quedado muy maltrecha en su forma, en su esbeltez, de cierta manera, también en su orden y que adolezca de algunas contradicciones. Me parece que la razón fundamental está ahí. Si se hubiera recuperado ese texto, yo creo que ella habría sido mucho mejor.
Pero no todas las lecturas que se hacen de este episodio son tan indulgentes y
benevolentes. Al contrario, hay versiones que apuntan a señalar ciertas
responsabilidades personales, y sobre todo, oscuras intenciones y motivaciones en lo
que hoy la historia presenta como un hecho absolutamente fortuito e inesperado. Así
por ejemplo, a Lleras de la Fuente se le acusa de que estaba redactando en Yerbabuena
una Constitución distinta a la que se aprobaba en Plenaria o de que al menos quería
127
Op. cit. p. 161.
128
sabotear el proceso, a tal punto que el ex constituyente Armando Holguín Sarria hoy
sostiene que esa no era “una comisión codificadora, sino una comisión modificadora”. De
una forma semejante piensa el delegatario Jaime Arias López:
En los últimos momentos de la Constituyente hubo claras intenciones de que no hubiera Constitución. El primer intento de esto fue en la Comisión Codificadora que se reunió en el Instituto Caro y Cuervo, donde extrañamente se habló de la aparición de un virus del computador y por consiguiente de haberse borrado toda la información, lo cual afortunadamente no fue cierto, porque la información apareció. Esa fue una actitud bravucona de la mayoría de los perdedores de la Constituyente, encabezados por Lleras de la Fuente, a quien por hacerle un homenaje lo designamos en esa Comisión. Otro momento fue cuando se levantaron los textos del segundo debate en plenaria, cuando aparecieron los micos, las frases y las palabras, que no habían sido aprobadas en los debates. Pero eso se superó gracias a la actitud de Jacobo Pérez Escobar, quien muy juiciosamente en cumplimiento de sus labores de Secretario General, se encargó de darle una estructura a lo que podríamos llamar el esqueleto de la Constitución, y de elaborar su propia corrección.
Y concluye afirmando que:
Pienso que hubo un intento de sabotear el trabajo de la Asamblea Constituyente. Es más, voy a conceder el beneficio de la duda, admitiendo que hubo el tal virus del computador, pero todos los constituyentes teníamos los textos que habían sido aprobados en los debates, y hubiera sido absolutamente fácil haber reconstruido la Constitución a partir de ellos. De pronto no se contó con que en la Asamblea se iba a dar una reacción tan fuerte y tan contundente, y si llegó a existir la idea de sabotear la Asamblea para que no hubiera Constitución, ella fracasó, y fracasó de entrada porque eso lo que hizo fue precisamente exacerbar los ánimos y que la gente se pusiera más atenta y vigilante porque había un compromiso claro para que el cuatro de julio hubiera nueva Constitución en Colombia.