En México, desde épocas prehispánicas la agricultura ha sido el eje de la economía, la cultura y, en definitiva, de la vida de la inmensa mayoría de las zonas rurales. Una agricultura encargada hasta nuestros días de producir alimentos y materias primas para la supervivencia del campesino y su familia y, después de proveer a los mercados locales y, sólo en casos excepcionales a los mercados nacionales e internacionales las mercancías necesarias para su alimentación (Aguilar, 2003). En nuestro país la actividad agrícola ha aportado diversos elementos en donde se muestra la cohesión humana con los aspectos naturales que en su conjunto forman hoy un patrimonio de alto valor histórico y cultural y que se ven reflejadas en una gran diversidad de formas y estructuras sociales complejas. Sin embargo los avances tecnológicos y las políticas agrícolas implementadas por el gobierno mexicano, han provocado profundos cambios en la agricultura tradicional durante las últimas décadas, cambios que se ven expresados a un ritmo cada vez más acelerado en el uso del suelo, en donde la intensificación de la producción agrícola ha llevado al abandono de las zonas marginales de escasos rendimientos, debido a factores determinantes desfavorables como el clima, el suelo y el agua, y a un proceso de marginación de aquellas tierras a las que debido a su situación geográfica o económica dificultan la aplicación de las nuevas tecnologías o la disposición de las inversiones necesarias para aplicarlas.
La creciente globalización de los mercados, los compromisos y discusiones en los foros mundiales sobre comercio y medio ambiente afectan la esencia de la actividad agrícola transformando las zonas rurales y la vida de sus habitantes, con repercusiones ambientales, sociales y económicas propiciando con esto el abandono de la actividad agrícola e incentivando la migración a las ciudades. Debido a la coerción de procesos económicos y sociales contemporáneos derivados de la globalización, existen diversas vertientes que explican su impacto en el ámbito social y político, los cuales aportan evidencia de importantes transformaciones en lo local y en los territorios rurales. A este respecto Llambí (1997) menciona que la globalización es un proceso económico que influye en su reestructuración y que los flujos de mercancías, personas, capitales, tecnologías e imágenes, así como de la información se mueve con mayor rapidez. Estos cambios originan modificaciones en la vida económica, traducida en una mayor desigualdad económica de la población, en el poder político y en la cultura de un país.
Appelbaum, (2004) señala que las corporaciones multinacionales incrementan su participación en el mercado global, así como el incremento de la exportación manufacturera hacia países pobres, lo que trae como consecuencia el aumento de los flujos migratorios de mano de obra principalmente del campo a la ciudad.
Debido a esta apertura comercial los espacios rurales han venido representado una reconfiguración a ciudades urbanas modernas surgidas de la industrialización y el desarrollo capitalista. Esta transición rural presenta, peculiaridades derivadas de procesos históricos de transformación social y economía contemporánea (Nogués, 2004). Durante varias décadas los espacios destinados a la actividad agrícola se han desarrollado en el marco de una dualidad destacada, entre el campo y la ciudad, entre las áreas urbanas y las rurales. La revolución industrial y el desarrollo capitalista han puesto la profunda definición de esa relación histórica, como consecuencia del proceso de concentración de poder económico, político, social y cultural en las áreas urbanas, y el consecuente proceso de la des-estructuración de las sociedades campesinas y de apropiación de los espacios rurales, en su uso y en su gestión por agentes urbanos en el marco de una economía capitalista (Ibidem).
Los procesos inducidos por estos cambios han generado por un lado, el declive drástico de la actividad y de las poblaciones agrarias reducidas a una mínima parte del conjunto social; la marginalidad social de una buena parte de las áreas rurales; y la ruptura de los mercados de trabajo seculares que impusieron la emigración del campo a la ciudad y a otros países de forma progresiva (Lara, 1996).Nuevos usos, nuevas demandas, nuevos protagonistas y nuevos agentes sociales se han incorporado al campo, como segmentos de una nueva sociedad rural y de unos nuevos espacios rurales, cuyo perfil responde a patrones mercantiles y a presupuestos culturales urbanos. Los problemas que afectan a éstas áreas rurales no son iguales en todas las regiones aunque algunos se manifiesten de forma uniforme con diversidad de grado e intensidad, pues esto es lo que determina la complejidad del mundo rural.
Los espacios rurales se encuentran en la necesidad de integrarse en los nuevos espacios que se construyen en la actualidad, desde un punto de partida que condiciona sus posibilidades de hacerlo sin perjuicio para sus poblaciones, para su patrimonio territorial y con cierta seguridad de
progreso y dinamismo para el futuro (Nogués, 2004).Este proceso de integración se encuentra condicionado por la presión creciente que el mercado ejerce sobre los usos y demandas del suelo en las áreas rurales, por las nuevas relaciones de poder que determinan la gestión del territorio rural y por la percepción cultural, en muchos casos de claro perfil ideológico que incide sobre las orientaciones de las políticas rurales. En este sentido la investigación apunta a conocer la percepción actual de los campesinos y las estrategias que han implementado para soslayar estos procesos de transformación en el uso del suelo agrícola a urbano.