La Educación Especial inicia su trayectoria en Brasil en el tradicional campo del favor y de la filantropía a cargo de las instituciones asistenciales administradas por las hermanas de caridad como la Hermandad Santa Ana en 1730, o en las ruedas de expuestos en Salvador (1726), Rio de Janeiro (1738) y en São Paulo (1825).
La concepción adoptada remite a algunas características ambiguas de este servicio traducido por los más diversos adjetivos, como desvalidos, abandonados, entre otros. En el año 1835, existía la preocupación de la creación del cargo de maestro de primeras letras para sordomudos, de autoría del diputado Cornélio França, sin embargo, el proyecto no fue aprobado por el gobierno.
Fue en la estela de ese carácter ambivalente, que la atención a la persona con deficiencia se fue consolidando como política de provisión de necesidades básicas (alimentación, higiene y abrigo a la tradicional práctica de socorro y ayuda) bajo el apelo de la recompensa moral, a cargo de las personas caritativas, características hasta hace poco tiempo únicas en la definición del modelo de asistencia a ese sector.
Fue entonces, gracias a las ideas traídas, principalmente, de Francia y de figuras notables relacionadas directamente al emperador que se puede afirmar ser el período imperial como un marco del servicio especializado a la persona con deficiencia, pero que también reitera las herencias históricas constitutivas de la cultura predominante del período colonial. Así, es posible apuntar como análisis de esa situación la afirmación de Jannuzzi (2004:20), de que la educación de deficientes, “surgió, [...] por el trabajo promovido por algunas personas sensibilizadas con el problema”. Complementando este pensamiento, Soares (2005:55) dice que la Educación Especial:
Surge como una iniciativa filantrópica marcada por la influencia europea, donde la sociedad civil ya venía actuando en el sentido de separar a los pobres y desvalidos, pero con el deficiente eso es más fuerte. La presencia de muchos religiosos se debe, probablemente, a la promesa del cristianismo de recompensa moral por las acciones en favor de los desvalidos. Afirma, también que la ideología del favor estaba presente en la distribución de recursos del Estado, citando la fundación del
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Imperial Instituto de los Niños Ciegos, que contó con el beneplácito del Emperador Pedro II.
La creación de ese Instituto ocurrió gracias a las ideas traídas por el ciego brasileño José Álvares de Azevedo que, al regresar de sus estudios, trajo consigo la concepción de nuevos métodos y técnicas utilizados en la educación de ciegos en Europa, vividos durante su vida académica en el Instituto de los Jóvenes Ciegos, en Paris y aplicados con eficacia en la educación de Adèle Marie Louise, hija del Dr. José Francisco Xavier Sigaud, médico de la familia imperial.
Ése fue el paso decisivo para que el Dr. Sigaud despertase el interés del Ministro del Imperio Couto Ferraz, que a su vez, encaminó el proyecto de fundación del instituto acatado por el emperador D. Pedro II al decretar su creación el 12 de septiembre de 1854, bajo el Decreto nº 1428 en la ciudad de São Sebastião en Rio de Janeiro e inaugurado el 17 de septiembre del mismo año.
El primer director del instituto fue el propio doctor Sigaud. Lo sustituyó el consejero Cláudio Luiz da Costa, con cuya hija Benjamin Constant se casó. Benjamin fue maestro de matemáticas del instituto durante ocho años y sucedió al suegro en la dirección, ejerciéndola por 20 años (Jannuzzi, 2004:13). Se destaca también, como actuación del emperador D. Pedro II, la preocupación con la institucionalización de la educación de los sordomudos, aprobada por la Ley nº 839 del 26 de septiembre de 1857, con la Fundación Imperial de los Sordomudos. Mazzotta (2005:29) afirma que:
La creación de esta escuela ocurrió gracias a los esfuerzos de Ernesto Hüet y su hermano. Ciudadano francés, maestro y director del Instituto de Bourges, Ernesto Hüet llegó a Rio de Janeiro al final del año de 1855. Con sus credenciales fue presentado al Marqués de Abrantes, que lo llevó al Emperador D. Pedro II. Acogiendo con simpatía los planes que Hüet tenía para la fundación de una escuela de sordomudos en Brasil, el emperador ordenó le fuese facilitada la importante tarea. Empezando a aleccionar para dos alumnos en el entonces colegio Vassimon, Hüet consiguió, en octubre de 1856, ocupar todo el edificio de la escuela, dando origen al Imperial Instituto de los Sordomudos.
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De estos dos alumnos no se sabe exactamente su origen, si eran hijos de nobles burgueses, de personajes notables o de la clase popular. También el referido Instituto era financiado con el dinero del gobierno imperial que garantizaba el pago de los gastos de los alumnos y el sueldo del maestro, pero el alquiler del edificio quedaba bajo la responsabilidad de las hermandades religiosas (Convento do Carmo y São Bento). Se percibe también que la creación de esos Institutos llegó asociada a la idea de invertir en educación con la finalidad de convertir a los individuos en obreros con la propagación de la propuesta de la enseñanza técnica realizada en los talleres de tipografía, encuadernación, zapatería, entre otros. Realmente, tal actuación está perfectamente coherente con el modelo de administración de la época. Por esa razón, es oportuno recordar que:
Históricamente, la Educación Especial ha dado privilegio en su praxis pedagógica al trabajo manual en detrimento, al someter a los individuos insertos en las instituciones a formas mecánicas de producción, visando exclusivamente la adquisición de capacidades manuales para la ejecución de tareas simplificadas (Branchetti y Freire, 2001:127).
En lo que se refiere a las personas con deficiencia mental, las investigaciones tanto de Mazzotta (2005:29) como de Jannuzzi (2004:5) llegaron a la conclusión de que la iniciativa de servicio educativo en el período imperial quedó en tela de juicio, ya que se podía tratar solamente de asistencia médica o servicio médico-pedagógico. Otro informe curioso relatado por el MEC/CENESP/SEEC y citado por Jannuzzi (op.cit:17) es que según la autora “puede haber indicios de la presencia en la enseñanza pública en 1887, en Rio de Janeiro, del servicio de deficientes mentales, físicos y visuales”.
Es importante destacar, que esta iniciativa de inserción de la persona con deficiencia tuvo poca expresividad en las acciones gubernamentales porque se constituyó como una medida precaria, según afirma Azevedo (1976:237) “el servicio era precario, visto que en 1874 atendían 35 alumnos ciegos y 17 sordos, en una población que en 1872 era de 15.848 ciegos y 11.595 sordos”. Es necesario resaltar que la oferta de este servicio va destinada a atender las necesidades e intereses de pocos, principalmente, de aquéllos que estaban directamente ligados al emperador por trabajo o por vínculos familiares.
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A pesar de eso, Mazzotta (2005:29-30) afirma que fue en el Imperio cuando se desencadenó el primer debate sobre la educación de las personas con deficiencia, en la realización del 1º Congreso de Instrucción Pública, en 1883, cuyos debates abordaron temáticas como currículo y formación de maestros para ciegos y sordos, en consecuencia, también la formación de maestros se constituye en la primera semilla a ser sembrada en la sociedad para posibilitar el acceso de las personas con deficiencia a la escuela pública.
2.4.1.2. Educación durante el período republicano: Experiencias notables en