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Seventh-grade pupils work with an action-oriented

In document Drinking among young Europeans (Page 34-37)

Frankfurt utiliza por primera vez el término amor en “La importancia de lo que nos preocupa” como ejemplo de una necesidad volitiva liberadora, o mejor dicho, de una experiencia que es liberadora a pesar de que solo es accesible si la persona se somete a un poder que está más allá de su control voluntario (Frankfurt, 2006i, pág. 131). En las breves líneas en las que esta noción es comparada en fuerza constrictiva y sentido de plenitud con la razón está ya presente –al menos en germen- gran parte de los rasgos definitorios que serán ampliados en los artículos publicados por Frankfurt a partir de la segunda mitad de los años

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166 1990. De forma consistente, el filósofo estadounidense ha compuesto esta figura conceptual con un puñado de elementos que se reiteran y se precisan en la medida en que su pensamiento se va desarrollando. Y que, en general, están construidos con las herramientas surgidas de su reflexión sobre las nociones de preocupación y necesidad volitiva. Por ejemplo, Frankfurt dictamina en varios pasajes que “amar es un modo de preocuparse”227 y que entre las cosas por las que una persona no puede dejar de preocuparse se cuentan aquellas que ama. Por lo tanto, el amor pareciera no ser otra cosa que un tipo de necesidad volitiva228. Dadas tales similitudes, en este primer apartado se explicitarán brevemente las definiciones generales y los rasgos específicos con los que Frankfurt dota a la noción de amor, al tiempo se destacarán dos características que serán ampliadas en las siguientes secciones.

Frankfurt es claro en subrayar que, al igual que hizo con la noción de preocupación y a semejanza de la postura de Spinoza, el fenómeno que tiene en mente cuando utiliza el término amor incluye solo aquello que, para sus propósitos, es filosóficamente indispensable. Por lo tanto, su enfoque no debe ser confundido ni con el amor romántico, ni con la infatuación, ni con la dependencia, ni con la lujuria ni con otras variedades de la “turbulencia psíquica” (Frankfurt, 2006ii, pág. 40). Todos los casos anteriores poseen tres características que empañan la visión clara sobre qué distingue al amor: están cargados de un componente emotivo que a veces abruma al sujeto, instancian relaciones amorosas en las que el sujeto y el objeto son personas y, por último, corren el peligro de estar motivados por la búsqueda de una recompensa o, al menos, de cierta reciprocidad. El amor en Frankfurt, por el contrario es prioritariamente volitivo, neutro con respecto al carácter del objeto (el objeto puede ser una persona, un país, una tradición, un ideal, etc.) y, como se detallará en breve, desinteresado.

Dejando de lado las referencias ya mencionadas que aparecen en su texto sobre la verdad, Frankfurt establece las principales ideas sobre la investidura volitiva a la que llama amor en cuatro textos: “Autonomía, necesidad y amor” (1994), “Sobre el preocuparse” (1998), The Reasons of Love (2004) y sus conferencias Tanner (2006). En el primero de ellos afirma que aunque el amor suele implicar varios sentimientos y creencias que lo expresan, revelan o respaldan, su núcleo es volitivo: “El hecho de que una persona se preocupe por algo o lo ame no tiene tanto que ver con su sentimiento que las cosas despiertan en ella o con sus opiniones al respecto como con las estructuras motivacionales más o menos estables […] que guía y limitan su conducta” (Frankfurt, 2007l, pág. 205). En el segundo, define el amor como una

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(Frankfurt, 2007ñ), (Frankfurt, 2004). 228

A veces Frankfurt es ambiguo y pareciera sugerir que el amor no es exactamente un tipo de necesidad volitiva: “la fuerza [de las necesidades volitivas] es similar en ciertos aspectos a la fuerza del amor” (Frankfurt, 2007j, pág. 184). Y en otros pareciera sugerir que el amor es la principal instancia de las necesidades volitivas.

167 “inquietud [concern] por el bienestar o el florecimiento de un objeto amado: una inquietud más o menos volitivamente forzada [constrained], de modo que no es el producto de una decisión del todo libre y tomada bajo pleno control voluntario, y que también es más o menos desinteresada” (Frankfurt, 2007ñ, pág. 257). El amor es en esencia una estructura volitiva un tanto involuntaria y compleja que se refiere tanto a la disposición de una persona para actuar como a su disposición para manejar las motivaciones e intereses que la mueven. Así el amor no solo da forma a la conducta de la persona con respecto a todo lo que esta ama. También le guía en la supervisión de la planificación y el ordenamiento de sus propias prioridades. Por lo tanto, afirma Frankfurt, al igual que en el caso de las preocupaciones el amor es valioso por sí mismo y no sólo en virtud del valor de sus objetos: “Si todo lo demás se mantuviese constante, nuestra vida sería peor sin él. No hace falta decir que, en general, todo lo demás no se mantiene constante. El amar, por lo tanto, no solo es inherentemente valioso; también es riesgoso. Los amantes son vulnerables a angustias y aflicciones muy penosas cuando, de una manera u otra, las cosas no van bien para su amor” (Ibíd., pág. 268). Es digno de destacar dos aspectos en esta formulación. En primer lugar, el amor torna a las personas vulnerables a los cambios de fortuna que sufre el objeto de amor, es decir, hace permeable la estructura de la voluntad y los rasgos centrales de la autoconcepción a la realidad de aquello que no son ellas mismas. En segundo lugar, el valor de amar es el valor de situarse en cierto tipo de relación. El hecho de que el amante se encuentre justamente en ese tipo de relación con el objeto amado no se limita a llenar un requisito de la definición del amor. Es decir, no es una condición apenas necesaria. Es, en sí, lo que proporciona al amar su valor distintivo. Así, aunque el amar es sin duda intrínsecamente valioso con independencia de la cualidad de su objeto, al mismo tiempo depende del valor final de este último para dotar instrumentalmente de valor al acto de amarlo. Frankfurt ilustra el punto de la siguiente forma: “Mis hijos son inconmensurablemente más importantes para mí, en virtud de mi amor por ellos, de lo que serían, si, de hecho, no los amara como los amo. Además del hecho de que mis hijos son importantes para mí, está el hecho muy diferente y no menos significativo de la importancia de amarlos. Mi amor por ellos es un elemento de mi vida que valoro muchísimo. Mi vida mejoró en diversos aspectos y la vida misma me resultó más importante cuando empecé a amarlos” (Ibíd.). En definitiva, el amar (como una versión radical del preocuparse) es una configuración de la voluntad229 a partir de las cual se dota de importancia a tres cosas:

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168 1. a los objetos de dedicación amorosa, independientemente de si estos pueden considerarse valiosos a partir de la aplicación de algún criterio extrasubjetivo u objetivo;

Y de forma privilegiada:

2. a la relación que se establece con estos objetos; y

3. a la relación que se establece consigo mismo a partir de la relación anterior. Finalmente,

4. Cuasi paradójicamente –en un sentido que fue explicitado al mostrar la vinculación que presenta Frankfurt entre fines y medios- aunque la relación (3) requiere de la relación (2) para constituirse y esta última requiere a los objetos para instanciarse; la relación (3) es la que dota de valor final a la relación (2) y la relación (2) a su vez trasmite el valor definitivo a los objetos de dedicación amorosa.

Obviamente que el amor puede despertarse a veces como respuesta al valor percibido de su objeto (como puede suceder con algunos tipos de ideales políticos, morales o estéticos). Pero en la mayoría de los casos el amor es en sí mismo un creador de valor y, sin dudas, es a partir de la actividad amorosa que se estipula la relevancia de las dos relaciones antes mencionadas. El amor, para Frankfurt, posee un carácter de ultimidad que no puede ser rebasado. El filósofo estadounidense precisa este punto criticando una idea de Bernard Williams según la cual las personas adquieren una razón para hacer aquello que fuese necesario para continuar viviendo solo si tienen proyectos que requieran su supervivencia. Es decir los sujetos tienen razones para vivir porque se preocupan por llevar a cabo ciertos planes que no podrían realizarse si no estuviesen vivos. Pero Frankfurt sugiere que la relación corre en el otro sentido: las personas están interesadas en tener proyectos valiosos porque tienen la intención de seguir viviendo, y prefieren llevar una vida significativa antes que una marcada por el aburrimiento230. Es decir, porque tenemos la preocupación de autorrealizarnos es que buscamos mediante la capacidad de amar determinar proyectos valiosos. Esta preocupación primigenia, y nuestra facilidad para invocarla como una fuente de razones para realizar las acciones que contribuyan a este fin, no están en sí mismas basadas en razones. Están basadas en el amor. Para una persona que ama la vida, “la suspensión de su avidez de vivir a fin de preguntarse si tiene alguna otra razón para seguir adelante le parecería un ejemplo evidente

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169 de un pensamiento de sobra [of having one thought too many]” (Ibíd., pág. 267). Por todo esto es que Frankfurt considera fuente de la autoridad y de la motivación práctica descansa en el amor.

Por su parte, en The Reasons of Love, Frankfurt realiza un recuento similar de las características diferenciales del amor. En primer lugar, insiste que el amor consiste básicamente en una preocupación desinteresada por el bienestar o el florecimiento del objeto amado. En segundo lugar, el amor es, a diferencia de otros modos de preocupación desinteresada, ineluctablemente personal. Esto quiere decir, por un lado, que depende de las características particulares de la voluntad del amante y, por otro, que ningún objeto es amado como una instancia de un tipo. Tal posición, como se detallará en la sección crítica, distancia a Frankfurt de las teorías sobre el amor que pueden denominarse “sensibles” o “responsivas”231 las que consideran las cualidades particulares del amado (aún cuando sean rasgos difícilmente repetibles o, por el contrario, comunes a todos los seres humanos) como las razones últimas para justificar la preocupación del amante. Por el contrario, Frankfurt sugiere que “el foco del amor de una persona no está en las características generales y por eso repetibles que permiten describir a su amado. Antes bien, se encuentra en la particularidad específica que permite nombrarlo, algo que es más misterioso que la posibilidad de la descripción y, en todo caso, manifiestamente imposible de definir” (Frankfurt, 2007ñ, pág. 264). La idea de nombrar remite, aún cuando no explícitamente, a la dimensión relacional de la perspectiva frankfurtiana del amor. Que algo o alguien pueda ser referido por el amante mediante el uso de su nombre propio, a diferencia de un nombre genérico, implica que existe un cierto tipo de relación particular entre quien ama y quien es amado232. En tercer lugar, el amante se identifica con lo que ama: es decir, toma los intereses del objeto amado como suyos233. En consecuencia, se beneficia o padece dependiendo de si los intereses son o no son atendidos adecuadamente. Cuando la persona considera que los intereses de su amado están en juego, comprueba que hay ciertas cosas que debe hacer y otras que no puede resolverse a emprender. Por lo tanto, como último rasgo, amar implica limitaciones de la voluntad semejantes a las que proveen las necesidades volitivas (Frankfurt, 2004, pág. 79). Finalmente, en sus conferencias Tanner, Frankfurt vuelve a mencionar que el amor es un modo particular de preocupación, involuntario, no utilitarista (o desinteresado), rígidamente enfocado, autoafirmativo, preocupado por la existencia y el bienestar de lo que es amado y que no

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(Stump, 2010). 232

Niko Kolodny no lo entiende así: “La desnuda identidad del amado, de cualquier forma, no puede server como una razón para amarlo. Decir «Ella es Jane» es simplemente identificar a un particular con sí mismo. No dice nada acerca de ese particular que pudiese explicar por qué demanda una respuesta específica” (Kolodny, 2003, pág. 142). 233

170 conlleva ningún interés en la reciprocidad o simetría en la relación entre el amante y lo amado (Frankfurt, 2006ii, pág. 40)234.

En estos fragmentos están todas las características presentes ya en las preocupaciones y necesidades volitivas: la preeminencia de la voluntad frente a aspectos cognitivos o emotivos235, la involuntaria voluntariedad, su función arquitectónica en la continuidad y estabilidad de la identidad personal así como de una racionalidad práctica orientada hacia la autorrealización, el interés en el florecimiento o bienestar del objeto amado. Pero se agrega un aspecto central: la afirmación de que el amor es desinteresado. Para Frankfurt el paradigma del amor desinteresado es el amor a sí mismo (y en segundo lugar, el amor a los hijos236), el amor a sí mismo es otra forma de entender la incondicionalidad, y la incondicionalidad es, en cierto sentido, la marca de la racionalidad volitiva. Estos aspectos novedosos serán abordados al final del capítulo. Previamente, se espigarán los principales argumentos utilizado por Frankfurt en su intento por demostrar que hilo con el que se teje el tapiz de la normatividad práctica surge de la rueca de la necesidad del amor y no de la necesidad de la razón237

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