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3. Steamloom: A Virtual Machine with Aspect Support

3.8.4. The Shape of Woven Code

Se entiende género como los papeles, derechos y deberes distintos de mujeres y hombres, y la relación existente entre los mismos, así como las cualidades, comportamientos e identidades determinados por el proceso de socialización. En distintos trabajos se ha intentado clarificar el concepto de género (Fernández, 1991a, 1991b, 1996a). Como se ha indicado en el apartado anterior, las concepciones relativas al género son distintas al sexo.

Normalmente el género se asocia de modo desigual en lo referente al poder, la toma de decisiones y el acceso a los diferentes recursos. Las diferentes posiciones de las mujeres y los hombres se ven influenciados por realidades económicas, culturales, religiosas e históricas. Esta asimetría, tal y como indica Miller (1993) suele favorecer el dominio de los hombres. Es por ello, que se investiga con el objetivo de encontrar las bases de dicha subordinación universal. Así, Parker (1993) indica la importancia de averiguar en qué medida un plan, una actividad, o una decisión influyen de distinta

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manera a las mujeres que a los hombres, aplicando el análisis de género en las distintas etapas del desarrollo.

Basándose en estudios como los realizados por Largarde (1991) que define el género como la traducción que hace la cultura de las características físicas que diferencian a hombres y mujeres, Taborga y Rodríguez (1999) concluyen que el género es una construcción de la sociedad, cultural y psicológica que se atribuye de modo diferencial a cada sexo. No se trata de características biológicas, ni hereditarias, ni congénitas, sino que son aprendidas. Siendo tan numerosos los trabajos sobre el género, en suma se puede decir que se han realizado análisis desde varios niveles:

Desde un nivel antropológico y sociológico, se hace un análisis de los atributos, roles y estereotipos prescritos histórica y culturalmente al sexo masculino y femenino. Sería la interpretación cultural del dimorfismo sexual, lo que constituye la creación simbólica del sexo. Así, en la primera mitad del siglo XX, Mead (1935) realizó un trabajo antropológico que supone un antes y un después en el estudio sobre la asignación de papeles a los distintos sexos. Observó que los habitantes de tres pueblos de Nueva Guinea, considerados como sociedades “primitivas”, comprendían mejor que las sociedades consideradas civilizadas que las funciones asignadas a cada sexo se relacionaban más con aspectos culturales que con el dimorfismo sexual. Así, se puede afirmar que los roles de género son funciones o papeles socialmente atribuidas a los distintos sexos. No obstante, diversos autores encuentran que existe una gran disparidad en la asignación de estos papeles produciéndose contraposiciones (Brettell y Sargent, 1993; Momsen y Kinnaird, 1993; Morgen, 1989).

Desde un nivel psicosocial o interpersonal, el género se analiza según los procesos sociales que explican los mecanismos de transmisión, así como la creación de estos modelos y lo define como una categoría social. Desde este enfoque, el género aparece como organizador de las relaciones entre sexos y organizador de las estructuras sociales. Se analiza el género como la asignación desigual dependiendo del sexo en el entorno laboral, los espacios y actividades, el poder que se atribuye a mujeres y hombres sin seguir una simetría, los mecanismos de asimilación social, el ámbito social en el que interactúan…entre otros.

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Por último, desde un nivel individual, el género es tratado como algo que va más allá del conjunto de normas elaborado al interactuar socialmente, llegando a conformar una internalización psíquica. A nivel individual se analiza la adquisición y desarrollo de identificación con un género, asumiendo un papel en función de si se considera femenino, masculino, andrógino e indiferenciado. Así, el autoconcepto se nutre, entre otros aspectos de la asunción de rol de género, además de su interiorización y repercusión en el comportamiento, en el modo en que se perciben los hechos y en el equilibrio en el ámbito de las emociones que sienten de mujeres y hombres.

A partir de disciplinas como la sociología de la década de 1950, el psicoanálisis de Lacan, la antropología de Segato o el feminismo de Butler, se plantan los cimientos de una corriente poderosa. Siendo el género la categoría central, se estudian distintos temas relacionados que conforman el campo interdisciplinario de los estudios de género. Aquí se incluyen los estudios feministas, del hombre, de la mujer y del colectivo LGTB. Desde el ámbito sociológico, encontramos distintas corrientes teóricas, destacando las aportaciones de la filósofa feminista Simone de Beauvoir (1949) que emplea el término género para citar construcciones sociales y culturales sobre masculinidad y feminidad diferenciadas del simple hecho de haber nacido siendo mujer u hombre. Trata el género como una construcción de la sociedad en el que se analiza el estatus de hombres y mujeres y el papel que desempeñan en función de éste.

En esta línea, Gayle (1984), se autocritica por cómo trata la dualidad sexo- género en su trabajo Tráfico de mujeres, considerando que se debe reflejar de un modo más preciso esta existencia social separada. Por su parte, Soper (1992) fantasea con lo utópico que resultaría eliminar el género, presenta proyecciones significativas desde una perspectiva indiferente que sirve de fundamento para el posterior trabajo feminista de occidente. Hablan de un futuro más polisexual en una sociedad basada en cuerpos y placeres desmarcándose de los estereotipos de género existentes y los códigos culturales.

El feminismo en la década de los 70 surge a partir del deseo de superar la opresión, como indican autores como Young (1996). Numerosos trabajos realizados en

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esta época, se centran en la problemática de la discriminación de la mujer a nivel político y teórico. Hoy en día existen varias teorías de género, así como líneas de investigación que giran en torno a los siguientes puntos de interés:

a) Criticar la determinación binaria del sexo y el género que distingue por una parte al sexo como natural y no sujeto a modificaciones y por otra parte al género, que al ser cultural se puede modificar.

b) Se pone en duda que solo haya un género femenino y otro masculino, como categorías universales excluyentes entre sí e inamovibles, ignorando las conclusiones a las que llega Flax (1992) que subraya la existencia de subjetividad intergenérica (Herdt, 1994; Herdt, 2012).

c) A finales del siglo pasado existen al mismo tiempo distintas concepciones de género que se representan en la figura de un cyborg, creado por Haraway (1990). Esta figura es un híbrido en el cual se plasman características dicotómicas femeninas y masculinas. Se expresa así la crítica a la construcción sustancial del género.

d) Se pretende romper con la idea de que la mujer es siempre una víctima. En el último tiempo se presentaron numerosos estudios que demuestran la gran riqueza y significación social de la vida y labores de las mujeres que se desprenden así de la primera visión opresora.

e) El paso del género de ser empleado como una reducida cuestión de identidades y roles a transformarse en un método analítico que observa cómo se procede dentro de la fenomenología social. Se incluye en este aspecto los estudios de etnia, clase, edad, orientación sexual, etc.

Por su parte, Martínez y Paterna (2013) estudian el efecto del neosexismo como variable mediadora. Realizan un análisis sobre igualdad de género y su relación con el neosexismo y la ideología masculina tradicional. Se encuentra que los hombres mantienen más arraigada la ideología tradicional masculina además de presentar un mayor número de creencias neosexistas que las mujeres. Estas ideas que definen la masculinidad, se asocian de manera negativa a la igualdad de género en hombres. Sin embargo entre las mujeres esta relación no aparece. Finalmente, un análisis de

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mediación sitúa al neosexismo mediando entre la igualdad de género y la ideología masculina aunque sólo se da en hombres. Desde la teoría de género, se comentan los resultados concluyendo que el neosexismo es un impedimento para el logro de la igualdad de género.

Así, Agacinski, (2000) habla de hombres que monopolizan el poder y mujeres que permanecen doblegadas en cuanto a la economía, política, religión, orden en la familia y en todos los ámbitos instaurado por ellos. En todos los tiempos ha habido y hay una “política de sexos” en la cual tanto mujeres como hombres intentan independizarse al mismo tiempo que se encuentran eternamente inmersos en un desacuerdo, en el que cada uno juega en función de sus estrategias. Numerosos autores como Stuart Mill, hablan de la existencia de una jerarquía de sexos en la cual los hombres siempre están en las posiciones más privilegiadas.

Por otra parte, desde la psicología diferencial, que siempre ha sido dentro del ámbito psicológico la asignatura más preocupada por el tema del género, analiza desde la psicología, los puntos en que se asemejan y en los que se diferencian las características femeninas y masculinas. En la misma línea, Martínez Benlloch (1998) agrupa los trabajos sobre el género realizados hasta entonces. De una parte, está el análisis de los roles de género y de las características estereotípicas, y por otra parte se estudia el dimorfismo sexual en distintas variables intrapersonales (personalidad, inteligencia, motivación, etc.).

Este tipo de investigaciones, años atrás ya despertaba el interés de autores como Anastasi (1937) y Tyler (1965) que dedican un capítulo completo al análisis psicológico de las características que diferencian a hombres y mujeres, dentro de sus textos sobre psicología de las diferencias humanas. Desde la perspectiva diferencialista encontramos:

1. Visión clásica de las medidas de masculinidad/feminidad con las características comunes:

1) Se pretende hacer una discriminación entre varones y mujeres. 2) Los elementos tienen un contenido muy heterogéneo.

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4) Se pretende esclarecer la derivación natural psicológica del dimorfismo sexual.

5) Se miden a la vez los aspectos normales y patológicos de hombres y mujeres. 6) No hay ninguna teoría previa de la que partir.

Por su parte, Maccoby y Jacklin (1974) tras un minucioso y exhaustivo análisis de los trabajos realizados en torno al género hasta ese momento y centrándose en las destrezas cognitivas, en la conducta social y en la personalidad, señalan tres grandes ejes sobre los que podrían sintetizarse los conocimientos científicos vigentes hasta entonces:

1. En el primer núcleo se señalan diferencias entre sexos: desde la infancia, los niños obtienen una media superior que las niñas en agresividad; en infancia también pero sobre todo en adolescencia, las niñas consiguen mejores resultados que los niños en aptitud verbal, mientras que con la aptitud visual-espacial ocurre lo contrario.

2. Los resultados hallados en el segundo núcleo, son un tanto ambiguos en lo que se refiere a sensibilidad táctil, miedo, timidez, ansiedad, nivel de actividad, competitividad, dominación, condescendencia, obediencia e incluso, la conducta “maternal” y de crianza, que parecía asociarse naturalmente a las mujeres.

3. En el tercer núcleo se agrupan las creencias profundamente interiorizadas y extendidas pero que tras realizar diversas investigaciones, resultan ser infundadas. Se encuentra por ejemplo que las niñas no serían más sociables que los niños, ni que sean más vulnerables de ser persuadidas, o que tengan una autoestima menor. Tampoco se confirma que las niñas sean mejores en cuanto al aprendizaje repetitivo, ni que los niños sean más hábiles en procesos cognoscitivos superiores, ni que sean más analíticos. Del mismo modo se desmiente que las niñas se vean más afectadas por la herencia y los niños por el ambiente, o que las niñas sean más auditivas y los niños más visuales. Tampoco se confirma que las mujeres tengan menor motivación de logro.

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2. Desde un enfoque cognitivo, se observa la necesidad de analizar, por un lado, los componentes específicos de las diversas capacidades cognitivas, y por otro lado, los procesos derivados de la resolución de tareas psicométricas o experimentales. Empíricamente se detecta que en la resolución de tareas de aptitud espacial subyacen los cuatro procesos básicos que constituyen el procesamiento de la información:

a) Codificación. b) Rotación mental.

c) Comparación de las representaciones mentales. d) Selección y ejecución de la respuesta.

Como indican Pellegrino y Kail (1982) y Sánchez Canovas y Sánchez López (1994), las diferencias individuales se originan en la forma tanto de efectuar estos procesos como de ordenarlos. En síntesis, los resultados actuales con relación a la magnitud de las diferencias cognitivas, no son concluyentes.

Al mismo tiempo, López Sáez (1993) explora cómo se construye el autoconcepto según la Teoría de la Categorización del Yo (Turner, 1990). La muestra se divide en dos: sujetos que se identifican en función de los patrones de género típicos culturales (las mujeres con la feminidad y los hombres con la masculinidad) y otros sujetos que se identifican con unos perfiles atípicos (hombres femeninos y mujeres masculinas). Se parte de la hipótesis general de que solo se encontrarían aspectos diferentes en los individuos en la representación que tienen de la dicotomía hombre- mujer y no habría diferencias en el grado de identificación con su endogrupo ni en la valoración de él. Se encuentran estilos diferentes en los estereotipos de los individuos considerados típicos y los atípicos estudiando tanto el endogrupo como el exogrupo.

A lo largo de su trayectoria vital, los sujetos desarrollan una concepción de sí mismos también denominada self. Cuando las personas asimilan que son seres diferenciados de los otros individuos, adquieren el self existencial; a su vez, se identifican como hombres o mujeres (self sexual) con características femeninas, masculinas o andróginas (self de género). Tal y como indica López, (1988), es la cultura la que dicta las características atribuibles a los distintos géneros ya que el hecho de ser hombre o mujer sólo se asocia a características distintas en cuanto a la reproducción.

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En definitiva, los sujetos se autoclasifican con el género que se sienten más identificados y, como señalan Carver, Yunger y Perry, (2003), dependiendo de la categoría a la que pertenezcan, se les asociarán ciertos pensamientos y emociones. Así, el grupo de música The Cure (1984) compone su trabajo titulado “Boys don´t cry” que significa “los chicos no lloran” y es una idea muy extendida e interiorizada en gran parte de la población.

Un buen análisis de la evolución histórica del concepto género es el que nos ofrece García-Leiva (2005). Anteriormente el self de género se estudiaba analizando su composición, la forma en que se adquiere y los mecanismos intrapsíquicos que influyen al identificarse con un estilo u otro. Por su parte, desde la Psicología Social se evalúa la influencia del entorno en esta creación del self. Con este objetivo, en la actualidad se investiga sobre el importante lugar que desempeñan las dinámicas de grupo, las jerarquías de la sociedad y el modo en que interactúan cognición y motivación.

Sin lugar a dudas, el papel de la familia resulta de vital importancia en el desarrollo de la identidad de género. Así, Repetti, (1984) destaca la correlación entre la concepción que tienen el padre y la madre sobre la feminidad y la masculinidad y el estereotipo de los hijos. Al ser mejor valorados los modelos masculinos, por lo general tanto chicos como chicas tienden a imitarlos (Slaby y Frey, 1975; Tajfel, 1981; Tajfel y Turner, 1986).

En suma, desde la psicología social el género se aborda desde tres líneas: la psicodinámica, el constructivismo social y la sociobiológica. Concretamente, mientras la psicodinámica explica las diferencias de género supeditadas al hecho de que los niños desean a sus madres y por eso se identifican con el padre y las niñas al revés; la teoría sociobiológica reconoce la importancia que presenta la base biológica de los sujetos a la hora de ejecutar sus conductas que estarían motivadas por fines reproductivos; por último, el constructivismo social explica el origen de las diferencias de género en causas socioculturales; la elaboración de estas diferencias, como indican Hare-Mustin y Marecek, (1994) se haría a partir del habla, en un contexto histórico cultural. Basándose en esta última teoría, Barberá, (1998), concluye que dentro del mismo marco cultural podrían coincidir concepciones diferentes del género.

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Por otra parte, el modelo cognitivo agrupa sus teorías en torno a dos ejes: por un lado las explicaciones evolutivas basadas en la genética, como las presentadas por Piaget (1966) y Kohlberg (1981) y por otro lado, las teorías que parten de la idea de esquema aportada por autores como Bem, (1981) y Markus y Oyserman (1989). En cualquier caso, todas estas teorías están en consonancia con los hallazgos sobre autocategorización de género ya comentados por parte de López (1988).

Al juntar las aportaciones desde el ámbito social y el cognitivo, Barberá (1998) explica el mecanismo a través del cual se construye el género al interactuar las características intrasujeto con el contexto. Estas teorías se enmarcarían dentro de los Modelos de Interacción Sociocognitiva.

Por su parte, los medios de comunicación y la literatura tienen un peso importante en el ámbito cultural. Su influencia afecta a todas las edades, pero es una evidencia que la infancia constituye un período vulnerable. Sin duda, no resultan tranquilizadores los relatos ilustrados dirigidos al público infantil ya que al analizar la composición de los cuentos clásicos, se observa que los varones se muestran: dinámicos, activos, y con mayor valor que las mujeres; mientras que ellas aparecen como emotivas, pasivas, limpias, amables, ordenadas, tranquilas, soñadoras, y dóciles (Turin, 1995).

Los sesgos en función del sexo de los personajes de ficción van aún más lejos: los hombres suelen mostrarse: heroicos, responsables, leales, creativos, etc. Sin embargo ellas, exceptuando la princesa débil e indefensa a la que el príncipe debe rescatar y cuyo objetivo vital es casarse con él y pasar a ser una madre protectora y cuidadora, aparecen como: frívolas, malévolas, explotadoras, derrochadoras y aleladas (Turin, 1995).

La influencia de este tipo de modelos sobre la concepción estereotipada del género que asumen los menores la plasman D´Hont y Vandewiele (1986) con el ejemplo de una alumna de primaria que expresaba que no podría ser médico ya que en su libro ponía que las mujeres sólo pueden ser enfermeras. En la actualidad, se intenta romper con el modelo tradicional y se producen películas como Shrek (Adamson, 2001) en la cual la princesa es una ogresa y elige seguir siéndolo y cuentos como “La princesa rebelde” (Kemp y Ogilvie, 2013) o “La princesa que no quería comer

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perdices” (López Salamero y Camero Sierra, 2009). Incluso ya para lectores de más edad, el libro “El arte de ser normal” (Williamson, 2015) está protagonizado por un adolescente que se replantea su identidad de género.

No se trata de negar la diferencia sexual, que es el riesgo que se corre al buscar una rápida desgenerización, como indica Lamas (2013). No se pretende plantear un modelo andrógino como solución a este conflicto, si no evitar que las diferencias se traduzcan en desigualdades, ya que el único género al que pertenecemos es el género humano.

En la actualidad, ha cobrado especial relevancia la inteligencia emocional, representada por autores como Goleman (1996), que subraya la importancia de analizar la conjunción de las emociones y el mundo racional para entender cómo se desarrolla la inteligencia humana.

En un intento de ir más allá de las diferencias sexuales, Gartzia, Aritzeta, Balluerka y Barberá, (2012) examinan en más de 300 trabajadores de ambos sexos de 20 empresas diferentes (10 de sector industrial y 10 del sector servicios) la influencia de la identidad de género sobre la Inteligencia emocional. Tras observar que la gran parte de las investigaciones sobre género e Inteligencia Emocional (IE) se centraban en

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