CHAPTER 2. LITERATURE REVIEW
2.5. Pavement Performance Modeling
2.5.1. Short Term Pavement Performance Modeling
abajo, en la calle, delante de la puerta, y cuando decían ‘¡Alojamiento!’, ‘¡No —decía yo— todo lleno!’. Si eran judíos los que venían, decía yo:‘¡Está lleno de rusos, podéis entrar y compartirlo!’. ‘¡No, no, no, no!’ Y cuando eran rusos los que venían, entonces decía ‘hay ju- díos dentro’”.
Pero la señora Krug no cuenta que quie- nes buscaban alojamiento eran supervi- vientes de un campo de concentración. Su selección de palabras tomadas de las actas
de nuestra conversación en 1998 permite deducir una actitud que sigue siendo anti- semita y racista. En el primer plano de su relato está el perjuicio que le reportaron a ella los hospedajes.
Falsifi cación de la historia
El hijo de Krug cuenta otra historia, que conoce por su mujer, ya difunta. Esta tra- bajaba en una fi nca en las cercanías de Bergen-Belsen y oyó allí que, durante el gobierno nazi, la dueña de la casa escon-
dió a escapados del campo de concentra- ción. En sus relatos él sigue llamándole aún hoy a esta persona “la abuelita”:
“Ella (su mujer) estuvo un año en una granja de Belsen. Justo delante estaban ellos (los presos). La abuelita ha escondi- do a algunos; se han metido en una tina de madera. Entonces han aparecido los que los buscan, han metido la nariz por todas partes: ‘Aquí debe haber uno escondido’. En ese caso habrían disparado inmedia- tamente sobre la abuelita. Entonces había colocado un puchero caliente con patatas humeantes encima, sobre la tina, de modo que no lo han pillado”.
En esta historia también hay una ar- timaña en el centro del suceso: el pu- chero caliente, que “la abuelita” —es decir, la dueña de la granja de la otra aldea— coloca sobre la tina de madera y, con ello, salva la vida del prisionero y de ella misma.
En este punto es interesante lo que refi ere la nieta, de 26 años, de Elli Krug sobre su abuela:
“Y ella ha contado alguna vez una his-
toria, que en cierto modo creo muy in- teresante; que nuestra aldea está en ese camino a Bergen-Belsen y que ella había escondido alguna vez a alguien, pues ha escapado de uno de esos transportes y al que, de verdad, le había escondido de una forma muy curiosa en un cesto de grano, en cierta forma con hierba cortada y así mirar afuera, ella lo oculta de verdad. Y, pues, llegaron también soldados y lo han andado buscando en la granja y ella lo ha preservado de verdad, y, creo yo, esto es una pequeña acción, que yo le atri- buyo de muy buen grado a ella”.
En esta historia se juntan componen- tes de los relatos de la abuela con in- formes que el padre cuenta de la dueña de la granja: el “camino a Bergen-Bel- sen”, una mujer resuelta, la tina, hasta el montón de heno parece haber dejado una pista bajo la forma de hierba cortada en la narración de la nieta; y vuelve a estar también en el centro una maniobra de engaño. Sólo que la matriz narrativa se orienta ahora hacia un nuevo mensaje: se adoptó, por así decirlo, a la ignota due- ña de la granja junto con la caldera y el heno como elemento dramatúrgico de la descripción de cómo engañó la auténti- ca abuela a los perseguidores. Con estos elementos construye la nieta su propia imagen de la “abuelita buena”.
2.
ORGULLOSOS ENTRE RUINAS.Un joven ciclista posa entre escombros de guerra: muchos no quieren verse privados de su vida y sus recuerdos.
La memoria familiar
no es un manual de historia
En este ejemplo se pone de manifi esto, por un lado, que las características es- tructurales de la narración —aquí, la maniobra de engaño— representan algo así como el vehículo que puede transpor- tar mensajes muy diversos. Por otro, se percibe con nitidez cómo generaciones diferentes de la misma familia ofrecen explicaciones muy distintas de un mismo momento histórico.
En la transmisión de recuerdos desem- peñan también un papel sustantivo los sentimientos. Cuando se cuentan en fa- milia historias del Tercer Reich, los pa- rientes de la tercera generación sienten un imperativo emocional de recibir bue- nas noticias de sus antepasados; en con- creto: no sólo no fueron nazis, sino que se habían comprometido activamente en favor de los perseguidos. Esta necesidad es tanto más fuerte cuanto los jóvenes conocen mejor los crímenes de los nacio- nalsocialistas y cuanto más fi rme es su convencimiento de que el Holocausto fue el peor crimen contra la humanidad.
A propósito de ello divergen muchísi- mo los contenidos del cultivo ofi cial de la memoria, por un lado, y los del priva- do, por otro. Mientras en las clases de historia y en los lugares conmemorativos se resaltan el Holocausto y los crímenes nacionalsocialistas, en la memoria fami- liar se menciona el sufrimiento bajo los bombardeos, la ocupación y el exilio. Aquí se ubican también las relaciones emocionales con el pasado que, por lo mismo, se encuentran en fl agrante con- tradicción con los conocimientos histó- ricos. No suelen ser lo mismo el saber histórico y la aplicación de ese saber.
En defi nitiva, historia y memoria son dos realidades radicalmente diferentes. Mientras la historiografía busca una ver- dad objetiva mediante depuradas técni- cas de interpretación de las fuentes, la memoria remite siempre a la identidad del que recuerda. Rememora lo que es importante para sí mismo y, sobre todo, para la superación de su propio presen- te. Los recuerdos de sucesos históricos son imágenes de tipo collage, que se ali- mentan de muchas fuentes. No es, pues,
de extrañar que la guerra de la memoria parezca tan distinta de la guerra de los historiadores.
HARALD WELZER, profesor de psicología so- cial en la Universidad Witten-Herdecke, dirige un equipo de investigación interdisciplinaria de la memoria en Essen.
¿Cómo retienen los hombres las cró- nicas de guerra que aparecen en los medios? Stephan Lewandowsky, de la Universidad del Oeste (Australia), Klaus Oberauer, de la Universidad de Potsdam, y otros han investigado cómo se recordaban los reportajes previos a la guerra del Golfo de 2003 que han sido desmentidos después. Mientras muchos alemanes y austra- lianos los memorizaban como falsos, los estadounidenses los reputaban verdaderos y retenían su contenido al pie de la letra. Para explicar este he- cho, los investigadores examinaron la actitud general de los probandos ante la guerra. Si eran escépticos res- pecto a la justificación del ataque a Irak (no se creían que Saddam Hus- sein escondiera armas de destrucción masiva), entonces los desmentidos se recibían con anuencia. Era el caso de los probandos alemanes y austra- lianos. Los sujetos del experimento estadounidenses con una postura po- sitiva respecto a que su país entrara en guerra (que se creían también la causa belli oficial), tendían a olvidar los desmentidos.