más dificulta la reflexión sobre la naturaleza de los géneros radica en que este proceso obliga a tomar una posición ontológica con respecto a la naturaleza del mundo y a la capacidad humana de conocerlo. Pero puesto que el objetivo de este estudio se encuentra alejado de disquisiciones filosóficas, no se prolongará aquí la divagación metafísica para luego aplicar las posibles conclusiones al terreno concreto de la literatura. Por el contrario, se analizará de forma directa el uso y el papel que juegan las asignaciones genéricas en la comunicación literaria. Al dejar a un lado las polémicas clasificaciones de inspiración naturalista para centrarse en los artefactos textuales, se tratará de asentar aquí una teoría genérica a medio camino entre los vastos sistemas teóricos cuyos límites se ven obligados a ampliarse de continuo para poder dar cabida a interminables excepciones, y la improductiva consideración de que cada obra debe ser tomada en su singularidad individual y fenomenológica.
En efecto, aquí se parte del punto de vista pragmático ampliamente defendido por J.-M. Schaeffer que asume que los géneros no son conceptos teóricos explicativos, sino etiquetas prácticas usadas históricamente en la comunicación entre autores y lectores para definir grupos diversos de textos. Este planteamiento implica tomar la «generidad» no como una lista cerrada de categorías, sino como un proceso diacrónico y contextual. Es decir, puesto que el significado de todo objeto semiótico no depende de ninguna esencia inherente, sino que varía según el contexto en que se realiza y actualiza, no es posible considerar que ningún texto pertenece a un género concreto de modo objetivo y permanente. Más bien será necesario hablar por separado de las influencias genéricas que afectaron al autor y del interminable proceso de recepción genérica que los lectores ponen en marcha en cada contexto. Esta propuesta de enfoque no pretende transmitir la idea de que los textos son asignados a los géneros de manera arbitraria —pues resulta evidente que existen relaciones de similitud entre los miembros de cada clase—, sino que los criterios de selección de las características similares que han de tenerse en cuenta para asignar un texto a uno u otro género varían contextualmente. En este sentido, la tradicional oposición entre el régimen textual individual y el régimen clasificatorio general se ve desplazada por el diálogo entre las intenciones autoriales y las interpretaciones genéricas lectoriales. En otras palabras, la clave de los géneros —o mejor aún, de la generidad—, no radica tanto en interrogarse sobre cómo se ajustan o en qué difieren las obras particulares
respecto a las clasificaciones teóricas generales, sino en la tensión que se establece entre las afinidades genéricas buscadas por el autor y los procesos de recepción lectora asociados al contexto de reactualización de una obra. Así, primero, respecto a la intención autorial, conviene subrayar que los propósitos genéricos son independientes de las afinidades que luego puedan sobrevenir a una obra. Aunque retrospectivamente se pueda pensar que los movimientos genéricos ya conclusos están compuestos por obras creadas de acuerdo a un modelo teórico bien definido, es evidente que dicho modelo ideal es en la mayoría de los casos una recreación crítica posterior y que no estaba disponible para los artistas inmersos en ese determinado momento histórico. En su contexto de creación, las obras se configuran genéricamente mediante parámetros de repetición y transformación de los rasgos hipertextuales o architextuales de toda una tradición de obras anterior; es decir, la copia o alteración de un armazón de normas metatextuales que cada autor adapta y amplía. De este modo, todo escritor se sitúa de manera más o menos consciente en una tradición que, históricamente, colabora a engrosar pero también a modificar pues las aportaciones individuales de cada nueva obra contribuyen de forma diacrónica a expandir un poco más los límites de cada etiqueta genérica. Los parámetros teóricos del género de la novela picaresca, por ejemplo, se fueron determinando y engrosando con cada nueva aportación. Así, las asociaciones genéricas que un texto acaba por adquirir no deben confundirse con las intenciones genéricas autoriales originales, pues éstas explican cómo fue creada una obra mientras que aquéllas contribuyen a orientar las futuras recepciones de los lectores.
Por tanto, es importante tener en cuenta que la asignación explícita o implícita de una obra a determinada clasificación de género por parte de su autor es una forma de taxonomía útil, pero el significado de esta clasificación mutará de modo inexorable en sus futuras recepciones de los lectores. Es
decir, los valores asociados con una tradición genérica en una determinada
situación espacio-temporal varían a lo largo del tiempo. Y además, no todas las características genéricas son reactualizables en un contexto lingüístico, literario y cultural diferente. Las múltiples interpretaciones cómicas, trágicas o metafísicas de la obra cervantina o de la novela picaresca ofrecen, a este respecto, buenos ejemplos de cómo los textos y los géneros, carentes de una esencia intrínseca, se resuelven en diferentes significados según el contexto
en que sean recibidos� En este sentido, han de tenerse en cuenta dos factores
importantes en torno a la generidad y la tradicional dificultad para establecer qué son los géneros. Primero, para los lectores la clasificación por géneros es una herramienta práctica para descodificar textos, pues permite ponerlos en relación con una tradición de obras con rasgos similares y abrigar determinadas
expectativas de recepción. Segundo, que más allá de esta clasificación práctica, existen relaciones de generidad fluctuantes que hacen que cada género despierte significados variables según el contexto en que sea recibido.
Cabe concluir entonces que los géneros son categorías clasificatorias puramente empíricas, sin una esencia teórica, pues sólo tienen el poder de señalar y ordenar los textos que engloban. A pesar de ello su papel en los procesos de comunicación textual no es ni mucho menos despreciable. Al contrario, toda escritura y lectura parte de unas pautas creadas por cierto horizonte genérico. Y aunque dicho horizonte no sea estable a lo largo del tiempo ni tampoco en todas las culturas, su importancia en los procesos literarios resulta innegable. Por ello, en resumen, los géneros no ejercen tanto como sistemas clasificatorios sino como guías de interpretación lectora; es decir, como horizontes que limitan los muchos significados de una obra. A partir de esta concepción de los géneros como categorías empíricas útiles y de las relaciones de generidad como procesos comunicativos orientativos para la lectura, se pasará ahora de dirimir si la autoficción puede ser considerada un género y qué procesos genéricos establece de cara a la recepción.