Aunque la autoficción se ha desarrollado con fuerza en España durante las últimas décadas, su reciente origen se sitúa apenas en la Francia de los setenta. En concreto la autoficción nace oficialmente en 1977 de la mano de Serge Doubrovsky (como se verá con detalle en el punto 4.1). Dicho escritor y crítico literario, por puro espíritu de contradicción, concibió en su obra Fils cierto tipo de narración ficticia de hechos reales cuyo máximo objetivo consistía en poner en entredicho los resquicios teóricos de algunos célebres estudios de Philippe Lejeune sobre de la autobiografía. Por tanto, en sus primeros momentos de andadura, la autoficción aparecía como un híbrido artificial destinado a cumplir un papel meramente circunstancial. Sin embargo, la nueva forma de escritura fue consolidándose como opción expresiva dentro y fuera de Francia. Y pronto, investigadores como Jacques Lecarme mostraron que la autoficción —aún sin ese nombre— había ya sido practicada en sus principios básicos por diversos
escritores a lo largo del siglo xx26�
Por lo que respecta a las letras hispanas no es posible hablar de autoficción como tal hasta el último cuarto del siglo pasado. Es cierto que en la narrativa española de la primera mitad del siglo xx destaca cierto autobiografismo
solapado en abundantes novelas líricas, poemáticas e intelectuales27, pero no se puede considerar que dichas obras sean propiamente autoficciones. En las novelas escritas en tercera persona por Pérez de Ayala, Miró o Sender hay incursiones en lo autobiográfico y también en lo ficticio, pero todo ello se subordina a la intención social de la obra. Estas novelas líricas anuncian ya la reivindicación del subjetivismo que dominará las últimas décadas del siglo, pero no se proponen la íntima reconstrucción de una personalidad fragmentada que luego llevará a cabo la autoficción; es decir, son biografías de una sociedad
más que de un individuo�
Además, en España, sólo a partir de 1975 se puede hablar de un verdadero auge del género autobiográfico como manifestación de la individualidad propiamente dicha. Tras el fin del franquismo, y en contra de la tradicional resistencia de la literatura española a la confesión personal, la publicación de autobiografías, memorias, diarios y epistolarios de escritores nacionales
26 Jacques Lecarme, «L’autofiction: un mauvais genre?», Autofictions et Cie, S�
Doubrovsky, J. Lecarme y Ph. Lejeune (eds.), Cahiers RITM, Université de Paris X, 6 (1993), pp. 227-249.
27 Ricardo Gullón, La novela lírica, Madrid, Gredos, 1970; Darío Villanueva, La novela
y extranjeros así como de personajes de diferentes ámbitos públicos conoció un empuje nunca antes visto en la edición hispana. José Romera Castillo ha explicado así este proceso histórico:
Pues bien, muerto Franco (casi) todo el mundo se puso a escribir sus memorias. El género se puso de moda y tuvo, en consecuencia, un gran eco. Un cambio de rasante se había producido. De ahí, que lo autobiográfico germinó con una inusitada fuerza y los españoles —tan acostumbrados a perder el tren en otras épocas— se iban a subir en el de alta velocidad de la literatura íntima28� No casualmente, muchos de los escritores que primero ahondaron en las nuevas posibilidades del espacio autobiográfico a partir de 1975 formaban parte de esa generación de niños que vivieron el conflicto de la Guerra Civil en su infancia y pasaron gran parte de su edad adulta bajo la dictadura de Franco. Parece que, de alguna manera, el fin de un régimen que a tantos escritores afectó en lo público y en lo privado potenció un proceso de reconstrucción personal de las experiencias vividas durante tan largo periodo29. Y por supuesto, esta explosión de la indagación autobiográfica se relaciona íntimamente con la instalación progresiva de la exploración autoficticia.
Por estos motivos, la autoficción española debe ser considerada un producto creado exclusivamente a partir del último cuarto del siglo xx� Esto no
impide que sea posible mencionar como precursoras a algunas obras españolas de la primera mitad del siglo pasado o incluso de épocas muy anteriores que sí anuncian ya la compleja mezcla de realidad y ficción que luego desarrollará la autoficción (estos extremos se analizarán con detalle en el apartado 4.2). Por ejemplo, en Cómo se hace una novela (1927) de Miguel de Unamuno o
en Automoribundia (1948) de Ramón Gómez de la Serna sí se manifiestan ya usos de este tipo de escritura metaficticia en la que autor, narrador y personaje intercambian a menudo sus papeles. Y dese luego, es fácil nombrar títulos que ya desde la Edad Media han establecido complejos juegos con la identidad de su autor y su narrador (el Libro de buen amor y el Lazarillo son los ejemplos por antonomasia)30. Sin embargo, estos juegos autobiográficos, suscitados
28 J. Romera Castillo, De primera mano. Sobre escritura autobiográfica en España, op. cit., p. 23.
29 Se ha argumentado que la moda de la escritura autobiográfica está relacionada con la reivindicación del individualismo tan característica del fin del siglo xx. María José Obiol, «La vida
entre líneas� Boom editorial de memorias, biografías, autobiografías, diarios y cartas», El País (29
de abril de 1990), pp. 1-2.
30 Jean-Marie Schaeffer retoma la idea de Arthur C. Danto de que el mundo del arte se caracteriza por un «enriquecimiento retroactivo de las entidades» (es decir, que cuando una obra innovadora introduce un nuevo predicado artístico, todas las obras ya existentes se ven afectadas automáticamente por ella) para sugerir que un texto nunca puede prever sus afinidades
por la confusión de las figuras del autor y el narrador, no produjeron por sí mismos la escritura autoficticia. Fue necesaria la combinación de la reflexión metaliteraria permitida por las vanguardias de principios de siglo, junto a la experimentación novelística de los años sesenta y setenta, más la preocupación por la recuperación de la memoria personal que nació tras el fin del franquismo, para que surgiera ya a finales de siglo de una forma literaria tan compleja como la autoficción.
En consecuencia, la presente investigación analizará el fenómeno de la autoficción tomando en consideración su desarrollo en el mercado editorial español desde 1975 hasta la actualidad.
Es decir, además de las propiedades intrínsecas de un texto en cuestión, los cambios históricos eventuales acabarán por afectar los criterios de clasificación que permiten describir o asignar genéricamente dicho texto. Se trata de lo que Schaeffer llama «fenómeno de retracción genérica». En este sentido, el auge actual de la escritura autoficticia lleva a que textos tan remotos como el
Libro de buen amor, el Lazarillo de Tormes o el Correo de otro mundo aparezcan ahora ante los ojos del crítico contemporáneo cargados de nuevos significados y afinidades posteriores. Asumir que estos textos son autoficciones implica descontextualizar por completo dichas obras para juzgarlas sólo por raseros y relaciones contemporáneas. En consecuencia, aquí estos textos serán nombrados (en el epígrafe 4.2.1) sólo como precursores del juego literario con la figura del narrador ambiguo. La noción de «autoficción» se reservará sólo para obras contemporáneas (A. C. Danto, «The Artworld», The Journal of Philosophy, 61 (1964), pp. 571-584; J.-M. Schaeffer,